Jesús
Bottaro
Causas probables de un deicidio dramático
Un análisis de la idea de rebeldía
puede ayudarnos a descubrir ideas capaces de restablecer
un relativo significado a la existencia
aunque sería un significado que estaría siempre en peligro.
Camus. Escritos.
¿Se puede hablar de la presencia de un “teatro
político” en Venezuela entre los años de 1969 y 1979?
La pregunta es ambigua y muy amplia para tener una respuesta concreta.
Aquellos que se detengan a reflexionar sobre el teatro venezolano de esta
década tendrán necesariamente que concluir que sí
hubo un teatro considerado político durante estos años,
tanto en el ámbito de la representación escénica
como en su otro aspecto literario, es decir, la publicación de
piezas que la crítica y los periodistas de arte consideraban como
“políticas” en sus reseñas y comentarios.
Quizás la etiqueta de político sería muy amplia y
ambigua para poder ser aplicada a cualquier obra de arte sin distinguir
en su contenido y forma otras intenciones no políticas, a veces
no tan obvias. Cuando se analizan de cerca las teorías y propuestas
para un teatro político de Erwin Piscator, Bertolt Brecht, Vesevolod
Meyerhold, Enrique Buenaventura y Augusto Boal no se podría hablar
de un teatro político desarrollado en Venezuela durante los años
setenta que sigan de manera estricta los modelos de estos creadores. Los
directores, dramaturgos y otros profesionales del teatro no copiaban los
modelos de teatro político llegados de Europa y los Estados Unidos.
Tomaron estos “modelos” como propuestas y sugerencias, como
una base de trabajo, para llegar a una manera de expresión propia
en conexión con una realidad nacional venezolana. En vez de hablar
de un teatro designado como estrictamente “político”,
quizás sería más apropiado referirse a un “teatro
venezolano con un contenido de protesta social y político”
para abordar a un grupo de obras específicas escritas y montadas
durante los años setenta.
Hacia finales de los años sesenta se pueden encontrar obras con
un claro contenido de compromiso político. Este compromiso se tradujo
en la necesidad de denunciar y comunicar un descontento con el imperialismo
y el capitalismo “yanqui”, en complicidad con los intereses
políticos y económicos de la derecha conservadora de Latinoamérica.
Algunos artistas de teatro asumen una determinada conciencia del rol que
les corresponde apropiarse dentro de un proceso de cambio social. Tratan
de distinguir lo específico de un compromiso artístico con
la realidad social de Venezuela y buscan cierta libertad para crear y
trabajar sin esquemas ni dogmas venidos de otros contextos.
Al concluir la década de los años setenta José Monleón
observa que:
En el mejor teatro político hay un examen de los efectos de la
colectividad sobre el individuo, a la vez que de la relación entre
individuo y colectividad, apareciendo esta última analizada a través
de una conducta individual (25).
Taylor se refiere a este tipo de obras como pertenecientes a una tendencia
peculiar de los años setenta que denomina como “teatro de
crisis y paradoja”. Desde nuestro punto de vista las obras escritas
por Rodolfo Santana (a partir de La empresa perdona un momento de locura)
están dentro de esta tendencia de teatro político que menciona
José Monleón.
Para desarrollar un teatro político de protesta social el “teatrero”
venezolano tuvo que enfrentarse al análisis de su contexto inmediato
y replantear la visión de su medio social. Esta confrontación
con la realidad del país trajo consigo un replanteamiento de nuevos
métodos expresivos y un acercamiento a la historia nacional. A
lo largo de la década de los años setenta el arte venezolano
en general, y específicamente el teatro de protesta social, sufre
transformaciones paulatinas e importantes casi de manera imperceptible.
Como sucede con frecuencia en diversas manifestaciones artísticas,
surge una progresiva “desradicalización” de sus contenidos
en referencia al aspecto político. Poco a poco, el arte irá
abandonando la militancia ideológica de izquierda. En la base de
estas transformaciones están los siguientes aspectos: 1) El período
democrático de diez años, que se inaugura con la presidencia
de Rafael Caldera en el año 1969 y que prosigue con el gobierno
de Carlos Andrés Pérez en 1973, se considera como uno de
los períodos más pacíficos que había vivido
la historia política de Venezuela en comparación con décadas
anteriores; 2) no hubo suspensión de garantías constitucionales;
3) se reduce considerablemente los riesgos o la anterior psicosis de guerra
de guerrillas gracias a una política de pacificación y de
indultos; 4) y la nueva situación de auge económico generada
con la entrada de divisas hace que haya una mayor distribución
de la nueva riqueza y, en consecuencia, una mejoría en el bienestar
social de las clases más humildes.
Estos cuatro aspectos afectaran a los grupos políticos, tanto a
los de tendencias radicales como a los de tendencias de centro y de izquierda.
Estos aspectos también afectarán a los artistas comprometidos
en una transformación social. Los creadores del teatro dirigen
su reflexión sobre su nuevo contexto y cómo abordarlo a
través del arte.
El llamado “teatro experimental” y el teatro político
radical desarrollados durante la década de los años sesenta,
después de su inicial riqueza o espíritu de innovación
habían dejado un saldo peculiar, y en algunos aspectos lamentables,
para la década siguiente. Por una parte, las salas de teatro permanecían
vacías por falta de público. Las reseñas de prensa,
por otra parte, anunciaban con sorpresa cuando creían encontrar
un espectáculo de “calidad”. Lo opuesto a la búsqueda
de esta “calidad” parecía ser la norma. Por último,
era un hecho el carácter marginal de las instalaciones de teatro
en comparación con la infraestructura administrativa procurada
por el estado y la empresa privada para las demás expresiones artísticas,
en especial para las artes plásticas.
Ante esta crisis, los artistas comienzan a dudar de la posible efectividad
del drama, y su representación, como una herramienta o forma de
concientizar al pueblo. El problema de la calidad estética de los
espectáculos teatrales comenzó a preocupar de tal manera
al artista que muchas veces éste sacrificó el contenido
político de una obra en función o beneficio de una supuesta
“belleza formal”.
La Creación Colectiva, y las propuestas de Augusto Boal, mucho
más cercanos a Venezuela en tiempo y geografía que las ideas
europeas, fueron sólo ejercicios para grupos experimentales, y
no verdaderas propuestas dentro del medio teatral venezolano. Muchas de
las obras producidas durante este período de diez años presentan
en común una peculiar ingenuidad política que parte de la
ausencia de los problemas más urgentes o primordiales de la población.
En estas obras se pretendió utilizar o buscar un ideal de realidad
latinoamericana en función de presentar máximas socio políticas
no consecuentes con la verdadera realidad de crisis social que vivía
Venezuela. Sin embargo para el crítico Orlando Rodríguez:
El decenio que comenzó en 1971 permitirá dar un salto cualitativo
y cuantitativo al teatro venezolano. La nueva década lanzará
una cantidad apreciable de nuevos dramaturgos o consagrará autores
que habían destacado en otros campos (53).
Algunas de las obras de contenido político que se escriben, publican
o representan a mediados de los años setenta marcan el inicio de
un nuevo tipo de obra de contenido social con un mayor grado de complejidad
en la acción y la intriga. Estas obras ya no plantean, como lo
hicieron en los años sesenta, una transformación radical
de la sociedad, y el derrumbamiento del “imperialismo capitalista
yanqui”, sino una idea “reformista” del sistema social.
Estas obras con temas renovados se plantean explorar y explicar el país
preguntándose cómo es su historia y cómo es su actualidad
sin tratar de imponer una ideología política o proponer
soluciones radicales.
La abundancia económica, producto de la industria petrolera, produjo
rápidamente una sociedad cosmopolita que permitió a los
teatreros venezolanos relacionarse de manera directa e inmediata con las
tendencias de teatro más recientes de otros países. Con
esta influencia el teatro venezolano se enriqueció y fomentó
su propia liberación de dogmas y reglamentaciones caducas. Se hizo
evidente que ni siquiera las formas más recientes de teatro político,
descontando las “viejas” formulas europeas, tenían
cabida dentro del nuevo panorama social y teatral del país. A pesar
de la abundancia económica, en la sociedad venezolana no se produjo
una infraestructura teatral que garantizara la profesionalización
de artistas dedicados con exclusividad a la escena. Para poder subsistir
los artistas tuvieron que aliarse a las empresas de televisión
y la radio o la burocracia oficial. Esta alianza de conveniencia mediatizó
las conciencias radicalizadas de épocas anteriores.
Creo que hay dos aspectos medulares que explican en gran medida la transformación
o desaparición de una forma de teatro político de protesta
social, relativamente tradicional, hacia otras formas distintas, y quizás
más complejas y diversas. El primero de estos aspectos cardinales
está en una especie de ceguera ideológica de izquierda sufrida
por los creadores de teatro político hasta casi iniciar la década
de los años ochenta. José Monleón diagnostica la
situación del teatro con intenciones políticas de la siguiente
manera:
Si tantas y tantas cosas alteraron la profetizada historia de América
Latina, muchos llegaron a la conclusión de que la profecía
se había apoyado en una serie de datos falsos, incluido el de la
fragilidad del imperialismo y la supuesta madurez política de las
clases populares. No se trata sólo de la consoladora teoría
de que se habían perdido batallas en el contexto de una guerra
victoriosa. Es que tales batallas se habían perdido porque el análisis
de fuerzas estaba mal hecho, porque no había sido dialéctico,
porque los datos materiales estaban sometidos a una deformación
idealista, propia del romanticismo pequeño burgués (25).
Como una conclusión directa de esta ceguera ideológica y
del análisis errado e idealista de los datos de una realidad social
es que surge otro tipo de ceguera, me refiero al extravío artístico.
A lo largo de diez años en los setenta se produce el inevitable
debilitamiento de la fórmula artística fija usada hasta
la saciedad por los escritores. Las formas artísticas de la dramaturgia
política de protesta social se agotan por su empleo constante y
excesivo. No se producen temas nuevos ni estructuras renovadas y mucho
menos producciones en conexión íntima con los espectadores.
El público comenzó a preguntarse de cuántas formas
distintas había que decir que “la tierra es de quien la trabaja”
o que el imperialismo yanqui es esclavista y que los ricos de un país
son monstruos sin sentimientos para poder luego tratar otros temas y pasar
a otras intrigas, quizás mucho más simples desde el punto
de vista social, pero fundamentales para los espectadores. El teatro político
de protesta social agotó su propio molde de hechura hasta hacerlo
una expresión repetitiva, reiterada y esquemática que ya
no hablaba a un público ansioso por experimentar otros temas fuera
de los fatigados moldes politizados. La saturación artística
produjo la rebeldía en el público y en los creadores emergentes
que aspiraban a tener su espacio propio. El teatro, en cualquiera de sus
modalidades, es obviamente una inversión de tiempo con un relativo
costo financiero para los que están envueltos en su producción:
realizadores y, por supuesto, el público. ¿Por qué
pagar o invertir (aunque sea en tiempo) en algo que ya estamos cansados
de ver y que no nos dice nada nuevo? Quizás la respuesta podría
ser afirmativa si se argumenta el simple y noble objetivo de entrenamiento
y diversión. Creo que fue con estas herramientas de diversión
y entretenimiento, junto a temas nuevos, que la dramaturgia venezolana
superó el cansancio y la saturación de la fórmula
política hacia otras maneras expresivas de articular malestares
sociales en las obras de teatro.
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