HYBRIDO

ARTE Y LITERATURA

DABA E. SOLRAC es el seudónimo de CARLOS E. ABAD, Profesor adjunto de Español en el College of Staten Island y Hunter College. Estudiante del Programa que une a los productores de la revista Hybrido. Se encuentra escribiendo su disertación doctoral sobre un aspecto de la obra de un relegado pero brillante y ya fallecido escritor:Demetrio Aguilera-Malta. Carlos, como el autor de su interés, es guayaquileño. Junto a su familia, Carlos reside por 31 años en Nueva york, siempre en Staten Island.

Ah...esa falsa cultura

Don Quijote de la Mancha, ese libro
del que todos hablan y tan pocos han leído.
Enrique Jardiel Poncela (CREO)


A ADAN Aíel Sámaj le gusta repetir (y en voz sonora): “conozco todo lo que un hombre culto debe conocer en cuanto a literatura culta”. Asegura además que su fortuna es producto directo de su saber, de su intelecto, de su “gran apegamiento al hermano libro”. El secreto hecho de que en su maquiladora trabajen ancianos, mujeres y niños por centavos-dólar-la-hora, según él lo explica, nada tiene que ver con su riqueza. Ésta se debe más que nada, reitera, a su capacidad, a su “lúcida lucidez mental al momento de elucidar cualquier obra escrita en la lengua de Cervantes, el gran cojo de Lepanto”. Esta “claridad mental” le permitía manejar su negocio con “la astucia que sólo se obtiene de largas lecturas”. Los autores eran sus “maestros, sus colegas, sus cuates”. Aunque “escribía con suma elegancia y vertiginosidad” [?], no publicaba... “sólo publican aquellos que requieren billetes o crédito escolar...”. No él.
Porque su amante era de Chile, Adan admiraba por sobre todos a Neruda: compartía “su filosofía y conocía toda su obra... hasta sus cuentos y teatro”. Según Adan, la obra del “nobelado poeta” va así: Residencia en la sierra canta a esos “luengos, sólidos [es decir: solitarios] años que el bardo viviera en las serranías pireneas [?]; Bodas elementales, obra para las tablas, en que se canta y explica el primordial desposorio entre hombre y natura; Vengativa del hombre infinito, cuento poético-policial, discurre sobre el desagravio de un hombre inmortal”. Adan jamás olvida “lo que Neruda le solicita a su coideario, Disgusto Pinochot, cuando le sugiere: Cante, general, su obra mejor difundida”. Pero más que nada, “vivo impresionado con la franca autobiografía del vate: Confieso que he bebido. El título revela al verdadero hombre tras el poeta”, lo que él, Adan, sospechaba: “don Pablo era fascista, militarista y, más que nada: bebedor”. (Todas estas sandeces creía, a pie puntillas, el “ilustrado y generoso nuevo industrial”).

Cuando solo, su alma se recargaba del viejo rencor, retornaba a su verdadero pasado ¿Cómo olvidar aquellos años de doloroso servilismo en Staten Island; recortando yerba comprada por pie cuadrado, podando árboles ajenos y extraños, pinos esteparios que resistían al otoño y al invierno; obedeciendo órdenes crueles y hasta absurdas, de italoamericanos ignorantones, cargadas todas de arrogancia racial... y por un-par-de-pesos-la-hora... siete días a la semana? Ahora todo era diferente. Ahorrados los pesos, green card en mano, al sartén se lo empuñaba por el mango. Ahora: seis sirvientes (todos chicanos), chofer (también mexicano), monumental villa-al-mar: piscina y cancha de tenis: sala de billar: diez alcobas, doce baños, estudio con chimenea y una maquiladora con todos los fierros. Por ahí había oído [no leído] que “la mejor venganza era vivir bien”... y parecía haberlo logrado...
Darío Silva Bello, “el inspector”, –y ex-profesor, quien jamás revelaba haber enseñado literatura en la UNAM, de la que renunciara dada su “aversión al Modernismo”–, había inspeccionado toda la mañana y tarde la maquiladora del ilustrado industrial. Esa mera noche, pensando cómo dar la mordidita, espera solícito a ser recibido: discutir el informe. Visita por primera vez la extensa mansión costera. Mira impresionado la incongruente elegancia que abarrota la inmensa sala, donde se amalgaman y exhiben esculturas y reproducciones pictóricas de escuelas y épocas totalmente desemejantes y hasta antagónicas... Aparece el anfitrión.
--Qué impresionante es todo esto estimado señor Sámaj. Dígame, don Adán, ¿cómo se da maña para manejar tan bien su maquiladora y para a la vez coleccionar tanta belleza?
--Verá mi estimado señor inspector, mi nombre es Adan, sin acento. En lo que se refiere a la escultura y la pintura son jobis que he adquirido en mis últimos cinco lustres. Admiro la firmeza de las estatuas de Rodó, el cubismo de los cuadros de Rubén, la simetría del salvadoreño Dalí... pero lo que me apasiona es la lectura. Soy un amante de la literatura, no digo que soy amante de un libro, porque “libro” es macho... por eso lo llamo hermano... hermano libro.
Presintiendo que había confundido algo –a Rodín con Rodó, a Rubens con Rubén, y hasta la nacionalidad del surrealista catalán, así como las tendencias de estos–, cambiaba el tema hacia lo que él sí conocía o decía conocer: Literatura.
--Y ¿cómo encuentra tiempo para leer tanto volumen, tantos libros, tanta obra, tantas poesías...y tan asiduamente?
--Mire amiguito, hay que darle tiempo al hermano libro. Aunque sólo se lean ochocientas de Las mil y tantas noches y solamente se conozcan veinte u ochenta de Los cien años de Soledad, lo importante es ¡LEER! Sí ¡LEERRR... tarde o temprano se leerán los restantes noches o años... Pero ahora perdóneme un par de minutos, tengo que hacer una llamada en mi celular.
Aquella misma tarde, durante las horas de inspección, tres dedos de la mano derecha de la curtidora Ultimia Morales, habían desaparecido en la entrañas de la máquina trituradora-de-cuero-crudo de la maquiladora “Adan Products”. La celular orden de Adan: “no hospitalicen pero curen a la mujer herida en el dispensario; busquen estadía temporal para sus siete hijos; miren que se le pague medio sueldo mientras se repone. Después se discutirá su continuidad en la factoría”. Adan, vuelve desde el marmóreo balcón. En tanto, Darío discurre cómo llegar al tema central: el de los billetes. Quizás la mejor manera sería incluir en el diálogo su imperiosa necesidad billetil. Viéndolo volver y poniéndose de pie, el inspector acota:
--La mera verdad, señor Sámaj, yo no he tenido tiempo para meterme mucho en libros. Aunque no tengo familia, vivo de un suelducho y no puedo darme muchos lujos, los libros cuestan. Pero, ¿porqué no me recomienda usted unos cuantos libros o autores? Los meros-meros.
--Eso es sencillo... veamos Ud. es mexicano; debiera comenzar por una sumisa monja Sor Juana: La casa de empeños, es una obrita gramática [léase: dramática] digna de conocerse. Su Respuesta a Sor Pelotea, muestra el despelote religioso del barroco [???]. El periquito Sarmiento, de Fernanda de Lizardo, es también importante. Ver como una compatriota nuestra se burla del autor, el presidente uruguayo, el autor de Fecundo. Yo no lo sabía hasta que lo leí en ese libro: Fecundo fue el primer semental pampero... ¡qué toro!, sin él, jamás tendrían los rioplatenses la ganadería de que gozan hoy. Asimismo, en este fugaz siglo en que nos hallamos, conocer a Paz es menesteroso [quería decir: “es menester”]. Dos libros que le recomiendo son: El laberinto de Soledad, –la misma Soledad que vive cien años–; esta novela narra los enredos en que se mete una pobre mujer con ese solitario nombre. Otro libro importante es El arco y la tira, gran novela sobre fútbol. Opino que conocer a Carlitos Puentes es asimismo de trascendental magnitud: en La suerte de Artemio Cruz vemos como un hombre sincero y suertudo logra triunfar y seguir viviendo, muy honradamente, después de la revolución. En Cambio de miel observamos la importancia de buscar un remplazo para el perlático producto de la dócil abeja. La religión más transparente, ensalza a nuestra madre Iglesia, la católica. El libro de Puentes que aún no puedo leer es Nostra terra... por estar escrito en italiano piamontaño...o latín del Piamonte [??]. A decir verdad, las cuatro sólidas paredes de libros que encuadraban el amplio estudio, habían sido adquiridas sólo unos pocos años antes, como parte de pago a una de las tantas deudas en que habían incurrido sus subordinados. Uno de ellos, Calixto Cervantes Montalvo, trocó la colección que en cuarenta años de asidua lectura había acumulado, por un terrenito anexo a la fábrica. Pensaba que con el trueque podía ascender a una chamba menos agotadora, ahora que él se acercaba a los setenta. La espera por el ascenso continuaba. Pero Adan la contaba diferente. A la pregunta:
--¿Cuánto tiempo le ha tomado coleccionar tantos volúmenes?
La respuesta, de quien fuera encontrado, acabado de nacer, en la puerta de una iglesia del barrio más humilde de Guanajuato, es:
--Esta colección la empezó mi tatarabuelo, gran amigo de Fernán Cortés; la amplió su hijo, es decir mi bisabuelo, amigo íntimo de Sor Juana y de Góngora; la continuó mi abuelo, padrino de uno de los tantos hijos del Padre Hidalgo; luego mi muy ilustrado padre, íntimo de don Porfirio y mi culta madre, buena amiga de Marielena Potianosky, la ampliaron un tanto; aunque fue quien habla, gran amigo personal de los Salinas de Gortari, de María Felix y de José José, quien la ha renovado y ampliado. He quemado y he reemplazado todos los libros de los siglos anteriores por ediciones flamantes [¡qué imbécil!]. Con gran esfuerzo, tras viajes allá y arrullá, he adquirido todo lo que le faltaba a este chamber para que se convirtiese en lo que usted puede admirar, la mejor biblioteca personal de San Diego... con las obras más inéditas [por “inéditas” entiéndase algo como: ilustres o importantes] de nuestros contemporáneos... Demás está decirlo, todos los clásicos de las letras latinoamericanas y peninsulares están aquí presentes.
El otrora maestro universitario decide llevarle la corriente; dejar hablar al alcohol. --Ya veo..., pero dígame, de lo que usted llama clásicos, ¿cuáles son sus obras preferidas?
--Eso no sedme muy fácil de replicaros, pero habré de intentar satisfacer vuestra preclara curiosidad. Del lado ibérico inclínome por Quevedo y por López; ya que algo que hiciese Cervantes desagrádame un tanto. [Esta verborreta a “lo español” le entraba, a fogonazos, cuando bebía].
--¿Y qué puede ser eso?
--Pues el nombre de su protagonista más famoso. [Y esto lo dice con absoluta seriedad]. Usted sabrá que el nombre Quijote nace al momento que la madre del espigado personaje, viéndolo tan alto, exclama: ¡Queijote tengo! El título debiera ser Don Queijote de la Mancha.
--Mire qué interesante. Y yo que pensaba que el nombre Quijote lo había escogido el mismo Quijada o Quesada, por lo sonoro y apropiado a la misión que emprendería...
--No entiendo lo que dice, pero déjeme concretar. Decía que me inclinaba por Quevedo, por su gran seriedad. El sarcasmo, la ironía o el humor burdo no movían a Quevedo de Villenas, como a otros de sus codetáneos. Su Vida del buscador don Pablo es un reposado, sobrio y sensato tratado sobre la vida de una muchacho tícaro, es decir, serio y formal. El humor en la ticaresca queda sobrando.
--¿Qué opina, pues, del Fénix de los Ingenios?
--Verá que la mitiología nunca me ha interesado mucho.
--A mi tampoco... a ver... ¿qué piensa usted de Lope de Vega?
--De todo lo de López, me interesa El caballero Olmedo, un grande elogio para un grande poeta guayaquiteño; gusto mucho de El alcalde de Salamanca, obra dedicada a la política municipal de Unamano; y he aprendido mucho de Fuentevacuna, la que cuenta el origen de la inoculación en España, y no la historia del ganado vacuno español... como algunos mal creen.
--Pero Olmedo, Unamuno y Salk, creo haber oído, son muy posteriores a Quevedo.
--Pues en eso reside la grandeza del ideólogo y poeta quevedeño... se adelanta a su época.
Títulos, nombres, cronología, léxico literario o ubicación geográfica, obviamente, no eran su fuerte. Curiosamente, sí lo era la relación entre autores y “sus” obras, así como la “Administración de negocios”. Esto lo había aprendido en aquellos gélidos y abyectos inviernos statenislandeses. “The trick” para administrar residía en algo harto antiguo y sencillo: la explotación del subordinado. En México la cosa era fácil: conseguir materia prima de segunda calidad (a increíbles descuentos) era pan comido. Raulito Salinas, con su 20% del neto, le abría todas las puertas. Colocar un producto con Sears, manufacturado al Sur de la frontera, por gente desamparada y mal pagada, realizado con material dudoso, no era nada problemático... y el rédito era inmenso. Se exportaba al vecino gringo, a la Meca del consumo, “donde se vende y se compra todo porque abunda el billete”. Y se lo controlaba todo de cerca: aquellas tardes y noches “dedicadas a expandir su ya amplísima cultura e ilustración”, eran utilizadas para arremeter en la calurosa, maloliente, insalubre fábrica-curtiembre. Cuando sonaban las cinco, confiando en sus cuatro esbirros-administradores, Adan manejaba los cuarenta y cinco minutos que separaban la maquiladora de su amplia mansión de Pacific Palisades, San Diego. Allí, –tras varios “Scotches-en-las-rocas”– la tertulia continúa:
--Deben ser los güisquis mi admirado cuate... pero lo que usted dice parece tan diferente a lo que yo pensaba, o creía conocer en mis escasas lecturas... Veo que en su bar también hay tequilita... ¿no le molesta si cambio de güisqui a tequila? Y hablando de tequila, ¿ha leído usted Tequila mockingbird?
--No, ese libro no lo he leído aún, aunque pienso hacerlo en el futuro más mediato. [?] En cuanto al cambio de trago, no faltaba más... adelante... en ese bar hay de todo: champán ruso, vodka francés, ron alemán, sake salvadoreño, cerveza nepalesa y hasta vino ecuatoriano.
--Con tequila mexicano está rebién, pero ésta es la del estribo, tengo que marcharme. En las próximas diez horas habré de terminar el reporte sobre su tan bien llevada maquiladora. Aunque no poseo una computadora para hacerlo, lo escribiré a mano esta misma noche. Y aunque he admirado la pulcritud de sus instalaciones y el gran trato que da a sus empleados, debo informarle que un par de cosas no andan del todo bien... Esto se podría enterrar en el informe si usted... ejem.
Pero olvidemos esto por ahora... necesito conocer un poco más al benefactor tras todo esto: usted don Adan. Hombre pulcro, noble, bondadoso y, algo que no esperaba, hombre de tantas letras.
--Ni tantas, ni tantas, hombre... Pero a mí también se me está haciendo tarde. Me he autoprometido terminarme La Gerenta del clarín antes de dormirme... y aunque leo muy rápido, casi un libro por noche, aún no he mirado la primera página.
--Así, a vuelo de pájaro... y como para terminar esta lección que me está ofreciendo, recomiéndeme otros clásicos de los nuestros; de los meros-meritos. Si es que doy con unos pesitos, pienso invertir una buena parte en varios libritos. [El inspector también suena etilizado].
--Pues bien... apunte usted. Le recomiendo las siguientes obras. [Aquí parafraseamos lo que fuera sugerido. Nos limitamos a enumerar las “obras recomendadas” y algo de lo que don Adan dice acerca de ellas. Para comodidad del lector, las hemos enumerado].
1. El majadero, del boliviano Enrico Chavarría, sobre Matanueve, un camalero paraguayo muy atrevido.
2. Los casos perdidos, del dominicano Alejo Carpintero, narra el gran número de casos judiciales que habían perdido los cubanos a manos de sus colonizadores: los gallegos.
3. El señor residente, de Primer Nobel, sobre un generoso gentilhombre que residía en Asturias.
4. El túnel, del porteño Ernesto Sábado, discute la dificultad de construir un conducto subterráneo sicológico [?] desde Montevideo a Buenos Aires.
5. Los de abajo, de la tica Mariana Cazuela, quien escribe sobre sus vecinos del piso inferior.
6. El mundo de Sancho es ajeno, del panameño Ciriaco Alegre, era otro de los Capítulos que no recordaba Cervantes, como había propuesto el ambatense Monsalvo.
7. La raza cómica, del tejano José Vassincelos, que expone el gran humor del mexicano: Cantinflas, Tin Tan, Resortes, entre otros.
8. La cama de Bernarda Alma, Yerba, Odas de sangre, son todas obras del gran ensayista andaluz García Laahorca, un verdadero Don Juan que odiaba a gitanos y especialmente a la luna. Lo acusan de maricón... aunque yo sé de buena fuente que él era un protomachus [?]
9. Aves sin nido, de la venezolana Lana Mota de Turner, discute el tremendo problema que ocasiona la deforestación para los pájaros del Perú.
10. Tirando Banderas, de Valle-Inclinado, sobre lo inicuo que resulta desechar el estandarte patrio.
11. La ciudad y los cerros, del gran escritor nicaragüeño Mario Varga Yousa, comenta sobre las montañas que circundan Lima.
12. Final del fuego, del guatemaltense Jules Cortaza, un gran elogio al trabajo de los bomberos.
La entrevista-convertida-en-discusión literaria llegaba a su fin. A instancias del dueño de casa, se encaminan al oscuro balcón. Un fajo de billetes verdiblancos cambia rápidamente de manos. El reporte sería altamente encomioso. La nueva “licencia de operación”, era cosa de una semana o dos. Todo habría sido arreglado.
Pero no... “habría” no es “había”: El espíritu del embriago hombre-de-letras-que-fuera, el ahora-al-corromporse-por-la-necesidad-inspector-de-maquiladoras, no podía aceptar la oferta... Había sido el nerviosismo de Ultimia, al verlo, lo que había causado el accidente... él vio los dedos alejarse de la encallecida mano y entrar, uno a uno, en la máquina... él oyó el desgarrador grito de esa mujer que gritaba por todos sus compañeros de abuso... ¿Cómo podía él vender así su alma?:
--Mira hijo de la chingada, aquí está tu dinero. La verdad es que no puedo manchar más mis manos. Así, mamao como me hallo, lo tiro todo. Sé muy bien que me van a echar de la chamba por el reporte que voy a escribir, pero voy a reportar la verdad.
Además: eres la persona más ignorante que he conocido en muchos años. Yo, que he sido profesor de literatura en la UNAM y que pienso irme a refugiar en Nueva York, a trabajar como adjunto en CUNY, yo sí sé de literatura. De todo lo que vociferastes, no acertastes ninguna. Eres casi un analfabeto...
--¿Cómo...?...What...?...¿Qué dice...?
--Lo que oyes, ¡so pedaso [sic] de chingado!
No se oyó nada más, ni siquiera el grito de Darío al volar hacia el acantilado. Esas olas, que rugiendo habían ahogado hasta el postrero aterrorizado estertor, reclamaban al instante su cuerpo; desaparecía en las oscuras aguas; –mar cómplice–, los peces harían el resto.
“¿Cómo se había atrevido el alevoso pobretón este a poner en duda mi hermandad al hermano libro... a burlarse de mis altos conocimientos?” Lo del reporte era asunto fácil; sus generosas contribuciones al PRI servían para arreglar este tipo de problema. Raulito... socio... 20%. Pero... llamarme “casi un analfabeto”, eso no podía ser perdonado. “Además, este no quiso hacerla... pos bien dice la insigne novela Refranero popular: el que no la hace, la paga”.