HYBRIDO

ARTE Y LITERATURA

Gerardo Piña-Rosales Nació en la línea de la Inmaculada Concepción, provincia de Cádiz, en 1948. En 1955 emigra a Tánger (Marruecos), donde cursa el bachillerato. En 1968 ingresaa a la Universidad de Granada para estudiar Filología Románica. En 1973 emigra ?por razones amorosas— a Nueva York , ciudad en la que sobrevive desde entonces.
Finaliza la licenciatura en Literatura española en el Queens College y se doctora por el Centro de Graduados de la Universidad de Nueva York con una tesis sobre la narrativa del exilio republicano. Desde 1981 enseña en Lehman College, y desde 1992, en el programa doctoral de Literaturas Hispanicas del Graduate School and University Center (CUNY).

Hybrido o el kaleidoscopio neoyorkino



PECARIA de ingrato si antes de proceder a leerles estas páginas no agradeciera a quienes han tenido la gentileza de invitarme a dirigirles hoy la palabra. Por ello, agradezco, en primer lugar, a mi querida amiga Josefina Infante-Voelker, y al resto del Consejo Editorial de Hybrido, el que pensasen en mí a la hora de organizar este acto. Supongo que, por ser alumnos todos ellos del Programa Doctoral en Literaturas Hispánicas y Luso-Brasileña de la Universidad de la Ciudad de Nueva York (donde trato de enseñar lo que antes otros me enseñaron), habrán tenido noticia de mi ya larga —y quijotesca— andadura en defensa de nuestra lengua y culturas en esta caleidoscópica ciudad de los rascaleches. El recién inaugurado Graduate Center es un testimonio más de la transformación constante de la ciudad: de haber servido, durante varias décadas, de elegante centro comercial, ha llegado a convertirse en un centro de educación superior, símbolo de lo que somos y de lo que podemos ser. Ni que decir tiene que deberíamos de congratularnos por ello: yo al menos así lo siento, pues bien sabe Dios que prefiero las aulas y los libros a las corbatas y los abrigos de visón.
Quiero dar las gracias también a la Librería Lectorum por la oportunidad (la primera, y espero que no sea la última) que me brinda de participar en esta lectura junto a los colaboradores de Hybrido. Lectorum (demos al César lo que es del César) no es sólo una librería al uso, sino que, con su ya proverbial hospitalidad, y gracias a sus numerosas presentaciones de libros, lecturas poéticas, conferencias, etc., ha logrado llegar a ser uno de los centros de gravedad de la cultura hispánica en Nueva York. Otras librerías deberían tomar nota: limitarse, en estos ámbitos de la literatura y el arte, a los tejemanejes mercantiles, no sólo es contraproducente, sino que, a la larga, puede resultar suicida. Dedicarse, sin más, a vender libros, lo hace cualquiera, pero aspirar, con generosidad y visión, a que el nivel de lectura de nuestros conciudadanos trascienda el libro de cocina, la novelita rosa o los manuales de carpintería —sobre todo en una ciudad, en un país, donde, nos guste o no, la lengua española vive bajo el perenne acoso del inglés—, es, se mire por donde se mire, una aspiración noble, digna de encomio.
En el título mismo de mi presentación se cifran los tres conceptos básicos que me servirán para glosar el tema que esta tarde nos ocupa: “Hybrido o el kaleidoscopio neoyorkino”. Para muchos resultará chocante esa i griega del título de la revista en vez de la i latina connatural al voquible. “¡Una errata, una imperdonable errata de imprenta!”, exclamarán los más resabiados, entre alarmados y perversamente divertidos. “¡Hasta aquí llega la invasión de los anglicismos!”, pontificarán los puristas, desde las olímpicas alturas de la Akademia. “¡Un esnobismo más!”, refunfuñarán con sorna los más castizos. Tal vez todos tengan su poquillo de razón, pero, a mi entender, quienes así se manifiestan (y lo digo porque más de uno de esos perros huertanos me ha asaltado con tales monsergas, o bochinches, como dirían mis amigos puertorriqueños) no parecen haber advertido el carácter bilingüe, bífido, o mejor, pluralista, caleidoscópico, al que aspira esta revista neoyorkina. Parece mentira, pero a estas alturas todavía abundan los que son incapaces —por cavernícola conservadurismo o troglodítica miopía— de aceptar este mudejarismo cultural de la realidad neoyorkina, como si esta cultura, mestiza, meteca, híbrida, fuera una especie de aborto o engendro del demonio. Hybrido, con i griega, como su nombre indica, no sólo acoge en sus páginas a escritores de extracción hispana, sino también a los de origen anglosajón y a los de otras culturas que se dan cita en esta metamorfoseante Babel. Baste, como ejemplo de lo que digo, mencionar algunos de los nombres y apellidos de sus colaboradores: Voelker, Khalil, Tang, Prekker, Colón, Mazzotti, Zahur, Maugham.
Se suele repetir hasta la saciedad que Nueva York es un mosaico de culturas. Y no deja de ser verdad; pero el mosaico, no olvidemos, constituye una representación estática (a menos que haya sido zarandeado por terremotos o erupciones volcánicas o haya sido diseñado por Calder). Yo creo que sería más apropiado comparar a la ciudad —y a esta revista que hoy nos ocupa— con un caleidoscopio. El caleidoscopio (hoy casi una reliquia ante la supremacía de los nintendescos juegos cibernéticos) se compone de dos planchas de cristal, entre las que se colocan trozos de vidrio coloreados, que, merced a un espejo, adoptan figuras estrelladas que varían de forma por las sacudidas que se imprimen al aparato. Y así es la ciudad en las que nos ha tocado vivir: innumerables etnias —de colores variopintos— se reflejan en los indiferentes espejos de los rascacielos, metáforas de esa mutante realidad neoyorkina.
No voy a glosar ahora todos los aspectos de Hybrido, pero sería inexcusable referirme a la revista sin justipreciar, en primer lugar, los aportes artísticos de Roger Voelker, de Alirio Vargas y de Raoul Sentenat. Los dibujos de Voelker y Vargas —esos desnudos en escorzo que tanto recuerdan a Francis Bacon—, y las fotografías surrealistas —a lo Man Ray— de Sentenat, no sólo ilustran cabalmente las páginas de la revista sino que, rebelándose ante su disposición ancilar, dialogan con los textos, los refrendan y hasta los contradicen.
Aunque de cuantos escritores han colaborado en la revista, haya de referirme, y muy a vuelapluma, sólo a aquellos que habrán de compartir sus textos con nosotros esta tarde, no me parece justo, de todos modos, dejar de mencionar sus nombres: Iván Silén, José Osorio, Mario Pozada-Burga, Francisca Suárez-Coalla, Luz Macías, Angel Estévez, Jeffrey Ruth, Sergio Escobar, Khalil Abreu, Román Santillán, Carlos Abad, Alfonso de Luna, Clementina Tang, Annette Prekker, Elba Colón, José Antonio Mazzotti, G.J. Raez, Don Gelver, Alfredo José Delgado, Julia C. Pauk, Rona Lee Maughan, Scott A. Sanborn, Zahur Klemat, Roxandra Guidi. Todos ellos, como los escritores que intervendrán esta tarde, son parte —estrellas, rombos, círculos, triángulos— de este caleidoscopio que es Hybrido, donde se entremezclan no sólo culturas y nacionalidades, sino también las diferentes concepciones del texto literario, tipicas de ese fenómeno que hemos dado en llamar (tal vez sin saber muy bien lo que decimos) Posmodernidad: y así, el cuento deja de ser cuento para convertirse en apólogo o escena teatral; el poema bebe de la greguería, del haiku japonés o del koan tibetano; y la crítica, escalpelo en mano, escopofílica y fagocitante, se alimenta gargantuescamente de todos los géneros habidos y por haber.
Acerquémonos, pues —con el permiso de sus autores—, a algunos de esos textos.
En “Comprometido”, el poema del venezolano JESUS BOTTARO, el subway (como en las fotografías de similar temática de Walker Evans o Robert Frank) se nos revela como una realidad o surrealidad alucinante, de donde uno no sabe muy bien si saldrá con vida. En “Presunción”, escrito dialogado, la ambigüedad se enseñorea con el texto y deja al lector sumido en la más insólita de las perplejidades. Jesús Bottaro cultiva también la prosa, como atestiguan su delicado cuento “Tarde de verano” y el inclasificable “Autobiografía histórica...”, texto éste donde se conjugan sabiamente el trasvestismo cultural con referencias literarias y artísticas: Van Gogh y su oreja cercenada; Santa Teresa, en pleno delirio orgásmico; los goliardescos Carmina Burana, etc.
De la obra de JOSEFINA INFANTE VOELKER (nacida en Burgos, nada más y nada menos) me he ocupado en otras ocasiones, pues, como en los casos de Miguel Falquez-Certain, Daniel Rivera y Don Gellver, también ella ha sido galardonada con varios premios en el Certamen Literario Internacional “Odón Betanzos Palacios”, que auspicia el Círculo de Escritores y Poetas Iberoamericanos, institución que me honro en presidir.
De los varios poemas que Infante-Voelker ha publicado en las páginas de Hybrido, yo destacaría “Disquisiciones existenciales”, donde la poeta se enfrenta, en desgarrados versos de quevedesco tono, a las grandes, terribles preguntas, que todos nos hemos hecho alguna vez: ¿quiénes somos?, ¿de dónde venimos?, ¿a dónde vamos? No puede haber respuesta, porque de haberla, la vida no sería lo que es: un ineluctable misterio. De sus cuentos, cabe recordar el titulado “De la Barceloneta a City Island”, relato impregnado de los sentimientos de nostalgia y alienación que producen la experiencia de la emigración en esta ciudad de todos los exilios.
En el breve cuento “Sepultado en helado”, el escritor panameño FRANCISCO BERGUIDO, con sobria prosa y contenida emoción, nos relata la sórdida historia de un incesto, contrapunteada con la triste realidad de la violencia doméstica, el alcoholismo y la situación servil de la mujer.
CARMEN DINORAH CORONADO (natural de la República Dominicana), en una serie de poemas —”Libertad del silencio”, “Esta soledad gigante”, “Absurdo”, “Los misterios del hastío”—, cuajados de atrevidas metáforas, recoge esa peliaguda dicotomía, resultado de los recuerdos de un pasado rural (el del país de origen) y la realidad presente, urbana, deshumanizante.
MIGUEL FALQUEZ-CERTAIN (Colombia), en poemas barroquizantes, de burilado verso e insólitas imágenes, se enfrenta a la posibilidad de resolver, por medio de la escritura, la freudiana dialéctica entre Eros y Thánatos, el Amor y la Muerte. Si la palabra no consigue salvarnos, contentémonos con que sirva de vía de conocimiento. Es un consuelo.
LIZA ROSAS BASTOS (Chile), en el cuento, de significativo título, “Casi, casi, de una realidad virtual”, nos advierte de los peligros que entrañan los cantos sirénidos de la llamada realidad virtual: embelesados por los “milagros” de las nuevas tecnologías, poco a poco nos vamos deshumanizando, y lo que en principio debería proporcionarnos una vía más directa —si no más auténtica— de comunicación se nos va convirtiendo en arma de distanciamiento, de enajenación.
El dominicano JOSÉ LÓPEZ, en los poemas “Quieres ser poeta muchacha”, “Justicia poética” y “El poeto de la ciudad”, alude, en versos de dinamitada sintaxis, entre sarcástico y escéptico, a la salvación por el amor y a la soledad en la gran urbe.
FREDDY GÓMEZ CAPAJE (Ecuador), se inscribe, con su poema “Minero de tu cuerpo”, en una tradición de poesía amorosa, erótica, que recuerda a Neruda y a Vallejo, y en la que la palabra misma, enamorada, se convierte en carne estremecida, en sangre hirviente y fecundante.
En “El pabellón de la cocaína”, del colombiano SILVIO MARTÍNEZ PALAU, uno de los relatos más regocijantes que conozco, muy al gusto de las “routines” de William Burroughs, la realidad queda desenmascarada ante la conducta (para algunos, “mala conducta”) desenfadada, desmitificante, de sus personajes. Esperamos que Silvio Martínez Palau se decida a publicar esta novela —de la que “El pabellón de la cocaína” es sólo un pasaje—, pues textos así, subversivos y plurivalentes, son los que, a la postre, permanecerán en esta historia en
marcha de la creación literaria hispánica en Estados Unidos.
“Washington Square”, el poema de RAOUL SENTENAT (oriundo de Cuba y residente en Estados Unidos desde hace muchos años), me confirma una idea de la que he hablado en otras ocasiones: el poema, frente al cuento o la novela, emparentados con el cinema por su inherente narratividad diacrónica, sugiere más bien el instante único, irrepetible, de una fotografía. Sentenat, fotógrafo de quilates, acota, con precisión y ojo clínico, las parcelas de una realidad tan espúrea como camuflante. Ya lo dijo Cocteau: “No hay nada más subjetivo que el objetivo de la cámara”.
Y por último, dos cuentos de DANIEL RIVERA PEÑA (Puerto Rico): “Una condición para Eva” y “Con la ayuda del calor”, en los que aletea la sombra fantasmal de dos escritores imprescindibles para comprendrer el mundo cambalachesco y desquiciado en el que azacaneamos: me refiero a Isidore Ducasse y Franz Kafka. Sin ellos, y sin los doloridos ecos de García Lorca, o José Martí, estos narradores y poetas de Hybrido, no habrían podido representar, como lo han hecho, esta realidad surreal y absurda del calidoscopio neoyorkino.

Librería Lectorum

Nueva York, 30 de Junio del año 2000
(En la presentación de Hybrido # 3)