JOSEFINA INFANTE,
es natural de Burgos (Castilla) y se formó culturalmente en Barcelona.
Realizó estudios de Filosofía y Letras en la U. Autónoma
de Barcelona.
Inés… ¡pero
qué casualidad!
¡NO ME lo podía creer !... Inés y yo allí mirándonos
asombradas, extrañadas de encontrarnos después de tantos
años. En aquel lugar absurdo, en tinieblas, la gente no actuaba
normal, podíamos leer los pensamientos, comunicarnos en cualquier
lengua y comprendernos. Por eso casi todos andábamos callados.
Aquella playa sin sol, de aguas negras y gelatinosas me hicieron presentir
que no estábamos en este mundo.
Seguimos mirándonos desde la distancia,
con desconfianza. En nosotras rondaba el temor. Luego nos metieron en
un lugar lleno de gente de todas las edades y condiciones y a ti te tocó
detrás de mí, y te sentaste con lo más selecto de
aquella tripulación, todos con un porte distinguido. Pero siguió
ese mirarnos y no atrevernos a hablar, y yo un esperar a que me hablarais,
con aquel sentimiento de entonces, como si os debiera algo.
Los más jóvenes, sin poder controlar su energía,
se pusieron a jugar, a tirar de una cuerda, ignorando que ellos también
estaban muertos... ¡Pero qué casualidad, Inés, morirnos
el mismo día y casi a la misma hora y encontrarnos en la antesala
de la otra vida !
Era un paraje nunca visto, como si se tratara de un nuevo planeta y nosotras
marcianas atónitas deambulando de angustia. El temor por lo que
vendría después nos hacía seguir estando calladas,
receptivas. La obsesiva espera nos había dejado un sentimiento
de parálisis. Dentro de mí y ante aquella expectativa infinita
de no saber adónde íbamos, lo abarrotado de la nave en la
que nos habían confinado, seguí notando tu presencia, como
si de todo aquel increíble grupo, sólo me importaras tú...¡Y
es que era una gran casualidad que de todos, fueras tú, Inés,
la que decidieras morirte el mismo día y casi a la misma hora!
No importaba que tú estuvieras en Barcelona y yo en Nueva York.
Allí, en aquella playa de aguas negras las fronteras no existían,
ni tampoco las clases sociales: Inés, mi queridísima amiga
burguesa, burguesísima... ¡No sabes cuánto te eché
de menos en Nueva York, y a todo lo que tú representabas!... ¡No
sabes cuánto eché de menos a tu hermano Javier! ¿Te
acuerdas que me lo presentaste, unos días antes de la Semana Santa?
Cuando ésta llegó, con esa explosión de luz y aires
que adivinaban los veranos bellísimos de los mediterráneos,
yo ya llevaba mi cruz. Para el día de mi cumpleaños, nuestro
intenso romance había concluido.
Me quise morir entonces... ¡Pero no, Inés, ha tenido que
ser ahora cuando todo me iba de lo más bien!... marido, hijos,
y un status de clase media americana, porque a veces, Inés, hay
que cruzar la frontera para que todo cambie.
A pesar de que fuimos amigas, siempre nos separó el lugar donde
vivíamos y tú sabías que nuestra amistad sólo
sería temporal. Aún así me embaucaste, no pude resistir
tu forma de ser, nuestras risas, el reírnos de todo, de todos y
con todos.
Yo entonces era una ingenua, creía que el amor a la gente puede
limar las diferencias, pero estaba equivocada, y tú, tú
ya lo sabías, Inés, porque eso es lo primero que os enseñan,
pero andabas con el divorcio y unas ganas de recorrer el mundo que hasta
a mí me asombraron, con el ímpetu desbocado de romper las
barreras que tu origen burgués y ultracatólico te habían
impuesto, un pasar y un rebelarse contra todo y aliarse incluso con el
diablo y las chicas de barrio, que para el caso es lo mismo.
Cuando te recompusiste de tu divorcio y las cosas empezaron a irte mejor,
te alejaste al mismo tiempo que tu hermano, después que le había
dado lo mejor que una mujer puede dar a un hombre: su cuerpo y su alma...
y es que fuisteis peor que la migra americana, que con éstos ya
me los he visto yo, y no me hicieron sufrir tanto. Y yo queriendo pasar
de nuevo la frontera y reconquistaros, e intentarlo de nuevo y de otra
forma.
Me volví antisocial, andaba por el mundo como si todo se hubiese
acabado, mientras tú te hacías amiga de otras muchachas
y tu hermano al mes que rompimos ya iba por la tercera novia, de tan ligón
que era, sin contar las que se había echado mientras salía
conmigo. Y yo queriendo aniquilarme, convertirme en el humo de los cigarrillos
Fortuna que consumía para quemar y exorcizar el dolor de la separación...
¡Pero que casualidad que hayas tenido que ser tú, Inés,
la que te hayas muerto el mismo día y casi a la misma hora!
Debo de confesar que eras la más bella de las difuntas. Estabas
guapísima, como si el tiempo no hubiera pasado, con aquel moño
de la foto de tu boda, regentando una parte de la sala que yo siempre
miraba cuando quería apreciar tu belleza casi adolescente, un poco
retro...¡Pero tú no sabes cómo se lleva lo retro en
Nueva York! Tu cabellera rubia y ojos verdes te hubiesen hecho la Farrah
Fawcett de Barcelona, si es que allí nos hubiésemos dedicado
a la cinematografía.
A tu hermano le hubiese dado el papel de un perfecto mosquetero: alto,
altlético, con un bigote negro chulísimo y esos ojos verdes,
por los que suspiré tanto. Lo hubiera vestido de raso blanco o
amarillo, incluso de rosa o azul hubiese quedado monísimo, con
plumas en el sombrero, a lo francés siglo XVII. Yo me hubiera otorgado
el papel de su bella dama, pues mi pelo negro y ojos grandes almendrados
bien me hubieran hecho un sucedáneo de Claudia Cardinale. ¿O
no fue la Claudia Cardinale la que hizo de novia de uno de los mosqueteros,
en aquellas inolvidables sesiones de la Farándula? ¿Fue
ella la marcada con la flor de lis?
No sé por qué tú y tu hermano os esforzasteis en
atosigarme, si sabíais que yo estaba también marcada: primero
toda aquella atención desmesurada, el glamour de vuestra belleza
y riqueza y luego nada, ni las migas quedaron del banquete...¡ Pero
qué casualidad Inés, que te hayas muerto pocas horas después
que yo, ahora que tengo marido, dos hijos, dos coches y dos trabajos!
Me desperté en una habitación blanca. No podía decir
exactamente qué me pasaba. Me costó reconocer a mi marido
leyendo en una silla, junto a mí. Tenía suero conectado
a las venas. Tardé tiempo en articular palabra. Era como si se
me hubiesen olvidado.
—¿ Dónde estoy ?— pronuncié con una voz
torpe.
Bill levantó la cabeza y sonrió. Me cogió la mano.
No dijo nada. Sólo me miraba y me acariciaba los cabellos, queriéndome
ocultar algo.
—¿ Qué me ha pasado?— le pregunté.
—Perdiste el conocimiento hace unas horas... entraste en coma.
—¡¿En coma?!— dije asombrándome de la
gravedad de mi estado.
Empezaba a rememorar lentamente lo que había pasado antes de que
perdiera la conciencia. Recordé que llevaba horas sin comer, que
bien hubiese podido ser mi hipoglucemia combinada con una arritmia que
llevaba varios días afectándome y el stress que sufrí
ante la necesidad de acabar la tesis doctoral que debería presentar
en pocos días.
Tuve el convencimiento, sin embargo, que me había muerto, que había
venido del más allá, aunque no vi ese túnel de luz
del que todos hablan. Lo mío fue como un sueño, un sueño
en tinieblas. Recordaba un estar de noche y el agua de la playa negra
y gelatinosa.
Regresé a casa después de que el cardiólogo me visitara.
Me dijo que me tomara la vida suave y me dio un mes de permiso para recuperarme.
Mi nutricionista me regañó por no haber tomado mi diario
cromio y no haber ingerido ningún alimento las horas antes de mi
desfallecimiento.
Me dio una dieta estricta, alta en proteínas, que debería
llevar rigurosamente los próximos meses y me reprendió por
las muchas chucherías y golosinas que había ingerido, prohibiéndome
rotundamente el café. Por lo demás, no veían nada
grave en el resto de mi salud. Me dijeron que volviera después
de mi viaje a España, cuyos billetes, en el cajón de la
mesita de noche, estaban esperando ser rescatados.
Me sentía muy bien, más vital que los días que antecedieron
a la presentación de la tesis doctoral, que pude concluir con más
tranquilidad en casa, sin tener que ir a trabajar, sólo dedicándome
a mi familia y al estudio, siguiendo la dieta estricta que el doctor me
recomendó. Hacía tiempo que no me había sentido mejor.
A principios de julio empaqueté y partí para España
con Bill, mi esposo, Odine y Paul, mis hijos.
Tan pronto llegué a Barcelona me dirigí a la biblioteca
a leer el periódico local. Si Inés hubiese muerto, su anuncio
estaría en los obituarios. Pedí los periódicos desde
unos días que precedieron a mi estado en coma, hasta el presente,
y no pude leer en ninguno de ellos el anuncio de su muerte.
Quizás ella resucitara también ?pensé. Ese día
mucha gente había muerto y no debieron dar a basto con todos nosotros,
devolviéndonos, sólo a unos cuantos, de nuevo al mundo.
Empecé una investigación para dar con el paradero de Inés.
Sabía que había perdido la casa en la que me presentó
a su hermano. LLamé a Sofía, una amiga común. Me
confesó que hacía años que no estaban en contacto.
Miré en el listín telefónico...¡Nada! Llamé
a información, insistí hasta el límite de mis fuerzas,
y desesperada le aticé un Bitch1 a la telefonista, que acabó
colgándome el teléfono.
Me acordé que Inés estaba relacionada con los propietarios
de la tienda de ropas más exlusiva de la ciudad. Al entrar me di
cuenta que apenas podía mantenerse abierta. Se notaba, sin embargo,
el esplendor de su vieja gloria. Una mujer, de más o menos la misma
edad de Inés, me recibió contenta, pensando que era una
cliente. Al preguntarle por Inés, sus ojos se abrieron sobresaltados,
queriéndome ocultar algo. Le dije que era una amiga de hacía
mucho tiempo, que había partido al extranjero y que un asunto importante
me traía a verla. Me dio la dirección, dubitativa.
Al día siguiente, a las horas tempranas de la tarde, decidí
visitarla. No tuve que coger ningún autobús, vivía
muy cerca del barrio. Salió a abrirme su hija. Era el vivo retrato
de su madre, tenía la misma edad que cuando nos conocimos. Esta
me dirigió a la sala.
Encontré a Inés arreglada, bien compuesta, como siempre,
pero sin la luz que animaron sus ojos, años atrás. Su rostro
tenía un gesto de familiaridad, de confianza, como si me estuviese
esperando, como si supiese que vendría a verla.
—¡Qué casualidad, soñé contigo hace poco
más de un mes!? Fue lo primero que me dijo, después de abrazarnos
cordialmente.
—¡Yo también! Fue un sueño extraño...
enigmático— le confesé.
—Estábamos en un lugar casi sin luz, pero a pesar de todo
te reconocí. Era una playa sin sol, donde el agua era negra y gelatinosa...—
prosiguió.
—...Y nos metieron en una nave...— añadí.
—¡Sí!... ¡sí!... una nave con gente de
todas las edades— dijo melancólicamente.
—Oye, Inés ¿has estado enferma últimamente?
—¡No!... ¡No!...— dijo nerviosa, a la defensiva,
mirándose temerosa, por fracciones de segundos a las muñecas.
La hija me hizo un gesto de censura, por estar sacando a su madre de esa
paz artificial, como si rompiera un efímero equilibrio. Interrumpió
la conversación ofreciéndome un café, hablándome
de lo caluroso del verano. Noté las vendas alrededor de las muñecas
de Inés, que intentaba, ahora, con vergüenza, esconder.
¡Había intentando suicidarse !
Volví a mirar a sus bellos ojos verdes, pero su mirada seguía
ausente. No tenían la vida que los animaron en nuestras conversaciones,
con nuestras risas de antaño.
Interrumpió un largo silencio para hablarme de su hermano:
—Javier se divorció... tuvo dos hijos... bebe un poco—
prosiguió con aquella sombra de tristeza en sus ojos, un hablar
sin sentir sus palabras.
La hija empezaba a indicarme que era la hora de marcharme. Después
de un fraternal abrazo de despedida, prometimos escribirnos y llamarnos
de vez en cuando.
Recorrí los bares de la ciudad buscando a Javier. Lo encontré
en el mismo en el que solíamos citarnos, uno del centro. Era un
hombre ya madurito, había envejecido prematuramente. Estaba alcoholizado.
En eso deparaba ahora su vida, en alimentar su adicción hasta la
saciedad. Todavía conservaba un aire distinguido: la piel bronceada
y ropas compradas en las mejores tiendas de la ciudad.
Me paré varias tardes frente a las vitrinas del bar, como si un
hilo transparente siguiera todavía vivo, sólo que ahora
ya no hacía daño. Un día me pareció que me
miraba, creí que me reconocía, pero giró la cabeza
y siguió bebiendo.
Al acabar las vacaciones nos volvimos a subir a uno de esos jumbos magníficos,
llenos de pasajeros de todo el mundo, rumbo a Nueva York. La azafata nos
informó que mi asiento estaba delante, junto a la ventanilla y
que Bill, Paul y Odine irían en los asientos centrales de avión,
pero al final. Bill se acercó civilizadamente al señor que
se sentaba junto a mí, le pidió cortésmente si podía
cambiarse de asiento, que era un error de la compañía el
habernos sentado tan distantes, que como esposo quería acompañarme
en el viaje.
El señor movía la cabeza continuamente, reiterándonos
un rotundo no.
Mi marido nervioso, furioso, le expresó de nuevo a la azafata que
era un error de última hora y que no lo consentiría, que
quería hablar con el capitán del avión, que eso no
se lo hacían a él. Habló con un señor uniformado,
y luego vino otro y más tarde una azafata y luego otra, rodeándonos
a aquel señor que seguía moviendo tozudamente la cabeza
y a mí.
Bill, profiriendo improperios, amenazó con no volver a usar esa
compañía de vuelos, se le veía enloquecido. Los niños
empezaron a llorar como si todo aquello fuese lo más grave del
mundo, mientras yo, asombrada de lo calmada que seguía, era incapaz
de pronunciar palabra. Miraba a aquel señor enjuto, pálido,
preguntándome qué idioma hablaría. El color amarillento
de
su piel me hizo sospechar que debería sufrir serios problemas hepáticos
y la hinchazón de su cara, complicaciones renales.
Todo se calmó de repente. Mi marido se fue a sentar detrás
con los niños y yo
empecé a descansar. Cerré los ojos. Ni siquiera me molestaba
la presencia tan cercana de aquel indiviudo tan testarudo. En mi cerebro
siguieron repitiéndose las mismas palabras obsesivas: ¡Pero
qué casualidad, que hayas tenido que ser tú, Inés,
la que te hayas muerto el mismo día y casi a la misma hora!
|