Osiris Vallejo

Era Jueves Y, Sin Embargo, Llovia



La tierra no tiene sed; pero,)qué le importa al cielo?...Y ahí va la lluvia. Era jueves y llovía a cántaros; no cualquier lluvia, no cualquier cielo: la lluvia del Norte, el cielo del Norte. Marcos abrió el paraguas enorme y se ajustó el cuello de la camisa, mientras caminaba a pasos agigantados. Las aceras -libres ya de toda plebe- repletas de inmundicia, reflejaban virtualmente el espíritu vagabundo de pretéritas juergas. El tropezaba torpemente con latas y desperdicios, clásico estilo de su crónico estado de somnolencia matutina.

A las cinco en punto se dispuso a esperar el autobús. El agua torrencial le salpicaba los pies, mientras el horizonte sucumbía ante la asfixiante niebla.

Se subió al autobús... se bajó del autobús... se subió a otro autobús... se bajó del autobús.

Esperó el tren por largo rato. Tomó el tren. Miró, sin emoción, al resto de los sonámbulos. Sacó un libro de bolsillo de la bolsa oscura que siempre llevaba sobre la espalda y que, en ese instante había colocado sobre el suelo. Recostado contra la parte central de una de las puertas, divisó un asiento; lo ocupó. Leía, o al menos simulaba hacerlo. Tras las ventanas de cristal, el mundo huía velozmente en dirección contraria. Marcos recostó la cabeza, cerró los ojos, irguió la cabeza, abrió los ojos, miró hacia la izquierda, recostó la cabeza, cerró los ojos. Sus párpados rastreaban en vano la profundidad del sueño. De súbito, se tornó gris y reflexivo: ")tendrá algún sentido este madrugar eterno; este despertar cotidiano rumbo a la nada ?" Llevóse el dedo índice a la sien, el pulgar al mentón, y luego se perdió en un mar de divagaciones.

El tren se detuvo. Marcos tomó la pesada bolsa, se la colocó sobre la espalda y abandonó rápidamente el serpentino vehículo. Salió de la elevada estación. Se enteró, ya inútilmente de que en algún lugar había olvidado el paraguas. Pasó por su mente la descabellada idea de tomar un taxi, por lo que introdujo la mano derecha en uno de los laberínticos bolsillos de su pantalón, a sabiendas de que cualquier cosa podría encontrar en ellos, menos dinero. Decidió caminar -)acaso tenía otra alternativa?-. La lluvia era ya un rocío irreductible.

En la distancia se dibujaba difusamente un edificio alto y pobremente pintado. Marcos lo observaba con cierta expresión de incertidumbre, al tiempo que miraba el reloj. "Otra vez tarde"-se dijo"-; esto es ya una costumbre mía que, por recónditas razones, no puedo calificar de mala. Llegar siempre tarde, partir sin despedirme o tomar un café a solas en un restaurante cualquiera, me produce una sensación de libertad infinita".

-(Marcos! Es la décimo octava vez en los últimos treinta días que llega usted tarde.)Acaso ignora que esta es una empresa seria, que precisa de gente responsable?- preguntó el supervisor de la fábrica al verlo entrar.

- Ya lo sé, pero...

- Sí, claro, siempre lo mismo: " que el autobús... que la esposa... que los hijos..." , siempre las mismas excusas.

- Ya verá que será distinto del lunes en adelante.

- Eso espero, Marcos, eso espero. Se supone que llegue usted a tiempo todos los días, a menos, por supuesto, que esté hospitalizado.

Después de decir esto, el supervisor sonrió maliciosamente, como satisfecho de su buen humor, y se dirigió a la oficina. Marcos lo miró en forma severa, tras lo cual fijó la vista en ninguna parte y, en una actitud indudablemente previsora, se contempló, al día siguiente, entrando a la empresa de rodillas, con la mano derecha extendida para que alguien depositara en ella unas cuantas monedas. Después, sintió retumbando en su cabeza las palabras del supervisor: "se supone que llegue usted a tiempo; se supone, se supone, se supone".

- Pero, todo esto ) quién lo supone?- se preguntó-. Yo no lo he supuesto nunca.

Luego abandonó la fábrica.

La última vez que lo vi, en el manicomio, los doctores me advirtieron que lo tratase con cautela porque a veces se tornaba violento. La verdad es que a mí no me pareció que lo fuese. Toda nuestra conversación se desarrolló en forma muy inteligente. Es más, creo haber percibido en él una lucidez mental muy superior a la de antes. "Sabes, creo que este lugar siempre me estuvo esperando, que fue concebido para mí, pues sólo aquí he alcanzado el éxtasis intelectual. Mi estancia ideal y natural es la permanencia en un estado profundamente contemplativo del mundo; y aquí puedo", me dijo. Sin embargo, cierta actitud de Marcos me dejó aterrado y sumido en un profundísimo desconcierto. Mirándome fijamente, abrió los ojos al máximo, de modo que parecían salirse de sus cuencas, y comenzó a repetir: " sabes, era jueves y, sin embargo, llovía; sí, era jueves, y llovía a cántaros". Desde entonces me horrorizan los espejos.