Antonio Muñoz Molina
LOS CONJURADOS
Más que en un curso universitario, nos dimos
cuenta pronto, en lo que estábamos participando era en una especie
de inocua conspiración de narradores de cuentos. Más de
una vez pensé que éramos intrusos en aquellas severas aulas
del Graduate Center, y cuando al empezar la clase -¿la clase?-
cerraba la puerta que daba al pasillo me parecía que lo estaba
haciendo para evitar que alguien descubriera nuestra impostura, se detuviera
a escuchar nuestras historias, leídas o contadas. Leíamos
cuentos de escritores, pero de lo que hablábamos no era exactamente
de literatura, o no sólo: nos interesaba algo anterior a ella,
el misterio primitivo de las narraciones, que surgieron en el mundo mucho
antes de que fuera inventada la escritura, y que durante milenios no necesitaron
para propagarse del papel ni de la letra impresa, sólo de las voces
y la memoria, de la cadena de una transmisión que llega hasta ahora
mismo pero cuyo origen nadie sabrá establecer. Queríamos
encontrar, en el interior de cada cuento, las normas más elementales
de toda narración; queríamos abrir la almendra pura del
relato, el mecanismo de ruedecillas y resortes que hace que se escuche
el tic tac del tiempo cuando se acerca el oído a una historia,
como parece que se escucha el mar en una caracola.
¿Quién enseña, quién aprende? ¿Qué
se puede enseñar o aprender sobre el misterio inmemorial del atractivo
hipnótico de las narraciones charlando alrededor de una mesa dos
horas cada viernes, de dos a cuatro de la tarde? Pero todo empezaba, creo
yo, mucho antes: cada uno de nosotros formaba parte de la trama cuando
salía de su casa, cuando tomaba el metro o caminaba hacia la esquina
de la Quinta Avenida y la calle 34, pensando en historias posibles, escuchando
tal vez historias a los desconocidos, mirándolos como un espía.
Leíamos historias en los libros, pero nos dábamos cuenta
de que estábamos rodeados por ellas, y de que algunas de las mejores
nunca llegaríamos a saberlas, no seríamos capaces de contarlas
en nuestra reunión en aquella aula un tanto submarina, con sus
muros sin ventanas y su luz de hospital. Cada viernes, frente al Empire
State, yo me cruzaba con un hombre viejo, de bigotazos pakistaníes
o afganos, que intentaba repartir hojas de propaganda de un bar de señoritas.
Yo siempre tomaba una de sus hojitas con una foto invitadora de una chica
que sostenía una copa, con una dirección y un teléfono,
me la guardaba en el bolsillo del chaquetón y me preguntaba cuál
sería la historia de aquel hombre, por qué raros caminos
había llegado, a esa edad, a aquella esquina, a aquel trabajo imposible,
porque uno de los trabajos más imposibles en Nueva York es el de
repartir hojas de propaganda por la calle: yo era el único transeúnte
que las recogía, pues en esa ciudad casi todo el mundo ha desarrollado
una habilidad extraordinaria para no mirar y no ver lo que está
delante de los ojos.
Yo subía por la Quinta Avenida recogiendo propaganda de hoteles,
de casas de comidas, de prostíbulos, de echadoras de cartas, de
teléfonos celulares, y mientras me llenaba los bolsillos pensaba
en historias posibles, en las que nos contaríamos esa tarde en
el aula sin ventanas. Ahora que estamos despacio, vamos a contar mentiras,
dice una canción popular española. Nos reuníamos
como los peregrinos en el camino de Canterbury, o como los fugitivos de
la peste negra en las afueras de Florencia. Contábamos y leíamos.
Leíamos a Cortázar, a Bioy, a García Márquez,
a Monterroso, que estaba a punto de morirse y nosotros no lo sabíamos.
Una tarde vino Elvira Lindo y nos contó la historia de la ex monja
que escapa de Guinea y pasa la tarde de Reyes junto a un borracho lamentable
que se le queda dormido en el sofá y al que le dan ganas de clavarle
un cuchillo. Poco a poco, cada uno de nosotros se fue apartando de la
tierra firme de la lectura para aventurarse en la narración, en
la invención. Convertíamos en mentiras la verdad de lo que
teníamos delante de los ojos, en cuentos que no necesitaban el
papel para existir. Una tarde, con la cabeza ocupada por los desvaríos
de los cuentos, entré distraídamente en los lavabos de mujeres
y me tuve que quedar encerrado un rato largo, por miedo, absurdo, a que
se me tomara por un invasor. Encerrado en una cabina escuchaba ecos de
tacones, el ruido del agua en el grifo, el sonido de una puerta al cerrarse.
Llegué tarde a la clase y mi explicación, mi disculpa, fue
el cuento del hombre que sin querer se queda encerrado en un lavabo de
mujeres.
Cada uno, cada una, fue trayendo sus historias, y el viernes éramos
como conjurados de Borges, como los conspiradores anarquistas de Chesterton
que en realidad son todos policías infiltrados. No estoy seguro
de que lo que hacíamos fuera un curso o un seminario de doctorado.
De lo que no me cabe duda es de que, durante unas pocas semanas, en aquel
aula repetimos el gozo y el misterio que desde hace tantos siglos reúne
a los seres humanos en torno al fuego, en torno a la voz del narrador,
el que mantiene despierto cada noche al niño esperando la historia
que su padre o su madre vendrán a contarle. La literatura, dijimos,
citando a Chesterton, es un lujo, la ficción es una necesidad:
ahora las palabras escritas nos sirven para rememorar pálidamente
el juego de la ficción encarnado en las voces, las nuestras y las
de nuestros maestros. Porque aquellos viernes, junto a los narradores
visibles, se sentaban alrededor de nuestra larga mesa, invisibles pero
no callados, Borges y Cortázar, Bioy y Monterroso, todos juntos,
los vivos y los muertos, conjurados en la fraternidad de los cuentos.
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