HYBRIDO

ARTE Y LITERATURA

Mario A. Pozada-Burga

Amnesia


Ver a Juan y acordarme de la deuda fue uno. Somos compañeros de estudios en el Centro de Graduados de Nueva York y a veces coincidíamos en algunos de los cursos. Fue precisamente en uno de ellos que tuvimos que adquirir un par de obras para trabajarlas. La computación no estaba por entonces muy desarrollada como para buscarlas en el Internet; además, la librería “París”, en la Quinta avenida, estaba en liquidación de cierre y daba los libros a precios irrisorios. Especialmente ediciones pasadas. Fuimos allá a buscar lo que queríamos pero al vernos frente a tanta diversidad librera y a tan bajos precios, decidimos agenciarnos de unos cuantos para ampliar nuestras pequeñas bibliotecas. Procuramos no comprar los mismos ejemplares para tener más variedad y leer todos por mutuo intercambio. Fue al estar frente a la cajera que Juan se dio cuenta que no había traído dinero consigo; me preguntó si podía prestarle 20 dólares. Accedí.
Terminó el semestre y no volví a verlo ni volvimos a encontrarnos en ningún otro curso. Ni pensar en dar con él en la calle o en algún lugar público. Quien viva en Nueva York lo sabe. ¿Y mi dinero? Bien, gracias.
Este semestre estamos nuevamente juntos en un seminario de narrativa corta, interesados en todas las posibilidades de la narrativa de ficción. Yo, personalmente, escritor en ciernes, apenas si he malpergeñado unos cuantos que, la verdad, no me hacen sentir bien todavía. Y es que anhelo mucho poder tener la habilidad de poder interesar al lector con mis trabajos.

En casi todas las sesiones me he sentado junto a Juan con el saludable propósito de recordarle la deuda con mi presencia, pero él, ni hostias, que son gratis. Esta es ya la penúltima clase y al finalizar el profesor nos recuerda el escrito que debemos presentar a manera de examen. Yo acabo de recordar una de la fuentes informativas que el profesor sugirió: “Del cuento breve y sus alrededores” de Julio Cortázar, y le pregunto a Juan si lo tiene; él no recuerda muy bien pero promete buscarlo. Casi todos los asistentes estamos de pie ordenando las cosas para marcharnos; yo porfío con lo de Cortázar y Juan recuerda tenerlo y promete traerme unas fotocopias la próxima semana. Laura, una de nuestras compañeras, aduce débilmente no poder cumplir lo asignado porque nunca escribió cuentos; el profesor, alentador, nos dice no querer necesariamente un cuento, sino un ejercicio narrativo. Apoya sus palabras con lo siguiente “puede haber una historia hasta en dos líneas; si no, escuchad este diálogo”. Lee de un libro:
- En todo lo que escribo oculto más de lo que revelo.
- Eso crees.
Ya todos de pie, listos para irnos, celebramos lo ingenioso y significativo de la historia. Yo, terco, insisto con Juan en lo de las copias, al tiempo que me despido de mi dinero:
- ¿No olvidarás las fotocopias?
Y Juan, socarrón:
- Todavía no tengo el Alzheimer, ¿sabes?
Y yo, lapidario:
- Eso crees.