HYBRIDO ARTE Y LITERATURA |
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Carlos Aguasaco INSILIO Abrió los ojos y vio que dentro había una ciudad que desconocía por completo. Su arquitectura, su atmósfera, sus gentes y su lengua le eran extrañas, ajenas. ¿Por qué no la había recorrido antes si al parecer siempre había estado allí dentro? ¿Por qué no se había percatado de su presencia? ¿Quién era él, un extraño en su cuerpo? Cuando pasó el aturdimiento, trató de palparse con las manos y sentir las formas que poseía. Ahí estaban esos diez quilos de más, la barba sin afeitar, el anillo de grado que recibió en el colegio Agustiniano y sus dos manos intactas. Al parecer el disparo había sido una pesadilla, una ensoñación, nada real. No entendió por qué se hallaba tirado en la mitad de la acera y avergonzado se puso en pie y corrió hacia el andén para refugiarse entre la multitud. Mientras sacudía su vestido de paño flanes con la mano izquierda, pensó que la paranoia de la violencia le había contaminado el tuétano y estaba comenzando a volverse loco. Juró que al llegar al periódico escribiría un artículo sobre las muertes supuestas, las muertes imaginarias, las muertes posibles de un periodista colombiano. Diría que el mayor temor de los periodistas es, precisamente, convertirse en noticia, ser el comentador y el comentado. Pasar a ser la imagen cubierta por la sábana en medio de la calle, convertirse en la figura con las manos atadas que dice que sus captores lo tratan bien y que por favor inicien una negociación para lograr la paz para Colombia. Es verdad que amaba las noticias, los titulares rojos y subrayados que vendían periódicos; pero no quería ser el tema del titular. Creyó sentir que las gentes lo miraban con la consternación del que ve a un muerto levantarse de su tumba. A lo lejos, entre la multitud, una sirena de ambulancia trataba de abrirse paso en la carrera décima. ¡Carajo, pensó, nadie dice nada! Este país se está quedando mudo a balazos. La mitad del país secuestrado y la otra mitad mira con la jeta abierta. ¡Pero ese no era el mismo país! Cuando Miguel Lossen levantó la mirada, vio su propia figura repetida hasta en cansancio en todos los puntos de la ciudad sacudiéndose el polvo del vestido con la mano izquierda. Vio su paranoia convertida en titulares de prensa, en marchas de protesta, en entrevistas clandestinas, tomas pacíficas, en aeropuertos repletos de periodistas que se exilian y vio su artículo sobre las muertes supuestas, las muertes imaginadas, editado y reeditado en ediciones piratas revendidas a precio de costo, por él mismo, en cada semáforo de la ciudad. Pensó en huir como tantos de sus dobles, pensó en pedir asilo político en una república báltica, en Brunei, o en Nueva Zelanda; donde ningún colombiano haya puesto sus pies previamente. ¡Pero ese lugar no existe! Y aunque existiera, él seguiría siendo todos aquellos que lo miran con la jeta abierta. No se escapa de la ciudad interior, pareció decirle la voz de otro Miguel Lossen que se limpiaba el vestido a su derecha. No existe el exilio cuando recibes una bala en el pecho, no puedes exiliar un dedo o un brazo si el corazón no palpita.
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