HYBRIDO ARTE Y LITERATURA |
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Walter Rada Paradiso: La configuración del hombre y el poeta Yo creo que Paradiso parte de su circunstancia, de
su realidad inmediata. Ofrece las dos cosas: lo muy inmediato, lo más
cercano –la familia—y lo que se encuentra en la lejanía,
lo arquetípico—el mito --. Toda novela es siempre algo biográfica;
todo novelista emplea recursos idiomáticos, recuerdos de su infancia,
entrevistas, momentáneas fulguraciones, una visión, una
totalidad .
A lo anterior podríamos agregar que esa primera
etapa no es sólo sobre la niñez del poeta y su inocencia
sino que se relaciona también, aunque en forma oblicua, a la inocencia
del hombre antes de la caída, al “paraíso”,
lo que el poeta llama “lo placentario”. La segunda no es sólo
la apertura del joven al mundo exterior, sino la caída del hombre
y el subsiguiente ascenso, guiado por la razón, hasta llegar a
la última etapa (de formación) o más altas esferas
de la poesía. Muy lentamente le dijeron que lo frotase con alcohol, ya que seguramente la hormiga león había picado al niño cuando saltaba por el jardín. Y que el jadeo del asma no tenía importancia, que eso se iba y venía, y que durante ese tiempo el cuerpo se prestaba a ese dolor y que después se retiraba sin perder la verdadera salud y el disfrute. (110) Sus padres, José María Lezama y Rodda y Rosa Lima y Rosado, se casaron en la iglesia de Monserrate de la ciudad de La Habana, el 19 de febrero de 1907 . Su padre, hijo de un vasco con una cubana, es tal como el autor lo describe en Paradiso, un teniente de artillería, con 23 años, ingeniero, terminando la carrera de arquitecto: Su tesis de grado, Triangulación de Matanzas, le hizo oír a uno de sus profesores las ventajas de hacer esos trabajos siendo militar. En la próxima convocatoria, para formar la oficialidad de la naciente república, alcanzaba el número uno, pues lo más difícil de esos exámenes eran las matemáticas, y como ya era ingeniero, rebasaba fácilmente las tetras de los tribunales examinadores, que exigían las astucias euclidianas implacablemente, cuando no se tenían recomendaciones. (248) Su madre, hija de cubanos y nieta de andaluz, apenas
de 20 años, era una criolla fina, típica de su época
. Además de tocar el piano, dominaba el canto, los idiomas, la
economía doméstica y las formas sociales. El día
de su matrimonio, Lezama la describe de la siguiente manera: Se rumoreaba entre los allegados que los padres de Lezama eran una pareja perfecta . Esa perfección se hizo climática: primero, con el nacimiento de una hija, Rosa, la Violante de Paradiso; y luego, un año y nueve meses después, con la llegada de un varón que llamaron José María Andrés Fernando, el José Cemí de la novela (J.L.L.). La hija les nació en la Fortaleza de la Cabaña y el varón en el campamento de Columbia. Lezama hace la siguiente remembranza de una de esas mañanas de su infancia: Si se abría, en algunas mañanas furtivas, paseaban por allí el pequeño José Cemí y su hermana, dos años más vieja que él, viendo las mesas de trabajo campestre de su padre cuando hacía labores de ingeniero, en los primeros años de su carrera militar; el juego de yaqui con pelota de tripa de pato, no era el habitual con el que jugaban los dos hermanos, o Violante, nombre de la hermana, jugaba con alguna criadita traída a la casa para apuntalar sus momentos de hastío o para aliviar a algún familiar pobre de la carga de un plato de comida o de la preocupación de otra muda de ropa.(111) Eloísa Lezama Lima asegura que ella no fue testigo
de la infancia de su hermano ya que era mucho menor que él. Sin
embargo, esa infancia al igual que todo su pasado familiar lo conoce,
por medio de su madre, “que gustaba de narrarnos-- dice—con
fruición esos años en que mi padre vivía y en que
era tanta la plenitud que no era posible tanta felicidad ”. José Eugenio observó dos detalles que le parecieron deliciosos en Rialta. Cuando se presentaba saludaba con una desenvoltura, que a José Eugenio, criado en un ambiente provinciano y español, le parecía la quinta esencia de lo criollo, graciosa, leve, muy gentil. En seguida fingía con suma destreza dos detalles de encantadora cortesanía: un pequeño asombro, acompañado de un ¡Oh! de ligero subrayado, como si despertase o le fuera conocido por alguna referencia familiar desde hacía tiempo, de tal manera que la presentación sólo había precisado de un recuerdo. Luego, se sonreía. Esa sonrisa era la culminación de la ancestral plenitud de su cortesanía. (231) El nombre de su madre, Rialta, está tomado del puente Rialto, en Venecia. Ese puente además de unir a dos ciudades, simbólicamente es una representación o hace honor a la persona de su madre. Rosa María Lima es el elemento catalizador de la familia. Ella es el espíritu que los mantiene a flote en medio de todas las adversidades. Es el puente entre lo humano y lo divino, la que une a Lezama Lima con la realidad. Y, más importante aún, la que mantiene la unión de las familias Lezama y Lima (Cemí –Olaya): José Eugenio, absorto, comprendió que por primera vez se había trazado un puente que lo unía con algo, con las ciudades que unen a dos familias en un puente. Miró a Rialta, que, muy aturdida, extendía el tapete que cubría el piano. (239) El padre, José María Lezama y Rodda, José
Eugenio Cemí en la obra, es presentado como un hombre sin tacha
, formado dentro de los cánones de la disciplina, inteligente,
de mente matemática. Heredó la “delicadeza de su madre
criolla” y la “energía acumulada” de su padre
vasco. Posee, además, una gran contextura física, de gran
elegancia, sentimientos limpios y, sin lugar a dudas, era “querido
y buscado” por todas sus amistades: Pero, Lezama Lima, deja ver también la disciplina del militar que pretende hacer fuerte a sus hijos. Muestra al padre, hombre de gran vitalidad, tratando de ocultar la enfermedad de su hijo y de que éstos sean fuertes y robustos. Orgulloso de ellos, aprovecha cualquier oportunidad para mostrarlos a sus subalternos y a sus amistades. Una de estas muestras fue la inauguración del Castillo del Morro , que él “había reconstruido como ingeniero”: Ahora, José Eugenio Cemí, inspeccionaba las obras del Castillo del Morro, que había reconstruido como ingeniero y que inauguraba como primer director. Llevaba la mayor de sus hijas, Violante, que era la hija por la que mostraba, cuando no vigilaba sus afectos, más atenciones y ternuras. Lo acompañaba también su otro hijo, José Cemí, a quien el fuerte aire salitrero comenzaba a hacer gemir el árbol bronquial. Se observaba sin disimulo que eso molestaba a su padre, que quería mostrar a los demás oficiales sus hijos fuertes, decididos, alegres. (259) Los ataques de asma que padeció José Lezama Lima, desde sus primeros meses de vida, se manifiestan en esta obra desde el comienzo. A pesar, de ser “muy gordito y de aspecto rozagante ”: Baldovina volvió pensando que ojalá alguien se llevase el pequeño cuerpo con el cual tenía que responsabilizarse misteriosamente, balbucear explicaciones y custodiarlo tan sutilmente, pues en cualquier momento las ronchas y el asma podían caer sobre él y llenarla a ella de terror. (110) Su condición asmática, sin duda, modificó en gran medida la personalidad de Lezama Lima. Su enfermedad tiene gran importancia, con ella se abre la novela como un heraldo que va a anunciarnos el destino poético de su protagonista. El asma marca un ritmo especial en la vida de José Cemí, su víctima, que luego repercutirá en su comportamiento y en su poesía: En sus primeros años de escuela, asistía acompañado de su hermana mayor, a escuelas norteamericanas, sólo temporadas muy breves. “Rosita contaba que a la salida de la escuela él la esperaba como el que temía perderse, lleno de ansiedad ”. Algunas de las escenas de la novela, donde narra su horror a las fosas y a los baños en las piscinas militares, dejan ver sus angustias infantiles. Pero, quizás, la que mayor impacto tiene, es la del capítulo dos, precisamente al salir de la escuela, donde le acusan injustamente de tirar piedras y escribir cosas en le muro: Este es --continuaba—el que pinta el paredón. Este es –decía mintiendo—el que tira piedras a la tortuga que esta en lo alto del paredón y que nos sirve para marcar las horas, pues sólo camina buscando la sombra. Este nos ha dejado sin hora y ha escrito cosas en el muro que trastornan a los viejos en sus relaciones con los jóvenes--. Cemí, después de sumar esa ringlera de espantos, estaba atontado. No tropezaba en el cristal de su redoma, como el gritón. Pero había abandonado su realidad y navegaba. (131) La sorpresiva muerte de su padre fue decisiva en su niñez y trascendental en su desarrollo como persona. Al morir el padre se le recrudece el asma. La enfermedad lo obliga a pasar largas horas en cama y lo aísla de los otros niños. Busca entonces entretenimiento en la lectura y estrecha la relación con su madre. Ese vacío que su padre dejó, produjo en él un sentimiento de soledad que influyó en su desarrollo intelectual . Esa muerte, descrita en el capítulo VI, constituye uno de los capítulos más patéticos de Paradiso. Asegura su hermana que Lezama presenta los hechos tal cual como los contaba su madre , con cierta periodicidad, pero que siempre los conmovían: Llegaron al hospital. Cemí notó el silencio que rodeaba la habitación donde supuso estaría su padre. El ordenanza empujó, con respeto ciertamente temeroso, la puerta que cedió como soplada. Se dirigió a la cama, donde sospechaba alguien tapado. El ordenanza descorrió la sabanas. Vio, de pronto, a su padre muerto, ya con su uniforme de gala, los dos brazos cruzados sobre el pecho. La piel no se parecía a la cera que veía en sus pesadillas en el rostro de Santa Flora, que le traía su primer recuerdo de la muerte. Esperó un momento, su padre permanecía inmóvil. No se volatizaba como oyó contar a su abuela que le sucedió a su padre cuando la exhumación. La piel que ya no está recorrida por la sangre, no en la cera de la muerte en Santa Flora. No era el remolino del polvo del cuento de su abuela. Pero allí estaba su padre muerto. (292) La muerte del coronel, siguiendo las tradiciones de la época, hizo que la madre de Lezama Lima regresara con sus hijos al que había sido su hogar antes de su matrimonio, y que todo girara a su alrededor. Las vidas de sus hijos circulaban alrededor de aquella mujer capaz de impartir fe a cambio de abroquelarlos en un caracol para defenderlos de posibles peligros o ataques, del que salían sólo para intentar lo más difícil y que, ante cualquier temor físico, les recordaba que había cosas mucho peores que morir . En la casa de prado donde vivía, “Rialta seguía llorando al Coronel, se expresaba por las dos ventanas de su pórtico”(294), y cuando algunas personas llegaban a visitarlos eran tratadas con mucha precaución: Estas últimas eran conducidas a la sala, de acuerdo con su edad eran recibidas por doña Augusta o por Rialta, una de las dos entraba y hacía los primeros saludos y preguntas de la conversación. Después se presentaba alguna hija de Augusta que estuviese en al casa. Las dos pequeñas hijas de Rialta, entraban como si respondieran a una cortesía que se hubiese vuelto ordenanzas, señal obligada del ceremonial. Generalmente el último en entrar era José Cemí, enfurruñado, pálido o encogido, según la respuesta del temperamento al instante. (295) Sin duda, Rosa María, su madre es el espíritu
de la familia. La que los mantiene a flote en Ya sé a qué bienes –dijo Augusta--, te pasas meses sin venir a ver a tu familia, y cuando reapareces es para pedir dinero, te lo gastas en el Jai-alai, y cuando el granero está vacío vuelves par llenarlo de nuevo, estás otra vez cuatro o cinco meses sin venir por aquí, y a pedir otra vez. Nunca has traído un centavo a la casa, y ahora que Rialta vuelve a vivir con nosotros, después de la muerte del Coronel, ayudándonos a levantar la casa, que tú nada más que hiciste dañar y empobrecer, vienes a mortificarnos. Pero oye, una vez por todas –su voz se alzó a un tono excesivamente grave, pero sin perder su serenidad --, hoy te he recibido por lástima, pues me suenan en el oído las carcajadas de los que te reían las gracias en la esquina. (297) Alberto responde a los imanes del demonismo familiar cubano. Desde joven está condenado a los sufrimientos del infierno. Pasa grandes temporadas en sus cavernas, pero cuando regresa, trae el tesoro de su mente juguetona y del “idioma hecho naturaleza” para hacer las delicias de sus oyentes: Como héroe medieval, llegaba su heraldo precedido por la tradición oral, por las cosas que de él se contaban bajando la voz, sus momentos de cólera terribles, las suplicantes que habían geminado por sus indiferentes rechazos. (307) “Sus hermanas veían en él al arquetipo de la hombría elegante, el escogido, el arriesgado, el elegante, el desdeñoso”(307). Más alejados de ese ambiente familiar, sus sobrinos se muestran encantados con su fascinación verbal y sus diabluras. Especialmente, Lezama Lima a quien éste le revela un mundo nuevo: el de la imagen que se construye con palabras: Cemí corrió hacia la sala para buscar los papelitos que había leído su tío Alberto, los fue revisado con calmosa insistencia, todos estaban vacíos de escritura. Entonces fue cuando comprendió, a pesar de sus espaciadas visitas, la compañía que le daba su tío. Adivinó cómo coincidían con él la familia de la sangre y la del espíritu. Pensó que tal vez fuese justo que toda la familia estuviera pendiente de su cuidado y de su agrado. (318) La muerte de su tío Alberto , en un accidente automovilístico, se contrapone a la de su padre, el Coronel, porque Alberto es un demonio sin ninguna posibilidad de salvación. Sin embargo, Lezama le concede chispazos de luz que lo hacen simpático: Alberto tiene buenos gestos y una actitud ambivalente. Por eso, hasta después de muerto se mantiene presente en la mente del sobrino. Para corroborar nuestra opinión, vemos que el capítulo VII termina, con un aspecto de simpatía, con el recuerdo obsesivo de Alberto en la mente de Cemí: Cemí acababa de vestirse para ir al colegio, al pasar su madre le enseñó el sobre que rebelaba un relativo sosiego en una breve unidad de tiempo. Pero él recordaba tan sólo la tibiedad de la mano que había cogido de las suyas el langostino para que se abrazase al pie de cristal del frutero. (341) Con la muerte del demonio familiar surge el poder creativo de nuestro autor. Su tío, sin duda, es el iniciador de José Cemí en la magia verbal. Su ingreso a la universidad de La Habana en 1929, universidad de Upsalón en la obra, juega un papel importante en su desarrollo intelectual. Es una época de bastante agitación política donde “en cualquier momento la francachela de protestas podía estallar” (371). Lezama describe esta situación en el capítulo IX: No tiene clases por la tarde, pero sin vencer su indecisión se viste para ir a la biblioteca de Upsalón, donde esperará a que el se sienta a su lado comience a conversar con él. (371) Como podemos ver, en la universidad de Upsalón también nació para Lezama la alegría de la amistad y con ésta el diálogo. Desarrolló el mundo de la palabra que luego más tarde convertida en imagen sería su vida: Cemí no pudo expresar en otra forma su alegría que abrazando a Fronesis, poniéndose rojo como la puerta de un horno. Le presentó al que venía en su seguimiento, Eugenio Foción, mayor que Fronesis y que Cemí; representaba unos veinticinco años, muy flaco, con el pelo dorado y agresivo como un halcón, era de los tres el que estaba más sereno.(377) No es casual –dice su hermana – que en la
universidad ocurra el encuentro de Foción, Fronesis y Cemí,
la tríada que llevará el peso dialéctico de los grandes
temas de la novela . Después de una noche de asma disfrutaba de una especie de cansancio voluptuoso. Se quedaba en su casa y observaba el crecimiento del trabajo casero, desde Baldovina dando los primeros plumerazos en las persianas de la sala, las ondas dilatorias de un sofrito, el condimento milenario del ajo y del aceite para hacer una sopa que le producía los mismos efectos del baño matinal en la tibiedad de las rodajas de pan absorbiendo el aceite. (385) Esa universidad convulsa también le daría un sentido histórico de la patria. Cemí, el joven contemplativo se lanza a la refriega estudiantil el 30 de septiembre de 1930, “resuelto y jadeante”, contra el dictador Gerardo Machado: Al llegar a la esquina de la cigarrería, Cemí pudo ver que en el parque, rodeado de su grupo de ayudantes en la refriega, el que tenía como la luz de Apolo, lanzaba una soga para atrapar el bronce que estaba sobre el pedestal. Una y otra vez lanzaba la soga, hasta que al fin la atrapó por el cuello y comenzó a guindarse de la soga para desprender la falsa estatua. (377) La muerte de su abuela, Augusta, al final del capitulo
XI, tiene la virtud de lograr la interacción de Cemí para
permitirle ascender a la poesía, hazaña que podemos apreciar
en los últimos tres capítulos. NOTAS
Bibliografía I. FUENTE PRIMARIA. II. FUENTES SECUNDARIAS.
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