ANGEL ESTEVEZ
es natural de la Rep. Dominicana y está
por finalizar sus estudios doctorales en el Graduate Center de Nueva York
(CUNY).
Reseña: Imágenes del dominicano por Manuel Rueda
Publicado por el Banco Central de la República Dominicana,
Departamento Cultural, 1998. ISBN 84-89953-13-9
Edición al cuidado de José Alcántara Almánzar
Diseño y arte de la portada: Orlando Abreu/Equis, S.A.
Ilustración de la portada: "El aguacero", de Yoryi Morel
IMAGENES del dominicano se suma a la vasta trayectoria
de publicaciones de Manuel Rueda, entre las cuales se encuen tran ensayos,
crítica, narrativa, teatro, poesía y artículos sobre
cultura y literatura dominicanas aparecidos en el suplemento "Isla
abierta" del periódico “Hoy”. Manuel Rueda nació
en Monte Cristi el 27 de agosto de 1921. Es excelente pianista y ha servido
durante veinte años como Director del Conserva- torio Nacional
de Música.
Como su título indica, Imágenes del dominicano, es un libro
de imágenes del hombre dominicano visto desde varias perspectivas,
predominantemente folklórico-literarias. El libro no pretende ser
crítico, de la hondura de El laberinto de la Soledad, de Paz; no
es, digamos, una foto de frente sino de perfil del hombre dominicano.
Rueda divide su libro en tres partes: I. Cinco temas sobre el hombre dominicano;
II. El dominicano visto a través del folklore literario; III. Presencia
del dictador en la narrativa dominicana. De las tres, la primera y la
segunda son las más pintorescas y son las que ofrecen mayor cantidad
de detalles en cuanto a la vida diaria del dominicano.
"Pintoresco", es un buen adjetivo para calificar la primera
parte. Sin embargo, no por ser pintoresco deja de tener el rigor de una
aguda observación por parte del autor. En este sentido, estas páginas
recuerdan a Mariano José de Larra en sus "Artículos",
a Hernán Cortés en sus Cartas de Relación o, para
quedarnos en la región del Caribe, a las crónicas de José
Martí. Si un hispanoamericano (o de otras latitudes preguntara
¿cómo es el dominicano típico? encontraría
un punto de partida en Rueda quien, al intentar un retrato de éste
confiesa:
Trazar un retrato común que sirva para tipificar
físicamente al dominicano resulta imposible debido a las sorpresas
que siempre nos deparan unos rasgos en constante movilidad, unas pigmentaciones
que producen inusitados maridajes, como son la morenez de la piel unida
a los ojos verdes de algunos montañeses.
Y más adelante continúa tocando una de
las fibras más sensibles del dominicano:
A pesar de que el dominicano se resiente cuando se lo llama negro, color
con que aparece identificar con exclusividadal haitiano, el matiz promedio
de nuestra raza alcanza al de la corteza del caobo.
Es, eufemísticamente, lo que suele
llamarse "color indio" que a poco
andar, y dependiendo de grados más o
menos, se vuelve "blanco" en las
cédulas de identidad personal. Así
pues, "indio" y "blanco" han perdido
sus connotaciones primarias para
convertirse en fórmulas lingüísticas de
encubrimiento, fórmulas que tratan de
establecer una diferencia con la nación
que vive al otro lado de la frontera donde lo negro tiene jerarquía
nacional. (14-15).
Cualquiera que pretenda refutar lo expresado por Rueda
sólo tiene que pasearse por el sur y la región del Cibao
de la República para confirmar la certeza de las palabras de Rueda.
Otro aspecto interesante que no brinda Rueda es la plasticidad y colorido
con que nos muestra sus imágenes. ¿Quién que haya
visitado nuestra ciudad capital (o haya vivido allí) no se ha paseado
por el malecón?
Cuando observes en los atardeceres del malecón,
las desgarraduras de unos crepúsculos donde las distancia se acercan
y humanizan, es posible que descubras en las transiciones de luz y sombra
de un trópico mágico y atormentado, las emisiones de esa
aurora que habremos de ganar con el esfuerzo de todos. (63)
Las dos primeras partes están hilvanadas, a todo
lo largo, por un tono familiar dirigido a un "tú" que
llena las páginas de hospitalidad, amabilidad, sinceridad y amistad,
cualidades todas, propias del dominicano: "Te he hablado en especial….";
Te invito al "ron" de los juegos"; "Como te he dicho…"
Este es el tono que predomina en estas páginas.
Además de lo comentado aquí, Rueda ofrece toda una galería
de imágenes que van desde "La casa", "Los trabajos
y los días", "En el "ron" de los juegos",
"La ciudad inconclusa". Cada una de estas secciones da título
a un apartado.
La segunda parte del libro trata de cultura popular, en especial, sobre
la expresión oral (anónima) del dominicano. Aquí
encontrará el lector curiosas e interesantes expresiones que le
harán recordar sus años mozos, especialmente a los que vivimos
fuera de nuestro terruño. Cuando hablamos de la expresión
oral dominicana hablamos de los "Cuentos", "Las adivinanzas",
"El refranero", "La poesía popular (décimas)",
"Palabra o trabalenguas", "Ensalmos, resguardos y oraciones".
Cada uno constituye un apartado donde el autor ofrece y muestra su conocimiento
de los aspectos más íntimos de nuestra cultura popular.
Y es que, leer Imágenes del dominicano es precisamente eso: un
goloso paseo visual por nuestras intimidades; entrar en nuestros aposentos,
cocina, pasar por el fogón, la sala y hasta por otra habitación
más íntima aún donde "cortar flores", usualmente
situada a cierta distancia de la casa.
En la Tercera Parte Rueda trata de la "Presencia del dictador en
la narrativa dominicana" y selecciona, tanto en el cuento como en
la novela, piezas donde aparece Trujillo como figura central o secundaria,
o donde la dictadura ofrece el terreno necesario para expresar el testimonio
de alguien que vivió en carne propia una dictadura que duró
más de treinta años, 1930-1961. En esta sección aparecen
extractos de las novelas o cuentos más sobresalientes, seguidas
por un comentario de Rueda.
Imágenes del dominicano debería leerlo todo aquel (de cualquier
latitud) que desee conocer más sobre la cultura popular dominicana
y todo aquel que, como muchos, vivimos en un exilio cultural (voluntario
o no) y no queremos (ni debemos) ignorar nuestras raíces. Dejemos
que Manuel Rueda sea quien se despida.
Es lo que he tratado de ofrecerte con
mis palabras; una vía para que avances
por mi país, para que eches una mirada
y conozcas algunas de sus
peculiaridades. Lo demás te será dado
por añadidura quedándote un tiempo
con nosotros, paseando a tu voluntad
sus campos y ciudades, sorprendiendo
tú mismo el detalle que te revelará la
naturaleza del hombre y de la tierra.
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