HYBRIDO

ARTE Y LITERATURA

Ricardo Iglesias Dávila

HERNANDO TÉLLEZ: CENIZAS PARA EL VIENTO

 

N uestra historia se encuentra signada por la violencia originada en la férrea voluntad individual de mantener lo nuestro; de ser libres, por la ambición y el egoísmo que genera gobernar, por las venganzas acumuladas y el usufructo de lo ajeno. Nuestra historia está bañada por la violencia emocional y racional; la estatal y la de grupos al margen de la ley, la de grupos contestatarios…, por la generada en el miedo y por todas aquellas acciones de fuerza con las cuales pretendemos acabar con la fuerza de la violencia.
El bautizo del país y la cultura llamada Colombia se perpetró desde el abuso y la mentira, allí tuvo sus orígenes y desde allí se afirmó y extendió sus ramas imperturbables cargadas de atropellos, delitos, torturas, genocidios (palabra moderna nombrante de hechos antiguos) y desarraigos. No hay de ella nada nuevo en el correr de los tiempos, su única renovación: sus instrumentos y formas. Por ello, debemos hablar de la violencia como un fenómeno, como el hermano mellizo, del “desarrollo” del país.
El tiempo de la violencia se ha convertido en escultor y testigo que con flujo incontenible teje el velo que minuciosamente va escondiendo sufrimientos y vejámenes pero, que ya vencido no permite retomarlos para superarlos. El tiempo urde raudo la cortina del olvido sobre los días hórridos y empieza a destejer su anverso: la ilusión. Así, un nimio momento de alegría o sosiego basta para desvanecer la memoria, pues el hombre en su infinito deseo de vivir recuerda con mucha facilidad los éxitos y progresos, y sólo como en claroscuro amarguras y derrotas.
Así cargados de olvido y de ilusiones, avanzamos pretendiendo encontrar los días del arco iris; el sol de la noche inmarcesible; la nueva historia de los colores de nuestra bandera y el sentido de un escudo cada vez más abstracto: cóndores en extinción, paz y orden por conocer. Romanticismo augusto royendo nuestras espaldas.

Discriminar el período comprendido entre 1946 y 1966 como la época de la Violencia es hacer una división adverbial de cantidad y cualidad de instrumentos y formas por lo execrable y hórrido de su “ser” y porque contó con una serie de escritores y críticos que si bien no estudiaron su problemática, contaron el fenómeno. Pero igual, ¿Dónde están los escritos literarios, históricos o críticos de la violencia de la Guerra de los mil días o la violencia fratricida, política y económica de las décadas del 20 y 30? Sólo por nombrar dos casos. ¿Aislados?
La violencia, del período 48-66, se debe entender como el período de mayor violencia “física” en el país; como el recrudecimiento de lo existente; como la acción exacerbada de lo mismo que cubrió más de regiones y protagonistas y, ya convertida en humillación social generalizada en violencia física, psicológica, moral, verbal y económica, se la destacó y nombró como la Violencia. Sin embargo, dicha sustantivización tendió un cerco sutil que limitó y circunscribió su memoria colectiva.
En la década del 50 un grupo de artistas se lanzó a expresar los acontecimientos, bebieron de la realidad y se volcaron sobre el papel, el lienzo, las tablas, sobre todo aquello que sirviera de soporte para representarla y que todos pudieran observar en espejo lo que sucedía y mirar y detallar cómo las figuras en él reflejadas palidecían de angustia y terror. Mostrar, expresar, contar y despertar sensibilidad, era el objetivo primero y único, que fuera literatura o arte poco importaba.
Novelas como viento seco, calle diez entre otras, son novelas testimoniales de la Violencia. Palabras-fotos describiendo minuciosa y crudamente las acciones, sin esfuerzo alguno por simbolizar la realidad, tal si se hubiesen escrito en el sitio mismo de los sucesos: paneo rápido de la situación y primeros planos de las víctimas. Estas novelas mantienen la gran virtud y el valor histórico de ser faros sobre ese inmenso mar llamado Violencia. Sus autores, de liberales profesiones, tomaron iniciativa y delantera a sus colegas de mayor trayectoria y prestigio.
Qué hace que las novelas mencionadas se encuentren distantes, literariamente, de otras como La hojarasca o La mala hora de García Márquez; los cuentos: espumas nada más, preludio, sangre en los jazmines o el regalo de Hernando Téllez; cuentos de la zona tórrida de Mejía Vallejo, si surgen del mismo deseo: contar la Violencia. La razón: el modo de contarla. ¿La inmediatez de los acontecimientos? Vs ¿la mediatez del lenguaje?
La Violencia fue una cadena de acciones que afligió y sometió física y emocionalmente a la mayor parte de la población, sobre todo en zonas rurales, que más allá de rechazarlas, se dedicó a defender su vida tomando partido por uno de los bandos enfrentados, matándose por política o quedándose en medio, bajo el fuego de los grupos en disputa. La población se dividió entre agentes y pacientes; entre soplones, matones o víctimas. Por eso, el monstruo Violencia dividió gravemente el país, se aferró y se alimento de ese otro monstruo llamado miedo. Y el miedo aturde y mata más que el valor.

“Le bastaría con levantar el arma y apuntar. Algo muy sencillo, muy fácil. ¿No es cierto? Mejor quedarme quieto. Me dolían las manos por la presión de los músculos. “Puede matarnos, matarnos a todos”, pensaba yo. Y rectificaba: “No, a todos no, porque le faltarían en el revólver cinco cápsulas”. “¿Son cinco o seis las que lleva el tambor?”. Y luego volvía el miedo, como en oleadas, a golpear en el pecho. Pablito Mancera seguía llorando, débilmente, tenuemente, como si se hallara en trance de morir. Y no se oía nada más que un susurro de pena en todo el silencio de la clase, en todo el silencio de la casa, probablemente en todo el silencio del pueblo y de los campos”.

… cuando matar se convirtió en un oficio.

Hernando Téllez nos revela la violencia desde diferentes perspectivas. Despliega los personajes en toda su humana dimensión, con sus propias obsesiones o circunstancialmente prestadas por la multitud convertida en tumulto frenético y que en su loca carrera no distingue más allá de los colores de sus propios intereses, se hace grito sordo e irracionalidad exacerbada que enceguece y resta.
Cenizas para el viento, más allá de ser un título, de nombrar o reseñar una serie de relatos cortos, es la reflexión sobre un tema de la realidad nacional y universal en un momento determinado; es metáfora de un sentimiento sufrido, pensado y ahogado por el miedo. Es clara exposición verbal de hechos enajenantes que lanzan a los hombres a matarse entre sí; es narración en ascendente espiral, fuerza centrípeta que absorbe y crea un clima de efervescencia y de aceptación: somos violentos por naturaleza.
Cenizas para el viento, de Hernando Téllez, aparecido en el mes de octubre de 1950, es un conjunto de cuentos breves, 19 en su primera edición, que narra de manera contundente lo que está sucediendo en el país. Cobo Borda definía la obra como “Algunas pocas páginas que afrontaban el tema de la violencia en Colombia y le daban una trascendencia estética insospechada hasta el momento”. El autor logra, a partir de los diferentes personajes mostrar las múltiples facetas del conflicto, que sin ser nunca una guerra civil declarada, dividió políticamente a los actores del conflicto y legitimó la desaparición del contrario desde la actuación misma de las fuerzas armadas del Estado al servicio de un bando, la muerte andaba ahora por toda la comarca con uniforme del gobierno, unas veces, y otras sin uniforme. Dicho accionar, desde lo político, ubicó dos orillas: “amigo o enemigo”, azul o rojo, autoridad o resistencia.

-“NO SALUDO AL ENTRAR. YO ESTABA REPASANDO sobre una badana la mejor de mis navajas. Y cuando lo reconocí me puse a temblar. Pero él no se dio cuenta. Para disimular continué repasando la hoja”.

-“Me habían dicho que usted me mataría. Vine para comprobarlo. Pero matar no es fácil. Yo sé por qué se lo dijo”. Y siguió calle abajo.

Según Carl Schmitt, <<lo político>> no ha de confundirse nunca con <<la política>>. Pues, el concepto del Estado presupone el concepto de lo político. Y lo político es por completo ajeno a lo moral (bueno - malo), a lo estético (bello – feo) y a lo económico (rentable – no rentable). Lo político, en últimas, descansa sobre una distinción que le es propia: amigo – enemigo. Esta distinción es independiente de las anteriores y en ella lo que está en juego es nada menos que la vida o la muerte.

El cuento Espumas nada más transcurre en el espacio de una barbería y los protagonistas son el barbero y el capitán Torres. El tiempo es breve, lo que dura la afeitada. Le calculé cuatro días de barba. Los cuatro días de la última excursión en busca de los nuestros. Sin embargo, el monólogo interior del barbero, con gran eficacia de lenguaje, ubica rápidamente lo que viene sucediendo en el pueblo: la persecución, captura, tortura y muerte de los rebeldes por parte del ejercito. El barbero es un revolucionario clandestino que ve en su cliente al verdugo del pueblo y tras llenarse de motivos imagina dar muerte a su oponente, una muerte rápida, estoy seguro de que un golpe fuerte, una honda escisión, le evitaría todo dolor. No sufriría. Todo lo contrario a los vejámenes que infiere el capitán a los capturados rebeldes, Un hombre con imaginación, porque ¿a quién se le había ocurrido antes colgar a los rebeldes desnudos y luego ensayar sobre determinados sitios del cuerpo una mutilación a bala? Al barbero más allá del ejercicio de un oficio, lo distingue de su enemigo: un pensar, una moral y una ética que no le permiten llevar a cabo sus pensamientos, porque yo soy un revolucionario pero no soy un asesino. Y lo merece. ¿Lo merece? ¡No, qué diablos! Nadie merece que los demás hagan el sacrificio de convertirse en asesinos. ¿Qué se gana con ello? Pues nada. Vienen otros y otros y los primeros matan a los segundos y éstos a los terceros y siguen y siguen hasta que todo es un mar de sangre. Se mezcla en la narración las reflexiones mismas sobre los acontecimientos, las venganzas que se acumulan tras una acción y que terminan siendo “cenizas para el viento” porque la situación en nada cambia y en su lugar, generaliza la violencia a partir de actos individuales o individualizando el odio tras la perpetración de masacres colectivas.
Así como el cuento marca de entrada una tensión narrativa, el final, perfectamente logrado, nos lanza el pensar del capitán en tan sólo tres líneas, desplegando su diferencia política y el oficio ejercido. Pero matar no es fácil. Oficio que debe ser aprendido. No basta vestir el uniforme de militar, ni ser bendecido por el capellán y marchar al redoble de tambores, se requieren condiciones especiales para lograrlo: aprendizaje intenso, des-sensibilización y más allá de las armas, adoctrinamiento ideológico y religioso profundo. Así mismo, la relevancia de la autoridad del líder que convoque la obediencia de “las tropas”. Pareciera ser que la sumisión humana no conociera límites.
En el caso del capitán torres, tenemos que el carácter de su profesión está subordinado a la obediencia incondicional de órdenes superiores, principio que anula cualquier forma de oposición o mirada personal. Debe cumplir con la misión encomendada: acabar con el enemigo.

-“Pescamos a los principales. Unos vienen muertos y otros todavía viven. Pero pronto estarán todos muertos. (…) El pueblo habrá escarmentado con lo del otro día”, dijo.
-(…) “¿Fusilamiento?”
“Algo por el estilo, pero más lento”, respondió.
(…) “¿Lo mismo del otro día?” Le pregunté horrorizado. Puede que resulte mejor, respondió. “¿Qué piensa usted hacer?”. “No sé todavía. Pero nos divertiremos. (…) “¿Piensa castigarlos a todos?” Aventuré tímidamente. “A todos”.

Después de reiteradas incursiones, la agresividad se transforma en violencia y la violencia en excesos, se adquiere la competencia para matar, rematar y contramatar; para ejercer el oficio a la perfección: “acabar” con los enemigos y sembrar el terror en la población. Acciones reiteradas que conllevan al disfrute de la muerte. Muerte prolongada, espectáculo de suplicio, dolor insospechado y escarmiento general. Momento crucial donde se sitúa la violencia con toda su crueldad, sevicia y horror. El goce infame ante la fragmentación del cadáver, con el terror y el asco que suscita, es, pues, la expresión máxima del goce de matar. Sin embargo, no todo combatiente llega inevitablemente a estos extremos. Es siempre un orden cultural, o subcultural: militar o mafioso, el que genera y legitima este tipo de asesinato.
Espumas nada más, manifiesta la visión de dos actores del conflicto. La autoridad legitimada detentando el poder, la fuerza y el oficio para arrasar con todo lo opuesto al régimen. Y el barbero (yo narrador representante del colectivo), bajo sospecha, se vale de su oficio para obtener y pasar información, y bajo el temor de ser el próximo goce del capitán Torres.

Cenizas para el viento, es el relato que da nombre al libro y señala cómo las experiencias vividas no han servido de nada, acciones caídas en el abismo del olvido colectivo, y si acaso se piensan no se expresan gracias al temor que terminó invadiendo todos los rincones de la existencia.
En el cuento Cenizas para el viento, se narra la experiencia de la familia Martínez, situación paulatinamente generalizada durante la época: violencia y política ejercida con el ánimo de expropiar tierras.
Procedimiento que data desde el siglo XIX y “que reposa, no sobre mecanismos de mercado, sino sobre mecanismos políticos en los cuales la fuerza desempeña un papel considerable”. Entonces, esta forma de violencia instrumental no es exclusiva del período de la Violencia para acceder a tierras fértiles y de gran beneficio económico. Ya en la década de 1920, el país había iniciado su participación en la economía mundial gracias al café, inserción que exigió grandes extensiones de tierra y mano de obra barata para producir la cantidad de producto necesario para permanecer en el mercado.
Muchos latifundios dedicados al cultivo del producto se formaron a través de la expropiación forzosa de tierras o en su defecto, compradas a bajos precios, pues los propietarios amenazados y boleteados preferían salir huyendo, originando las migraciones de campesinos a las ciudades. Fueron muy pocas, escasas mejor, las tierras adquiridas a precio justo. ¿La razón? La precariedad del Estado que no alcanzaba a ejercer su influencia en todo el territorio nacional y declinaba su administración a clientelas partidistas y a la Iglesia, que proclamaba su “doctrina social”.

“Es mejor que se vayan”, repitió el hombre, con la mirada en el suelo, sin levantar la cabeza. Juan no respondió. Se hallaba de pie, a un metro de distancia del visitante.

(…) La vereda era pobre y la casa de Juan y el campo que la rodeaban no valían ciertamente la pena de que las autoridades se ocuparan de ella. No les iban a servir para nada: unos cuadros de maíz, unas manchitas de papa, un cuadrilátero de legumbres y un chorro de agua que bajaba, a Dios gracias, decía Carmen, desde la propiedad, esa sí grande y rica de los señores Hurtado”.

Así, el mapa de la Violencia se irá modificando progresivamente, pasando de las regiones tradicionales que representan un amplio caudal de votos, a las regiones donde el campesinado tiene mayor presencia económica, ante todo en las regiones de cultivo del café. Es allí, donde el bandolerismo económico y social hallan terreno privilegiado. Provenientes de diversos sectores sociales y escondidos tras el ambiente de violencia acaparan tierras y rentas. La coyuntura se presta a ello tanto más cuanto que, de 1949 a 1955, sucede un auge espectacular de las cotizaciones internacionales del café.

La generalización de la violencia en la década del 20 y del 49 al 55, obedece, entre otros, a la incapacidad del Estado de controlar los flujos monetarios que surgen en un momento determinado. Dos momentos mediados por confrontaciones institucionales que impidieron ejercer control, legislar, y ejecutar las pautas necesarias para el beneficio y desarrollo equitativo de todos los involucrados en el proceso de producción, comercialización y exportación del café. Las grandes utilidades generadas por la bonanza del café quedaron en pocas manos pertenecientes a familias acaudaladas.
La violencia al llegar a una región se afana por “purificar” las diferencias y transformarla en un ente hegemónico que obedezca las directrices del grupo al mando, máxime si representa al poder central. Irrumpe cortando los lazos sociales existentes y creando un clima de incertidumbre y delación. Los que no están con el poder están en su contra.

“Debían irse”. ¿Por qué? El hijo de Simón Arévalo y de la difunta Laura había gastado casi media hora, tratando de explicarlo. Pero que confuso había estado. Esas cosas de la autoridad y de la policía siempre eran complicadas. Y el hijo de Simón Arévalo tampoco las sabía bien a pesar de que ahora andaba en tratos con los de la autoridad, haciéndole mandados a la autoridad. “El muy bellaco”, pensó Juan.

(…) El guardia no le dio tiempo al señor Benavidez para contestar. Se volvió a Juan, y haciendo sonar el látigo contra sus propios pantalones le dijo: “¿Y usted también es de los que se está resistiendo?”.
(…) Arévalo intervino: “Sí, es de los rojos, de aquí cerca, de la vereda de las tres espigas”.

(…) El guayacán parecía un largo dedo con las coyunturas abultadas por el reumatismo. Y el látigo seguía sonando sobre la tela basta, color de cobre, de los pantalones del uniforme. “Ajá, ajá”, gruñó insidioso el guardia. “Pero es de los tranquilos, yo lo conozco”, cortó Arévalo. (…) “Ya veremos. Ya veremos, porque todos son unos hijoe…madres”, y se le abrió al guardia en la mitad de la cara una sonrisa sardónica.

El guardia lleva consigo el látigo como extensión de la mano, cetro que impone silencio, temor y detenta el poder, y el fusil, instrumento para desaparecer la diferencia, al “otro” que es la rebeldía, que está de la otra orilla, que es rojo y por tanto, enemigo acérrimo. Así, la polarización partidista alcanzó a las fuerzas del orden.

“EL HOMBRE TENÍA UN AIRE CORDIALMENTE siniestro. Hacía por lo menos un cuarto de hora que trataba de explicarse, sin conseguirlo. Estaba sentado sobre un gran tronco de árbol, a la entrada de la casa. No se había quitado el sucio sombrero, un fieltro barato de color carmelita y mantenía los ojos bajos, al hablar. Juan lo conocía bien. Era el hijo de Simón Arévalo y de la señora Laura. Un chico muy inquieto desde el comienzo. Pero no tanto para suponer lo que se decía que estaba haciendo en la región, con viejos y buenos amigos de sus padres. Juan no lo creía, pero ahora… “Es mejor que se vayan”, repitió el hombre…”

En el hijo de Simón Arévalo toma cuerpo la amenaza, primer eslabón en la administración del terror, en ese mismo muchacho que no parecía tan malo, y que se había convertido en un sostén de la autoridad; en el soplón de los “rojos” de la región; en el traicionero de la amistad y los tiempos de juego, que pasaba de amigo de infancia a ser el “otro”. Es el acto político, salvaguarda de la existencia, creador de la relación dual amigo – enemigo, asunto de vida o muerte.
“Doce días habían pasado desde la visita. Y Juan pensaba que todo estaba en orden. “Una semana, váyanse dentro de una semana. Es mejor para ustedes. De lo contrario…”. Y ahí llegaba otra vez Arévalo, pero acompañado de la autoridad.

El guardia echó otro tiro al aire, al acercarse a Juan. “¿Suena bien, no? Dijo, “y sonarán mañana muchos más, si a esta hora no se han largado de aquí. ¿Entienden?”.

Se presenta el cuerpo de la amenaza, Arévalo, acompañado del instrumento, el guardia, que exigirá el cumplimiento perentorio de la orden de desalojo. El primero, una víctima más del conflicto, convertido en agente de la violencia y el segundo en el brazo armado del régimen que sustenta y legitima dicha violencia. El pueblo contra el pueblo, guiados por elites con ideologías e intereses propios.

“¿Cómo les fue?”. “Bien señor alcalde”, respondió Arévalo, taciturno.
(…)Todos cumplieron: Arévalo y la autoridad, Juan y Carmen y el niño.
“Cometieron la estupidez de trancar las puertas y quedarse adentro, y, usted comprende, no había tiempo que perder…”.

Y así fue. “El aceite seguía goteando de la caneca al embudo y del embudo a la botella”.Y sigue siendo una estupidez defender lo propio; levantar la voz contra la injusticia; pensar y expresar.
En Hernando Téllez la violencia es un “personaje”, que se va adentrando en cada una de los personajes, es el mal que arrasa con el hombre y/o sus empresas. Son múltiples las experiencias de violencia en sus relatos. La obra es un conjunto que muestra diferentes visiones, focaliza desde diversos protagonistas la violencia como objeto histórico, y la competencia para ser violento: amenazar, minimizar, agredir, excluir, matar.
La violencia como temática de escritura en Hernando Téllez es innegablemente por encima de todo un fenómeno ideológico y psicológico.

La violenta experiencia de la Violencia, que la mayor parte de la sociedad colombiana padeció y que se encuentra encerrada en pequeñas historias y en reducidos relatos individuales, se ha ido expulsando paulatina y sistemáticamente de toda historia colectiva que guarde un sentido. Se recuerda sólo la violencia sobre los cuerpos y las vidas. Las causas múltiples y sus variados protagonistas, a excepción del pueblo mismo, van quedando velados por la historia que ha buscado reprimir y sepultar la memoria sobre la Violencia, que ha buscado convertir todo en Cenizas para el viento.


1. Renarración: Espumas y nada más
• Anticipaciones:
• Creación de un escenario de encuentro entre dos personajes con visiones diferentes de la realidad: El barbero y el Capitán Torres.
• Situación que aparecerá en la obra La mala hora (1959) de Gabriel García Márquez y sus protagonistas son el dentista y el alcalde militar.

“El dentista localizó la muela enferma, apartando con el índice la mejilla inflamada y orientando la lámpara móvil con la otra mano, completamente insensible a la ansiosa respiración del paciente. Después se enrolló la manga hasta el codo y se dispuso a sacar la muela.
El alcalde lo agarró por la muñeca.
--Anestesia—dijo.
Sus miradas se encontraron por primera vez.
--Ustedes matan sin anestesia—dijo suavemente el dentista”.

El mismo García Márquez volverá sobre la escena y la situación en el cuento Un día de estos del libro Los funerales de la mamá grande.
• Muestra la ambivalencia del drama: el perseguido (El barbero) y el perseguidor (el capitán. Porque no hay drama humano que pueda ser unilateral.

1. Renarración: Cenizas para el viento
• La violencia: un personaje de primer orden

“En la tienda de don Rómulo Linares no le quisieron vender aceite. Le dijeron que se había acabado. Pero el aceite estaba ahí, goteando, espeso, brillante, de la negra caneca al embudo y del embudo a una botella, detrás del mostrador”.

“Luego entró a la farmacia por una caja de vaselina perfumada y un paquete de algodón. El señor Benavidez, muy amable, pero con cierto aire de misterio le preguntó: ¿Por allá no ha pasado nada todavía?. Y cuando Juan iba a responderle, el señor Benavidez le hizo señas de que se callará. Entró un guardia y detrás, precisamente, el hijo de Simón Arévalo”.
• División entre los habitantes del pueblo: a partir de lo político se establece la dualidad amigo – enemigo.

“Era el hijo de Simón Arevalo y de la señora Laura. Un chico muy inquieto desde el comienzo. Pero no tanto como para suponer lo que se decía que estaba haciendo en la región, con viejos y buenos amigos de sus padres. Juan no lo creía, pero ahora…”Es mejor que se vayan “, repitió el hombre, sin levantar la cabeza”.

1. Renarración: PRELUDIO
• La transformación del hombre a partir de un arma, del poder que esta le confiere.

“--Si usted toca ese vidrio lo mato—dije llevado de un impulso extraño, de una fuerza secreta que parecía estar en mi interior, pero que yo comprendía también que estaba en la calle, en la atmósfera. Y levante la mano con el machete en señal de amenaza”.

• La masificación de la violencia

“Ni él ni los demás me oyeron. Todos gritaban, energúmenos, violentos. Mi grito se perdió así en el aire. La gente llevaba superpuesto sobre su rostro, el rostro de la revolución: ira y miedo, rojo y blanco. A mí me había cogido la revolución en plena calle, cuando estaba parado frente a la vitrina de una bizcochería, en la Gran Avenida. Un minuto antes yo me hallaba con las manos desnudas, en la actitud del desamparado, del que no tiene empleo, del que tiene un poco de hambre, imaginando la posibilidad de que algún día yo pudiera entrar a esa tienda y comerme, minuciosamente uno después de otro, todos los bizcochos de la vitrina. Un minuto después la revolución me hacía el obsequio de un machete. ¡Para qué! Yo no sabía para qué”.

“El machete me daba cierta prestancia. ¿Pero qué iba a hacer con el machete? La revolución no se equivoca, pense, pues si están repartiendo machetes algo habrá que cortar, algo habrá que defender, y a alguien habrá que matar”

1. Recorrido por los tres cuentos:
• Toma partido desde lo axiológico a partir de la reflexión de los personajes.

El barbero:

“Maldita la hora en que vino, porque yo soy un revolucionario pero no soy un asesino. Y tan fácil como resultaría matarlo. Y lo merece. ¿Lo merece? ¡No, qué diablos! Nadie merece que los demás hagan el sacrificio de convertirse en asesinos. ¿Qué ganan con ello? Pues nada. Vienen otros y otros y los primeros matan a los segundos y estos a los terceros y siguen y siguen hasta que todo es un mar de sangre”.

Cenizas, Juan:

“¿Pero, si era cierto como lo dijo el hijo de Simón Arévalo, que ellos tenían que irse de allí? Claro que él había votado en las últimas elecciones. ¿Y qué? ¿No habían votado también los demás? Los unos de un lado. Los otros del otro. Y todos en paz. el que gana, gana. Y el que pierde, pierde”. (20)

Lenguaje y su eficacia
Los instrumentos, sus usos, sus transformaciones y el poder conferido:
• Espumas: (la navaja usada desde la razón)

“Es un hombre sereno, que ni siquiera piensa en lo que ha de hacer esta tarde con los prisioneros. En cambio yo, con esta navaja entre las manos, puliendo y puliendo esta piel, evitando que brote sangre de estos poros, cuidando todo golpe, no puedo pensar serenamente”.

“Yo podría cortar este cuello, así, ¡zas, zas! No le daría tiempo de quejarse y como tiene los ojos cerrados no vería ni el brillo de la navaja ni el brillo de mis ojos… de ese cuello brotaría un chorro de sangre sobre la sábana, sobre la silla, sobre mis manos, sobre el suelo”.

“Usted vino para que yo lo afeitara. Y yo cumplo honradamente con mi trabajo…No quiero mancharme de sangre. De espuma y nada más. Usted es un verdugo y yo no soy más que un barbero. Y cada cual en su puesto. Eso es. Cada cual en su puesto”.

• Cenizas (el látigo y el fusil como extensiones de la mano)

“(…) El guayacán parecía un largo dedo con las coyunturas abultadas por el reumatismo. Y el látigo seguía sonando sobre la tela basta, color de cobre, de los pantalones del uniforme. “Ajá, ajá”, gruñó insidioso el guardia. “Pero es de los tranquilos, yo lo conozco”, cortó Arévalo. (…) “Ya veremos. Ya veremos, porque todos son unos hijoe…madres”, y se le abrió al guardia en la mitad de la cara una sonrisa sardónica”.
El guardia lleva consigo el látigo como extensión de la mano, cetro que impone silencio, temor y detenta el poder, y el fusil, instrumento para desaparecer la diferencia, al “otro” que es la rebeldía, que está de la otra orilla, que es rojo y por tanto, enemigo acérrimo.

• Preludio (el machete herramienta y arma mortal)

“Pesaba el machete. En la empuñadura de madera podían descansar con amplitud mis cinco dedos, colocados allí en la forma que ustedes saben: la forma del puño cerrado, pero con el trozo de madera entre la mano”.

El machete era, pues, un inconveniente. Con él en las manos yo debía parecer un revolucionario de verdad. Pero yo no era un revolucionario. Yo era un pobre diablo que andaba por ahí sin rumbo fijo, con diez centavos entre el bolsillo y que se había parado frente a una vitrina.

El machete me daba cierta prestancia. ¿Pero qué iba a hacer con el machete? La revolución no se equivoca, pense, pues si están repartiendo machetes algo habrá que cortar, algo habrá que defender, y a alguien habrá que matar.

--¡Viva la revolución!
Yo respondí automáticamente: --¡Que viva!—y, sin saber como, me encontré blandiendo el arma poseído de insólita ira.
--¡Recoja el machete, miserable!—Ordenó a mi espalda una voz autoritaria
--Recójalo o si no yo le enseño a obedecer—Insistió la voz.
--Podemos romperla—propuso con absoluta frialdad –présteme el machete.

En la nuca había caído el tajo certero, y a mí me parecía que al descargarlo, una cosa dura y sonora se rompía bajo mis manos, exactamente como ocurre al partir un delgado trozo de leña contra la rodilla.

El machete pasa de ser herramienta agraria a convertirse en arma mortal.

• Contundencia al iniciar y finalizar la narración:

Espumas

-“NO SALUDO AL ENTRAR. YO ESTABA REPASANDO sobre una badana la mejor de mis navajas. Y cuando lo reconocí me puse a temblar. Pero él no se dio cuenta. Para disimular continué repasando la hoja”.

-“Me habían dicho que usted me mataría. Vine para comprobarlo. Pero matar no es fácil. Yo sé por qué se lo dijo”. Y siguió calle abajo.

Cenizas

“EL HOMBRE TENÍA UN AIRE CORDIALMENTE siniestro. Hacía por lo menos un cuarto de hora que trataba de explicarse, sin conseguirlo. Estaba sentado sobre un gran tronco de árbol, a la entrada de la casa. No se había quitado el sucio sombrero, un fieltro barato de color carmelita y mantenía los ojos bajos, al hablar. Juan lo conocía bien. Era el hijo de Simón Arévalo y de la señora Laura. Un chico muy inquieto desde el comienza. Pero no tanto para suponer lo que se decía que estaba haciendo en la región, con viejos y buenos amigos de sus padres. Juan no lo creía, pero ahora… “Es mejor que se vayan”, repitió el hombre…”

“¿Cómo les fue?”. “Bien señor alcalde”, respondió Arévalo, taciturno. ¿Martínez se había ido?. “No”, dijo el rebenque, “cometieron la estupidez de trancar las puertas y quedarse adentro, y, usted comprende, no había tiempo que perder…”.

“El aceite seguía goteando de la caneca al embudo y del embudo a la botella.”

Preludio

“PRIMERO FUE UN GRITO. DESPUÉS MILES DE GRITOS. Después un tumulto. Después la revolución. A mí me entregaron un machete, grande y nuevecito. Brillaba la hoja contra la pálida luz, al voltearla”.

“El lodo y el agua se tiñeron fugitivamente de sangre. La vitrina estaba, por fin abierta. Pero una sensación de náusea me había quitado el hambre y con el hambre el deseo de saciarme, hasta el hartazgo”.

Final que se une con el de Espuma y nada más:

Matar no es fácil. Yo sé por qué se lo dijo”. Y Seguimos calle abajo.