Silvio Martínez Palau
FBI
Compró anteojos oscuros para parecer italiano.
Eso nos dijo después de tomarse una cerveza y--después de
otras dos--que había sido mecánico en Colombia y que ahora
ya no tenía que trabajar, pues acababa de ganar una demanda contra
el restaurante donde se empleó desde que llegó a Nueva York
y en el que perdió un ojo en un altercado con el mesero mayor.
Ahora, a sus cuarenta y un años, se dedicaba a comprar ropa, sobre
todo blanca, y a deambular, a veces cayéndose de la borrachera,
de bar en bar por la Avenida Roosevelt. Dijo que le encantaba beber y
nos ofreció un trago a todos los que nos encontrábamos en
El Alacrán.
Cuando entró al bebedero serían las seis y media de la tarde
o algo así, pues ya estaban acabando las noticias en directo de
Colombia en los cinco televisores de El Alacrán. Ahora nos informaban
que la señorita Mauritania tenía celulitis en la parte de
atrás pero que sus zapatos eran “divinos.” Yo quería
comenzar a comentar sobre la posibilidad de armar hasta los dientes a
un millón de colombianos de bien pero, al igual que los demás
en la mesa, esa figura rechoncha y ensopada por la lluvia torrencial de
afuera, con la mirada—si es que tenía—oculta tras grandes
gafas oscuras en la oscuridad, nos dejó en silencio, sumidos en
el misticismo que se urde cuando se sabe que hay que saber más
sobre un asunto expuesto o inminente.
“Ese no es de Costa Rica,” dijo Rolando, rompiendo el silencio
y señalando con el pico de su botella hacia la puerta, donde se
paraba el extraño. “Nosotros tenemos clase allá.”
Rufiano, el dueño del establecimiento, se acercó a la figura
y le indicó que tomara puesto en una de las bancas frente al mostrador,
hoy atendido por la sinigual Carepescado.
Miró--creo--sin darle respuesta a Rufiano hacia las mesas del fondo,
viró sus tacones italianos hacia el mostrador, se quitó
la gabardina con el cuello en punta, caminó, tomó asiento
y le dijo a la copera que una cerveza por favor.
“Me parece que es del FBI,” dijo Arcecio, acomodándose
en su silla para observar mejor al recién llegado. “Ahora,”
continuó, “están contratando a latinos y árabes
para que espíen, porque a los espías blancos, a la James
Bond por ejemplo, se los reconoce al rompis: ahí mismito te das
cuenta qué son ¿ves?
Nos enteramos de que perdió el ojo el mismo día que compró
los anteojos oscuros para parecer italiano. Pues cuando ya, y a grito
tendido, acompañaba las rancheras que alguien puso en la radiola
y el dueño mascullaba me cago en Españas de ver que iba
a tener que sacar a pontocones al nuevo cliente, se levantó Humberto
y fue a pararse al lado del ave canora. Llamó a la Carepescado
y le ordenó una ronda más. Mientras la copera dio la media
vuelta a traer las bebidas, aprovechó no tan sólo para dejar
que los ojos se le salieran en dirección al trasero de la muchacha,
sino para invitar al flemático a que se sentara con nosotros.
“Venga, hombre, siéntese con los amigos,” le dijo Humberto.
“Venga cuéntenos quién es esa persona tan exhuberante,
tan llena de elan vital que hemos estado preguntándonos hace un
rato.
El hombre se acercó con Humberto, se quitó el sombrero que
todavía chorreaba agua, tomó asiento, nos saludó
a los cinco enmesados y nos dijo su nombre, el cual olvidé.
“¿No es cierto que tú eres del FBI?” le disparó
Ricardo, el cubano medio castrista que es mi amigo y casi un mueble más
del establecimiento. "¡No, qué va!" siempre dice.
Pero ahí sigue en su libadera y en su choteo eterno.
“Es que con esos lentes que tienes puestos lo hacen a uno preguntar…”
“¡No, no! respondió el otro, “¡Qué
FBI ni qué nada!
Entonces nos contó que había comprado los anteojos de lente
oscuro para parecer italiano--y que por estar pareciendo italiano perdió
un ojo y ahora ya no se podía quitar los anteojos. Cuando el mesero
mayor -que sí era italiano--lo vio queriendo parecer italiano con
los anteojos puestos, mientras limpiaba y alistaba las mesas para próximos
clientes, le dijo en su español despaturrado que tenía que
quitarse los speculos.
FBI trató de explicarle, también en una mezcla inconcreta
de palabras del italiano, el inglés y el español, que lo
hacía para verse italiano, como lo era el resto del personal del
restaurante. Al oír esto, el mesero se rió tanto que nuestro
intelocutor se enojó y le dijo catro o una palabra así que
en italiano quería decir maricón y eso al mesero mayor no
le gustó.
En la bronca subsecuente, el de anteojos oscuros recibió un golpe
mayor en el ojo izquierdo, que le quedó inservible, lleno de astillas
de vidrio. Lo cual lo llevó a demandar al restaurante y después
de un año de litigio, ahí lo teníamos, sentado en
una de las mesas de El Alacrán, con el dinero de la demanda en
el bolsillo, parlando, bebiendo y cantando desafinado. También,
sin que lo notara ninguno en la mesa, como todo cliente nuevo, enamorándose
de la Carepescado.
Hace ya seis meses de esto y FBI se ha vuelto un cliente asiduo de El
Alacrán. Su verdadero nombre fue olvidado porque en su lugar comenzamos
a llamarlo FBI a secas. Trató de buen modo de quitarse de encima
el sobrenombre que le dimos, pero terminó rindiéndose ante
la renuencia de todos, incluyendo a Rufiano, el extremeño dueño
de El Alacrán. Inclusive, FBI se ha posesionado de su espurio papel
de agente secreto y muchas veces, al entrar al establecimiento y encontrarnos
a todos [si no borrachos, ya copetones] con una mano simulando un revólver
y con la otra una placa de detective, nos ordena manos arriba y nos hace
parar contra la pared o contra la radiola, que a la fija está tocando
una experiencia religiosa. Entonces nos requisa antes de sentarse a echarle
piropos a la Carepescado y a proponerle de todo menos matrimonio, que
es lo que la pobre mujer, con sus dos vástagos y sin marido, anhela
más en esta vida.
Tratamos algunas veces de hacer que se quitara los anteojos, pero nada.
Hace poco Rolando le sugirió que de vez en cuando, por variar,
no se los pusiera sino que usara parche y que así parecería
pirata y no agente secreto o italiano.
No quiso y ahí sigue FBI en El Alacrán; para el bienestar
de Rufiano, bebiendo cada día más, sin quitarse los anteojos
oscuros, no sé si para taparse el ojo muerto o por parecer italiano—anteojos
de los cuales ya tiene una colección, todos marca, según
él, Marcelo Mastroiani.
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