HYBRIDO

ARTE Y LITERATURA

Chrisnel Sánchez Argüello

EL PERIODISMO: UN APERITIVO LITERARIO

 

Una voz temblorosa revelaba mis nervios. Sentada en un sofá de cuero y perturbada por el ruido del aire acondicionado de su oficina, su estampa gigante, de unos dos metros de altura, logró cautivarme. Estaba ante Sergio Ramírez, el narrador más importante que tiene actualmente Nicaragua. El escenario era su casa en Managua, un lugar muy elegante, decorado con madera, al mejor estilo nicaragüense. Empezamos hablando de su proceso creativo, lo que nos condujo a la relación entre literatura y periodismo.
Sergio Ramírez, amigo personal de Julio Cortázar, nació en Masatepe en 1942. Obtuvo el Primer Premio Internacional Alfaguara de Novela en 1998 con su obra Margarita, está linda la mar. Su incursión en la política fue bastante importante, pues llegó a ser vicepresidente del país durante once años, mientras duró el Frente Sandinista en el poder. Sin embargo, hace varios años que dejó de lado la política y actualmente se dedica a escribir. Entre sus obras se destacan: Charles Atlas también muere (1976); ¿Te dio miedo la sangre? (1977); Castigo divino (1988, Premio Hammet Internacional), una novela basada en hechos reales que se ha convertido en un clásico de la estantería literaria nicaragüense; y Un baile de máscaras (Alfaguara, 1995).
Hablemos un poco de su proceso creativo cuando escribe cuentos y cuando escribe novelas.
Yo soy lector muy importante de la página de sucesos de los periódicos. Yo recorto notas de la página roja, de la página de sucesos, que para mí tienen un enorme interés como cuentista más que como novelista. Entonces yo no pocas veces he transformado estos sucesos que están en la página roja, en cuentos. Me pasó con un cuento que se llama La suerte es como el viento. Yo leí la crónica y el cuento ahí estaba, lo único que hice fue recortarlo y transformarlo. Esta es la historia de dos hermanas muy jovencitas que en Ciudad Darío se envenenaron por una raspadita de un carro que se sacaron. Como la habían comprado juntas cuando iban para el colegio, al final terminaron tomándose un veneno; eso está en la crónica roja. A mí me seduce escribir como escribe el periodista la nota, es decir, meterme en el estilo del periodista. En el último libro que va a salir en este año (2001) hice lo mismo con una crónica sobre un pleito judicial por una gigantona de una gente muy pobre. El que maneja la gigantona se muere de cirrosis y una tía les quita la gigantona a los niños y a la madre, que son los herederos. Bueno, yo me metí en el estilo de la periodista tratando de copiarlo, tratando de ser sucinto y concreto.
Y en cuanto a la novela...
Tal vez en la novela yo tengo una percepción más hacia el pasado, más histórica. Yo me he ido acercando a la realidad contemporánea cubriendo etapas del pasado, pero me parece que ese es un método muy equivocado porque puede ser que no llegue nunca a donde quiero llegar. Pero en el cuento me asaltan más los temas de hoy, los temas contemporáneos, los temas de la vida diaria.
En cuanto al arte de escribir para los libros y el arte de escribir para los periódicos, ¿Cuál cree usted que es el aporte que le puede dar la literatura al periodismo?
A mí me parece que hay una frontera entre el periodismo y la literatura narrativa que a veces no es tan fácil percibir, sobre todo cuando se trata de una narración de un hecho ficticio y de un reportaje que narra un hecho real. Yo creo que un buen ejemplo es el Diario del año de la peste de Daniel Defoe, escrito en el siglo XVIII. Él se propuso escribir una crónica de la peste en Inglaterra como un reportaje periodístico, pero siendo absolutamente todo inventado, aún así se puede leer como un reportaje porque la ambición de Defoe ahí es persuadir al lector de que está frente a un reportaje científico, en términos de que los datos están tomados de la realidad, hablando de detalles muy concretos, pero absolutamente inventados. A mí me parece que hay un elemento común que el periodista utiliza y también el escritor de ficción al narrar; y es que si el periodista no es convincente, el lector no le cree, aunque esté narrando hechos verdaderos. Yo puedo escribir una nota diciendo: Ocurrió ayer en las cercanías del mercado Oriental un accidente en el que murieron tres personas; eso resulta poco convincente. Pero si el reportaje dice: Ayer a las doce del día un camión placas número tal de tantas toneladas color azul, de barandas, chocó con una camioneta marca Chevrolet de color tal. El chofer del camión se llamaba fulano de tal e iba acompañado de un ayudante, cargaba cemento Canal y en el otro vehículo viajaban tantos y tantos pasajeros, sus nombres eran fulano y fulano, y fueron llevados al hospital tal y tal en una ambulancia. Entonces, el conjunto de los detalles es lo que da la sensación de verdad, tanto en lo que es verdadero como lo que es ficticio. Por eso es que en muchos casos buenos escritores han sido muy buenos periodistas y viceversa. El periodismo también es una forma de estar en contacto con los materiales de la literatura. A mí me hubiera gustado mucho ser periodista de la página roja y haber tenido la oportunidad de haber amanecido en los hospitales, en la morgue, en las estaciones de policía, hubiese aprendido muchísimo como escritor para poder tocar el material real de la narración.
Usted además de novelista se ha destacado en Nicaragua como un gran cuentista e incluso ha sido jurado internacional de este género. ¿Qué es lo que hace de un cuento un buen cuento?
Agarrar en primer lugar. Un cuento tiene que agarrar desde el primer párrafo porque el lector no tiene oportunidad de aguardar tanto. Un lector puede abrir una novela y sentarse una tarde, una noche, un fin de semana. Uno puede comenzar a leer y puede darle tregua al escritor. Yo puedo avanzar diez páginas, puede que no me parezca interesante, puedo avanzar otras diez, quizá no avanzar más allá de treinta páginas; una novela que no es buena en las primeras treinta, cincuenta páginas, difícilmente va a ser buena después. Pero en un cuento el contrato virtual que hay entre el escritor y el lector se resuelve en la primera página por la extensión que el mismo cuento tiene; habrá cuentos de veinte páginas, pero yo creo que un buen cuento tiene que resolverse entre diez y doce cuartillas, catorce lo más. Entonces, el gancho tiene que estar en la primera página.
¿Para usted quiénes son los mejores cuentistas? ¿A quiénes admira?
Bueno, más que cuentistas me gustan cuentos, porque muchas veces puede ocurrir que haya un escritor que solamente tenga un buen cuento. Uno de los cuentos que más me fascinan a mí es de un escritor bastante desconocido que se llama Iván Bunin, un escritor ruso que vivió en los Estados Unidos muchos años. Él tiene un cuento que se llama El caballero de San Francisco. Este es un cuento bellísimo sobre la muerte. El cuento trata de un millonario de San Francisco que anda con su familia haciendo un tour de millonario allá en Egipto, en el oriente, y de repente se muere en un hotel. Él no se muere en la última línea, se muere a la mitad del cuento, pero el cuento es precisamente eso. El tipo que se está arreglando frente al espejo, de frac, porque va a bajar a cenar en este hotel lujoso; todo es perfecto en su vida y de repente se muere, le da un síncope y se muere. Entonces al final resulta que se vuelve una incomodidad para este hotel de lujo donde él ha sido tan reverenciado. A mí me fascina este tema. Así como hay buenos cuentos, también hay maestros del género. Para mí el gran maestro es Chejov por un lado, o Poe por el otro lado.
Al finalizar la entrevista, el ruido amenazante del aire acondicionado, finalmente cesó.
* Entrevista realizada en Managua, Nicaragua.