Carlos Guerrero
Gallego (España)
Mención de honor
II CONCURSO INTERNACIONAL
REVISTA HYBRIDO MODALIDAD RELATO
La mirada del ausente
La arena, desteñida en sus tinturas blancas y amarillas, le envuelve
los pies igual que lo hacía entonces, trasmitiéndole esa
sensación de bienestar, lejana sensación, perdida ya en
el recuerdo infantil de aquellos veranos idos tras la monotonía
de interminables laberintos de obligaciones, desengaños, nostalgias…
Recuerdos acumulados en dulces añoranzas de unos años instalados
en el dolor de la ausencia.
Mira a su alrededor. La playa está distinta, llena, salpicada de
niños, carreras, sombrillas, esterillas ocupadas y chiringuitos
alineados con monótona repetitividad, uniformados como clones en
posición de marcial desfile y desprovistos de cualquier personalidad.
La nueva y amplia autovía es la culpable. La autovía…y
el progreso económico, traducido en innumerables filas de atestados
automóviles domingueros repletos de voluntades por acaparar un
día distinto aunque sea a costa de un corte de digestión.
Excesos de sol luego traducidos en molestas quemaduras nunca cicatrizadas
del todo. Gentes dispuestas a soportar, a cambio de unas pocas horas de
esparcimiento, las incómodas colas que taponarán, inexorablemente,
los accesos a la lejana ciudad.
-Qué diferencia, Dios mío-, piensa, con penosa nostalgia,
al comparar la cruda y aglomerada realidad que se presenta ante sus ojos,
todavía repletos de imágenes de entonces, -niños
jugando en la arena con la soledad alrededor, silencio sólo roto
por sus destempladas voces, impacientes por ganar altura para hacerse
oír, atravesando el nebuloso himen, inequívoco señalador
de la virginidad de aquellos parajes-. Hasta los caminos de acceso han
sufrido una profunda transformación. Ya no existen los estrechos
senderos ribeteados de matojos y cardos; en su lugar, han nacido amplias
avenidas escoltadas por altas palmeras macilentas que invitan a los numerosos
visitantes a abandonar allí sus vehículos, amontonados unos
sobre otros, inermes al ardiente calor de la veraniega mañana de
poniente.
Se despoja del vestido que apenas vela el coqueto bikini y lo guarda en
la bolsa de playa después de sustituirlo por un breve pareo, que
ata alrededor de su cintura con estudiado descuido. Luego, despacio, concentrada
en sus pensamientos, haciendo caso omiso de los numerosos piropos con
los que la obsequian los jóvenes, (y los no tan jóvenes),
diseminados a lo largo de la orilla, encamina sus pasos hacia el enorme
farallón de rocas que cierra la extensa lengua de arena y conchas,
buscando encontrar aquellas huellas perdidas en el tiempo, profusamente
incrustadas en el adiós a su infancia.
El calor la alcanza de lleno, y numerosas gotitas de sudor comienzan a
perlar su piel aún no curtida del todo, mientras siente unas inmensas
ganas de meterse en el agua. Sin pensárselo dos veces, se despoja
del pareo, dejándolo bajo las chanclas vueltas del revés
y, tras una breve carrera, se lanza de cabeza al mar.
-No eres capaz de tocar-, le parece oír a sus espaldas, y esa voz
resuena con la misma entonación de reto y suficiencia del que se
sabe el más fuerte…
-No eres capaz de tocar-, reta ahora su propia mente, desgranando esas
palabras tan familiares que captaban sus oídos al borde de la mañana,
cuando Manuel, incansable, las repetía, monocorde, sin entonación,
mientras braceaba a su alrededor, en el desafío de todos los días.
que ella se apresuraba a aceptar, acumulando todo el aire que admitían
sus pulmones y bajando en picado, sin preocuparse más que de llegar
al fondo, salir con la manos llenas de arena y chinos y abrirlas ante
él con aire de triunfo y llena de orgullo por su hazaña.
Inconscientemente, toma aliento y bucea, pero le cuesta trabajo llegar.
Parece que el fondo está más profundo, más desolado,
más lejano de esta nueva realidad que permanece allí, mirándola
desde afuera, burlándose de su afán por volver a revivir
los mismos momentos que la han traído hasta esta mar, hasta esta
playa llena de ausencias…
Se siente cansada. Le falta entrenamiento. Ha perdido la costumbre de
mantenerse a flote durante horas jugando con el peligro, inconsciente
a todo lo no que fuera divertirse, pasárselo bien. Bracea hasta
la orilla y se tumba durante un rato sobre la cálida arena, necesita
recuperar el aliento, y está tentada de encender un cigarrillo,
pero se contiene, precisa de toda su capacidad pulmonar para atacar aquella
pared que está esperándola… Nota como el sol seca
sobre su piel las pocas gotitas que aún sobreviven a la acción
de un fuerte calor que va incrementándose por momentos…
¡Ese maldito vicio del tabaco!... Es otra de las muchas cosas que
le debe a Manuel, a su obstinación por verla atragantarse y a su
posterior falta de voluntad para dejarlo. Todo comenzó en la excursión
que hicieron al pinar lejano, cerca de la fuente antigua, hasta donde
fueron pedaleando como locos, un mañana de olas que volaban rotas
desde el horizonte…
En un determinado momento, echó en falta a su amigo, había
desaparecido sin que nadie supiera decirle dónde. Cuando desesperaba
dar con él, un pequeño rumor, proveniente del talud que
quedaba a su izquierda, la hizo asomarse y allí estaba Manuel,
chupando, con aparente deleite, un cigarrillo salido de Dios sabe donde,
mientras su rostro, debido a la concentración que ponía
en su tarea, adquiría la expresión de persona mayor empeñada
en una labor de la mayor trascendencia.
-¿Qué haces fumando?-, le recriminó con todas la
fuerza de su garganta, sobresaltando con el grito sus obstinadas caladas.
El incontrolado humo se le fue de inmediato a los pulmones, provocándole
tal ataque de tos que le puso a un tris de vomitar hasta la última
papilla.
-¡Vaya susto qué me has dado! ¡No te esperaba! ¡Ya
podías haber chillado un poco menos, puñetera!-, le masculló
Manuel, enfadado, cuando se sintió capaz de articular una palabra.
-Fumar no es bueno-, le recriminó, repitiendo de un modo automático
la frase con la que sus padres intentaban alejarla de la tentación
de hacerlo algún día.
-Eso lo dices porque no eres capaz de hacerlo, te da miedo, eres una cagona-,
la retó, mientras en sus ojos bailaba una chispa de burla.
-¡Yo me atrevo a todo cuanto te atrevas tú!
Manuel no respondió; se limitó a mirarla con cara de burlona
incredulidad, mientras iniciaba la risita que, en todas las ocasiones,
lograba sacarla de sus casillas. Furiosa, dejándose llevar por
la ira y su concentrado orgullo, le arrebató el cigarrillo y, sin
pensárselo dos veces, aspiró con todas sus fuerzas. El humo
casi la ahogó, y comenzó a toser con suma violencia hasta
que unas bascas, salidas desde lo más profundo de su estómago,
sustituyeron a la falta de aire.
-Esto me pasa por burra, siempre tengo que dejarme llevar por mis malditos
impulsos-, renegaba para sí, a la vez que hacía ímprobos
esfuerzos por dominar el vómito. No iba a darle a Manuel la satisfacción
de verla vencida por primera vez. De repente, le arrebató la lata
de refresco que él sostenía en la mano, dio un largo trago
de ella y se sintió mucho mejor.
A partir de entonces, era raro el día en que Manuel no aparecía
con un cigarrillo para consumir a medias, esperando, expectantes, cual
de los dos se rendía primero ante aquel mareo pertinaz que venía
a apoderarse de sus cabezas…
Antes de continuar su camino, se da un nuevo chapuzón, para eliminar
el ardor que va apoderándose de su espalda, y vienen a su memoria
los paños empapados en vinagre que su madre solía aplicarle
para calmar la quemadura de los primeros días.
-Hueles a ensalada-, le decía Manuel, en las tardes de jugar a
pilla, pilla. -Sólo te falta un poco de lechuga y tomate.
-¡Y tú hules a mierda!-, le contestaba, furiosa, mientras
corría veloz tras él para intentar darle alcance.
-¡Cómo no te montes en una moto, mañana me vas a coger!-,
le gritaba él, al tiempo que la descolocaba con un recorte seco.
Parecía que el juego era sólo de los dos; los demás,
se limitaban a desempeñar el papel de meros comparsas en su constante
desafío. Los retos entre ambos surgían a la menor ocasión:
en el monte, en la playa, en el agua, en todo lugar donde estuvieran juntos.
-No eres capaz-, era la eterna frase con la que iniciaban y cerraban sus
conversaciones.
Sacude la cabeza, debe continuar hacia su objetivo si no quiere que la
hora la sorprenda a mitad de camino. De nuevo atosigada por el enorme
cansancio que le supone andar por la densa y mojada arena, nota como sus
tobillos amenazan con rendirse antes de llegar.
Su imaginación le ayuda, y sonríe al revivir la vergüenza
de la mancha de sangre en su bañador, mientras recuerda la pronta
solicitud de Pilar para envolverla en una toalla antes que los chicos
pudieran darse cuenta. Y no se la dieron. Bueno, ninguno se la dio excepto
Manuel, quien, siempre con el ojo avizor en todo cuanto a ella le atañía,
y haciéndose el disimulado, no quiso darse por enterado del engorroso
suceso, hasta distrajo al resto de los chicos con una carrera hasta el
agua, aunque al cabo de unos días le preguntó, como el que
no quiere la cosa, si ya se le había quitado la regla, elaborando
a continuación un largo y filosófico discurso sobre los
inconvenientes de ser mujer.
Ante semejante preguntita, se quedó sin respiración, y sintió
como el rubor, imposible de controlar, iba cubriéndole el rostro,
asombrándose, sin embargo, por el conocimiento que su amigo mostraba
sobre la fisiología de la mujer pese a su corta edad, conocimiento
que superaba, y con mucho, al que ella tenía respecto a los hombres.
Para disimular su turbación, se limitó a sacarle la lengua
en una burla infantil y coqueta, a la vez que le daba ostensiblemente
la espalda y evitaba mirar hacia sus ojos burlones, mientras que él,
divertido por lo chusco de la situación, cuchicheaba con el resto
de los chicos del grupo palabras ininteligibles que no llegó a
percibir en su literalidad, aunque sí estaba segura de su significado.
Lentamente, se adentra en las primeras rocas. El lugar está casi
desierto. Sólo un grupo de niños juega a tirarse de cabeza
desde los pequeños salientes llenos de musgo y verdín, lanzando
sus gritos al aire. Más allá, resguardadas tras las oscuras
piedras, varias parejas tratan de ocultarse a miradas indiscretas. Continúa
andando hasta acabar el espacio arenoso que da pie a la casi vertical
pared, mira hacia arriba… y está tentada de abandonar.
Aún recuerda, con terror, la primera vez que treparon por ese mismo
acantilado. Manuel iba delante y ella inmediatamente detrás, procurando
pisar por los mismos sitios y agarrarse a los mismos salientes donde lo
hacía su amigo, sujetando lo mejor que podía el vértigo
de mirar hacia abajo.
Cuando estaban a más de veinte metros del suelo, sus pies resbalaron
y quedó colgada por las manos de una saliente arista de la piedra.
Muerta de pavor, comprobó como sus labios eran incapaces de emitir
sonido alguno, en tanto que sus dedos, al ir quedándose sin fuerzas,
comenzaban a resbalarse lentamente.
-¡Cierra los ojos y aguanta!-, le gritó Manuel, al darse
cuenta de lo extremadamente delicado de la situación, a la vez
que se deslizaba hacia ella y la sujetaba por un brazo.
-Ahora tranquilízate, suelta una mano de la roca y cógete
a mí-, le susurró en voz baja, una vez que comprobó
que la tenía bien afianzada. Después, comenzó a izarla
despacio, con sumo cuidado, hasta que sus pies tocaron nuevamente tierra
firme y, sin dar la menor importancia a su hazaña, continuó
la ascensión como si nada hubiera ocurrido.
Nunca le dio las gracias por
aquello, al igual que jamás destapó su corazón ante
él. Cuando en las noches de no poder dormir centraba el pensamiento
en su amigo y unas cosquillas muy especiales se apoderaban de su estómago,
desechaba la idea de quererle, de estar enamorada, renegaba de su propio
sentimiento… Por eso, aquel año en que no volvió,
se recriminó tantas veces su resistencia a contárselo…
-No eres capaz- vuelve a repetir la voz de Manuel a sus espaldas.
Mira hacia arriba y se santigua mentalmente. Luego comienza a trepar,
lo hace lentamente, estudiando con detenimiento los lugares más
idóneos para servir de asidero a sus doloridas manos, sabe que
un resbalón, o un mal paso, significarían una muerte segura…
El camino se va haciendo familiar, sus trece años están
allí de nuevo, gana confianza y la ascensión se vuelve más
segura, más rápida. De repente, sin saber cómo, se
encuentra al otro lado. Y se deja resbalar por el sendero de gravilla
hasta la fina arena de la cala.
Todo está igual: la misma mar golpeando las rocas mejilloneras,
plagadas de esqueletos calcáreos, la misma cueva de forma hexagonal,
donde cae el agua arañando sus entrañas para irse adentrando
en ella más y más, las mismas gaviotas revoloteando sobre
su cabeza…
El grito la coge desprevenida. Gira la cabeza en dirección a la
voz. Un aniñado rostro familiar emerge de la orilla y se dirige
hacia ella con los brazos extendidos, mientras una luminosa sonrisa le
cubre el rostro en toda su amplitud.
“¡Julia! ¿No me reconoces? Soy Manuel”.
Siente como sus piernas tiemblan sin
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