Gustavo
César Ciuffo (España)
Primer puesto
II CONCURSO INTERNACIONAL
REVISTA HYBRIDO MODALIDAD RELATO
El viaje
El destino baraja, y nosotros jugamos
Arthur Schopenhauer
A las dos de la tarde el 145 siempre viene atiborrado de gente. Por suerte
en el fondo queda un asiento libre y el chico de los walkman que entró
delante mío parece estar en otro mundo. Paso a su lado con una
fingida actitud de ligereza y una expresión demasiado adulta y
demasiado ensimismada como para que el pobre intente decirme algo. Me
siento –y me siento– satisfecho por mi conquista y veo que
el adolescente sigue con la misma cara de pavo, ahora tratando de sintonizar
alguna frecuencia en su walkman.
El sol de febrero es tibio y se filtra a través de las ventanillas
del bus cargado de una brisa somnolienta que me cachetea de a ratos. Me
gusta observar a los pasajeros que me acompañan y dejarme llevar
por la idea de que nunca más volveremos a encontrarnos de esta
manera. Por supuesto que el destino puede ensayar cruces casuales entre
algunos pocos, pero estas cincuenta y tantas personas que acabamos de
dejar atrás la Plaza Castilla ya pertenecemos a un orden universal
que no se repetirá jamás. A nadie parece importarle esto;
la mayoría vienen de trabajar y sus caras presumen más agotamiento
del que seguramente deben cargar en el cuerpo. No puedo evitar pensar
en la trama de alguna de estas vidas urbanas y creo que en el fondo todos
los que nos distraemos chocando miradas no hacemos más que imaginar
posibles repertorios existenciales. La señora que está en
el asiento de adelante, por ejemplo, parece ser una mujer irritada con
el mundo. El marido, a su lado, ojea el diario displicentemente como si
se encontrara en una sala de espera, y quizás su vida sea algo
parecido. Hay dos chicos a quienes no les importa nada de nada (igual
que el adolescente de los walkman) y que seguramente deben ser buenos
amigos y también deben ser felices.
Pero ninguno de ellos me ha intrigado tanto como el hombre que está
justo a mi derecha, sobre la otra ventanilla. Ha mirado para aquí
un par de veces y se me ha ocurrido pensar que su vida puede ser la más
monótona de todas las nuestras. Debe tener algo más de cuarenta
años, aunque insistiendo en el fondo de sus ojos débiles
parece que se ha quedado en los veinte. Puede ser eso lo que me ha llamado
la atención; las arrugas estampadas en su rostro, las entradas
pronunciadas que ha tratado de disimular con un flequillo mal peinado
y su vestimenta anticuada dan cuenta de que es un hombre que ha pasado
la mitad de su vida y, sin embargo, sus ojos se niegan a acompañar
al resto del cuerpo. El efecto no lo favorece en absoluto ya que le resume
una expresión tan insegura y virgen que lo marca como un pobre
diablo.
Sin embargo, ahora que lo pienso no es eso lo que me ha sorprendido, hay
algo más que no puedo definir con palabras, algo que detrás
de ese sujeto gris parece molestarme.
Imagino que podría escribir un relato sobre ese tipo contando algún
episodio de su vida; algo breve y circular como la irrefutable monotonía
de la que da cuenta su cara blanca, doméstica, un tanto caminada
por los años. Sí, voy a sacar mi lápiz y el bloc
de tapas amarillas que he comprado hace un mes –y que aún
no he logrado estrenar– para tomar algunos apuntes que luego me
ayudarán a escribir un cuento.
Ahora, su compañero de asiento se ha levantado para pedir la parada
siguiente y por un momento me desilusioné pensando que él
también se bajaría. Pero aún sigue ahí y yo
he empezado a tomar mis notas fingiendo una concentración de cejas
recias y labios tensos. De a ratos me ayuda el azar haciendo que el infeliz
se vuelva hacia aquí y me cruce sus ojos tímidos, entonces
trato de apuntar lo que más puedo y en cada parada me inquieto
pensando que se va a bajar. Es increíble la cantidad de cosas que
uno puede pensar en tan poco tiempo. Creo que es justamente en los transportes
en donde el tiempo de nuestras ideas avanza proporcionalmente con el espacio.
Cuando vamos caminando y pensamos, por ejemplo, en algún episodio
de nuestra infancia, en la película que vimos anoche o en las ganas
que tenemos de tomarnos una cerveza, todo eso es desproporcionadamente
más veloz que nuestro andar, en cambio a 50 o 60 kilómetros
por hora ambos movimientos –el de la mente y el del cuerpo que le
acompaña– resultan mucho más equilibrados, mucho más
engranaje al compás de un todo vivo. Pienso en esto mientras se
me viene a la memoria la fantástica trinidad formada por Charly
Parker, Julio Cortázar y Johnny Carter; esos conspiradores de las
leyes del tiempo y del espacio que me recuerdan que no se me ha ocurrido
nada original.
Vuelvo a mi personaje que ahora se ha metido las manos en el bolsillo
de su piloto cobrizo y se distrae observando el transito callejero. Puedo
imaginarme un piso mal decorado y con pequeñas ventanas que lo
espera todos los días al llegar de su trabajo. Quizás una
mesa con las sobras de la noche anterior, algunos muebles sin barnizar
y un televisor de 20 pulgadas bastante nuevo; pero no mucho más.
No creo que sea un hombre casado. Cualquier mujer por más desconsiderada
que sea no permitiría que su esposo salga a la calle con las botas
comiéndole el ruedo de un pantalón que se nota que jamás
ha sido cosido. He observado también que le gustan las mujeres
ya que se ha tomado su tiempo para contemplar la cara de la chica que
acaba de subir y que se ha parado justo delante nuestro. Ha indagado en
los ojos de ella y se ha quedado unos segundos siguiendo el curso de su
cabellera, aunque no ha prestado la menor atención a su cuerpo
escultural. No, definitivamente no es un hombre casado.
Por mi parte, estoy bastante satisfecho con los apuntes que he ido tomando
y si se bajara ahora mismo ya tendría suficiente para un buen cuento.
Siempre me resulta imposible comenzar alguna historia sin saber cómo
es su personaje y creo haber anotado cada detalle del hombre. Sin embargo
hay algo que me sigue intrigando y sé que no lo voy a poder esclarecer
con palabras, algo oscuro que por momentos me tienta a seguir escudriñando
en ese ser enigmático. Doy vueltas sobre esto cuando de repente,
contra todo lo imaginable, el hombre se dirige a mí y me pregunta
por la estación de trenes. Le contesto que faltan unas veinte o
treinta calles y que le puedo avisar ya que yo también tengo que
bajar por esa zona, le explico que seguramente el grueso de los pasajeros
se bajará en esa parada y que se dará cuenta por el imponente
edificio de la terminal. Entonces me hace un gesto de agradecimiento y
yo me quedo tranquilo pensando que voy a poder exprimir hasta el último
detalle de sus comportamientos. Me siento satisfecho conmigo mismo porque
su voz es tal cual la imaginé; habla con una cadencia ambigua y
estira las eses con miedo. Además la sonrisa blanda y lejana con
la que me devolvió el dato coincide con el perfil que he ido bosquejando.
Pienso que si lo siguiera hasta su casa seguramente me encontraría
con el piso que estuve imaginando.
La estación de trenes ya se alcanza a divisar unas calles más
abajo y, aunque quedan algunos semáforos, decido guardar mi libreta.
Echo una última ojeada a mi hombre y compruebo con extrañeza
que ha sacado un papel y un lápiz y se ha puesto a escribir. Por
lo que veo es algo breve que no alcanzo a divisar pero debo reconocer
que le ha dado una cuota más de misterio a su personalidad. Además
ha pensado bastante en lo que iba a escribir y ha mirado alrededor con
una instantánea expresión de melancolía que me figuró
por un momento el gesto de un poeta en plena batalla entre el mundo exterior
y sus palabras. El semáforo le ha servido para concretar su frase
y luego ha doblado el papel y me ha hecho un gesto afirmativo al darse
cuenta de que reconoció la siguiente parada. He comprobado por
último la prolijidad con la que dobló la hoja y se me ocurrió
pensar en una caligrafía cuidadosa y una personalidad bastante
sensible.
La gente se levanta de sus asientos y el matrimonio que está delante
mío toca el timbre de la parada en la que la mayoría nos
bajaremos. La puerta de atrás se abre y yo dejo que pasen los más
apurados. De repente me doy cuenta de que el hombre que he estado observando
ya se ha bajado, olvidando sobre su asiento el papel que le vi escribir.
Entonces me pongo de pie y me apodero de esa nota, amparado en el amontonamiento
y la distracción de todos los pasajeros. Ya en la calle, trato
de buscarlo para devolverle lo que ha dejado olvidado pero es inútil.
A esta hora la estación de trenes es un enjambre humano y es imposible
detenerme a buscarlo ya que todo el mundo camina muy de prisa y me llevan
por delante.
Cruzo a la calle de enfrente que está menos convulsionada y me
regodeo pensando que no lo voy a encontrar y que inevitablemente ese papel
ya es mío. Camino unos pocos metros, dejo que el sol me inunde
de frente y me decido a abrir la nota para terminar mi búsqueda
indiscreta. Son sólo dos líneas redactadas con una minúscula
inentendible, ridículamente distorsionadas por el movimiento con
la que fueron escritas. Achico los pasos para tratar de descifrar aquel
mensaje y me siento a gusto porque la tarde es cálida y sopla un
viento purificador.
Por fin logro entender el mensaje: dice que camine despacio y saque mi
billetera. Entonces reconozco la manga del sobretodo cobrizo que asoma
a mi derecha detrás de un arma que punza con dureza el costado
de mi espalda. No atino a darme vuelta, sólo a sacar la billetera
y dejar que se la lleve. Miro el cielo y veo algunas nubes de tormenta
muy a lo lejos. Pienso en una lluvia y en mi ropa en la soga y en algunos
atardeceres mojados. Es increíble la cantidad de cosas que podemos
imaginar en tan poco tiempo.
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