Luis Rivas
Rivas
EL CANARIO MUERTO ANTES DEL TRINO : JOSÉ
E. LORA
SEMBLANZA.- La poesía de José E. Lora y Lora (Chiclayo,
Perú 1885-1907), no obstante su brevedad, es una de las más
hondas e intensas del modernismo peruano. Anunciación, su libro
primigenio y póstumo, es el testimonio de una voz lozana que supera
la retórica de su tiempo e imprime ?como lo ha señalado
Luis Alberto Sánchez? “un neto viraje a la poesía
peruana”. Jelil, como él solía firmar sus versos,
desaparece prematuramente de la vida a los 22 años; cuando su obra
poética empezaba a abrir paso a nuevos horizontes estéticos.
Con Jelil se inicia entre nosotros una nueva etapa en nuestra evolución
literaria y un nuevo concepto del quehacer poético. Es el primero
de nuestros “cosmopolitas”, si seguimos la clasificación
de Mariátegui. Y Alberto Escobar señala con acierto que
el cosmopolitismo, es decir, la búsqueda de otras fuentes distintas
de la peninsular, es el primer paso en la búsqueda de una tradición
nativa. Desligado de cánones obsoletos, Lora bebe en las fuentes
más diversas y hasta contradictorias. Empero, entiéndase
que en Jelil, como en todo auténtico creador, las fuentes operan
sólo como incitaciones, como estímulos, frente a los cuales
la obra del poeta --como decía Amado Alonso-- no es imitación
sino réplica. Esta aseveración, si la aplicamos a José
Lora y Lora es exacta. Nuestro poeta expresa en su obra --allende fuentes
y resonancias-- una sensibilidad distinta, una cosmovisión personal,
que pugna por expresarse en un lenguaje también personal.
Los juicios que anteceden requieren de fundamentación porque, desde
la muerte de Jelil, se han vertido apreciaciones equívocas que,
leídas fuera de contexto, pueden inducir a suponer que Lora muere
en una etapa de indefinición, en la que aún no perfila un
estilo propio. Se habló de la temprana eclosión de
un poeta en crisálida (Ventura García Calderón,
en el prólogo citado) que hubiera seguramente pasado a figurar
en movimientos poéticos posteriores si no muriera tan joven cuando
aún estaba seducido por Rubén y por Chocano” (Tamayo
Vargas, en Literatura Peruana, II Tomo, Lima, UNMSM, 1966, p. 610 ). Luis
Alberto Sánchez, con aguda penetración crítica, asevera
que Jelil “Dotado de temperamento finísimo, lector asiduo
de los simbolistas, imprimió un neto viraje a la poesía
peruana”. Empero, a continuación se sorprende de que, en
la estancia de Anunciación denominada Pleitos (homenajes), Lora
hermane en su tributo de admiración a escritores tan disímiles
como Chocano, Darío, Almafuerte, Stechetti, Vargas Vila, Machado
de Assís, Bilac. Luego insiste : “Si a esto se agrega su
devoción confesa por la prosa de González Prada..., de qué
manera podría armonizar su predilección por poetas del tono
menor”. Líneas después, al constatar que en los versos
de Jelil hay reminiscencias rubendarianas, se pregunta : “¿Cómo
compaginar tal delicadeza con su afición a la prosa sonora, ostentosa
, pero melódica de Vargas Vila?, ¿al panfleto escultórico
de González Prada?, ¿al verso descuidado pero intensamente
humano de Almafuerte?, ¿al broncíneo metro de Chocano?”
(La Literatura Peruana. Lima. Ediventas. 1966, en p. 1192 - 1194).
Desde luego, los críticos que acabamos de citar apreciaron siempre
la calidad poética de Lora, pero frases sueltas como las transcritas
han dado pie a interpretaciones equivocadas. En primer término,
no es exacto que, a la hora de su muerte, Jelil fuera sólo un poeta
“en crisálida”. Es verdad que sólo tenía
veintidós años y de su talento podía esperarse mucho
más. Pero es cierto, asimismo, que sus últimos versos, los
que escribe en París, modulan una cosmovisión y un lenguaje
propios. Por eso, Vargas Vila afirma que José Lora y Lora es un
Poeta de Universalidad ... un Poeta nuevo. Y Chocano agrega: “Sobre
los despojos inertes del joven poeta aletea el alma viva y eterna de su
poesía”. Y años más tarde, Sánchez aclara
las cosas con este juicio categórico: “Se cometería
un acto de injusticia si se hablara del ‘poeta truncado’.
Lo fue, sí, pero no hasta el punto de que dicho truncamiento impidiera
ver su personalidad poética. Destácanse en su poesía
los antagonismos, síntoma de inquietud ; pero no los titubeos,
síntomas de inseguridad. Aunque en los sonetos de “Pleitos”
cultive de manera sonora el alejandrino francés con consonantes
agudas al terminar los pares, grato a Chocano --y a Darío--, se
advierte en seguida cuán distinta es su sensibilidad a la de los
demás.”. (El subrayado es nuestro).
Las últimas expresiones que citamos de Sánchez difieren
de las de Tamayo cuando afirma que Lora muere “cuando aún
estaba seducido por Rubén y Chocano”. Pero, en el fondo,
uno y otro pasan inadvertidos hechos esclarecedores para entender el tono
y el léxico de Pleitos.
Conviene aclarar, en primer término, que gran parte de los poemas
de Anunciación (incluidos los de la estancia titulada Pleitos)
fueron escritos antes de su arribo a París, tal como se suele indicar
en el pie de página del libro. Verbigracia: Trópico fue
escrito en Panamá (1903); Ave María , en Lima; El camello
y Porteña, en Buenos Aires; Bebé, en Río de Janeiro.
Y en todas estas composiciones líricas predomina el tono alado,
ligero, galante, porque corresponden a una visión del mundo que
es ajena aún a la atmósfera sombría, melancólica,
reflexiva, trascendente, que satura sus versos en la etapa parisina.
Los poemas de “Pleitos” también pertenecen a esos días
de trotamundos que vivió Lora y Lora antes de llegar a la capital
de Francia. Recordemos lo ya referido : en qué circunstancias el
joven poeta escribe su soneto a Darío en Buenos Aires. Cuenta Rázuri
que, al enterarse el nicaragüense que Lora era peruano, le sugirió
que le escribiera también un soneto a Chocano, de modo que los
poemas dedicados a Rubén y a Chocano fueron escritos en Buenos
Aires. De otro lado, del texto de los otros poemas de esta sección
fluye la certeza --o, cuando menos, la probabilidad— de que todos
ellos fueron escritos en Hispanoamérica, es decir, en la etapa
preparisina.
Esta comprobación es importante porque nos permite trazar el deslinde
entre dos etapas en los poemas de Anunciación. En la que venimos
reseñando, y quizá en los primeros meses de su vida en París,
José Lora hizo gala de una asombrosa porosidad estética
que le permitió asimilar diversas tendencias, como fase preparatoria
para la creación de su personal lenguaje y configuración
poética. Esto explica los juicios de Vargas Vila cuando afirma:
: la Poesía Verdadera toca en todas las escuelas, admite todas
las cadencias, ensaya todas las estrofas y anima del soplo de su Inspiración
el troquel inerte de todos los ritmos”. Y García Calderón
lo admite cuando afirma: “Porque Lora, con un simpático eclecticismo,
no reconoce escuelas ni fronteras”
En los poemas de “Pleitos”, Jelil instrumenta su verso adecuándolo
al tono, al lenguaje y aun a la cosmovisión de sus homenajeados.
Lo hace, no por limitación. Todo lo contrario. Su aptitud creativa
es tan independiente y versátil, tan dúctil y diestra, que
se permite cantarle a cada cual en su tonalidad predilecta. Y es ésa
la manera idónea de hacerlo para trazar el verdadero perfil del
homenajeado. ¿Cómo no percibir la inconfundible estatua
del glorioso Rubén, cuando ésta se halla pergeñada
de “ducales ruiseñores”, “acacias tempranas”,
“canciones azules”, “blondas doncellas”, “estuche
de trinos”, “gules”, “camafeos”, el padre
Orfeo”, “el perdido carrizo de la flauta de Pan”?
RUBÉN DARÍO
Bajo el azul del cielo de la América Hispana
que no tizna una sombra, que no turba un rumor,
se ha posado en la copa de una acacia temprana,
con su estuche de trinos, un ducal ruiseñor.
-Ruiseñor principesco, ¿quién te ha dado esos gules
que en tu escudo argentean con ingenuo blancor?
¿ En cuál astro aprendiste las canciones azules?
¿ En qué blondas doncellas languideces de amor?
¿Eres el alma armónica del dulce padre Orfeo?
¿Él fue quien tu garganta trocó en un camafeo
donde las perlas locas sus serenatas dan?
Soy el ave profética que pregona el reinado
de Rubén el glorioso que en su reino ha encontrado un perdido carrizo
de la flauta de Pan.
Pero esto no significa --y tal es el repetido equívoco-- que Lora
se halle “seducido” por el poeta de “Prosas profanas”
y que no pueda sustraerse a su influjo. Totalmente inexacto. Lo prueba
irrefutablemente un hecho concreto. Cuando Darío le sugiere a Jelil
que le cante a Chocano, el joven bardo cambia rápidamente “la
flauta de Pan” por la trompeta de Alma América. Y, como sólo
puede hacerlo el genio de un auténtico poeta, Jelil echa mano de
hipérboles, sonoridades y grandilocuencia que eran ajenas a su
estilo, pero indispensables para trazar el perfil de Chocano. ¿O
acaso podía hacerlo con versos susurrantes de tono menor, como,
al parecer, pretenden algunos? Nuestro poeta sabe que eso sería
contraproducente . Y su talento le permite pasearse con soltura por estéticas
disímiles. Por eso, para cantarle a Darío, "el trino
del ruiseñor"; para homenajear a Chocano, “el diapasón
del trueno”. Sánchez tenía razón de sorprenderse.
La respuesta a su perplejidad era muy simple : Lora, a los veintidós
años, ya era un talento excepcional. El lector puede comprobarlo
cotejando los dos sonetos.
JOSÉ SANTOS CHOCANO
Cuando tu nombre anuncien heráldicos azores
en la Región Suprema que se hunde en el Allá,
la unánime Asamblea de los Emperadores
y Locos y Poetas de pie te aclamará
Grave como el de un monte será tu continente;
la firma luz de Sirio tu sien aureolará ;
solemne, Don Quijote te besará en la frente
y, humilde, Huaina-Cápac : “Señor” te llamará.
Entonces Hugo, el Inca de la Región Suprema ,
dividirá contigo su cetro y su diadema
y su sitial augusto contigo partirá.
Y un águila gigante será en los horizontes ;
derrumbará las cumbres de los andinos montes
y al diapasón del trueno tu verso orquestará.
En París se produce en José Lora y Lora un veloz proceso
de maduración lírica, fruto de sus voraces lecturas, de
su sensibilidad; pero, sobre todo, de su talento precoz y genial.
Empero, es evidente que en este fenómeno gravita, asimismo, una
dura experiencia --quizá de carácter sentimental, como sospecha
Ricardo A. Miranda Romero-- que apaga su alegría. ¿Un romance,
que terminó en decepción, con la veleidosa hija de un diplomático?
No lo sabemos con certeza. Mas hay indicios en sus poemas y en el prólogo
de Ventura García Calderón ( quien afirma que Lora pasa
por “la funesta edad de amargos desengaños”) que documentan
un cambio súbito en Jelil : su carácter, antes jovial y
risueño, se vuelve melancólico, introvertido; su cosmovisión
se puebla de sombras, y, como era inevitable, su poesía se torna
grave, trémula, hondamente lacerada. Así lo comprobamos
en los versos de la estancia Prematura tristitia (como Historia) y, con
mayor intensidad expresiva, en los poemas: Ellas, San Francisco de Asís,
Página rota y el soneto Piedad, que son los que mejor definen su
autonomía estilística y la apertura de un nuevo horizonte
poético. En el soneto indicado, Lora modula una plegaria de fraternidad
cósmica que lo perfila como un precursor de Vallejo :
¡PIEDAD!
Sea hoy, Señor, mi compasivo ruego
el del viejo filósofo eleusino,
por el perro que ladra en el camino,
por el peñasco que desciende ciego.
Piedad, Señor, piedad para la pena
que hizo vibrar el hierro al asesino;
para el vino maldito, para el vino
cuyo sorbo final está en el Sena;
Y para el pensamiento que en la noche
sin bordes de la Nada quedó preso
antes de hallar su verbo cristalino,
como la flor helada antes del broche,
como el amor extinto antes del beso,
como el canario muerto antes del trino.
Sorprende este soneto por su honda vibración humana y su impecable
factura. Es sin duda un poema que, partiendo de la estética modernista,
la trasciende, supera la poesía de sus coetáneos nacionales
y alcanza perfiles de universalidad.
Lejos del egotismo entonces reinante, José Lora eleve su plegaria
a Dios y, al hacerlo, hermana en su ruego a los seres inertes y a los
animales, y hasta al hombre que delinque, cegado acaso por los celos y
el alcohol. Este sentimiento de fraternidad con todo lo creado tiene,
desde luego, un antecedente ilustre --aparte del aludido por el poeta—en
la literatura occidental: la poesía de San Francisco de Asís,
a quien Lora le dedica otro soneto. Y la emoción solidaria que
en sus versos palpita abre una nueva y fecunda vía expresiva, que
perfila el canto de Lora como el más hondo y esencial de su generación.
En el horizonte por él señalado, avanza lo mejor de la poesía
peruana del siglo XX.
Pero la trascendencia de un poema y su jerarquía estética
no residen sólo en qué dice sino en cómo lo dice.
Y podemos apreciar que Jelil instrumenta el lenguaje idóneo para
expresar su cosmovisión. Para demostrarlo basta referirnos a dos
recursos líricos que dan singular expresividad a este poema: el
paralelismo anafórico (usado dos veces) y el encabalgamiento. El
primer caso de paralelismo anafórico lo hallamos en los dos últimos
versos del cuarteto inicial :
A1 B1 C1
por el perro que ladra en el camino,
A2 B2 C2
por el peñasco que desciende ciego.
El poeta empieza los dos versos con la anáfora por y luego los
desarrolla mediante dos conjuntos sintácticos, que, por estar constituidos
por elementos semejantes, son paralelísticos. Así, podemos
apreciar que A1 y A2 corresponden a los sujetos ; B1 y B2, a los verbos
precedidos de relativos ; C1 y C2, a los complementos circunstanciales.
De este modo el poeta expresa --quizá, intuitivamente-- el igual
rango de fraternidad que siente con respecto a todo lo que Dios ha creado,
incluidos los animales y los seres inertes.
Entre los versos 1° y 2° del primer terceto, Lora usa una perífrasis
metafórica que alude a la muerte : la noche / sin bordes de la
nada. Esta metáfora aparece encabalgada, es decir, una parte, en
el primer verso; el resto, en el segundo. Mediante este recurso lírico,
el poeta grafica el carácter frustrante que atribuye a la muerte.
En otras palabras, así como ese primer endecasílabo corta
la perífrasis y mutila su sentido completo ( que nos vemos precisados
a buscarlo en el siguiente verso), así la muerte súbita
del poeta frustra el afán de la inspiración lírica,
pues le impide su anhelada exteriorización.
¿ Habla José Lora y Lora de sí mismo? ¿ Fue
su trágica desaparición producto de un accidente? ¿Presiente
el joven poeta su muerte? Así parecen insinuarlo los dos tercetos.
El último está constituido por tres versos, ordenados en
estricto paralelismo anafórico, los cuales funcionan como símiles
de la idea que preside el primer terceto. En éste hallamos, aunque
separados por la metáfora perifrástica, los mismos elementos
correlativos de los tres versos finales. Esto se percibe en forma nítida
en la graficación siguiente (omitimos los elementos que no son
paralelísticos ) :
A1 B1
el pensamiento (quedó) preso
C1
antes de hallar su verbo cristalino,
Anáforas A2 B2 C2
Como la flor helada antes del broche
A3 B3 C3
como el amor extinto antes del beso,
A4 B4 C4
como el canario muerto antes del trino
Es evidente la destreza de creador auténtico que le permite a Lora
instrumentar el lenguaje idóneo para comunicarnos, con intensidad
que nos toca el alma, la vivencia honda, lacerada y premonitoria que en
sus versos palpita. Se anticipa, así, a dos poetas peruanos que,
décadas más tarde, presentirían su propia muerte
: en París con aguacero (Vallejo) o entre árboles y pájaros
(Heraud).
El análisis --aunque sea breve como éste-- de otros poemas
de Jelil confirma la aseveración del párrafo anterior. Leamos
el poema Ellas:
ELLAS
I
Sol. Fronda. Primavera. Entre los mimbres
de la pendiente cárcel, claros timbres
rodaban de una plácida canción.
Sobre el jardín flotaba un incensario ;
y era, bajo su faz, un relicario
la gracia parisina del salón
.
En aquel día se murió mi madre.
¿Recuerdas, corazón?
II
Otoño. Gris. En la fangosa alfombra,
un enjambre de trasgos en la sombra
tejían un monstruoso rigodón.
En las almas un soplo de neurosis
y, de niñas y flores, las clorosis
albeaban bajo el rosa del salón.
En aquel día me besó mi novia.
¿Recuerdas, corazón?
No obstante que estos versos aparentemente recogen dos temas de larga
tradición literaria ( la muerte de la madre ; el primer beso de
la novia) logran sacudirnos con una intensa emoción nueva. El poema
consta de dos partes, cada una integrada por un sexteto y un pareado.
El primer sexteto nos ofrece un paisaje edénico. Como en el clásico
tópico renacentista de “el lugar ameno” ( como lo denomina
Dámaso Alonso), todo el entorno es placentero a los sentidos :
fronda primaveral, flores de fragancia exquisita, rayos del cenit que
bañan el horizonte --el poeta evoca tal vez el eterno sol chiclayano--,
dulce trino de avecillas que entonan canción cristalina. Todo es
verdor, explosión de vida, alegría. En ese marco, el lector
espera la confidencia de un suceso feliz... Empero, ocurre lo insólito,
lo diametralmente opuesto. La brusca ruptura de la línea melódica
entre el sexteto y el pareado, anticipa el recuerdo lacerante : la inesperada
muerte de la madre.
En la segunda parte del poema todo se invierte. El entorno se cubre de
gris ; el suelo, de fango. Turba de duendes se agita en horrible contradanza.
Por doquiera: decadencia, decrepitud, neurosis. Hasta en las niñas
y las flores, milenaria encarnación de lozanía y regocijo,
parece impregnarse una atmósfera malsana de agonía, de acabamiento...
Sin embargo, cuando todo entonaba un preludio de muerte, nuevamente, el
tránsito del sexteto al pareado nos sorprende con una expresión
jubilosa: el primer beso de la mujer amada.
A simple vista --y si nos limitamos a los recursos líricos que
la vieja retórica llegó a estudiar-- la intensidad expresiva
que Lora alcanza en estos versos sería fruto de un conjunto de
antítesis superpuestas y cruzadas. En efecto : el texto nos ofrece
una reiterada oposición de contrarios : a.- entre las dos partes
del poema; b.- entre cada sexteto con su respectivo pareado; c.- entre
los dos sextetos; d.- entre los dos pareados.
Empero, es evidente que la intensidad del desgarrón emotivo que
experimenta el lector no procede sólo de aquella figura --la antítesis--
, cuya eficacia expresiva se ha desgastado un poco tras el uso milenario
(aunque mantiene vigencia). En estos versos de Jelil hay algo que nos
desconcierta y perturba. Y esta reacción nuestra se debe a que
el poeta ha logrado el manejo diestro de un recurso lírico, casi
desconocido en su época e ignorado por la retórica (aunque
pueda ser considerado como una variante de la antítesis), recurso
que, a partir del vanguardismo, es de uso frecuente. Carlos Bousoño
lo denomina ruptura del sistema. Y consiste en la irrupción sorpresiva
e impactante de algo totalmente opuesto a lo que esperábamos.
El poema Ellas es un buen ejemplo del mencionado recurso lírico.
José Lora y Lora inserta dos vivencias muy hondas dentro de contextos
insólitos, diríamos hiperbólicamente opuestos. La
transición --primero, de la plenitud de vida y de dicha al desgarrón
emotivo por la muerte materna; y luego, de la decrepitud agónica
del entorno a la exaltación feliz de besar a la amada-- es tan
brusca e inesperada que toca nuestra emotividad. La intensidad del contraste
genera el efecto poético que pulsa eficazmente las cuerdas de nuestra
sensibilidad.
La ruptura del sistema consiste, como hemos visto, en que, dado un antecedente
A, esperamos ( por una norma implícita de nuestro instinto, nuestra
razón, nuestras convenciones o nuestra experiencia) que se produzca
un consecuente del mismo signo, digamos a ; pero, contra lo esperado,
se produce un consecuente inverso, digamos : z. En tal caso --dice Bousoño--
se ha producido la ruptura del sistema, recurso que conduce a un intenso
efecto poético. (En otros contextos puede conducir al chiste, casos
que no corresponde analizar aquí).
Sistema : A --------------------------------a.
Ruptura del sistema : A ----------------------z.
Lora emplea este recurso lírico en muchas de sus composiciones
poéticas últimas, entre ellas: San Francisco de Asís,
Policromía, Historia.. En este rasgo, como en tantos otros de su
quehacer literario, el genial poeta chiclayano se adelanta a su tiempo,
pues ensaya formas expresivas que sólo se harían familiares
en la poesía peruana tres lustros después de la muerte de
Jelil, es decir, a partir de la vanguardia. Esto en lo referente a su
lenguaje poético. En lo relativo a su temática, como ya
lo hemos precisado, José Lora y Lora, el cantor de la fraternidad
entre todo lo creado, se perfila como el mejor precursor de Vallejo. Así
esperamos demostrarlo en un estudio dedicado específicamente a
su obra, el cual tenemos en preparación.
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