José Acosta
(Nueva York)
Mención de honor
II CONCURSO INTERNACIONAL
REVISTA HYBRIDO MODALIDAD RELATO
Media Moneda
CASO #122580: ROBO DE IDENTIDAD. HOMICIDIO. DOS ARRESTOS. UN PRÓFUGO.
ESTATUS: ABIERTO.
El capitán Elchamir Hassan, subjefe de detectives
de la Unidad de Delitos Contra la Propiedad del Departamento de Policía
de Nueva York, hurgaba en los archivos los expedientes de fraude, con
el propósito de hallar alguna pista que lo ayudara a resolver otros
hechos similares ocurridos recientemente.
Por la ventana de su oficina en el cuartel general de One Police Plaza,
penetraba el resplandor solar y el ruido persistente de la ciudad. Bañada
de luz se imponía, sobre su ordenado escritorio, entre los objetos
de oficina, la foto familiar: el capitán junto a una hermosa mujer
anglosajona, de ojos grandes color esmeralda y dos niños sonrientes
de diez y doce años. El uniformado abrió con evidente desgana
el fólder amarillento con el informe de uno de los casos, como
si intuyera que por ese conducto no llegaría a ninguna parte.
25 de diciembre de 1980. A las 14:00 horas, en el 1848 de Monroe Avenue,
Apt. 2-A, miembros de la Unidad de Homicidios del cuartel 46, con una
orden de cateo firmada por el juez M. Larek, de la Corte Suprema de Justicia
del Estado de Nueva York, ejecutaron un allanamiento. Una mujer de 85
años de edad, identificada como Daisy Smith, fue encontrada muerta
en el armario. Se produjeron dos arrestos:
Michael Spencer H/B/27 2484 University Ave. Bx, N.Y.
Linda Spencer M/B/23 2484 University Ave. Bx, N.Y.
Cargos: asesinato en primer grado, asalto agravado en
segundo grado, y siete cargos por robo mayor en tercer grado. Alí
Ebn Becar también fue puesto bajo arresto para ser interrogado
sobre su vinculación con el caso, pero escapó del cuartel
46. El Departamento de Policía de la Ciudad de Nueva York ofrece
2.000 dólares de recompensa por información que concluya
con su captura.
—¿Alí Ebn Becar?— dijo para sí mismo
el capitán Hassan— ¡Imposible! ¡No puede tratarse
de la misma persona!
Acto seguido mandó a su secretaria a comunicarle con el cuartel
46. El capitán se acariciaba la barbilla, reflexivo y desconcertado,
mientras susurraba el nombre del prófugo. Cerró el expediente
y, ansioso, esperó junto a la ventana que sonara el teléfono.
Un amargor, una tristeza antigua, que él creía disipada,
se instaló en su pecho. Para su suerte, el oficial en jefe que
había llevado a cabo el operativo, aún estaba activo en
el departamento; lo localizó y le ordenó que se presentara
de inmediato ante su despachó.
Un hombre blanco y pecoso, grande como una puerta, entró y, después
de saludar, se sentó un tanto contrariado en la silla que el capitán
le indicó.
—¿Recuerda usted este caso, oficial? —preguntó
Hassan tras pasarle el expediente. El oficial Taylor, mientras lo hojeaba,
no se pudo contener y empezó a reír a mandíbula batiente.
Pero la mirada de su superior lo pasmó y el policía se limitó
a balbucir una afirmación.
—¡Pues le ordeno que me revele todos los detalles que rodearon
el hecho, principalmente la implicación que tuvo el hombre identificado
como Alí Ebn Becar!
El oficial miró la ventana, el puente de Brooklyn rayado de automóviles,
la ciudad erizada de edificios; tomó aire y empezó a contar:
—Una mañana, si mal no recuerdo, se presentó al cuartel
un jovencito de aspecto árabe, con señales de haber recibido
una paliza, y pidió hablar con el jefe de jefes. Así, como
se lo estoy diciendo. En sus manos llevaba un pequeño álbum
de fotografías y en el cuello le colgaba una extraña medalla,
con forma de moneda antigua, cortada por mitad. Pese a que hace veinte
años que sucedió este hecho, recuerdo esos detalles porque
de ellos se comentó mucho después que el chico desapareció.
Taylor se echó hacía atrás, generando un chirrido
en el respaldo del asiento. Su voz perezosa, la expresión de su
cara, el tamborileo de sus dedos en el escritorio, dejaban entrever lo
extenso y aburrido del relato. La luz de la ventana aparecía en
sus pequeños y vivos ojos como dos cerillas encendidas y chispeantes.
—El jefe me ordenó atenderlo y me hice anunciar como el jefe
de jefes, ya que el chico se había negado rotundamente a hablar
con un oficial que no ostentara tal rango.
—Vengo a denunciar un homicidio —me dijo, y acto seguido me
proporcionó la dirección y el lugar exacto dentro del apartamento
donde según él encontraría el cadáver. Le
pregunté cómo había podido obtener los detalles de
un hecho semejante, y él respondió que durante unos minutos
había compartido el armario, donde presuntamente hallaríamos
el cuerpo de la víctima, en calidad de prisionero.
El oficial abrió el expediente y extrajo una foto de una anciana
sonriente, parada frente a un bizcocho donde rutilaban innumerables velitas.
Al fondo de la foto se leía: Happy Birthday, Miss Daisy. Después
de pasársela al capitán, le dijo:
—Según el chico, él había descubierto el homicidio
gracias a esta foto.
Hassan la estudió por unos segundos y luego, con un mohín,
le dirigió una mirada inquisitiva al oficial.
—Observe la ventana que aparece en el extremo superior izquierdo
de la foto, Capitán. Si se fija bien, a través de esa ventana,
se vislumbra un poste del semáforo con dos letreros: Monroe Avenue
y la calle 189.
Hassan volvió a mirar la fotografía con más interés,
acercándosela a la cara. Después de unos segundos, dijo:
—Con la foto resulta sumamente fácil localizar el apartamento
de la anciana, pero ¿de dónde salió la foto y cómo
Becar pudo descubrir el homicidio a través de ella?
—En realidad —dijo Taylor—, según el chico, la
foto en sí misma no le dijo nada. El lugar donde apareció
el pequeño álbum de foto, y otro detalle, fue lo que le
hizo concluir que algo extraño estaba sucediendo.
—¿El lugar?
—Sí, capitán. El álbum de fotos fue hallado
por el chico en un bote de basura.
—¿Y qué tiene esto de particular?
—Según él, nadie tiraría a la basura un objeto
de incuestionable valor familiar. De modo que, al deducir la dirección
gracias a la ventana, se presentó al apartamento, no movido por
la curiosidad propia de personas de su edad, sino por un interés
particular por una medalla de media moneda que, si se fija bien en la
foto, cuelga del cuello de la anciana.
Hassan se notaba más intrigado.
—El jovencito llamó a la puerta preguntando por miss Daisy
—continuó el oficial—. Los usurpadores, una pareja
de esposo si no me falla la memoria, lo hicieron pasar a la vivienda.
Temerosos de que el intruso pudiera denunciar ante las autoridades que
ellos, después de haberle robado la identidad a la anciana para
apoderarse de su fortuna y de su apartamento, la habían asesinado,
tomaron al chico y lo encerraron en el armario.
—¿Y luego? —se desesperó el capitán ante
el silencio de Taylor.
—Y luego, mi capitán, lo que sigue le causará risa
como todavía me sucede a mí. Abra el expediente y lea usted
mismo las declaraciones de Becar.
Hassan tomó el expediente. En unas hojas estaban las declaraciones
del prófugo escritas en ideogramas, que él perfectamente
entendía. En otras, según pudo comparar, había una
pobre traducción de dichas declaraciones.
El capitán leyó:
«Mi nombre es Alí Ebn Becar, descendiente directo de Aladino,
el hijo del sastre Mustafá, y de la princesa Brudulbudura. Me crié
con mi abuelo en la capital de un reino de Asia, muy rico y de vasto territorio.
Cuando cumplí quince años, Micea, que así se llama
mi abuelo, me entregó como regalo media moneda y me dijo: hijo,
he aquí la lámpara maravillosa...
Taylor miraba, expectante, el rostro del capitán, en espera de
escuchar sus estallidos de risa. Pero en el semblante de su superior,
para su sorpresa, sólo pugnaban por aflorar, a la vez, la amargura
y la nostalgia.
»—Debo aclarar —declaraba Becar— que en mi tierra
lámpara, cuya traducción proviene de la palabra mudra-bhasabhasa,
quiere decir moneda, no algo que pudiera encenderse como un candil; y
si el malvado mago africano le había ordenado a Aladino apagar
la lámpara en cuanto la hallara en el agujero que a dicho propósito
había abierto en las entrañas de la tierra, sólo
había querido significar que la cubriera de polvo, para que éste
no intentara sacarle brillo frotándola con sus vestidos, acto que
despertaría al poderoso genio.
»Micea, después de darme la media moneda, me envió
a las Antípodas a buscar la otra mitad, sin la cual la lámpara
no produciría ningún prodigio. "Debes hallarla antes
de que la estrella Kalka aparezca en el cielo junto a la luna en cuarto
menguante, período en que se completan doscientos años,
al término de los cuales, por un breve lapso, el genio se despierta",
me ordenó el venerable anciano. Llegué a Nueva York, lugar
señalado por mi abuelo como el lado opuesto, en el planeta, a Kabac,
mi pueblo, y vagué por sus calles lleno de desilusión y
sin esperanza. Pero una tarde, ya sin dinero, mientras buscaba en los
botes de basura algún mendrugo con que mitigar el hambre, mi corazón
saltó de alegría. Fotografiada en el cuello de una anciana
estaba la otra mitad de la lámpara maravillosa. Corrí, siguiendo
la dirección que se veía en una ventana y llamé a
la puerta de un apartamento, en el que, a través de vecinos, supe
que vivía miss Daisy. Pero este fue el principio de mis calamidades.
Después de ser sometido a interrogatorio, vejado y agredido hasta
casi perder el sentido, fui sepultado en un ropero oscuro, sin esperanza
de salir con vida. Pasadas unas horas, recuperadas parte de las fuerzas,
hurgué en el armario y di, aterrado, con un cuerpo embutido en
una gruesa funda de plástico. Era miss Daisy y, bendito sea Alá,
todavía llevaba en el cuello la media moneda.
»No puedo describir la angustia que sentí en esos momentos.
Al romper el plástico un hedor asfixiante me hizo contener la respiración
y alertó a mis secuestradores. En tanto escuchaba sus pasos acercándose,
yo manipulaba torpemente las dos mitades de la moneda, rogando al Altísimo
que se produjera el milagro. Así fue como aparecí ante la
puerta del cuartel 46 para denunciar a los maleantes. Y, del mismo modo,
valiéndome de la lámpara maravillosa, pienso abandonar este
lugar, donde me mantienen esposado a una mesa por la mano izquierda, en
calidad de prisionero, por un crimen que yo mismo he ayudado a resolver».
—¿Y qué sucedió luego? ¿Cómo
Becar pudo escapar del cuartel estando esposado?
El oficial no podía creer que todavía el capitán
estuviera interesado en una historia que él, y cualquiera con sentido
común, consideraba absurda.
—¡Pero capitán! —Exclamó— ¿No
se da cuanta que el chico nos había tomado el pelo? Lógicamente
Becar no escapó como por arte de magia, como nos quiso hacer creer
en sus declaraciones. El chico, al parecer, tenía consigo una llave
para abrir esposas. Salir del cuartel le fue sumamente fácil debido
a la escasez de vigilancia que suelen tener los centros policiales los
días de Navidad.
—¿Y qué les hizo pensar que Becar era cómplice
de los asesinos y no un simple informante?
—Pues, capitán, por la historia. ¿Quién, en
esta época, podría creen en cuentos de genios y hadas?
El capitán, con el rostro demudado en un gesto de furor, abrió
la gaveta del escritorio y sacó una pequeña revista de promociones
turísticas.
—¡Abra la página cuatro, oficial!
—ordenó— Allí hallará la propaganda de
Kabac, una ciudad rica y de vasto territorio de Asia. ¿Y quiere
saber cómo se llama el emir de la ciudad? Alí Ebn Becar,
oficial Taylor. Y para que empiece a creer en fenómenos extraordinarios,
le contaré una breve historia. Yo, oficial Taylor, nací
en Kabac. A los veinte años iba a desposar a la mujer más
hermosa de la ciudad, no bien entrado el año 1981. Pero, en la
víspera de la aparición de la estrella Kalka junto a la
luna en cuarto menguante, que corresponde a la Navidad en este lado del
mundo, algo inefable para mí, y descomunal, sucedió. Murió
el emir y en su lugar fue impuesto su prófugo, oficial Taylor,
Alí Ebn Becar. Para la coronación, las autoridades de la
ciudad convocaron a las mujeres de mayor hermosura, para que el nuevo
mandatario escogiera a sus esposas. Ya usted se debe de imaginar lo que
sufrí al saber que mi amada iba a compartir la cama con el hombre
más poderoso de mi tierra. Me pasé la noche maldiciendo
y reclamándole una explicación al Altísimo sobre
el mal que me había sobrevenido. En la mañana, desvanecido,
caí en un profundo sueño. En el sueño se me apareció
un anciano, vestido con ropas modernas, occidentales, quien, abriéndose
paso por entre las nubes, levantó su mano y señaló
una gran ciudad que ardía de luces junto al océano. "Esa
es Nueva York", me dijo. "Allá descubrirás la
verdad".
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