JOSE J. OSORIO
Ella
NO SE si es ella o es algo de ella lo que a veces se me aparece en sueños.
El otro día vi una estela de su vestido blanco ondear cerca a la
ventana del baño. Me acerqué y no había nadie. Pero
a veces la oigo cantar en la cocina y corro hasta allí y no la
veo. El mes pasado, mientras me peinaba frente al espejo, su rostro cruzó
detrás de mi imagen. Fue cosa de un segundo y al volver la mirada
tras de mí no había nadie; aunque sentí un vago murmullo
en la sala y el tenue olor de su perfume me llegó de golpe.
Quizá son mis recuerdos, ansiedades, angustias y tristezas; junto
a la rabia por su partida, la que me hacen sentir que ella puebla en medio
de estas paredes. Al otro día, cuando me bañaba, sentí
que su mano acariciaba mi espalda. Un deseo enorme por ella me embargó,
como cuando solíamos bañarnos. También oí
su risa cantarina cuando me estregaba el cabello lleno de champú.
Al abrir los ojos, el ardor no me dejó ver bien. Sin embargo, una
sombra parecía formarse bajo la ducha tibia.
Yo te pensaba con un deseo enorme y mi tristeza se ahondaba en medio de
la soledad del apartamento. "¿Dónde estabas?"
me pregunté en voz alta. Del pasillo me llegó una voz clara
y risueña: "Aquí, esperándote". Temblé
de gozo. Pensé que no habías dejado tu copia de la llave
y que volvías para darme la sorpresa. Salí raudo, sin terminar
de enjuagarme y todo mojado. No estabas en el pasillo y me imaginé
que jugabas a las escondidas. Desnudo recorrí la cocina, el cuarto,
los armarios y hasta debajo de la cama. No estabas.
Desde ese día no me sentí tan solo. Algo me decía
que estabas allí, que no te habías ido del todo. Dejaba
la puerta sin seguro y la ventana, que daba a la escalera de emergencia,
permanecía abierta. No me importaba el peligro que representaban
los ladrones. Quería que, si llegabas, pudieras entrar. Conocía
tu manía de ir y venir a la terraza usando la escalera de incendios;
me ilusionaba verte llegar por esa vía.
El sábado catorce me emborraché solo. Mientras dormitaba
mi borrachera, escuché que cantabas en el cuarto cerca a la cómoda.
Me dolía la cabeza. Abrí mis ojos y reflejado en el espejo
vi tu rostro. Te peinabas y cantabas. Me miraste, guiñaste un ojo
y llevaste uno de tus dedos a la boca; lo lamías para excitarme.
Pasé mi mirada del espejo al frente, al sitio del asiento y estaba
vacío. Volví a mirar al espejo y allí permanecías.
Empecé a mirar todo tu cuerpo. Estabas desnuda, tus pechos hermosos
afloraban de tu cuerpo. Noté tus pezones duros; tu ombligo pequeño
me hipnotizaba. Tus caderas se perfilaban redondas y tus piernas juntas
y largas me ocultaban tu sexo. Me mirabas como sólo tú sabes
mirarme cuando sientes deseos y quieres provocármelos.
Me levanté de la cama y llegué hasta el espejo. Mis manos
se movían hacia él y quería acariciarte. Al tocar
el espejo, tu imagen se distorsionó y en ondas concéntricas
se fue diluyendo hasta que frente a mí sólo apareció
mi rostro demacrado.
El domingo seguí bebiendo y otra borrachera embotó mis sentidos.
Cuando sentí que cantabas, no quise mirarte. Esperé atento
y sin moverme. No sabía si estaba despierto delirando o dormido
soñando. Esperé y cantabas. Luego empezaste a llorar quedo
y me reclamabas mi falta de iniciativa e inventiva cuando estuvimos juntos.
Por los días aburridos dentro de casa sin salir a visitar lugares
bonitos. Recordabas mis días perdidos con amigos mientras tú
me esperabas. Llorabas quedo, suavecito. Yo, desde mi inconsciencia y
sin abrir mis ojos, te hablé con ternura. Me temblaba la voz y
tenía frío. Te pedía mil perdones y decía
que ahora todo iba a ser distinto. Te hacía mil promesas. Al final
te declaraba mi amor y te pedía un beso. En el cuarto se oyó
el murmullo de tus pasos sobre el piso de madera. Percibí el olor
de tu perfume favorito. Sentí el roce de tus labios en los míos
y una de tus manos revolvió mis cabellos. Mi emoción fue
infinita. No pude resistir y abrí mis ojos. Una estela blanca se
fue diluyendo al lado de mi cama donde un rayo de luz bajaba desde la
ventana. Me levanté emocionado, poseído por la convicción
que allí habías estado; de la realidad de tu beso y la certidumbre
de tu caricia en mi pelo. Te busqué con ahínco de nuevo
por el apartamento. No estaba tu cuerpo, pero sentí tu presencia.
Algo me decía que allí estabas.
No volví a emborracharme. Me dormía muy tarde cuando el
cansancio me era insoportable. Así lograba dormir tranquilo, sin
pensar ni desearte y mucho menos recordar al día siguiente los
sueños contigo. Siempre soñaba que íbamos al campo,
a mirar frente al mar una puesta de sol y beber una botella de vino rojo
o al jardín botánico a oler las flores que se amontonaban
en hermosos ramos en la primavera o a cine y, después, a caminar
agarrados de la mano haciéndonos bromas; hasta que uno de los dos
terminaba enojado. No quería soñar más o al menos
no recordar esos sueños que, recreados por mi fantasía excitada,
se adueñaban de mí todo el día. En la noche, al regresar
al apartamento, te buscaba con angustia y desespero. No estabas. Cuando
llegaba la hora de dormir no quería volver a soñar contigo,
porque eso significaba que estuvieras en mí todo el día
siguiente y que fuera infeliz sabiendo tu ausencia.
Hace unas noches, a punto de dormir, oí que me decías "buenas
noches", y que besabas mi hombro y rozabas mis labios. No quise abrir
mis ojos y temblaba. Sentí tu olor con intensidad cierta y tu cuerpo
ocupando la mitad de nuestra cama. Estabas allí. Oía tu
respiración serena. No abrí mis ojos pero no dormí
en toda la noche. Al amanecer sonó el reloj despertador y lo apagué.
Tú estabas del otro lado. El cansancio me venció y me quedé
dormido. El despertador sonó de nuevo a los cinco minutos y desperté
sobresaltado. No estabas en la cama, pero tu forma todavía se demoraba
sobre las sábanas.
No le he contado a mis amigos o familiares lo que me ha pasado. No creo
estar loco y no deseo que ellos piensen que lo estoy. Otro día,
al llegar al apartamento, percibí un agradable olor que venía
de la cocina. En medio de la mesa había un oloroso caldo y al lado
una ensalada adornada por huevos cocidos cortados con primor. Pensé
que una de mis hermanas había venido a hacerme una comida sorpresa.
Pero recordé que ninguna de ellas tenía la llave del apartamento.
Mas la comida estaba en la mesa y en el sitio no había nadie. Todo
estaba en su lugar, excepto el perol lleno de caldo y la ensaladera rebosante
de verduras y huevos cocidos.
Comí con ganas, aunque con cierta inquietud. ¿Quién
había estado allí? ¿Acaso tú habías
ido temprano? Te llamé por primera vez en mucho tiempo. Me habías
exigido que no te llamara. Tu número de teléfono estaba
desconectado y no había información del nuevo. Saber esto
me dejó en una profunda tristeza. Me dejé ir por ésta
y pasé horas frente a la televisión aburriéndome
más.
Una mañana, cuando entré al baño me encontré
con una enorme sorpresa. La toalla estaba húmeda y en el colgadero
de la ropa interior estaban tus pantis favoritos recién lavados.
Esa mañana lloré mientras acariciaba tu ropa interior. Su
olor a limpio no tenía tu olor, pero mi cuerpo lo recuperaba desde
mi inconsciente.
Esa noche al volver de mi larga jornada de trabajo, volví a encontrar
una deliciosa cena y servicio para dos. La radio tocaba en tu estación
favorita y en la sala tu voz seguía la canción de moda.
No me sorprendí y tampoco fui a mirarte. Comí tranquilo
y escuchaba tu voz melodiosa. De pronto, me preguntaste si me había
gustado la comida. Me sobresalté un poco y dije: "sí",
a la vez que colmaba de elogios tu sazón. Te prometí que
al día siguiente prepararía el desayuno y que el fin de
semana cocinaría. Escuché un ojalá, seguido de una
risita burlona que me acarició. En la sala no había una
sola lámpara encendida y la luz de la ciudad se filtraba escasa
por entre las persianas. Estabas en el centro, bailando, cantando y sonriendo.
"Bailemos", me dijiste, y al son de un bolero salsa me acerqué
a tus brazos. Cuando estuve lo suficientemente cerca cerré mis
ojos y alcé mis brazos. Te sentí. Me aproximé más
y te apreté despacio. Sentí tu aliento y oí tu voz
susurrar "Vino añejo", a coro con la voz de Rubén
Blades. Te apreté más. Tu cuerpo se pegó al mío
y danzamos lentamente. Te dije mil te amos. Tú seguiste cantando
hasta el final de la canción y luego te soltaste lentamente.
Abrí mis ojos y tu boca buscó la mía. Nos besamos
en silencio y nos miramos en medio de los besos. Caminaste de espaldas,
sin soltar mi cuerpo ni parar los besos. Recorrimos los diez pasos que
hay hasta el cuarto y en la cama te dejaste caer conmigo entre tus brazos.
Te toqué despacio mientras decía te amos que se repetían
monótonos, enamorados. Mi mano recorría anhelante tus senos,
bajaba despacio y se fijaba en medio de tus piernas, hacía a un
lado tus interiores para acariciar tu vello púbico. Tu calor y
humedad acariciaban mis dedos. Te tocaba despacio entre tus labios carnosos
y mis dedos circulaban golosos alrededor de tu clítoris. Gemías.
Tu boca entreabierta pronunciaba te amos quedos. Te besaba en la mejilla
y lamía tu cuello mientras mi mano frotaba con fruición
tu rica vagina; tus gemidos aumentaron hasta llegar al orgasmo. Te besé
intensamente, mi lengua recorría tu paladar y se frotaban nuestras
lenguas con gran ansiedad. Lloraste y pediste que retirara mi mano. Nos
abrazamos en silencio mientras quedos espasmos recorrían tu cuerpo.
Coloqué mi cabeza en tu hombro y murmuré muchos te amos.
Mi felicidad era infinita. Quise continuar acariciándote pero me
pediste que nos estuviéramos así: quietos, en silencio,
abrazados. Tu cuerpo exhalaba un olor distinto y hacía frío
en el cuarto. Me dormí.
Tres viernes atrás celebraban el cumpleaños del jefe; por
ese motivo había una cena en un restaurante elegante. Te invité
pero no quisiste ir. Fui solo. Allí estaba la mayoría de
los empleados de confianza y los supervisores. También, la contadora,
mujer hermosa y divorciada que se mostró muy formal conmigo. El
lunes siguiente encontré una nota de ella en mi mesa de trabajo:
me invitaba a almorzar. A la una fuimos a un restaurante italiano que
está a una cuadra de la oficina. La comida estaba deliciosa y la
contadora se veía más hermosa y jovial ahora que estábamos
solos. En la noche, al llegar a casa, te conté con quien almorcé.
No dijiste nada pero el resto de la noche te noté callada. Esa
noche no escuchaste música ni cantaste y en la cama no dejaste
que te acariciara. Te dormiste pronto y no hablamos como solíamos
hacerlo antes de dormir.
El sábado de esa semana, en la tarde, la contadora me llamó.
Yo contesté la llamada y conversamos un rato. Casi todo el tema
fue sobre asuntos de trabajo y la nueva sucursal de la compañía
en México. Este asunto nos preocupa a muchos pues eso significa
que algunos cargos aquí serán suprimidos para trasladarlos
a Tijuana donde se pagan bajos salarios. Ese día no quisiste ir
conmigo al juego de pelota. Desde allí, al terminar, te llamé
para invitarte al cine mas no aceptaste. En la noche al llegar, aunque
todavía era temprano, estabas dormida.
La semana siguiente, de lunes a jueves, almorcé con la hermosa
contadora en el restaurante italiano. El jueves, después del almuerzo,
me invitó a su apartamento para ese sábado en la tarde.
Dudé, le dije que no podía, que tú habías
vuelto conmigo. Se sorprendió, no lo sabía. Pensaba, me
dijo, que aún estaba solo porque a la fiesta del jefe no habías
ido. Lo siento, agregó, creo que me hice ilusiones vanas.
El sábado en la noche, al volver a casa, te noté extraña.
Tu voz sonaba cansada y tu piel estaba demacrada y mustia. Me dijiste
que te sentías un poco enferma y te acostaste temprano. Yo me quedé
en la sala hasta tarde viendo deportes en la televisión y tomando
cerveza. A eso de las once y media sonó el teléfono. Era
la contadora, sólo llamaba, me dijo, para darme las buenas noches
y decir que me pensaba. Le di las gracias y le dije buenas noches. Esa
noche soñé que estaba en el apartamento de mi compañera
de trabajo. La luz de la sala era escasa, dos velas amarillas flameaban
al lado de unos hermosos jarrones precolombinos llenos de rosas rojas
y amarillas. Bebíamos vino y escuchábamos las mejores selecciones
de la música de Billy Holiday. Conversábamos de la compañía
y los nuevos cambios por venir. Ella me dijo que no me preocupara, que
hasta donde sabía mi posición no estaba en la lista de las
que serían suprimidas. En un brindis por la amistad nuestras bocas
se juntaron y sus manos rodearon mi cuello. Me dijo que me esperaba, que
allí había un lugar para mí.
Me desperté sobresaltado. A mi lado estabas tú. Tu respiración
era queda, levísima, casi imperceptible. Demoré mucho tiempo
para conciliar de nuevo el sueño. A mi memoria venían las
imágenes del vino rojo, las rosas y la luz de las velas. El rostro
de ella se confundía con el tuyo. Al amanecer logré dormir.
Cuando me desperté era bien entrada la mañana. No estabas
en el cuarto, la sala, la cocina ni en el baño. Me angustié.
Ese domingo fue largo. No había ninguna nota tuya. En la tarde,
a eso de las cinco, sonó el teléfono. Pensé que eras
tú. La voz de la contadora sonó sensual y alegre. ¿Has
pensado en mí? preguntó. Le dije que había soñado
con ella en su apartamento. Me insistió que le contara. Lo hice.
Ella estaba feliz y me dijo que el próximo sábado quería
que hiciéramos realidad el sueño. También le conté
que no estabas, que habías salido sin decirme nada. Me dijo: "Ah,
no te preocupes, las mujeres somos así, ya volverá".
Me recordó que me estaba esperando todavía y que en su apartamento
había un lugar para mí.
El lunes amanecí solo. En el trabajo el día fue largo. Antes
de las doce te llamé. Me contestaste con una voz triste y lejana.
Te pregunté dónde habías ido y me dijiste que yo
mejor que nadie lo sabía. Colgaste. Esa noche no saliste a saludarme
a la puerta como solías hacerlo y desde la sala me dijiste un hola
frío y distante, tampoco quisiste comer conmigo. Para completar,
la comida estaba fría. Cuando me dirigí a la sala te fuiste
para el cuarto. Me huías. En el cuarto quise abrazarte pero me
dijiste que necesitabas ir al baño. Cuando saliste del baño
no vi tu reflejo en el espejo que tiene la puerta. Sentí escalofrío.
Esa noche, al acostarme, estabas en la sala y no quisiste venir a la cama
conmigo. No tenías sueño, me dijiste. Escuchabas música
con poco volumen. Te oí cantar sin ritmo y creo que llorabas.
En la mañana del martes amanecí solo en la cama. Oí
que te bañabas y me metí en la ducha. Al ir a acariciar
tus nalgas hermosas, mis manos se toparon con las gotas de agua que como
fino rocío caían del grifo. Mi corazón saltó,
retrocedí y tú saliste de la bañera. Te envolviste
en una toalla blanca. Al salir me dijiste: "ya no me amas y sin amor
me muero".
No te volví a ver en el apartamento. A veces te presentía
y me parecía escuchar tu voz en la sala cantar a duo con Rubén
Blades. Te buscaba y de vez en cuando veía tu cuerpo danzar levemente
cerca de la ventana envuelto en un tul blanco. En ese instante, me sonreiste
con tristeza. Dos veces intenté tocarte pero mis manos se encontraron
con el vacío. Algunas noches, casi a punto de dormir, sentí
que me besabas y me decías buenas noches. Una vez abrí los
ojos y tu cuerpo se disipó en medio de los rayos de luz que entraban
por entre las persianas de la ventana.
Ahora visito con frecuencia a la contadora los fines de semana. Para hoy
sábado, la invité al apartamento. La espero para las seis
de la tarde. Compré vino, queso, galletas y adorné con flores
la sala. También tengo sobre el equipo de sonido una buena selección
de jazz. Estaba inquieto pensando que tú aparecieras, pero hoy
no te he presentido. Es como si nunca hubieras existido. Quizá
el desamor se llevó de golpe tu presencia. En el equipo de sonido
canta Billy Holiday y me parece escuchar la voz de la contadora haciéndole
un hermoso coro. Pero qué extraño, sólo son las cuatro
de la tarde.
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