Las hogueras de la noche
Fer Kasado
ELLA siempre aparece en portales sucios como éste, en días
de lluvia. Su cuerpo esbelto, su rostro salvaje, su sonrisa selvática
y su pelo largo acafetado jugando con el viento, surgen entre los aguaceros
de deleites y amarguras que mojan mis recuerdos.
Eran tiempos salvajes, fogosos, donde los días duraban eternamente.
La mayoría de nosotros proveníamos de familias acomodadas,
aunque con el tiempo nos fuimos mezclando con gente de otros barrios,
más del sur, hasta que el grupo quedó formado por los que
supongo que acabamos siendo los inadaptados.
En esa época todo era muy complicado. Al menos así me parecía
a mí. Los barrios estaban divididos geográficamente, y en
cada uno gobernaba un grupo. Si alguien robaba una moto en un barrio ajeno,
había pelea; si atracaban una tienda sin permiso, había
pelea; si se miraba a una chica, se silbaba en tono no adecuado, se resbalaba
donde no debía, había pelea. Siempre había pelea.
Así andábamos todos con las caras hechas un mapa y morados
por todas partes. Yo, por distribución proporcional a mi pequeñez,
solía recibir mucho. Por eso tengo la nariz torcida, cicatrices
en las cejas y la boca cruzada con un recuerdo amargo colgando del labio
inferior.
Nuestro negocio eran las cosas pequeñas: robábamos motos,
bolsos, chaquetas de cuero, gafas de sol. Alguna vez asaltábamos
tiendas o algún parking, pero sin que los mayores se enteraran.
Ellos se encargaban de los locales comerciales, los coches y los bancos.
Y luego, los más respetados de todos, los que eran duros de verdad,
se ocupaban de las drogas y las armas; nosotros casi nunca tratábamos
con ellos. Ahora pienso en esa época y me pregunto qué alimentaba
el motor que nos encaminaba a esa vida. La droga se volvía cada
vez más cara, y todo lo demás fue perdiendo el sentido.
Cuando en nuestras casas guardaron bajo llave el dinero, los talones de
gasolina, los collares y pendientes de oro, la ropa vendible, entonces,
empezamos a actuar en la calle.
Por esa época yo tenía trece años e iba siempre con
el Chino. Chino era Alberto, pero todos llevábamos mote: Greñas,
Zombie, Pelao, Bolo, Canario, Pucha. A mí me llamaban Enano. A
veces, aún me encuentro con alguien en la calle que me sorprende
llamándome así, acariciando mi recuerdo con un sabor agridulce.
Siempre estábamos en el bar Raíces, que era del hermano
del Bolo. Bebíamos, fumábamos, y perdíamos jugando
a dados contra el tiempo. Fue allí donde la vi por primera vez,
cuando entró con uno de los más duros, de los que llevaban
hasta pistola, y se sentó en la barra con las piernas entreabiertas.
Llevaba un pantalón negro apretado, muy apretado. La camiseta estaba
cortada por las mangas y por el ombligo, con el nombre de un grupo de
música delante, no recuerdo cuál. Lo que sí recuerdo
son sus senos bailando libres, sobresaliendo de su cuerpo con formas redondas
y erguidas. Te hacían sentir que era verano y que valía
la pena vivir.
Gritaba con confianza a Joni, que estaba detrás de la barra, y
sonreía con la dulzura de una belleza natural que no asumía
aires de grandeza, mezclando armoniosamente la desfachatez masculina con
una feminidad sutil.
Mientras la miraba, se giró hacia nuestra mesa con aire curioso,
se puso en la boca un hielo del cubata que bebía, y subió
sus cejas hacia arriba de forma juguetona, con una sonrisa que fundió
el hielo y parte de mi niñez.
Más tarde me enteré que era la hermana mayor de Chino, que
tenía veintidós años y que siempre iba con el grupo
de los más duros; luego, que me había enamorado de ella.
Se llamaba Alejandra, Ale para los amigos, Tigre para los muy muy amigos.
No cabía duda que era la niña mimada del bar.
Yo no sé si el amor viene un día de repente o va aumentando
poco a poco a través de los días. Pero con Ale, a mí
me vino un martes por la tarde, en verano. Fui a buscar a Chino después
de comer para ir al bar. Hacía un calor violento, de los que te
hace buscar cualquier rafaguita de viento para aliarte. Chino se despertó
y se fue directo a la ducha. Era usual en mí levantar siempre a
mis amigos, pues mis padres no soportaban que me quedara durmiendo. Estaba
acostumbrado a esperarlos durante todo su rito matinal: levantarse, ducharse,
vestirse, el obligado café... Normalmente esperaba sentado en sus
camas, fumándome un porro e imaginándome mundos épicos
de doncellas necesitadas. Pero aquel día yo estaba más tenso
de lo normal, seguramente por problemas en casa, y además, se nos
había acabado el hashish. Así que empecé a dar vueltas
por el pasillo, hasta dar con la puerta entreabierta del cuarto de Ale.
No pude evitar la tentación de asomar la cabeza, pensando que igual
no estaría. Pero estaba. Estaba, y fue en ese momento, al verla
durmiendo con los pechos al aire y unas braguitas blancas, muy ajustadas,
que me di cuenta de que me había enamorado.
Parecía un angelito perdido a quien han enviado al mundo por equivocación
o quizás para salvarnos a todos. Uno de sus brazos cruzaba inocentemente
su barriga y el otro estaba medio levantado, llegando a la cabeza. Abrió
un ojo muy lentamente, casi notando que había un observador pasmado
ante ella, y al verme sonrió medio dormida con naturalidad.
“¡Ah! Eres tú, qué sueño...” Se
giró enseñándome su espalda desnuda y regalando al
aire un gemido. Lo hubiera dado todo por tumbarme junto a ella y abrazarla,
tan sólo abrazarla, y estar así, cogidos, durante horas,
días, años.
A partir de ese día, me sonrojaba cada vez que nos veíamos;
ella lo advirtió y comenzó a tentarme delante de los duros.
—Mira que ojazos que tiene el Enano. Si tuvieras cinco años
más, me casaba contigo. Ya verás cuando crezcas, vas a ser
un rompecorazones que dará miedo. Con esa cara de angelito vas
a ser un cabrón, descorchador de faldas.
Todos se reían pero a mí no me hacía ninguna gracia.
Yo sólo quería su falda, sólo su piel, sólo
su sexo. Además, en esa época, tener cara de angelito era
peligroso. Queríamos ser los más duros, los más valientes,
los más alocados. Salíamos de casa con navajas y porras
metálicas, con puños americanos y barras de hierro. Mirábamos
a todo el mundo con desprecio, vestíamos siempre de negro y cuanto
más cicatrizada la cara, cuanto más jodida la familia, cuanto
más tiempo en la cárcel, más mala leche, más
imponías, más te respetaban.
La verdad es que yo, con mi cara de bonachón atontado, nunca impuse
mucho respeto. Quizás por eso hice todo lo que hice, porque quería
ser considerado un duro de verdad.
En cambio Chino sí imponía mucho: un hermano suyo había
muerto de una sobredosis de heroína y el otro estaba en la cárcel;
su hermana Ale iba siempre con los duros y pasaba grandes lotes de cocaína
de un lado al otro; su madre murió muy joven, y su padre era un
alcohólico que desapareció un día y nunca volvió.
Su casa era el centro donde se cortaba la cocaína, donde se pagaban
las deudas, donde uno se escondía si había cualquier problema.
Allí nos sentíamos a salvo, fuera del mundo burgués
del que tanto huíamos.
Todos querían ser su amigo, hasta gente de otros barrios venían
a buscarle para salir con él, pero luego todo cambió; la
droga se fue interponiendo entre él y su mundo, Chino fue automarginándose
poco a poco, con una violencia que era difícil de seguir. En sus
últimos días era una roca que salía disparada de
un volcán determinada a llevarse todo por delante; nadie se interpuso,
nadie le frenó. Acabó con su vida de una sobredosis premeditada
que le dio la paz que nunca supo hallar viviendo.
Creo que él sospechaba que yo estaba enamorado de su hermana. Nunca
me dijo nada, pero hay veces que el silencio entre dos amigos dice ese
tipo de cosas.
Todo ocurrió por esa época, cuando yo intuía que
él había descubierto mi secreto. Era un jueves y había
una gran fiesta en el bar. Pucha acababa de salir de la cárcel,
y para celebrarlo, Jonás y Muki abrieron una joyería. Decían
haberse hecho más de medio kilo en joyas. En el bar Raíces
no cabía un alma; todo el mundo bailaba al ritmo de Kortatu y la
Polla Records, abrazándose y dándose palmadas en la espalda,
con ese tipo de confesiones que sólo muchos años de amistad
o una dosis de éxtasis ofrecen.
La cocaína corría por las mesas como dinamita, y el bar
iba almacenando ese olor a alcohol y hashish tan típico de la época.
Hasta el hermano del Bolo dejó entrar a dos desconocidos; cuando
vio que no se movían y miraban a todo el mundo con expresión
perpleja, los echó creyendo que eran policías.
Yo jugaba al billar. Las bolas se multiplicaban con el humo y desaparecían
con el whisky. Había apostado un dinero que ya daba por perdido,
cuando de repente, vi a Ale acercarse a nosotros con su clásico
andar de diablilla juguetona.
—Oye, Enano— dijo sonriendo —tengo la moto jodida aquí
al lado y necesito a alguien que me ayude a cambiarle la bujía,
¿me puedes echar un cable?
Sabía que ella no tenía moto, pero entonces era muy normal
ir con una moto robada durante dos o tres días y luego dejarla
tirada o desguazarla; lo que me sorprendió fue que me lo pidiera
a mí. Asentí mezclando timidez y entusiasmo ante la idea
de acompañarla donde fuera.
—Pues venga, nos metemos unas rallitas y nos vamos— Acabó
diciendo.
En el lavabo no paró de hablar: que si estaba cansada de no hacer
nada, que si algún día haría algo grande, que si
estaba pensando en irse al extranjero, que si lo que hacía falta
era gente con cojones, que si un perro que tuvo, que si la canción
que estaban poniendo le recordaba a no se qué, que si un concierto
la semana pasada, que si los hijos de puta de los seguratas...
Yo estaba demasiado ocupado admirándola. Cortaba la cocaína
haciendo líneas en su carnet de identidad; su pelo entrenzado le
llegaba casi hasta la cintura. Quería tocarlo, envolverme en él,
desaparecer dentro de él. Ese día llevaba una minifalda
negra y unas botas largas y ajustadas; la camisita blanca perdía
su forma entre los senos.
—¿Oye, sabes que tengo tres tetas?
—¡¿Qué?!
—Sí, tío, tengo tres pezones, el médico me
dijo que era un defecto por naturaleza, pero que no era nada malo, no
es peligroso. ¿No te lo crees? Mira Sus senos ocuparon todo el
lavabo. En esa postura, con las manos aguantando su camisa a la altura
de los hombros, las piernas un tanto abiertas, y sus senos ofreciéndose
como manantiales de agua en el desierto, la vi como ella siempre tuvo
que ser, un ángel caído creando su reino de las hogueras
de la noche.
—Mira, aquí— Señalaba una especie de peca en
el costado izquierdo que realmente tenía una forma parecida a un
pezón muy pequeño. Si en ese momento hubiera tenido el valor
de Chino, de Muji o de Pucha, me hubiera lanzado a besarle los senos,
a lamer con mi saliva sus tres pezones y acariciarle todo el cuerpo. Pero
allí me quedé, mirándola con la sonrisa de lelo que
pongo siempre cuando voy fumado.
—Venga vamos, que se nos hará tarde— me cogió
de la mano y salió del bar flechada apartando la gente con brusquedad.
Mi mente estallaba con la aceleración de la cocaína. Me
iba recriminando el no haberla besado, pero me enorgullecía el
cruzar el bar de su mano sin saber adónde íbamos. Quería
besarla, ahora más que nunca, pero me dejaba llevar.
Las farolas de la calle dejaban flotar su luz como un halo glutinoso en
el que todos los sueños de la ciudad convergían. Era una
luz amarillenta que presentaba la calle cubierta de sombras amigas, escondiendo
esa realidad tan cruda del día. Olía a orina, a alcohol,
a gasolina, a basura orgánica. El rugir de los coches se mezclaba
con griteríos de gente y fondos de músicas distorsionadas.
La noche palpitaba vida, instinto, sexo, mientras mi corazón batía
con fuerza sin seguir su compás.
Sin darme cuenta, estábamos en el portal de Ale, bañado
de noche y droga. Ella me miró con profundidad abriendo la puerta
diciendo que no tenía ninguna moto. —No, ¿y entonces...?
Antes de acabar mi frase se lanzó sobre mis labios, cogiéndome
las manos y metiéndolas debajo de su camisa. Aquellos senos, con
los que tantas veces había soñado, cubrían por completo
mis manos. Su cuerpo se derretía sobre el mío. Iba desgarrándome
la ropa, haciendo salir disparados los botones de la camisa, mientras
apretaba duramente mi pene. Tigre relucía con todo su esplendor.
Mordía mi cuello, arañaba mi espalda, desnudándome
y desnudándose, besándome y riéndose, sin soltar
mi pene ni un momento. Yo quería frenar ese torrente, quería
besarla despacio, acariciar su cuerpo centímetro a centímetro,
decirle cosas al oído, que me iría con ella, que nos escaparíamos
los dos, que aprendería a cuidarla, que seríamos bandidos
y sobreviviríamos al margen de la ley. Pero su precipitación
me arrastraba. Sin darme cuenta estaba sentado en el sofá de la
portería de su casa, con los pantalones bajados hasta las botas,
una fuerte erección y una realidad que era incapaz de digerir.
Cuando se sentó encima mío, sentí una sensación
vacía. Ella botaba, rugía, se abrazaba a mí para
luego separarse bruscamente, me estiraba el pelo haciendo tambalear mi
cabeza de lado a lado, gemía distorsionando el bullicio de la noche;
pero yo me iba adentrando en mi ensimismamiento. Mi cabeza se separaba
del cuerpo, más allá del sofá que me martirizaba,
de la puerta que había quedado ridículamente abierta, del
gentío nocturno, mucho más allá de ese mundo que
agonizaba a mi compás.
Cuando tuvo su orgasmo quedó abrazada a mí con su pelo cubriendo
nuestros cuerpos. Notaba su boca entreabierta, pegada a mi pecho, y su
saliva descender por mi piel. Jadeaba y sentía su corazón
saliéndose a cada latido. Sin entender muy bien qué había
pasado, aproveché ese momento en que su energía cedió
para acariciar su piel. Cada caricia era como un retorno al lecho materno,
un reencuentro con esa infancia armoniosa que quién sabe en qué
curva del tiempo cambié por este dolor que aún cargo a mis
espaldas.
—¿Te has corrido?— preguntó sin moverse.
—Sí—, mentí.
De nuevo el silencio de la noche nos envolvió en su ruido. Yo deseaba
que no hablara más, que no se moviera, que se quedara así,
eternamente.
—Oye, Enano— dijo incorporándose y separándose
de mí —¿no sería la primera vez que lo hacías,
no?—
—No— dije, volviendo a mentir.
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