HYBRIDO ARTE Y LITERATURA |
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Ricardo Iglesias Dávila HERNANDO TÉLLEZ: CENIZAS PARA EL VIENTO
N uestra historia se encuentra signada por la violencia originada en
la férrea voluntad individual de mantener lo nuestro; de ser libres,
por la ambición y el egoísmo que genera gobernar, por las
venganzas acumuladas y el usufructo de lo ajeno. Nuestra historia está
bañada por la violencia emocional y racional; la estatal y la de
grupos al margen de la ley, la de grupos contestatarios…, por la
generada en el miedo y por todas aquellas acciones de fuerza con las cuales
pretendemos acabar con la fuerza de la violencia. Discriminar el período comprendido entre 1946 y 1966 como la época
de la Violencia es hacer una división adverbial de cantidad y cualidad
de instrumentos y formas por lo execrable y hórrido de su “ser”
y porque contó con una serie de escritores y críticos que
si bien no estudiaron su problemática, contaron el fenómeno.
Pero igual, ¿Dónde están los escritos literarios,
históricos o críticos de la violencia de la Guerra de los
mil días o la violencia fratricida, política y económica
de las décadas del 20 y 30? Sólo por nombrar dos casos.
¿Aislados? “Le bastaría con levantar el arma y apuntar. Algo muy sencillo, muy fácil. ¿No es cierto? Mejor quedarme quieto. Me dolían las manos por la presión de los músculos. “Puede matarnos, matarnos a todos”, pensaba yo. Y rectificaba: “No, a todos no, porque le faltarían en el revólver cinco cápsulas”. “¿Son cinco o seis las que lleva el tambor?”. Y luego volvía el miedo, como en oleadas, a golpear en el pecho. Pablito Mancera seguía llorando, débilmente, tenuemente, como si se hallara en trance de morir. Y no se oía nada más que un susurro de pena en todo el silencio de la clase, en todo el silencio de la casa, probablemente en todo el silencio del pueblo y de los campos”. … cuando matar se convirtió en un oficio. Hernando Téllez nos revela la violencia desde diferentes perspectivas.
Despliega los personajes en toda su humana dimensión, con sus propias
obsesiones o circunstancialmente prestadas por la multitud convertida
en tumulto frenético y que en su loca carrera no distingue más
allá de los colores de sus propios intereses, se hace grito sordo
e irracionalidad exacerbada que enceguece y resta. -“NO SALUDO AL ENTRAR. YO ESTABA REPASANDO sobre una badana la mejor de mis navajas. Y cuando lo reconocí me puse a temblar. Pero él no se dio cuenta. Para disimular continué repasando la hoja”. -“Me habían dicho que usted me mataría. Vine para comprobarlo. Pero matar no es fácil. Yo sé por qué se lo dijo”. Y siguió calle abajo. Según Carl Schmitt, <<lo político>> no ha de
confundirse nunca con <<la política>>. Pues, el concepto
del Estado presupone el concepto de lo político. Y lo político
es por completo ajeno a lo moral (bueno - malo), a lo estético
(bello – feo) y a lo económico (rentable – no rentable).
Lo político, en últimas, descansa sobre una distinción
que le es propia: amigo – enemigo. Esta distinción es independiente
de las anteriores y en ella lo que está en juego es nada menos
que la vida o la muerte. -“Pescamos a los principales. Unos vienen muertos y otros todavía
viven. Pero pronto estarán todos muertos. (…) El pueblo habrá
escarmentado con lo del otro día”, dijo. Después de reiteradas incursiones, la agresividad se transforma
en violencia y la violencia en excesos, se adquiere la competencia para
matar, rematar y contramatar; para ejercer el oficio a la perfección:
“acabar” con los enemigos y sembrar el terror en la población.
Acciones reiteradas que conllevan al disfrute de la muerte. Muerte prolongada,
espectáculo de suplicio, dolor insospechado y escarmiento general.
Momento crucial donde se sitúa la violencia con toda su crueldad,
sevicia y horror. El goce infame ante la fragmentación del cadáver,
con el terror y el asco que suscita, es, pues, la expresión máxima
del goce de matar. Sin embargo, no todo combatiente llega inevitablemente
a estos extremos. Es siempre un orden cultural, o subcultural: militar
o mafioso, el que genera y legitima este tipo de asesinato. Cenizas para el viento, es el relato que da nombre al libro y señala
cómo las experiencias vividas no han servido de nada, acciones
caídas en el abismo del olvido colectivo, y si acaso se piensan
no se expresan gracias al temor que terminó invadiendo todos los
rincones de la existencia. “Es mejor que se vayan”, repitió el hombre, con la mirada en el suelo, sin levantar la cabeza. Juan no respondió. Se hallaba de pie, a un metro de distancia del visitante. (…) La vereda era pobre y la casa de Juan y el campo que la rodeaban no valían ciertamente la pena de que las autoridades se ocuparan de ella. No les iban a servir para nada: unos cuadros de maíz, unas manchitas de papa, un cuadrilátero de legumbres y un chorro de agua que bajaba, a Dios gracias, decía Carmen, desde la propiedad, esa sí grande y rica de los señores Hurtado”. Así, el mapa de la Violencia se irá modificando progresivamente, pasando de las regiones tradicionales que representan un amplio caudal de votos, a las regiones donde el campesinado tiene mayor presencia económica, ante todo en las regiones de cultivo del café. Es allí, donde el bandolerismo económico y social hallan terreno privilegiado. Provenientes de diversos sectores sociales y escondidos tras el ambiente de violencia acaparan tierras y rentas. La coyuntura se presta a ello tanto más cuanto que, de 1949 a 1955, sucede un auge espectacular de las cotizaciones internacionales del café. La generalización de la violencia en la década del 20 y
del 49 al 55, obedece, entre otros, a la incapacidad del Estado de controlar
los flujos monetarios que surgen en un momento determinado. Dos momentos
mediados por confrontaciones institucionales que impidieron ejercer control,
legislar, y ejecutar las pautas necesarias para el beneficio y desarrollo
equitativo de todos los involucrados en el proceso de producción,
comercialización y exportación del café. Las grandes
utilidades generadas por la bonanza del café quedaron en pocas
manos pertenecientes a familias acaudaladas. “Debían irse”. ¿Por qué? El hijo de Simón Arévalo y de la difunta Laura había gastado casi media hora, tratando de explicarlo. Pero que confuso había estado. Esas cosas de la autoridad y de la policía siempre eran complicadas. Y el hijo de Simón Arévalo tampoco las sabía bien a pesar de que ahora andaba en tratos con los de la autoridad, haciéndole mandados a la autoridad. “El muy bellaco”, pensó Juan. (…) El guardia no le dio tiempo al señor Benavidez para
contestar. Se volvió a Juan, y haciendo sonar el látigo
contra sus propios pantalones le dijo: “¿Y usted también
es de los que se está resistiendo?”. (…) El guayacán parecía un largo dedo con las coyunturas abultadas por el reumatismo. Y el látigo seguía sonando sobre la tela basta, color de cobre, de los pantalones del uniforme. “Ajá, ajá”, gruñó insidioso el guardia. “Pero es de los tranquilos, yo lo conozco”, cortó Arévalo. (…) “Ya veremos. Ya veremos, porque todos son unos hijoe…madres”, y se le abrió al guardia en la mitad de la cara una sonrisa sardónica. El guardia lleva consigo el látigo como extensión de la
mano, cetro que impone silencio, temor y detenta el poder, y el fusil,
instrumento para desaparecer la diferencia, al “otro” que
es la rebeldía, que está de la otra orilla, que es rojo
y por tanto, enemigo acérrimo. Así, la polarización
partidista alcanzó a las fuerzas del orden. En el hijo de Simón Arévalo toma cuerpo la amenaza, primer
eslabón en la administración del terror, en ese mismo muchacho
que no parecía tan malo, y que se había convertido en un
sostén de la autoridad; en el soplón de los “rojos”
de la región; en el traicionero de la amistad y los tiempos de
juego, que pasaba de amigo de infancia a ser el “otro”. Es
el acto político, salvaguarda de la existencia, creador de la relación
dual amigo – enemigo, asunto de vida o muerte. El guardia echó otro tiro al aire, al acercarse a Juan. “¿Suena bien, no? Dijo, “y sonarán mañana muchos más, si a esta hora no se han largado de aquí. ¿Entienden?”. Se presenta el cuerpo de la amenaza, Arévalo, acompañado del instrumento, el guardia, que exigirá el cumplimiento perentorio de la orden de desalojo. El primero, una víctima más del conflicto, convertido en agente de la violencia y el segundo en el brazo armado del régimen que sustenta y legitima dicha violencia. El pueblo contra el pueblo, guiados por elites con ideologías e intereses propios. “¿Cómo les fue?”. “Bien señor
alcalde”, respondió Arévalo, taciturno. Y así fue. “El aceite seguía goteando de la caneca
al embudo y del embudo a la botella”.Y sigue siendo una estupidez
defender lo propio; levantar la voz contra la injusticia; pensar y expresar. La violenta experiencia de la Violencia, que la mayor parte de la sociedad colombiana padeció y que se encuentra encerrada en pequeñas historias y en reducidos relatos individuales, se ha ido expulsando paulatina y sistemáticamente de toda historia colectiva que guarde un sentido. Se recuerda sólo la violencia sobre los cuerpos y las vidas. Las causas múltiples y sus variados protagonistas, a excepción del pueblo mismo, van quedando velados por la historia que ha buscado reprimir y sepultar la memoria sobre la Violencia, que ha buscado convertir todo en Cenizas para el viento.
“El dentista localizó la muela enferma, apartando con el
índice la mejilla inflamada y orientando la lámpara móvil
con la otra mano, completamente insensible a la ansiosa respiración
del paciente. Después se enrolló la manga hasta el codo
y se dispuso a sacar la muela. El mismo García Márquez volverá sobre la escena
y la situación en el cuento Un día de estos del libro Los
funerales de la mamá grande. 1. Renarración: Cenizas para el viento “Era el hijo de Simón Arevalo y de la señora Laura. Un chico muy inquieto desde el comienzo. Pero no tanto como para suponer lo que se decía que estaba haciendo en la región, con viejos y buenos amigos de sus padres. Juan no lo creía, pero ahora…”Es mejor que se vayan “, repitió el hombre, sin levantar la cabeza”. 1. Renarración: PRELUDIO “Ni él ni los demás me oyeron. Todos gritaban, energúmenos, violentos. Mi grito se perdió así en el aire. La gente llevaba superpuesto sobre su rostro, el rostro de la revolución: ira y miedo, rojo y blanco. A mí me había cogido la revolución en plena calle, cuando estaba parado frente a la vitrina de una bizcochería, en la Gran Avenida. Un minuto antes yo me hallaba con las manos desnudas, en la actitud del desamparado, del que no tiene empleo, del que tiene un poco de hambre, imaginando la posibilidad de que algún día yo pudiera entrar a esa tienda y comerme, minuciosamente uno después de otro, todos los bizcochos de la vitrina. Un minuto después la revolución me hacía el obsequio de un machete. ¡Para qué! Yo no sabía para qué”. “El machete me daba cierta prestancia. ¿Pero qué iba a hacer con el machete? La revolución no se equivoca, pense, pues si están repartiendo machetes algo habrá que cortar, algo habrá que defender, y a alguien habrá que matar” 1. Recorrido por los tres cuentos: El barbero: “Maldita la hora en que vino, porque yo soy un revolucionario pero no soy un asesino. Y tan fácil como resultaría matarlo. Y lo merece. ¿Lo merece? ¡No, qué diablos! Nadie merece que los demás hagan el sacrificio de convertirse en asesinos. ¿Qué ganan con ello? Pues nada. Vienen otros y otros y los primeros matan a los segundos y estos a los terceros y siguen y siguen hasta que todo es un mar de sangre”. Cenizas, Juan: “¿Pero, si era cierto como lo dijo el hijo de Simón Arévalo, que ellos tenían que irse de allí? Claro que él había votado en las últimas elecciones. ¿Y qué? ¿No habían votado también los demás? Los unos de un lado. Los otros del otro. Y todos en paz. el que gana, gana. Y el que pierde, pierde”. (20) Lenguaje y su eficacia “Es un hombre sereno, que ni siquiera piensa en lo que ha de hacer esta tarde con los prisioneros. En cambio yo, con esta navaja entre las manos, puliendo y puliendo esta piel, evitando que brote sangre de estos poros, cuidando todo golpe, no puedo pensar serenamente”. “Yo podría cortar este cuello, así, ¡zas, zas! No le daría tiempo de quejarse y como tiene los ojos cerrados no vería ni el brillo de la navaja ni el brillo de mis ojos… de ese cuello brotaría un chorro de sangre sobre la sábana, sobre la silla, sobre mis manos, sobre el suelo”. “Usted vino para que yo lo afeitara. Y yo cumplo honradamente con mi trabajo…No quiero mancharme de sangre. De espuma y nada más. Usted es un verdugo y yo no soy más que un barbero. Y cada cual en su puesto. Eso es. Cada cual en su puesto”. • Cenizas (el látigo y el fusil como extensiones de la mano) “(…) El guayacán parecía un largo dedo con
las coyunturas abultadas por el reumatismo. Y el látigo seguía
sonando sobre la tela basta, color de cobre, de los pantalones del uniforme.
“Ajá, ajá”, gruñó insidioso el
guardia. “Pero es de los tranquilos, yo lo conozco”, cortó
Arévalo. (…) “Ya veremos. Ya veremos, porque todos
son unos hijoe…madres”, y se le abrió al guardia en
la mitad de la cara una sonrisa sardónica”. • Preludio (el machete herramienta y arma mortal) “Pesaba el machete. En la empuñadura de madera podían descansar con amplitud mis cinco dedos, colocados allí en la forma que ustedes saben: la forma del puño cerrado, pero con el trozo de madera entre la mano”. El machete era, pues, un inconveniente. Con él en las manos yo debía parecer un revolucionario de verdad. Pero yo no era un revolucionario. Yo era un pobre diablo que andaba por ahí sin rumbo fijo, con diez centavos entre el bolsillo y que se había parado frente a una vitrina. El machete me daba cierta prestancia. ¿Pero qué iba a hacer con el machete? La revolución no se equivoca, pense, pues si están repartiendo machetes algo habrá que cortar, algo habrá que defender, y a alguien habrá que matar. --¡Viva la revolución! El machete pasa de ser herramienta agraria a convertirse en arma mortal. • Contundencia al iniciar y finalizar la narración: Espumas -“NO SALUDO AL ENTRAR. YO ESTABA REPASANDO sobre una badana la mejor de mis navajas. Y cuando lo reconocí me puse a temblar. Pero él no se dio cuenta. Para disimular continué repasando la hoja”. -“Me habían dicho que usted me mataría. Vine para comprobarlo. Pero matar no es fácil. Yo sé por qué se lo dijo”. Y siguió calle abajo. Cenizas “EL HOMBRE TENÍA UN AIRE CORDIALMENTE siniestro. Hacía por lo menos un cuarto de hora que trataba de explicarse, sin conseguirlo. Estaba sentado sobre un gran tronco de árbol, a la entrada de la casa. No se había quitado el sucio sombrero, un fieltro barato de color carmelita y mantenía los ojos bajos, al hablar. Juan lo conocía bien. Era el hijo de Simón Arévalo y de la señora Laura. Un chico muy inquieto desde el comienza. Pero no tanto para suponer lo que se decía que estaba haciendo en la región, con viejos y buenos amigos de sus padres. Juan no lo creía, pero ahora… “Es mejor que se vayan”, repitió el hombre…” “¿Cómo les fue?”. “Bien señor alcalde”, respondió Arévalo, taciturno. ¿Martínez se había ido?. “No”, dijo el rebenque, “cometieron la estupidez de trancar las puertas y quedarse adentro, y, usted comprende, no había tiempo que perder…”. “El aceite seguía goteando de la caneca al embudo y del embudo a la botella.” Preludio “PRIMERO FUE UN GRITO. DESPUÉS MILES DE GRITOS. Después un tumulto. Después la revolución. A mí me entregaron un machete, grande y nuevecito. Brillaba la hoja contra la pálida luz, al voltearla”. “El lodo y el agua se tiñeron fugitivamente de sangre. La vitrina estaba, por fin abierta. Pero una sensación de náusea me había quitado el hambre y con el hambre el deseo de saciarme, hasta el hartazgo”. Final que se une con el de Espuma y nada más: Matar no es fácil. Yo sé por qué se lo dijo”. Y Seguimos calle abajo.
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