JOSEFINA INFANTE-VOELKER
es natural de Burgos (Castilla) y se formó culturalmente en Barcelona.
Realizó estudios de Filosofía y Letras en la Universidad
Autónoma de Barcelona. En la actualidad reside en Nueva York donde
cursa estudios doctorales en Literatura Hispánica y Luso-Brasileña
en el Graduate Center (CUNY).
Mercurio y Venus
EN AQUEL Coffe Shop del Upper East Side llena de una
energía de renovación se encontraba Venus leyendo el periódico,
sobre el fenómeno social en el que se había convertido el
estreno de “La guerra de las galaxias”. Recordaba ser adolescente
y estar en España cuando salió la película por primera
vez. Nunca le gustó la ciencia-ficción, siempre prefirió
a Fellini, a Antonioni, a Fassbinder, pero esta vez se esforzaría
en leer todo acerca de los personajes para no caer en el sueño
al que se aventuraba cuando iba al cine con su hijo y su marido, apasionados
y fervientes admiradores de la trilogía. Quizás hasta se
podría dar el lujo de ir a verla el día de su cumpleaños
que llegaba como su horóscopo indicaba con una intensa actividad
mercuriana, que como buena geminiana estaba experimentando desde hacía
días, actividad que notaba aumentar por minutos, segundos e instantes.
De repente por la mañana le habían entrado unas ganas locas
de cambiar de trabajo, le asaltaba un ímpetu arrollador de hacerse
reportera del mundo y de arriesgar el pellejo por los pobres, los desamparados,
que le parecían tener más dignidad, ansias de vivir y amor
al prójimo, que los tediosos seres que la rodeaban. Se había
cansado de esa angustia cotidiana, pretendiendo guardar acerbadamente
algo, prisionera del miedo que sentía, que la había atado
a un mundo pragmático. La única recompensa era la gratificación
económica que la seguía amarrando, como si cada cheque que
le daban quincenalmente por su trabajo no fuera más que otro barrote
de cautividad.
Se preguntaba qué sorpresa –si habría alguna–
su esposo la depararía para el día de su cumpleaños.
Nunca le gustaron sus regalos. Lo mejor era no esperar nada, siempre fue
tacaño y no tenía gusto para seleccionarlos. Estaba convencida
que no la conocía, que seguía sin conocerla. Aún
recordaba la ira que le producía cuando no se acordaba de su fecha
de cumpleaños, pero hoy por hoy, ya no la importaba. Sólo
la presencia de aquella energía renovadora la compensaba con creces
y la dejaba indiferente contra los avatares de la vida. ¡Hoy, hasta
me gusta Nueva York! –se dijo– mientras seguía leyendo
el Daily news y notaba la mirada de deseo en los ojos del muchacho que
le servía el café, mientras ella lo degustaba rodeada de
los prominentes clientes que vivían en el vecindario donde ella
trabajaba. Tantos años visitando el mismo Coffee Shop a la hora
del almuerzo y las caras de las personas a su alrededor seguían
sin darle ninguna sensación de familiaridad. Ese eterno sentimiento
de extranjera ya no la intimidaba y afrontaba con humor y sarcasmo el
leer periódicos como el Daily News, tan llenos de noticias sensacionalistas.
Hacía tiempo que se había acostumbrado a ellos. No eran
El País, con inteligentes análisis de la realidad nacional
y extranjera, pero tenía que ser sincera consigo misma y aceptar
que nunca se sintió parte de la realidad social del lugar que le
había tocado vivir.
Se paró en la sección de celebridades, después de
haber leído su horóscopo, en la que se hablaba del cotilleo
de los famosos, centrándose sobre todo en los actores que formaban
parte del episodio número uno de “La guerra de las galaxias”.
Después de sacar el máximo partido posible a aquel descanso,
se dirigió a la escuela a impartir su última clase. Era
viernes y ante ella se abría un prometedor fin de semana.
El día de su cumpleaños amaneció soleado. Su marido
salió al jardín a cortar unas majestuosas rosas que habían
florecido especialmente para ella. Las puso en un bello jarrón.
Contrario a su costumbre había planificado ese día con todo
lujo de detalles. Dijo que saldrían a comer y que junto al niño
irían a ver un musical en Broadway. No se opuso, siempre habría
tiempo para ver “La guerra de las galaxias” y a pesar de su
buena disposición todavía no se había documentado
lo suficiente acerca del planeta de Tatooine y quería saber más
sobre Darth Vader, Yoda, Luke Skywalker y la princesa Leia.
Siguió disfrutando aquel día con la visita de su nuevo estado
mental que la había abordado con la energía radiante de
un amante, de un visitante que la cortejaba, sólo que ahora ya
no necesitaba a nadie, y tal hombre no existía. Se sentía
satisfecha de sí misma, de estar viva y contenta.
Cuando se fue a vestir para salir se dio cuenta que sus ojos brillaban
como esmeraldas y que sus labios tenían el color de la frambuesa.
La única sombra que le surgió es que era oficialmente un
año más vieja, pero contrariamente a esa sensación
se sentía más joven que nunca, liberada de tantas cosas,
con las heridas cicatrizadas después de tantos años.
Cuando su hijo y su esposo le cantaron el famoso " Happy Birthday
" éste le entregó un juego de brillantes y en el oído
le susurro que parecía diez años más joven. Ella
en secreto se dedicó a seguir oliendo el aroma a rosas que había
invadido toda la casa.
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