HYBRIDO

ARTE Y LITERATURA

FRANCISCO BERGUIDO es escritor e investigador natural de Panamá; también es consejero científico en la Misión de Panamá en las Naciones Unidas. Ha publicado poesía y ha obtenido el segundo puesto en la sección de monografías del concurso Pablo Neruda, patrocinado por la Embajada de Chile en Panamá.

Sepultado en helado


QUISIERA morir sepultado en helado, de vainilla, de cereza o chocolate preferiblemente. Me encanta comerlo a toda hora, ya sea que salga el sol o caiga la lluvia. Se me hace agua la boca de sólo pensar en él y casi involuntariamente voy a la refrigeradora y, sobre la cama, me devoro un cartón de helado viendo el televisor. Esa es la forma de escapar de mi vida. Cinco horas diarias de televisión, cama y helado: equivalente matemático a la gloria.

Ese gordo es una vergüenza, quien lo ve se aleja. Nadie lo ve comer en la escuela, más que una empanada con queso y una soda, en el recreo. Pero dicen los muchachos que en su casa se harta como si fuera el fin del mundo. Tiene que ser, no hay otra forma de conservar esa figura redonda.

Estar en mi cuarto comiendo y viendo tele me entretiene, me mantiene alejado de mis hermanos que no hacen sino pelear por todo. Y especialmente me distrae de pensar en mis padres. Él siempre llega borracho y causa tanta gritería que me encrispa los nervios. Me molesta que le pegue a mamá. Lo hace muy seguido. Incluso, una vez le reclamé. No era la primera vez que me pegaba, pero esa vez me dio tan fuerte con el puño sobre la cara que me astilló un diente. Me gritó entre sangre y dolor que nunca más le alzara la voz y que no saliera del cuarto. Y eso hice, me quedé en mi cuarto a comer helado, a llorar y a ver televisión.

Pobre gordo, seguro es tarado. Nosotros lo vemos sentado mirándonos jugar “pechito” o fútbol y él nos mira con esta cara de “por favor, déjenme jugar”. Al idiota de Rogelio se le ocurrió invitarlo una vez. ¡Qué espectáculo! Una bola detrás de una bola. Excepto que la de grasa se tropezaba tan a menudo que los muchachos decidieron jugar al fútbol con el gordo de balón. Nunca lo vimos correr más rápido en su vida. Gordo imbécil, ojalá le sirva de lección.

Mi madre se la pasa todo el día en la cocina entre llantos, moretones y píldoras contra el dolor. Mis hermanos, que son más pequeños, se la pasan corriendo por todos lados y
volviendo locos a todos, pero ni respiran cuando papá llega a la casa. Yo me encierro en mi cuarto a esperar. Hay veces en que mi papá quiere hablar conmigo… Cuánto odio eso, porque se mete en mi cuarto sin poder caminar de lo borracho y con un tufo alcohólico que me produce mareo y unas fuertes ganas de vomitar. Me grita que me quite la ropa. Yo lo hago porque sino me la arranca toda y entre razguños, me va peor. Él hace lo mismo. Salgo de mi cuarto rumbo al baño, a veces golpeado, a veces sangrando, pero siempre temblando. Cuánto lo odio y cuánto odio ver a mi madre mirarme con esos ojitos húmedos de impotencia como pidiéndome perdón por su silencio cómplice.

Ese pobre gordo estúpido no sirve para nada. ¡Ojalá se muriera! ¡Cuánto odio esta vida!… ¿Dónde carajo habré dejado el helado?