HYBRIDO

ARTE Y LITERATURA

 

Jesús Bottaro

LA ÚLTIMA NIEVE, LAS PRIMERAS ARENAS


No sé si lo recuerdo o lo sueño
Hugo

Presente y determinante pero no visible...
Como la memoria.
Mempo Giardinelli

Hoy hace mucho frío y no quiero salir de casa, pero tengo que ir a la escuela. Las calles están llenas de nieve limpia; a mediodía estará sucia, vuelta un barro pastoso, negra y marrón por culpa de los autos que pasan. Anoche mi mamá nos preparó las botas de invierno, especiales para los días con nieve. (Hoy sería mi última nevada, pero yo aún no lo sabía).
El lunes pasado, como a las siete de la mañana, y haciendo un escándalo de hierros que chocan, vi pasar el camión grande que barre las vías de los autos y escupe granitos de sal por detrás. Pero no sirvió de nada porque el martes volvió a nevar. Las aceras y los techos de los edificios bajos, los jardines del proyecto y los patios de la escuela están blancos y brillantes. Se parecen a las camas con sábanas estiradas, cuando las arregla mi tía Consuelo, después de almidonarlas y plancharlas.
La tía Consuelo, es la hermana preferida de mi mamá y la tití que más queremos. En seis meses volverá a San Juan porque está comprometida con el tío Sergio. Sergio se ve muy simpático. Digo que se ve porque todavía no lo conocemos. Sólo por una foto de él y tití Consuelo abrazados a la orilla del mar. Él está vestido de soldado y ella, con el pelo alborotado, sonríe diciendo adiós a alguien con la mano izquierda. Pero la fotografía ya es vieja, porque tití Consuelo dice que la guerra del tío Sergio ya terminó y regresó a la isla con una pensión de veterano de Corea.
Me gusta como huele la nieve en el aire y también me gusta el olor de las sábanas de la tía Consuelo. Abro un poquito el vidrio y respiro profundo. Desde la ventana veo al señor Antonio. Él es un viejito sin dientes que cada lunes me regala un candy y le manda saludos a mi papá. En este momento trata de cruzar la calle pero no puede. Busca un sitio donde no haya tanta nieve amontonada. Alza los brazos, pone cara de furia, y dice algo que no puedo oír. Es difícil saber lo que dice la gente abajo porque yo vivo en el piso diez. Si fuera del planeta Cripton, que es el planeta de los papás de Superman y donde él nació, seguro que escucharía lo que dice el señor Antonio.
El pobre señor Antonio no puede cruzar para abrir su quiosco y va hacia la esquina de la calle Wester. (Cuando ya no vaya a la escuela la Wester Street no existirá más. Muchos años después de aquella mañana será una calle distinta. La gente no vivió más allí, sino en otra calle con más árboles y con otro nombre. Le pusieron Loisaida, que es como mi tía Consuelo pronunciaba Lower East Side. Pero ahora sigue llamándose la calle Wester por la que finalmente el señor Antonio cruza para abrir su negocio de periódicos, revistas y cigarrillos). En el puesto del señor Antonio mi papi compra “El Diario” y pasa las hojas de un montón de magazines mientras conversa con el señor Antonio de los últimos números pegados.
Como todos los días de la vida, menos los domingos, mi papá se levanta a las siete. Pero hoy yo estaba despierta antes que él y sentí cuando se levantaba. Como mi habitación está al frente de la de papi y mami, con la puerta abierta, puedo ver su cama queen en cuanto me siento a la cabecera de la mía. Hoy pude espiar a papi cuando se puso las pantuflas, estiró los brazos, observó fijamente a la Virgen de la pared arrugando la frente, se persignó, murmuró algo entre los labios, como hablando para adentro, y por último, salió del cuarto, me miró, dijo «Hi» con la mano y encendió el televisor. Cada mañana mi papi ve las noticias de la televisión o las oye desde el baño, a todo volumen, mientras se afeita. A veces tenemos que hablar a gritos por culpa del alboroto de los comerciales de Corn Flakes y carros usados.
El que hablaba de noticias en el TV Set mostró hoy a un señor con lentes, de poco pelo en la cabeza y vestido de corbata, que quemaba una bandera comenzando por las estrellitas de una esquina. El señor de la televisión decía que estaban en el congreso, a la orilla de una piscina grande muy bonita. Cuando la bandera ya estaba negra hasta la mitad se acercó un señor más joven que se llamaba Kerouac apartando a la gente y gritando. En cuanto este Kerouac llegó al señor más viejo, que el hombre de la tele le decía Ginsberg, le quitó la bandera de las manos y la apagó. Después de esto, los dos hombres se miraron fijamente, como cowboys a punto de desenfundar las pistolas para matarse, se gritaron, se abrazaron y se dieron besos en la cara como si fueran hermanos. Yo no entendía lo que pasaba, pero mi papá reía a carcajadas y hablaba solo como los locos. «Estos blancos. Se pagan y se dan el vuelto», dijo mi papá antes de pedirle su taza de café negro a mi mamá. Eso que dijo mi papi tampoco lo entendí. Unos minutos después me llegó la hora y salí para la escuela junto a mis hermanos. Estudiábamos en la misma PS140 donde mi mamá y sus hermanas habían estudiado.
Por fin llegamos a la escuela. Y apenas atravesamos el portón grande voy corriendo donde mi maestra de segundo y le digo «Buenos días» ella me dice «Buenos días, sweet heart», me pasa la mano por la cabeza, y salgo disparada hacia mi aula de tercero.
Mrs. Esperanza Decienfuegos no es mi maestra de ahora, sino Mrs. Petunia, que es la maestra de todos los estudiantes de tercero. En PS140 hay un sólo tercer grado. Pero de todas mis maestras Mrs. Esperanza Decienfuegos, es mi favorita. Ella es la maestra de todos los estudiantes de segundo. En PS140 hay sólo un segundo grado para todo el mundo.
Mrs. Esperanza Decienfuegos es casi ciega, dice mi tía Consuelo, porque usa unos lentes “culo de botella” como los llama tití. Y en verdad, ella no es bonita pero yo la quiero mucho y me gusta como se viste y su pelo largo y sus ojos grandes. En mi casa le dicen la maestra loca porque lleva montones de collares pequeños y grandes, de muchos colores, colgados al cuello, los brazos y los tobillos flacos como “canillas de perro” como dice tití Consuelo. Aún en invierno lleva faldas anchas y rayadas como banderas con unas sandalias de cuero marrón muy limpias que dicen: Love en el pie derecho y Peace en el pie izquierdo, escritas con tinta azul celeste.
Un día del año pasado, cuando estaba en segundo y ella era mi maestra, nos invitó a su casa para el día siguiente. Nos dio unas notas para nuestros papás con la invitación. Eran tarjetas blancas escritas por un sólo lado, y por el otro lado tenían un dibujo con un círculo y la letra Y en el medio. Antes de llevar la nota ella nos pidió que coloreáramos los triángulos que Mrs. Esperanza Decienfuegos decía que se llamaba el símbolo de amor y paz.
La maestra nos había dicho que en su casa íbamos a bailar. Pero ese día yo no sabía bailar todavía. Entonces, después de la escuela, le pedí a mi hermano mayor, a Elí, que me enseñara los pasos de baile. Elí pasó toda la tarde tratando de que yo aprendiera a bailar Bugalú y practiqué un montón de veces Micaela, Fango y I Like It Like That, que eran sus canciones favoritas de ese momento.
Ese viernes jugamos de todo. Su casa era un apartamento chiquitico, como de muñecas, con posters de un señor con barba, fumando un tabaco enorme, vestido de soldado con una estrella en la gorra verde. Allí, ella nos dijo que era soltera y que su mamá vivía muy lejos, en un país chiquito donde trabajaba como soldado. Oímos música, no bailé Bugalú porque no lo tenía pero sí puso un disco de una mujer con cara de india que cantaba ronco de un pajarillo verde que quiere volar pero no puede porque tiene cadenas. Después de oír mucha música y jugar, ella preparó comida en una cocinita tan pequeña que parecía de Barbi. A la una de la tarde regresamos a la escuela y de ahí a nuestras casas. El segundo grado fue un año muy divertido y yo no quería ir a tercero, pero las maestras y mi mamá me dijeron que no podía ser y que debía continuar en tercer grado. Ellas estaban seguras que me iba a gustar más todavía que segundo. Yo pensaba en Mrs. Esperanza Decienfuegos y no decía nada.
Como casi todos los domingos por la tarde, voy con mi papá al Parque Central para jugar en las ruedas rusas y mecerme en los columpios que es de verdad lo que más me gusta. Pero un domingo el paseo fue muy distinto; y lo que pasó fue tan especial que todavía el pecho me palpita cuando lo recuerdo. Esa tarde, como a las cuatro, después de entretenerme en los toboganes chinos, fuimos donde Pedro, el heladero de la esquina de la calle 57 y le compramos mi helado favorito, pastelado de fresa y chocolate. Cuando ya caminábamos hacia la estación del metro de la calle 59 para regresar a casa, justo antes de salir del parque había un montón de gente reunida alrededor de algo de donde salían gritos y risas. «Deben ser los payasos Gabi, Fofó y Miliqui, vamos allá, yo los quiero ver», digo entusiasmada y nos acercamos. Mi papá me sienta sobre sus hombros, me dice que le diga lo que vea y se pone a conversar en español con otro señor al lado nuestro con un niño sobre sus hombros. Lo que veía era tan extraño que no sabía que cosa decir y me quedé muda.
A unos cuantos pasos de donde estábamos, y sin que mi papá pudiera ver nada, dos personas sostenían una tela blanca con letras rojas que decían “The Living Theater”. Delante de esta tela un hombre muy flaco, y con el pelo tan largo como el de mi mamá, tenía las piernas colgadas de un tubo alto con los pantalones abajo mientras otra persona vestida de general con muchas medallas de calaveras sobre el pecho le daba azotes en unas nalgas gigantes, como de muñeca, con una cinta que parecía de cuero negro. A cada azote, el azotador se reía con maldad mientras el señor flaco de la nalgas afuera gritaba “Viva Allende”. El niño que estaba a mi lado me miraba y decía continuamente “He is naked, he is naked”, pero nadie le hacía caso. Esto sucedió muy rápido, como en segundos, hasta que alguien gritó «police». El señor flaco se bajó del tubo, se subió los pantalones y el militar se quitó el saco con las calaveritas con banderas, una gorra enorme y un bigote negro y grueso. Y ahí fue cuando pasó lo que no esperaba. La mirada se me quedó paralizada. El general azotador no era un general de verdad sino Mrs. Esperanza Deciefuegos, mi maestra. Ella y un grupo numeroso de gente corrió hacia la salida del parque hasta que se perdió en la distancia. Todavía no sé por qué, ya en el tren, cuando mi papá me preguntó después si eran los payasitos, y si me había gustado, sólo le contesté «Sí, me gustó» sin decirle nada más.
Tercero no es malo, porque he aprendido muchas cosas, pero segundo era más divertido. Hoy es miércoles, y Mrs. Petunia nos anunció que saldremos más temprano. Hay mucha nieve en la calle, la tormenta continúa y podría ser peligroso a las tres de la tarde que es la hora normal de salida. Así que nos soltaron. Sonaron el timbre y salimos como una manada de hormigas alborotadas. Como Mrs. Esperanza Decienfuegos siempre es la última en salir, el niño Washington, un alumno negro de cuarto, nos propuso una guerra de nieve para cuando saliera la maestra. Todos nos ocultamos e hicimos silencio. La nieve recién caída estaba rica y suave. Y justo cuando Mrs. Esperanza Decienfuegos salió y caminó unos cuantos pasos, le gritamos: ¡maestra!. Y en seguida corrimos detrás de ella para rodearla, y comenzar batalla con bolas de nieve.
Ella se quedó paralizada. Y era tanta la nieve sobre su cuerpo y su cabeza, y tan gruesos los vidrios de sus lentes, que no se le veían los ojos verdes y grandes que tenía. Después de un rato, cuando ya no jugábamos con ella, sino entre nosotros, me dio vergüenza y me acerqué para pedirle perdón. Mrs. Esperanza Decienfuegos tenía los párpados cerrados; pero no sé cómo, se notaba que reía con la línea de los ojos y sólo yo lo noté.
Al minuto abrió sus ojos enormes y me vio frente a ella. Yo le dije «Perdón maestra» y ella sólo dijo «Está bien. It’s Ok.», se sacudió un poco la nieve y se fue hacia la parada del autobús. Yo me fui hacia el lado contrario, en dirección a mi casa, pero a media cuadra me volteé y, sin saber el porqué, llamé a gritos a la maestra. Ella se detuvo, dio media vuelta, y me miró. Entonces yo le dije en tono de pregunta: «Maestra, ¡mañana quiere nieve! Ella sonrió, creo que dijo que sí, pero el reflejo brillante del sol no me dejaba ver bien. Dio media vuelta otra vez, me dijo adiós con la mano y se fue a la parada.
La guerra de nieve fue un miércoles. Sólo quedaban dos días más de clases antes del receso de Navidad. Pero en la mañana del jueves la radio de la cocina de mi mamá anunció que por culpa de las nevadas no habrían más clases. Mi mamá dijo que desde ese día teníamos vacaciones hasta enero. Yo pensé en mis amigos, la maestra Esperanza Decienfuegos y la nieve en su cara.
Para Año Nuevo ya estábamos en Rincón, que está frente al mar. Allí empezaríamos en una nueva escuela, nos había dicho mami. Había pasado poco tiempo y no me acostumbraba a mi casa de ahora. Extrañaba el correr y rodar sobre la nieve, pero en pocos días aprendí a nadar y a jugar con pelotas de arena mojada en agua tibia y salada. Mis nuevos amigos de Rincón me enseñaron a hacer muñecos de arena en la playa con palmeras de coco, palos secos, conchitas marinas y caracoles con brisa por dentro, que suenan como el viento cuando hay tormenta de nieve en Nueva York.