HYBRIDO ARTE Y LITERATURA |
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LUIS RIVAS RIVAS (Chiclayo, PERU), es profesor de Literatura, abogado y crítico literario. Está dedicado a la docencia en la Universidad Católica ‘Santo Toribio de Mogrovejo”, Chiclayo. Ha publicado trabajos sobre poesía, ensayo y narrativa del Perú norteño, así como un tratado de Literatura Universal e Hispanoamericana. Ha sido premiado por diversas instituciones y es participante de diversos certámenes literarios. Niño de Guzmán y la epopeya del mar
En la estela de Hemingway El umbral de la maravilla El misterio y la fuerza del mar Pero aquí nos detendremos sólo en el análisis de un elemento que consideramos nuclear en el libro porque ?aunque inadvertido o minimizado por la crítica? opera como un hilo conductor que enlaza los relatos, les inyecta sinergesia y les confiere, en conjunto, fisonomía unitaria. En ese elemento eje ?el mar? reside la clave central para acceder al sentido más hondo y la simbología trascendente que están cifrados en “Una mujer no hace un verano”. Pero, claro, en estas líneas solo intentaremos los primeros pasos en esa dirección. Una aclaración previa. A nadie escapa la presencia del mar en estos cuentos. Todos percibimos su “estar ahí”. Lo que no se ha sopesado en su cabal dimensión es el rol gravitante que asume , la jerarquía metafísica, alegórica y totalizadora que alcanza. (Desde luego, no es novedoso, en un escritor de la costa peruana, que el mar oficie como telón de fondo: aledaño a la parda y sedienta monotonía del litoral,, el acéano, con sus ingredients plásticos y cromáticos, adquiera, por contraste, relieve estético. Pero en el libro que comentamos, su presencia no se reduce a esa modesta función ornamental). En los cuentos de Guillermo Niño de Guzmán, el mar no es meramente elemento telúrico o decorativo. No es sólo paisaje. Es fuerza hipnótica. Es péndulo de cristal que, en su vaivén inexorable, marca, aunque sean contiguous, la hora del amor y el minuto de la muerte. Es el umbral de lo que Cortázar llamaba la “otredad”. Visible o subyacente, lo impregna todo. Los personajes que pueblan el “cosmos” de este libro están como cautivos en la órbita magnética del mar. Por doquiera lo sienten o lo presienten. A cientos de kilómetros de distancia, aspiran su aroma o contemplan su oleaje. Creen descubrirlo hasta en las pinceladas insospechables de la pintura abstracta. Y cuando no es perceptible en la realidad objetiva, emerge desde sus nebulosidades de la alucinación y de lo onírico. En su canto de sirena se confunden arpegios de “lecho nupcial” (thalamos) y estertores de “muerte” (thanatos). Los que ceden a su llamado hechizo terminan devorados por el insaciable “mar” (Thálassa). ¿Qué sustentos textuales avalan la observaciones que anteceden? Veamos algunos: 1. Uno de los cuentos, aquel en que el mar despliega con más vigor su poder hipnótico y ubicuo, se titular “¡Thalassa, Thalassa!”, palabra griega que significa “mar”. (Luego, nuestra recurrencia a esa lengua helénica no es arbitraria). 2. Si adjudicamos el rol protagónico de estos
cuentos a tal o cual personaje, sólo estaremos rozando el epitelio
de su historia. Bastará una indagación menos precipitada
para descubrir a quien ejerce real protagonismo; es decir, aquel que,
como el hada de la tragedia griega, gravita inconmovible en sus destinos:
el mar. 3. En la mayoría de los relatos lo erótico oficia como heraldo de Thanatos (la muerte). El frenesí del Thalamos (lecho nupcial; tumba) precede a la violencia homicida o suicida. De ahí fluye la trilogía clave: mar, amor, muerte. (Y, con leve modificación, su casi equivalente en griego: Thalassa, Thalamos, Thanatos). Sobre este eje triangular giran personajes, situaciones, símbolos. (Adviértase, de paso, la paranomasia ?¿casual?? que se da entre los vocablos de una y otra trilogía). Empero, el aura de misterio que envuelve estas historias y su gran eficacia sugestiva no proceden sólo de ese eje triangular. Concurren también otros elementos tamáticos que no podemos abordar en estas líneas. Y, en gran medida, el manejo diestro de diversos recursos de técnica narrativa (alternancia de planos temporoespaciales articulados con charnelas léxicas; el relato dentro del relato, el dato escondido, etc). En suma: “Una mujer no hace un verano” muestra
una prosa impecable y elíptica, en la que hasta los silencios son
elocuentes. En Niño de Guzmán, basta una sola palabra en
una página para que ésta desborde plenitud de sentido. Y
no nos sorprendería que ahí también el mar haya impreso
su huella.
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