Javier Muñoz-Basols
TIPOGRAFÍA Y REPRESENTACIÓN METATEXTUAL
EN ALGUNAS COMPOSICIONES DE MIGUEL LABORDETA
“Je ne suis moi-même qu’un seuil
par lequel je passe.”
André du Bouchet de Carnets 1952-1956
La poesía de Miguel Labordeta nos lleva a replantear la concepción
del poeta como ser humano alienado que se inscribe como elemento interno
activo en la sociedad en la que vive. El núcleo de sus imágenes
es “el reflejo” de sí-uno mismo; de una soledad o placer
estético único y que a modo de espejo se recrea en Miguel
y en la persona que lee sus poemas. Nos transporta hasta una única
dimensión atemporal, para traspasar sus límites y convertirlo
así en otro nuevo mundo en el que podamos experimentar. Su poesía,
espejo o espacio personal que sólo admite a un ser como integrante
del proceso de soledad, atrapa al poeta además de sus palabras.
Para comprender con profundidad el mundo que rodea a Miguel Labordeta
debemos realizar una visualización de las imágenes que nos
proyecta en su trayectoria poética. Dichas imágenes, siempre
ligadas a su faceta social como poeta aragonés de la posguerra
española, se hallan cargadas de una fuerte reflexión no
sólo visual sino semántica, apoyadas en la utilización
específica de elementos discursivos que inevitablemente sugieren
la meditación directa del receptor como paso previo a la lectura.1
Miguel es él mismo, y así se muestra a través de
su poesía; nos transmite un estado de ánimo al que se ve
sometido, al haber surgido inmerecidamente en un entorno del que le gustaría
salir, lo que intenta conseguir a través de su creación
literaria. Un escapismo evidente que “contagia” su poesía
para que retóricamente muestre sus inquietudes más directas,
y de manera íntima, las manifieste con el lector.
Su poesía hay que entenderla con ojos más inocentes, un
juego dadaísta , por su acercamiento estético hacia el mundo
infantil en algunas de sus composiciones.2 Aunque no hay que olvidar que
observamos un deseo escapista, una vez más por salir de esa generación
maldita con “alfombras de cadáveres” que sin merecerlo
ha sido la herencia social de la posguerra; la eterna pregunta ontológica
en la que nos invita a dudar con Miguel en la búsqueda del yo preguntándose
sobre sí mismo: ¿qué hago aquí?, ¿quién
soy yo?, ¿qué es lo que me rodea?. Un “yo” que
se enfrenta a un “tú,” un diálogo entre “el
yo y otro yo” desplazados y que no se reconocen: “El <<desplazado>>,
no es alguien que meramente contempla el caos, él lo vive, lo experimenta
en sí mismo, porque él no está seguro ser quién
es” (Aguirre 16).
La voz poética se interroga ante su imagen reflejada, imaginamos
cómo el poeta contempla su “yo” y camina ascendentemente
en la búsqueda de ese “yo solitario” encerrado entre
tantos interrogantes; un discurso circular, volviendo al punto de partida
en su intimismo incesante de respuesta, increpando una respuesta.
Me parece apropiada la comparación que establece José María
Aguirre al intentar explicar este sentimiento de negación o “amargo”
que leemos en sus versos:
Miguel Labordeta, o, mejor dicho, la persona de sus poemas, es el tipo
del <<desplazado>>, que años más tarde habría
de describir, con más o menos acierto y rigor científico,
Colin Wilson, en un libro titulado, precisamente, The Outsider; es decir,
el hombre viviendo en el caos, en lo absurdo, en un estado de conciencia
casi clarividente. Según Wilson, el Desplazado es un hombre que
no puede vivir en el cómodo y aislado mundo del burgués,
aceptando lo que ve y toca como real. (Aguirre 15)
Tenemos que esperar a la publicación de Los soliloquios (1969),
libro que pertenece a la etapa denominada como Metalírica , para
visualizar un tipo de cambio compositivo en su trayectoria poética
que es centro de nuestro análisis.3 El poeta se autoafirma sobre
la respuesta que nunca llega, acepta al entorno como partícipe
de su alienación, pero tan sólo la naturaleza es disculpada
en este sentido. Se hermana con el cosmos para establecer vínculos,
no solamente personales como hemos visto, sino fraternales, que claramente
se refieren al moribundo sentimiento que el poeta trata de exteriorizar
con la naturaleza, sin recibir respuesta ni explicación alguna,
instando a la búsqueda fraternal “¿qué has
hecho de tu hermano?” (178), donde tal y como apunta Amador Palacios
“prima la espacialidad de la escritura sobre un habla poética”:
Se enfrenta al “hermano,” al otro 4 y a su yo, juntos
en su propia persona y como “un torbellino,” cae desde lo
alto hasta la destrucción en un elemento en suspensión que
nos recrea de manera visual a la vez que poética; una cadencia
poético-visual que funde la intencionalidad con la última
palabra: “destrucción,” para de este modo, consumar
la lectura. Miguel desarrolla una tipografía poética única
que exhorta a través de la disposición de las palabras que
se ven esparcidas por las páginas del libro. Son este tipo de composiciones
las que centran nuestro trabajo porque desafían al lector desde
el punto de vista óptico y semántico.
La poesía de Miguel Labordeta va más allá de una
heredada tradición surrealista a la que asiste más fascinado
por su estética, que por la aleación de imágenes
que supuso este movimiento artístico.5 También prima el
hecho de que “asiste a la guerra como asustado testigo” (Romo
30). Ser niño de la guerra civil española, y por consiguiente,
víctima directa de sus consecuencias, significaba estar atrapado
en una sociedad inhumana: “Miguel Labordeta es un poeta humanista.
Pero su humanidad es tan dolorosa y trágica como la de Gracián.
Es el pesimismo del hombre que mira a su alrededor y se siente centro
de una enorme tragedia” (Aguirre 9).
La codificación del mensaje, hace al lector partícipe de
que toda lectura poética, así como toda composición,
necesita una reflexión previa que no es más que el ejercicio
del propio “yo,” de la soledad que se produce al abandonar
la individualidad y pasamos a ser absorbidos por la colectividad que denominamos
sociedad.
Antonio Fernández alude a la originalidad creadora histórica
de Miguel Labordeta como parte integrante del proceso de creación:
Fascinado por la realidad y por las posibilidades de la imaginación,
ello se plasma en un lenguaje que ofrece continuas sorpresas y hallazgos
reveladores, insólitos por entonces en aquel momento de nuestra
poesía, que con la casi sola excepción de los postistas
y de algunos <<raros>> , generalmente se manifiesta adocenada
en sus resortes creadores.6 (Fernández 13)
El poeta se ve en la necesidad de confiarnos “su secreto a voces”
a modo de confidencia y que nos hace cuestionarnos cómo debemos
enfrentarnos ante el poema:
Se trata de un desprenderse de su ser para trasladarlo hasta el lector
y entrelazar un vínculo de comunicación recíproco
entre lo ya escrito, las palabras del poeta, y lo que perdura: el significado
y la interpretación del poema. Dos composiciones que se entrelazan,
si como lectores así lo deseamos, para pasar de una lectura lineal
a una lectura que alterne cada frase y construya un nuevo poema.
La caracterización de la soledad en los personajes a los que alude
como figuras de máxima manifestación de este sentir, es
una característica que unifica su trayectoria poética. No
sólo el “buzo,” sino además, el “soldado,”
“piloto,” “hombre sin tesis,” “el filósofo,”
“el astrónomo” o el “faro” imágenes
alter ego de la soledad y la reflexión que manifiestan la incertidumbre
por lo desconocido, pero a la vez, albergando la esperanza de que esta
incertidumbre se haga realidad y que constantemente nos traslada hasta
el recuerdo de la “guerra civil” (263):
El poema se transforma en “arma,” donde deposita las palabras
que se transmutan en el propio objeto balístico que ejemplifica
su carácter de destrucción. El poeta toma el camino de mediador
a la vez que relata en una cruda sucesión verbal cómo “iban
y venían insultaban denunciaban y mataban.” Describe el horror,
“humus,” “cenizas,” “rosas ensangrentadas,”
“banderas desgarradas,” y reproduce el propio sonido de la
guerra bajo una metralla de “matad, matad, matad” en una disposición
de palabras que configuran el objeto del crimen. Existe, como observamos,
una complicidad puesta de manifiesto entre el poeta y el lector para interpretar
el significado de la composición poética:
En este desarrollo proposicional de la poeticidad de los textos de Labordeta,
podemos atisbar el espíritu winttgensteiniano del establecimiento
del lenguaje como percepción de la realidad expuesto en el Tractatus,
al intuir, a través de estos versos, que la esencia del lenguaje
es su función descriptiva. (Palacios 21)
En “Segunda revolución industrial” (271), la creación
de palabras encadenadas produce desconcierto ante la lectura. De manera
discursiva, el poeta conduce al lector por diferentes hileras de “difícil
tarea visual” así como de recepción semántica:
La masificación sustantiva encadenada así como la ausencia
verbal en algunos de los versos, producen una “encapsulación”
amplia del significado que, sin duda, masifica y concretiza la finalidad
de este método en la construcción poética: “féretrosdefuegovíscerasmordidas,”
mostrando la crudeza de las palabras y su significación que exigen
del receptor un mayor esfuerzo por su abstracción. Utilizando este
método se contribuye visualmente a crear la misma incertidumbre
y carga semántica en el lector. Se insertan algunos anglicismos
“gratisomegaombligostop” “budget,” para crear
ese desconcierto de significado al que se nos quiere remitir. El poema
finaliza con una acusación múltiple así como repetitiva,
técnica que ya hemos observado en alguna de sus composiciones en
ese afán por repetir hasta la saciedad el mensaje más directo
“morirás morirás morirás...” para finalizar
con la predicción y confirmación de los versos anteriores
“es obvio.”
Finalizamos este recorrido visual en el: “Planisferio del Alquimista
Zósimo” (281-2), donde un caos poético aparece desplegado
en dos páginas, a modo de mapa, y repletas de significado verbal
y visual. La naturaleza, en este caso cartográfica , predomina
en su interés transmisor. Elementos naturales como “océano,”
“la luz,” “otoño vendaval” se entremezclan
con lo “humano,” “el antropólogo,” “persona,”
“mente” creando una trinidad de océanos; una atmósfera
al norte y dominada por la “soledad y la luz” y desde la que
en forma de rayos de palabras caen hacia el sur, este y oeste, “océano
de la melancolía y la destrucción del tiempo,” “océano
sin nombre sin sentido sin objetivamente,” y “océano
de las irradiaciones matemáticas y de la noche que gime.”7
Se repiten algunas de las imágenes que aparecen en composiciones
anteriores, los rayos de palabras se abalanzan sobre la “melancolía”
y el “tiempo” tantas veces “involuntariamente destruido.”
Una sucesión de enunciados se desprenden visualmente a lo largo
de la página “deseo orgasmo” que apunta a ese amor
no correspondido y que se encontraba en el “paraíso devorado”;
se desploman sobre un reflejo indagador, “eres yo?, soy tú?,”
que se interrogan recíproca y eternamente, concluyendo sobre lo
que sería un resumen de parte del mensaje que nos brinda el creador
del texto “mi palabra imaginaria,” porque ese mundo al que,
nos guía y le gustaría llegar, es el epicentro de su discurso
imaginario.
En un intento de esbozar de manera explicativa, y tomando como referencia
las múltiples imágenes textuales que Miguel Labordeta dispone
en su obra poética, observamos cómo el poeta intenta ser
un portador de sabiduría y sobre todo de experiencia humana, consciente
en todo momento de su herencia social.
Labordeta comienza de manera “Epilírica” su andadura
de “buzo” preguntando “sumido” en más de
una pregunta sin respuesta, y tratando de llevar a término algunas
de sus ideas a través de la poesía.8 Intenta atravesar el
“espejo” con la esperanza de encontrar su imagen que no responde
y así poder entablar un diálogo. Se adentra de manera “violenta
en un idilio” de autonegación que no hace mas que alimentar
sus ansias de conocimiento humano basado en la reflexión estética.
Se involucra en un intento “transeúnte” que centre
su mensaje, pero este andar de soledad, complica todavía más
sus aspiraciones, y no desperdicia medio discursivo alguno para mostrarse
tal y como se quiere dar a conocer. La naturaleza es su último
ademán, el cosmos, los astros permanecen suspendidos pero inertes
a sus oídos ávidos de renacer oyendo. Se contradice “Epilíricamente”
en un intento de acabar así el viaje de las contradicciones, por
el camino hacia lo “Metalírico”; se dirige hacia la
culminación de su mente creadora, empieza a lamentarse en un “soliloquio”
eterno aunque no pierde la esperanza de una pequeña transformación
a su alrededor. Vuelve al “pasado autópico” para vivir
de él momentáneamente, a través de sus versos en
un juego gráfico-espacial, víctima natural de su “yo”
y de su incesante ideología metafísica y utópica:
“Me habéis dejado sólo con mis sueños”
(113).
NOTAS
1. Para comprender mejor este recurso metatextual podemos
establecer, a modo de referencia, una comparación con el poeta
francés André du Bouchet, que comparte con Labordeta el
haberse nutrido de la posguerra. De este mismo modo, y ante una situación
social similar donde el poeta se ve en la necesidad de tomar parte en
la denuncia social, postula en su poesía un distanciamiento del
“yo”: “The image distances itself from its supposed
ontological source [. . .] The poem is not the direct consequence of an
anterior event, but the overwhelmed product of images that tear themselves
away from the event and that disavow the specific meanings attributed
to them” (Petterson 161).
2. El propio autor reconocía estar influenciado por el dadaísmo
y por el sentido lúdico que se deriva de las composiciones que
pertenecen a dicha corriente.
3. Por Metalírica entendemos la segunda fase en su producción
poética que abarca su último libro en vida Los soliloquios
(1969), y su libro póstumo Autopía de una nueva Metalírica
(1972).
4. Para Raquel Medina tanto la introspección que realizan Labordeta
como Cirlot en sus composiciones atiende a la búsqueda de la fusión
del yo y el <<otro>>-lo subjetivo y lo objetivo-
5. Labordeta conjuga desde el principio la tendencia irracionalista y
vanguardista, en la que el lenguaje poético desfigura lo referencial
al reclamar toda la atención sobre su organización semántica,
y la tendencia a establecer en cada uno de los libros una denuncia y una
crítica sobre la realidad concreta mediante el protagonista de
las descripciones valorativas del presente empírico (Díaz
de Castro 94).
6. Pilar Gómez Bedate apunta sobre el uso de este vocablo “me
parece posible comprender cabalmente el eclecticismo de un poeta que (para
usar un término marcado estéticamente por Rubén Darío)
se encuentra entre los <<raros>> de la postguerra española”
(Gómez Védate 169).
7. Para Alonso Crespo, el yo del poeta, la propia soledad, lo social,
el tiempo, lo surreal, lo suprarreal, lo zoomórfico, la muerte,
las clamaciones e increpaciones, el asco de ser hombre, el mundialismo,
el mesianismo, su propia poética, el amor, Berlingtonia, los alter
ego del poeta: Valdemar Gris, Nerón Jiménez, Nabuco, Ángel,
Julián Martínez, Hermes Trimegistus, Aurora Consurgens o
el Buzo, Sydnik la ciudad incendiada, su escapismo, lo abisal, lo cósmico,
lo espacial, lo astral, su irracionalismo, Zaragoza, su Oficio de Difuntos
en memoria de su padre, la invención de la O.P.I., Dios, la mujer,
la eternidad, la guerra civil, lo cotidiano, el hombre, la vida y hasta
algunos aspectos de su sintaxis, no son más que momentos de la
Soledad del hombre-poeta que fue Miguel Labordeta (50).
8. En la edición de las Obras Completas de Miguel Labordeta a cargo
de Rosendo Tello de la editorial Javalambre, este poema es el único
que aparece ocupando el doble de espacio; de una página convencional
a una hoja de doble tamaño que se pliega, para así recoger
la intencionalidad del poeta en la relación textual, material y
simbólica del propio poema.
OBRAS CITADAS
Aguirre, José María. “El mundo 'tetradimensional
absurdo' de Miguel Labordeta”. Homenaje a
Francisco Yndurain. Zaragoza: Universidad de Zaragoza, 1972.
Alonso Crespo, Clemente. “La soledad de Miguel Labordeta”.
Actas del Congreso Sumido 25: Hacia lo alto del faro, Studium: Revista
de Humanidades. Zaragoza: Universidad de Zaragoza, 1996.
Díaz de Castro, Francisco. “Alternativas de la vanguardia
en Miguel Labordeta”. Actas del Congreso Sumido 25: Hacia lo alto
del faro, Studium: Revista de Humanidades. Zaragoza: Universidad de Zaragoza,
1996.
Gómez Bedate, Pilar. “Los temas Mallarmeanos en la poesía
de Miguel Labordeta”. Actas del Congreso Sumido-25: Hacia lo alto
del faro, Studium: Revista de Humanidades. Zaragoza: Universidad de Zaragoza,
1996.
Labordeta, Miguel. Metalírica. Ed. Antonio Fernández Molina.
Madrid: Hiperión, 1983.
- - - . Obras completas. Ed. Rosendo Tello. Zaragoza: Ediciones Javalambre,
1972.
Medina, Raquel. El surrealismo en la poesía española de
posguerra (1939-1950), (Ory, Cirlot, Labordeta y Cela). Madrid: Visor,
1997.
Palacios, Amador. “Faz de la poesía de Miguel Labordeta en
su primera época. Lectura Surrealista”. Espéculo:
Revista de Estudios Litearios. Universidad Complutense de Madrid, número
21, julio-octubre, 2002.
Petterson, James. Postwar Figures of L’Ephémère: Yves
Bonnefoy, Louis-René des Forêts, Jacques Dupin, André
du Bouchet. Lewisburg: Bucknell University Press, 2000.
Romo Feito, Fernando. Miguel Labordeta: Una lectura global. Zaragoza:
Prensas Universitas Zaragoza, 1988.
Saldaña, Alfredo. “Miguel Labordeta en la encrucijada.”
Actas del Congreso Sumido-25: Hacia lo alto del faro, Studium: Revista
de Humanidades. Zaragoza: Universidad de Zaragoza, 1996.
Senabre, Ricardo. “Ayer y hoy de Miguel Labordeta”. Actas
del Congreso Sumido-25: Hacia lo alto del faro, Studium: Revista de Humanidades.
Zaragoza: Universidad de Zaragoza, 1996.
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