HYBRIDO ARTE Y LITERATURA |
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Manuel Terrín Benavides (España)
Ira desbordada
--Me acuso, Padre…¿cómo le diría?... Yo había hecho averiguaciones y la otra mañana, todo bien planeado, maté a Pepe Antonio… Eso quería decirle, Padre, que la otra mañana, gracias a mi buena puntería, puse a Pepe Antonio en el rincón oscuro que le corresponde. -- ¡Cristo del Rayo! Culpable era, culpable. Usted no ha nacido en este pueblo; si usted hubiera nacido en este pueblo entendería que aquí, aunque nadie sabe nada, siempre se sabe todo. Pero usted, Padre, cómo se ve que no es de este pueblo… Yo esperaba gazapado detrás de unos cornejos, en el Cerro de las Cabras, mismamente donde el Ginés tiene la paranza… ¡Qué digo, tonto de mí! Seguro que usted nunca estuvo en el Cerro de las Cabras, seguro. Usted raras veces se aleja de la parroquia, no es hombre de campo; lo más lejos que llega, en sus paseos, es a la solana de los viñedos…¿Un patinazo, teme? No, no ha sido un patinazo. Yo sabía que esa mañana iban de caza, que en el cerro de las Cabras tomaría cada uno distinto careo, trastumbando laderas, serrijones, pateando por separado el coto. Al pie de la letra conocía el rumbo de Pepe Antonio, aunque usted piense que aquí estamos en la inopia. Guiándome andaban los de arriba, a mi lado. -- ¡Santo Cristo del Rayo! --No espante los ojos, Padre, no se me encabrite. El
cejo de los arroyos, espeso, había gateado hasta las cumbres, favoreciendo
el camuflaje; por eso digo que los de arriba estaban conmigo. Yo, en silencio;
ellos, haciendo alharacas; yo, taimado como las garduñas; ellos,
un jabardillo de risotadas… Lo que anda diciendo el Ginés
es un apajarota. Si hubiese sido por la espalda, ¿qué me
cuenta del agujero del pecho? Confiado venía el fulano, pero de
frente. Hacia losa cornejos avanzaba derecho, erguido, un papirote fatuo,
como si su corazón fuera punto de mira y mi escopeta el blanco.
Parecía. Padre, que quisiera morirse, mera fruta agusanada que
se cae de la vida… ¡Pum!... ¡Paf!... Me acuso, Padre,
de que todavía me acaricia el oído, como una musiquilla
trotona, la panzurrada que dio en el suelo, cuando cayó como un
tuero sobre las piedras. El agujero del pecho demuestra que fue de frente,
que al Ginés no le funciona bien la calabaza. Si usted hubiese
nacido en este pueblo, padre, sabría también que todos los
paranceros son unos panarras… ¿Testigos, eso imagina? No
me tome por lo que nunca he sido. Los otros, con el oxeo, con los ladridos
de los perros, con los disparos salteados que ya llenaban el aire, ni
se enteraron. Tumbado lo dejé, como hizo él con la muchacha
en la solana de los viñedos. Al pueblo me vine sin remordimientos,
fintando el monte con astucia, camaleón entre beleños y
corcojas, amparado, repito, por el cejo alto de los arroyos. Cuando el
Ginés se lo tropezó, a poco lo pisa, ya estaba yo en la
taberna del cruce, celebrando la buena pieza cobrada. De esto también
me acuso, padre, de lo bien que lo hice. -- Era Pepe Antonio, padre; más de uno, más de cien lo jurarían. Hace indagaciones la guardia civil y nadie sabe nada; gulusmean los pachones de la gabardina, los de la ciudad, y nadie sabe nada; matan a palos a la gente, al macelo la llevan, y no hay cristriano que abra el pico, pero era Pepe Antonio. ¿Ella, deduce, unas últimas palabras? Por otro lado sopla el viento. La desdichada criatura no pudo decir esta boca es mía. Muerta estaba, un guiñapo junto a las cepas, con la piel transitada por las garras de dos buitres. Dos, sí, han entendido perfectamente. Todos habíamos salido en su busca con cuelmos encendidos, que nunca tardaba tanto, y cuando la encontramos en la solana de los viñedos -emparejada, ya para siempre, con la sombra-, mejor que el Diablo nos hubiese arrancado el corazón de cuajo. Ella, tan buena moza, un bandullo parecía entre los pámpanos, el juguete chafado de un crío perverso. Asco le tuve a las estrellas, tan pánfilas allá en lo alto, como si nada hubiese sucedido; asco a los grillos, zongueo de aleluyas, cuando la ocasión reclamaba responsos. Nada de errores, padre, nada de papeloneos. Usted anda divagando por que piensa que aquí, gente humilde de campo…!Se saben tantas cosas!…Se sabe que aquella noche, mientras ocurría la desgracia, había una pareja de camanduleros cerca, una hembra liviana y un sujeto oportunista. Escondidos estaban, agazapados entre matojos, impasibles, mientras una criatura inocente se rompía en el polvo como madera carcomida. Obligación tenían de confesar lo que habían visto: el forcejeo, el desgarro de la ropa entre aquellas manazas como garranchos…Horrible, padre, repugnantemente cruel. Han protegido a los asesinos, ocultando nombres, con tal de no poner su pecado en la calle. - ¡Santo Cristo del Rayo! - No se me vaya por el lindero, padre, no se me vaya. Usted lerchea porque piensa que en este pueblo sólo hay gente papanduja, pero seguro que ahora mismo le está temblando la carne debajo de la sotana. Piense en ella: una muchacha deliciosa, una flor pisoteada en el fango, un odre nuevo derramado en la solana de los viñedos; recuerde aquellos ojos que llenaban el día; hágase cargo de la familia, todos llorando a su vera, todos maldiciendo, todos dándonos puñetazos de rabia, de pena, de odio; retroceda al día del entierro, tan guapo usted con su casulla negra, capitaneando el hormiguero de personas que iban detrás de la caja: las mujeres mayores, devorando rosario; la gente joven, sus amigos, que todos la querían; los hombres honrados del pueblo, con ascuas de maldición en la lengua… Arrojados sean al infierno los criminales y los testigos de la fechoría. Si, padre, también los testigos: una hembra mohatrera, empolviscando la honra de su familia, y un percheron rezumando falacia, fariseo cerrado en banda por una reputación que no merece. Yo, padre, después de lo del entierro, incapaz sería de dejar quieta la badila. - ¡Cristo Santo del Rayo! - Otra vez se me quiere escapar por la puerta falsa, padre, otra vez. Las garras de dos buitres, dije, las manazas de dos puercos sobre su piel sedosa. ¿Todavía no se le ha metido en la cabeza que aquí todo se sabe? Dos fueron, dos, y no hay descanso mientras el otro siga vivo. La pareja que aquella noche contemplaba el espectáculo, detrás de unos matojos, tiene el secreto en sus labios. ¿Adivina ya por dónde voy, padre? Ellos conocen, ellos…¿Qué farfulla entre dientes, qué ronronea? Mía era la muchacha; mía, pues, la sentencia. Nadie me puede negar ese derecho, puñetas, por muy cura que sea. ¿Ya no se acuerda de aquel día, en el casino? ¿Ya no se acuerda? Usted, después de leer los periódicos, esas cosas malas que suceden por ahí, toda la tarde estuvo soltando tacos, más fuertes que los que lanza el Ginés cuando alguien le rastrea la paranza. Que vaya desmadre, decía, que cuanto cabrito anda suelto por el mundo, que la justicia de este país se la pasaba por debajo de la sotana… Ande, ande, no me venga con cancamurrias ahora. Derecho tengo a saber lo que otros saben, aunque se nos vaya el día, usted en ese asiento de madera que le está acartonando el culo y yo de rodillas, con la poca costumbre. - ¡Santo Cristo del Rayo! - ¿Por qué no se deja de releches, padre? Aun recuerdo que la compañera algo malo presentía. Mi compañera, no se lo que tiene, que todas las desgracias las olisquea desde lejos. Quiera usted ver la escena, cuando hallamos su cuerpo entre las cepas, en un alrededor de sangre. Quiera usted ver la angustia, el terror, los gritos haciéndose pedazos en la oscuridad. Siempre que lo pienso, padre, un rábano me importa que se descubra lo de Pepe Antonio, que me encierren o que me crucifiquen. Diecisiete años tenía la muchacha, un lucero desprendido de la madrugada, un cuajaron de terciopelo. Ni acordarme quiero, ni pasar por el sitio. No sólo Pepe Antonio y ese otro que todavía no conozco, no sólo ellos; también la pindonga y su compinche, por cobardes, merecen estar pudriéndose en la hoyanga. ¿Penitencia, propósito de enmienda? Usted parece que no entiende; usted, tan leído, cosas hay que parece que no entiende. Tengo metido en el meollo cargarme al segundo, apenas alguien me lo señale con el dedo, y se me pone a parlotear de pecados, de los castigos del cielo… ¿De qué nido se ha caído, padre?… ¡A la puñeta todo lo del cielo y todo lo de la tierra! - ¡Santisimo Cristo del Rayo! - Mal asunto, si yo le vengo derecho y usted me sigue
patrañeando. Aquí, en este pueblo, aunque parece que nadie
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