HYBRIDO

ARTE Y LITERATURA

Jesús Bottaro nace en Caracas. Cursó estudios básicos en Suiza y Venezuela. Adquiere el Master of Fine Arts in Performing Arts en Brooklyn College, NY. Actualmente cursa estudios doctorales en el Graduate School and University Center. (CUNY)

Ángeles de medianoche

Cuando se sueña se está completamente solo. Manuel Puig

Hace muchos siglos un poeta chino encontró que
recrear algo en palabras es como vivirlo dos veces.
Lezama


EL QUINCE de junio terminan las clases y comienzan las vacaciones. Días antes, los únicos que permanecían tranquilos, como si nada pasara y no les importara los días de libertad que venían, sin tareas de historia ni exámenes de matemáticas, eran los más pequeños (de primer y segundo grado) que continuaban jugando a “La rueda” y a “Yo
no fui” como de costumbre.
El resto de las clases, de tercero a sexto año, estaban ansiosos y en movimiento constante. A Erik, mi compañero de camino a la escuela, se le había muerto la mamá tres meses antes y contaba que se iría a vivir para siempre al Amazonas, con los indios Maquiritares, donde su papá tiene siembras de Cundiamor y Onoto verde. Baltasar, el más alto de mi clase, decía que iría al cine todas las tardes con una novia que tenía por los lados de La Cortada de Catia. Baltasar era el único que declaraba, sin ninguna vergüenza y públicamente, tener novias que nadie había visto, pero las niñas hablaban de él con admiración y respeto.
Cada uno de nosotros tenía sus propios planes y los saboreábamos con anticipación al primer día sin clases. El gordo Raul Centeno, guasón y simpático, aguardó hasta los últimos minutos del último receso del año para preguntarle a Matilda (la única nueva en la clase de ese año) que si ella sudaba petróleo. Matilda, que tenía los ojos de almendra más dulces del colegio, sonrió levantando cejas y pestañas, mostró sus dientes blanquísimos y dijo: «No, yo no sudo petróleo. Aunque soy negra, sudo agua como todo el mundo. ¡¿Quieres jugar barajas?, tengo de póquer y también tengo barajas españolas». El gordo Raul, avergonzado de su pregunta, se puso como un tomate y aceptó jugar. Cinco años después, en la secundaria, sería la pareja de novios más querida del barrio.
El domingo salí con mi familia hacia la costa para unas vacaciones de verdad. Era el mismo viaje de todos los años, pero nos gustaba. Cuatro horas de camino interminable entre sabanas y montañas marrones con montoncitos verdes en las orillas de los cerros. Cuando bajas la ventanilla del auto la brisa te hierve en la cara, no puedes respirar y metes la cabeza para cerrarla hasta la mitad. Con el vidrio a la mitad no hay calor porque entra fresco y no despeina el peinado alto de mi mamá. A mi papá no le importa estar despelucado, pero de vez en cuando saca su peine de carey veteado y se acomoda el copete. Mi papá es muy hábil, se peina, te habla y te mira por un rato largo, mientras maneja; y claro, nosotros con el corazón en la boca porque vienen muchos camiones grandes y los demás carros nos pasan rapidísimos como si tocaran la bocina al pasar a tu lado; pero no es así, no tocan la bocina, es el sonido del aire entre los dos autos que produce ese extraño silbido: “un fenómeno de fricción” nos explicó la señorita Mercedes, nuestra maestra del año pasado.
En las paradas de las carreteras nos detenemos dos o tres veces, para comer, descansar o ir al baño. Casi siempre son los mismo sitios. El primero es Guaracarumbo, donde compramos refrescos y café. Mi madre revisa la limpieza de los baños y con una señal de cabeza nos indica que podemos usarlos. Después de Guaracarumbo, nos paramos en Taborda para poner gasolina al auto, una camioneta ranchera Opel del año sesenta y seis de color verde esperanza y limón. En Taborda, después de poner gasolina, comemos las mejores empanadas del mundo. Mis favoritas son las de carne de tiburón rosado y las de queso blanco. A mi papá también le gustan mucho estas empanadas; siempre dice que están a buen precio y recién hechas. Mi madre come y calla, y quizás piensa en sus empanadas de cada viernes rellenas con carne molida y guiso tocuyano. Aquí estamos un rato largo. Mientras mis hermanos y yo estiramos las piernas, mis papás hablan con algunas de la empanaderas que conocen de años anteriores. Unas mujeres gigantes que parecen hermanas: negras y gordas, riendo constantemente con unos dientes blanquísimos y grandes mientras atienden las frituras y conversan entre sí y con los clientes. Alrededor de la cabeza llevan unos pañuelos de colores fuertes, como de banderas, enrollados en varias vueltas con un nudo al frente que parecen botones de rosa en flor.
La parada final es Sanare. Aquí compramos el queso fresco que comeremos durante la semana y frutas de la temporada. Sanare nos inspira temor y misterio. Al llegar, nos recibe una alcabala militar con unos hombres de pelo rapado vestidos de verde y unas escopetas negras sujetas al hombro por una correa de cuero pulido. Al fondo de la alcabala y a la derecha, al pie de la montaña, está una casa blanca y gris con un letrero sobre el techo de tejas rojas: “Guarnición de selva del ejercito. Batallón Guaicaipuro”. Mi papá decía que por ahí habían montañas muy grandes y de mucho monte espeso donde todavía pelea su compadre el comandante Zeta, antiguo amigo de guerrilla contra la dictadura de los años cincuenta. Los soldados vestidos de verde nos paraban siempre. Uno de ellos se asomaba al auto, como queriendo meter la cabeza, preguntaba a dónde íbamos y le devolvían a mis papás su identificación; después nos daban las gracias como si fueran robots y decían buenas tardes si era de tarde.
En cuanto llegamos al pueblo de mis abuelos, mi papá estaciona la ranchera y entramos corriendo y gritando para pedir la bendición y abrazar a los abuelos: a Papá Viejo y a Mamá Vieja. A nadie le decimos papá joven, ni mamá joven, pero tampoco nadie se ocupó nunca de buscar una explicación para esos nombres. Eran nuestros abuelos y los queríamos mucho. Papá Viejo nos llevaba a nadar sobre sus hombres muy adentro del mar y Mamá Vieja preparaba las mejores conservas de coco de todo Chichiriviche.
Después de los saludos bajamos las maletas, nos desvestimos rápido y nos ponemos los traje de baño para salir como flechas a la playa de la Capitanía y zambullirnos en el agua espumosa y tibia mientras oímos los gritos de mi mamá diciendo: «Mucho cuidado».
La playa de La Capitanía es la que está más cerca de la casa de los abuelos y es la preferida de mis primos. Es una playa pequeña donde jugamos cada mañana. Nos divertimos poniendo un pie delante del otro para contar sus ochenta pasos de orilla. Aunque con los pies de mi hermano mayor son apenas sesenta pasos; durante las peleas en la casa le gritamos “pata de portugués”, pero él no hace ni dice nada. Esta playa es solitaria y de pocas olas. Uno y otro lado de La Capitanía está encerrado entre hileras de casas con piedras en sus orillas para evitar la entrada del agua cuando sube la marea. Mi mamá contó que la primera casa de la izquierda había sido la vivienda oficial del capitán del puerto durante los años cuarenta; después que el capitán murió la casa se vendió a unos turistas pero la playa se quedó con el nombre del muerto “que en paz descanse” dice mi mamá.
Mi diversión favorita durante las vacaciones es ir a buscar cuquitas con mi prima Yuyi a la orilla del mar. Las cuquitas son pequeñas ranuras muy suaves, con las orillitas hundidas hacia dentro, que se forman en la arena. Las cuquitas se parecen al sexo de las niñas. Las olas vienen, hacen unas cuquitas y se van. Por la mañana siempre hay muchas ranuritas frescas; pero por la tarde se esconden y es difícil encontrarlas. En cuanto encontramos una cuquita la presionamos con los dedos y gritamos: ¡Ya orinó!, cuando sale un chorrito de agua tibia de la ranura. Y aunque nuestras madres nos llaman a gritos para ir a comer, nosotros no vamos hasta hacer orinar a todas las cuquitas de la playa. Así pasamos el día completo.
Por la noche, después de arreglar los mosquiteros de las camas, Mamá Vieja nos indica que, por esta semana, Yuyi y yo debemos dormir juntos en la camita angosta del tío Pancho al lado de su cama grande. Aquella noche, no había luna y la casa estaba oscura, pero hacía fresco y no había mosquitos. A nuestro lado, mis abuelos roncaban y nosotros los imitamos entre risas de conejos hasta que por fin nos dormimos.
De pronto, la mano de Yuyi me sacude un hombro y me dice al oído, «Despierta, despierta. Vamos a jugar a las cuquitas. La mía es mejor porque es de verdad, mira» y me enseña su ranura de orillitas blancas entre sus piernas morenas de sol. Al comienzo no sé qué hacer pero ella guía mi mano y siento como mi pipí se levanta produciendo como cosquillas que me gustan. No nos reímos como en la playa. Estamos concentrados y hablando bajito. Sólo nos ocupamos de nosotros. Primero la tocó con mis dedos y después con el pipí. Ella también me toca abajo. Cuando siento su mano caliente me entra un corrientazo hirviendo que me llega a la frente y me hace temblar, pero no me da risa. Yuyi tiene razón, en verdad su cuquita es mejor que las de la playa. Yuyi me ordena que bese su ranurita. Yo la obedezco y me gusta. No sé cuánto tiempo estamos jugando, pero de pronto el mosquitero que nos envuelve, las sábanas, yo, el cuerpo de Yuyi y todo a mi alrededor, se vuelve rosado, azul y amarillo, como si fuera a incendiarse cuando algo explota: «Ya está», suspira Yuyi y en un segundo voltea hacia la pared y dice: «Ya salió el sol, vamos a dormir». Pero esta vez no la obedezco y le digo que no puedo. Entonces, ella me dice que oiga el ronquido de las olas que llega hasta nosotros desde la orilla. Le hago caso otra vez y empezamos a oír como un susurro muy bonito, que se repite y se repite, hasta que me duermo.
Una semana después, mi prima Yuyi regresó a su casa y no jugamos más durante aquellas vacaciones, ni en los veranos siguientes: la abuela se ocupó de comprar más camas y ya no dormimos juntos nunca más.
Ahora, muchos años después, hago el mismo trayecto con la brisa de vapor caliente en mi rostro. Voy al mar, me zambullo y nado; pero por las noches ya no tengo el placer de hacer orinar cuquitas. Por las mañanas, me levanto temprano y voy a la Capitanía a buscar ranuritas frescas, pero la soledad vuelve junto a la extraña sensación de una sonrisa ida y compruebo la verdad del amigo Mempo cuando dice que «la memoria es el único laberinto del que no hay salida».