JULIA CAROLYN
PAULK es natural de Atlanta, GA. Al presente está
siguiendo un doctorado en Español y otro en Literatura Comparada
en Indiana University. En 1996 obtuvo una beca como estudiante graduada
para estudiar en una universidad de Costa Rica.
Las oposiciones en la poesía de Sara de
Ibáñez
LA POESIA de Sara de Ibáñez parece ser muy poco estudiada,
si nos atenemos al pequeño número de artículos nombrados
en la bibliografía de la Modern Language Association. En los pocos
artículos y estudios que hay sobre su poesía allí,
se menciona con mucha frecuencia lo difícil que es de leer. Como
lo explica Eliana Suárez Rivero, la crítica repetidamente
dice que sus “imágenes y metáforas … [son] difíciles
y cerradas” (600). Para otros críticos, como Emir Rodríguez
Monegal, su poesía es un excelente pero frío ejercicio estilístico:
“La perfección formal de Sara de Ibáñez, tan
helada e insensible a otros valores que los funcionales, es la coronación
de un proceso de poesía poetizada … Nadie ha llevado, sin
embargo, como Sara de Ibáñez el verso a ese absurdo lírico
tan espléndido: el frío ritmo descarnado, la fusiliería
de imágenes sin otra dimensión que el objeto que invocan
visualmente’” (Rodríguez Monegal en Suárez 602).
Así, el lector de la poesía de Sara de Ibáñez
y de la crítica tiene que buscar su propia manera de entrar en
esta poesía para ver lo que hay detrás de la fachada que
parece impenetrable. Lo que revela este indagar es una poesía llena
de dudas, de dolor y de deseo todo mezclado al estilo de la época
contemporánea.
El comentario que hace Pablo Neruda sobre la poesía de Ibáñez
en su prólogo a Canto nos ayuda un poco con este problema. Como
en mucha de su poesía de la época en la que escribe este
prólogo, como por ejemplo, la de las Residencias, el comentario
de Neruda sobre la poesía de Ibáñez no es inmediatamente
entendible. Es decir, es una explicación poética y difícil
de entender de una poesía también difícil de entender.
Sin embargo, Neruda señala lo que es clave para intentar entender
la poesía de Ibáñez. Escribe el poeta chileno:
“[E]ntre estos dedos de fuego y sombra heridos por la luz abandonada
del litoral, había pues, un corazón de palpitante rama,
un coral vivo creciendo en el esplendor sumergido.Estructura y misterio
como dos líneas inalcanzables y gemelas, tejían de nuevo
la vieja y sangrienta rosa de la poesía… [E]sta mujer recoge
de Sor Juana Inés de la Cruz un depósito ahora perdido:
el del arrebato sometido al rigor: el del estremecimiento convertido en
duradera espuma” (8)
Para hablar de esta poesía, Neruda se refiere
a dos aspectos fundamentales de la poesía de Ibáñez:
la estructura y el misterio. Ibáñez emplea estructuras clásicas
de la poesía en español, la lira, el soneto y la décima.
A pesar de que toma la forma de conocidas estructuras formales, sin embargo,
la poesía de ella sigue siendo misteriosa porque su uso del lenguaje
es muy diferente de los poetas clásicos. El lector reconoce la
estructura formal pero el significado de muchos de los poemas es más
difícil de captar.
Para describir la poesía de Ibáñez, Neruda emplea
imágenes contrastantes: como “dedos de fuego y sombra”,
“un corazón de palpitante rama”, “claroscura
hora crepuscular”, “arrebato sometido al rigor”, y “estremecimiento
convertido en duradera espuma” (8). Cada una de estas
frases contrasta lo brillante con lo oscuro o demuestra cómo lo
efímero se puede convertir en lo duradero. Esta descripción
nerudiana sirve de espejo para la poesía de Ibáñez
porque la poesía de ella también está llena de imágenes
muy contrastantes. Por eso, la poesía de Ibáñez parece
ser cerrada.Por ejemplo, Ibáñez emplea imágenes de
luz brillante y de ceguera para describir la inspiración poética
en “La página vacía”:
“Cómo atrever esta impura / cerrazón de sangre y fuego,
/ esta urgencia de astro ciego / contra tu feroz blancura” (Jiménez
435). El poema trata de la lucha que es el acto de la creación
literaria; al leerlo por primera vez, no queda muy claro cuál de
los aspectos contrastantes debe guiar la lectura y la interpretación
del poema. Los primeros versos, citados aquí, llaman mucho la atención
porque la violencia que sugiere es sorprendente. La materia de la creación
literaria parece la de la creación divina del hombre (“la
sangre”) y de la tierra (“el fuego”, que sugiere la
luz original). La urgencia que tiene para crear se ve como un cometa de
materia impura que violará la pureza de la página en blanco.
Cuando el lector entiende que lo que parece ser contrastante, como el
“astro ciego”, algo ciego pero definido por su brillantez,
comunica lo complicado del impulso creativo: la fuerza de la creación
literaria no está bajo el control de la poeta.
Suárez identifica otro elemento que complica la interpretación
de la poesía de Ibáñez: lo surreal. Por ejemplo,
las imágenes en el poema “Soliloquio del soldado, II”
son muy oníricas: “Y te cruzo despierto, fiero túnel
de ortigas, / remolino de espadas, vómito de la muerte. / Voy asido
a las crines de un caballo espinoso / que vuela con ciudades quemadas
en el vientre” (Jiménez 433). La imposibilidad literal y
lo extraño de lo que describe hace mucho más difícil
el trabajo del lector. Sin embargo, el lector puede estudiar los distintos
elementos de esta estrofa para buscar el significado. Los verbos aquí
sugieren movimiento: “cruzo”, “voy”, y “vuela”.
Además, otras palabras aquí sugieren el viajar y el movimiento:
“túnel”, “remolino”, y “caballo”.
La voz poética viaja y parece luchar con los dos elementos de la
vida del ser humano, la naturaleza (“ortigas”) y las otras
personas (“espadas”). En combinación con la estrofa
que sigue (“Voy despierto, despierto y obediente a mis manos, /
con un río de pólvora cuajado en el aliento, / ahora que
estoy solo y enemigo del aire, / seco, desarraigado, desnudo, combatiendo”
(Jiménez 433), el poema nos da a entender que el viaje a caballo
aquí es una manera de representar el viaje hacia la muerte.
A pesar del comentario de Rodríguez Monegal que parece descontar
el aspecto significativo de la poesía de Ibáñez,
no la leemos solamente para disfrutar su excelencia formal. Como nos señala
Neruda, el misterio, o el significado, de su poesía es igualmente
importante. Entonces, ¿cómo puede el lector empezar a entender
la poesía de Ibáñez? Hemos visto que la poesía
de Ibáñez es contrastante al nivel del lenguaje figurativo
y que esto contribuye a lo difícil que es su poesía. El
próximo paso lógico es de aceptar el contraste como parte
del mensaje de su poesía. Cuando uno admite la multiplicidad de
posibles significados, la inversión de simbología tradicional,
y lo conflictivo de sus deseos, uno empieza a ver que la duda y que el
deseo de lo inalcanzable son elementos importantes en la poesía
de Ibáñez. Vemos en la obra de Ibáñez no solamente
el dolor causado por la muerte inevitable sino momentos de alegría
y de amor. No solamente hay un deseo de encontrar a Dios sino hay también
una duda muy humana frente a la búsqueda de este Dios. La fe religiosa
no obedece la lógica sino la creencia. Ibáñez es
una escritora que siempre está pensando y cuestionando; en verdad
somete el arrebato al rigor intelectual. Más que nada vemos la
voz de una poeta que quiere seguir luchando para crear y que quiere pensar.
Como se vio en el mundo real después de la Segunda Guerra Mundial,
el mundo que vemos en la poesía de Sara de Ibáñez
es uno de sufrimiento y de duda pero no está completamente sin
esperanza.
Eliana Suárez acierta al describir la presencia del sufrimiento
en ella: “Su poesía revela … un mundo íntimo
penetrado de dolor universal, de angustia ante el espectáculo de
la guerra y de la muerte, de desolación ante la ruptura y la discordia”
(600). Mientras el sufrimiento se presenta en contextos diferentes, el
sufrimiento causado por la muerte es un tema repetido en la poesía
de Ibáñez. El soneto, “Isla en la luz”, de la
colección, Canto, de 1940, ilustra muy bien la actitud de la voz
poética frente a la muerte. Suárez clarifica muy bien los
varios aspectos de este poema, como el desorden que representa en el mundo
natural y el uso paradójico de la luz para comunicar lo estéril
de la muerte (608). Sobre todo, el poema sugiere que la muerte afecta
a todos los seres vivos en el mundo. Sin embargo, la muerte prematura
de grandes números de personas, creada por la guerra, va en contra
del orden natural. El poema es un lamento por los muertos de la guerra
y una expresión de la solidaridad de los seres humanos.
La primera estrofa del poema enfatiza la muerte en la naturaleza: “Se
abrasó la paloma en su blancura. / Murió la corza entre
la hierba fría. / Murió la flor sin nombre todavía.
/ y el fino lobo de inocencia oscura” (Jiménez 430). Se ve
muy bien en estos versos la manera en que Ibáñez trabaja
las oposiciones, como “Se abrasó” versus “fría”
y la “inocencia oscura”. El contraste entre la quemadura de
la paloma y la congelación de la corza y de la hierba lleva al
lector de un extremo al otro; las imágenes resultan más
impresionantes. En estos primeros versos, el lector cae con el poema del
cielo, sugerido por la paloma, a la tierra, sugerida por la flor, y va
de un extremo físico, la quemadura, al otro, el frío. Además,
lo que está frío puede quemar también; morir por
el frío es como morir por el calor. El resultado, la quemadura,
o el dolor, es igual. Así, vemos que la muerte no es un proceso
suave y tampoco es selectivo.
En la segunda estrofa, mueren cosas que no siempre consideramos vivas.
El verbo, “murió”, se repite tres veces para reiterar
lo constante que es la muerte. Las cosas que mueren son el ojo del pez,
el agua, y la perla. Como señala Suárez, estos objetos están
en su lugar apropiado, sobre todo el ojo del pez que está en el
agua y la perla en la sombra de la concha (608). Cuando caen el olivo
y la manzana en la última línea de la estrofa, se entiende
que el orden natural ha cambiado. El medio ambiente natural ya no puede
mantener la vida: “Con la caída del olivo y la manzana nos
damos cuenta de que el mundo externo que presenta la poeta es uno destruído,
cambiado, en el que las cosas y los elementos llegan a un final antinatural,
ilógico” (608). Para Suárez, este cambio en el orden
natural de las cosas refleja el caos y la destrucción de la Segunda
Guerra Mundial (608). Sin embargo, hay otra interpretación posible
también. La muerte encuentra a los animales y a los objetos del
poema en su hogar: es el fin inevitable de todas las cosas. Además,
la combinación de los objetos mencionados aquí sorprende:
tenemos el ojo de pez, el agua, la perla, el olivo, y la manzana. El ojo
del pez junto con los demás elementos aquí incomoda al lector,
indicando que la muerte no es bonita. Además, el ojo del pez, apartado
de su cuerpo, sugiere que la desintegración física es inevitable
para todos.
La tercera estrofa describe, en términos marinos, la apariencia
del cementerio: “De azúcares de ala y blancas piedras / suben
los arrecifes cegadores” (Jiménez 430). Ibáñez
caracteriza el cementerio con más oposiciones. Las blancas lápidas
sepulcrales aparecen como un arrecife pero fuera del agua. Lo blanco de
las piedras y de los monumentos casi brilla por las palabras “azúcares”
y “blancas”. Curiosamente, es la palabra, “cegadores”,
que indica la fuerza en el lugar del entierro: “en invasión
de lujuriosas hiedras” (430). La vida coexiste con la muerte.
En la última estrofa, la voz poética se sitúa entre
los que han muerto o que van a morir: “Cementerio de angélicos
desiertos: / guarda entre tus dormidos pobladores / sitio también
para mis ojos muertos” (430). La combinación de elementos
aparentemente diversos da vida a la descripción del cementerio.
Es un lugar que parece vacío (“angélicos desiertos”),
no se ve a nadie, pero, paradójicamente, permanecen allí
muchas personas debajo del suelo (“tus dormidos pobladores”).
La muerte es ambos una desolación y un evento que experimenta cada
ser humano finalmente. La voz poética, que tiene que estar viva
porque está hablando, sabe que finalmente estará entre los
demás del cementerio. A pesar de la mención de lo sagrado
(“angélicos”), el cementerio parece ser el destino
final de los muertos. No hay mención de una vida en el cielo después
de la muerte. Además, la voz poética se conecta con todo
lo que vive cuando se refiere específicamente a los ojos. Esto
sugiere que los seres humanos no son muy diferentes de los peces o de
cualquier otro ser. El alma no entra en el discurso.
El poema, “La muerte”, publicado por vez primera en Artigas,
de 1952, le ofrece al lector un poema cuya visión de la muerte
es distinta de la de “Isla en la luz” en un aspecto importante.
Como “Isla en la luz”, sin embargo, empieza con un vistazo
por los elementos del mundo afectados por la muerte: “SOL AMARGO,
agua amarga, amargo viento / y amarga sangre para siempre amarga”
(Bordoli 80). Tres de los elementos están muy obviamente representados:
fuego (“sol”), agua, y aire (“viento”). En vez
de tierra, sin embargo, tenemos sangre. El uso de un líquido en
vez de un sólido es sorprendente, pero el lector puede intuir la
conexión entre la sangre, la carne del cuerpo que vive, y la tierra
a la cual volverá el ser después de morirse. La muerte es
una parte inevitable de la existencia en el mundo natural. La amargura
de este hecho es tanto que convierte al mundo entero en sufrimiento. Más
que eso, el que muere está solo: “Vencido y solo en carne
y pensamiento, / y el sueño antiguo por tesoro y carga” (80).
En la segunda estrofa, se ve que la muerte es un proceso de darle la espalda
a la vida: “De espaldas a su Oriente y a su gloria” (80) y
a todas las ventajas de esta vida: “mordió el seco laurel
de su victoria” (80). Lo que queda del difunto después de
morirse es la memoria dolorosa que tienen otras personas: “Terco
aguijón de luto su memoria / en toda miel ejercitó su plaga”
(80). Este aspecto de la muerte se ve en dos versos que también
ilustran la manera en que el uso del contraste (aguijón / miel
/ plaga) amplifica el mensaje del poema. La memoria de un querido es dulce
pero le duele a uno. Morirse es además un proceso lento, lo que
contribuye a la amargura sugerida por la sonrisa: “Y entre las brumas
del silencio agrario / fue una lenta sonrisa su calvario” (80).
En la tercera estrofa vemos la manera en que este poema contrasta con
“Isla en la luz”. Hemos visto en los dos poemas el hecho de
que la muerte es parte del mundo de la naturaleza. Sin embargo, en “La
muerte”, vemos la promesa de una vida después de la muerte.
El que muere en este poema es un “guerrero de blancos resplandores”
(80). Cuando le toca a él morir, oye las “dianas” del
cielo y va a su destino lo más rápido que puede, montado
a caballo. El poema aprueba no solamente su coraje en acercarse a la muerte
sino la existencia de algo más allá de esta vida.
Hay una tendencia en la crítica de la poesía de Sara de
Ibáñez de compararla con Sor Juana Inéz de la Cruz
y los poetas místicos. Es verdad que hay elementos en su poesía
que parecen tener algo en común con la poesía mística.
El poema “Retorno” de Las estaciones, parece sugerir el deseo
de la unión con el origen, que se puede interpretar como lo divino.
El significado de este poema se esconde detrás de la explosión
suave de palabras e imágenes. Sin embargo, ciertos elementos del
poema sugieren una lectura mística. Las palomas, típicamente
simbólicas del espíritu divino, en este caso parecen respresentar
el alma en búsqueda. Vuelan en círculos: “Fugan rizados
rayos entre espejos profundos” (Bordoli 79), y viajan por el mundo:
“entre platas derruídas, / entre torres enhiestas / de ojos
vencidos, entre blancos mares, / entre esmaltados fríos, entre
pieles de saurios, / entre piedras poderosas” (79). Las palomas
buscan su origen: “Huyen, se enredan, retroceden, buscan / la pálida
matriz, el huevo intacto / empujan en el ciego pensamiento” (79).
Las palomas, como el alma, quieren regresar al huevo como el alma quiere
regresar al espíritu santo. Curiosamente, una imagen que usa Ibáñez
para sugerir el espíritu divino es algo imposible: el huevo intacto.
El huevo es algo que se rompe al salir o al entrar en él. El momento
de contacto con la matriz es violento: las palomas “quebrantan las
tinieblas del origen, / … / derraman de nuevo el chorro deslumbrante,
el gozo / feroz, la desatada arquitectura, / y el siempre siempre bullidor
espanto” (79). En este poema, el arrebato violento no se somete
al rigor del pensamiento. El estremecimiento, violento en este caso, se
experimenta en vez de analizarse.
Además, la presencia del cielo o de Dios no es un rasgo muy consistente
en su poesía, como notamos en el estudio de “Isla en la luz”
y “La muerte”. En ciertos poemas se nota hasta una ambivalencia
hacia la existencia de Dios, algo que no es compatible con el misticismo
tradicional. El poema “¿?” de Las estaciones (1957),
afirma y cuestiona, como sugiere el título, las acciones, y por
eso, la existencia de Dios. En cada estrofa menos la última, la
voz poética empieza con una declaración sobre una acción
de Dios que luego presenta como pregunta: “Dejóme Dios ver
su cara / … /¿dejóme Dios ver su cara? / … /
Me miraba Dios acaso / … /¿Me miraba Dios acaso? / El rostro
de Dios veía / … /¿El rostro de Dios veía?
/ Me contempla Dios, me ve / … /¿me contempla Dios, me ve?”
(77-78). El hablante quiere estar en contacto con Dios, pero no está
seguro de su existencia. En la última estrofa del poema, la voz
poética sugiere que todas las posibles acciones divinas que ya
mencionó dependen de la percepción humana: “O yo me
estoy descubriendo / los ojos con que algún día / veré
lo que no sabía / que en sueños estaba haciendo?”
(78). En contraste con lo que ocurre en los poemas místicos, entonces,
la existencia de Dios en este poema no es nada seguro y parece ser además
sujeta a la percepción humana.
Otra diferencia entre Ibáñez y los místicos es la
importancia del pensar crítico para ella. En un poema como “Plegaria”,
de Las estaciones, la voz poética demuestra su interés por
saber más de Dios y por mantener su facilidad de razonar. Habla
directamente a Dios: “Si tú estás allí, en
lo oscuro. / señor sin rostro y sin pausa” (78). El poema
reconoce el poder creativo de Dios: “si tú eres toda la causa
/ y yo tu espejo inseguro” (79). En contraste con los místicos,
la voz poética pide la libertad para pensar: “pronuncia un
decreto blando; / líbrame de no pensar, / y echa mi polvo a vagar
/ eternamente pensando” (79). Como dice Neruda, el arrebato es de
verdad convertido en rigor; la voz poética quiere pensar y contemplar
más que sentir.
En su estudio de la poesía de Ibáñez, Alejandro Paternain
describe la representación del acto de crear poesía como
una batalla: “La aventura poética, la aventura creadora,
es una forma de lucha” (258-259). Esta batalla es personal y secular.
En algunos poemas, como “De los vivos, II”, de Canto, la lucha
es tanto externa como interna. Para encontrar su poesía la poeta
busca su propio camino: “Traspasé las fronteras de la rosa
/ pisé caminos que la luz no usa / y entre fríos cabellos
de medusa / malgasté mi sonrisa más dichosa” (82).
Sus creaciones son distintas de las de otros poetas y no siempre le dan
placer. La poeta va en contra de las tendencias aceptadas pero se autocondena:
“Contra el viento solté una mariposa / y vi mis huesos relucir
confusa. / Oigo el coro enterrado que me acusa / desde mi propia carne
temblorosa” (82). El acto de crear, que requiere revisiones y repeticiones
del proceso, es cíclico: “Empiezo a andar sobre mi voz ardida
/ y ante la audacia de mi boca acerba / que devora dos ríos paralelos,
/ … / la señal de la muerte hace la hierba / doblada ya sobre
futuros cielos” (82). Éste es un acto de creación
muy humana.
La poesía de Sara de Ibáñez pone a prueba la capacidad
creativa del lector. Su uso del lenguaje y de imágenes contrastantes
simultáneamente esconden y amplifican el significado de sus poemas.
La poeta misma lucha por crear y por entender su poesía y su mundo.
Ibáñez no es enteramente consistente ante los temas que
escoge. Por eso, es una poeta que representa muy bien las fuertes emociones
y confusiones de este siglo.
______________________________
Obras citadas
Bordoli, Domingo Luis. Antología de la poesía
uruguaya contemporánea. Tomo II. Montevideo:
Universidad de la República, 1966
--..Ibáñez, Sara de. Artigas. Montevideo: Impresora
Uruguaya, 1952.
--. Canto. Prólogo de Pablo Neruda. Buenos Aires:
Editorial Losada, 1940.
--. Las estaciones y otros poemas. México:
Tezontle, 1957.
Jiménez, José Olivio. Antología de la poesía
hispanoamericana contemporánea 1914-1987.
Madrid: Alianza Editorial, 1992.
Neruda, Pablo. Prólogo. Canto. Sara de Ibáñez.
Buenos Aires: Editorial Losada, 1940. 7-10.
--. Residencia en la tierra. Santiago de Chile:
Editorial Universitaria, 1992.
Paternain, Alejandro. “La raíz del fuego (La imagen
en Sara de Ibáñez).” Cuadernos americanos 164.3
(1969): 242-261.
Suárez Rivero, Eliana. “La invención barroca de dos
poemas de Sara de Ibáñez.” XVII Congreso del
Instituto Internacional de LiteraturIberoamericana. Madrid. Ediciones
Cultura Hispánica del Centro Iberoamericano de Cooperación,
1978.
|