HYBRIDO

ARTE Y LITERATURA

SILVIO MARTINEZ PALAU es un escritor colombiano residente en Nueva York. Escribe teatro y narraciones cortas. También escribe guiones sobre la vida de los inmigrantes en “La Gran Manzana”.

Los documentos sagrados de Alvaro Hurtado


POR MUCHO tiempo he tenido la idea de que el periodo barroco en Europa fue una provocación americana. La desazón y la supuesta decadencia del espíritu europeo no fueron tanto productos del cansancio del continente, ni de los descubrimientos astronómicos de Brahe y Kepler --descubrimientos éstos que vinieron a echar por tierra la calmada y perfecta cosmología tolemáica, en la que se basó el arte del Renacimiento. Me parece que la semilla del retorcimiento angustiado que el barroco efectuó en el estilo clásico renacentista fue sembrada ya en 1492, el año en que Europa se percató de la existencia de un nuevo continente.
Un siglo después (1593), cuando el carácter de lo que sería esa nueva tierra ya se había constituído, surge en la Italia dominada por España y de la mente alucinada del Tasso la primera obra barroca de la literatura occidental: Gerusalemme conquistata . Refundición de su primera versión, la liberata de 1575 --obra que horrorizó a Galileo por su alegoría (mostrar lo uno por lo otro) y que igualándose a la pintura de Caravaggio en cuanto a su descentramiento y reconocimiento de la oscuridad, nos muestra verdaderamente (mientras canta de los cruzados en guerra por Jerusalén) el predicamento del europeo en América, su pérdida de identidad al comenzar a mezclarse al resto de las razas: las que existían en lo que vino a llamarse América y las que llegaron poco después a poblar la tierra nueva. Antes de Colón, las culturas y etnias --con excepciones-- se mantuvieron aisladas. América vino a ser lo contrario.
Más que a la ciencia o a la alta cultura, el artista responde al sentir de su pueblo, y es así que tanto en el arte como en la arquitectura y la música, los artistas europeos comenzaron a reflejar ese choque de culturas que se forjaba en América, y del cual todo el pueblo europeo se mantenía pendiente y casi obsesionado. Para la mente europea, la noticia de que Colón había descubierto otro continente, y los cambios al entorno global que esto implicaba, fue un sacudimiento mayor que el efectuado por la división del átomo o el viaje a la luna en la época moderna. América y su realidad, una realidad turbulenta donde todas las culturas se entremezclan con las otras, produciendo cosas antes no vistas: esto es lo que veo en la serie Documentos sagrados del fotógrafo colombiano Alvaro Hurtado.
En la primera fotografía de la serie vi el torso descubierto de un africano con un ramillete de plumas de faisán sostenido en la mano. Desde un marco de ramas secas, que le rodea la cabeza y los hombros, nos mira desafiante y vulnerable al mismo tiempo. Esta imagen me trajo en seguida recuerdos del desierto del Kalahari. En seguida también me reí, porque no había tal Africa. En las facciones del hombre se pintaba no un negro, sino un hombre blanco escondido tras la piel oscura, tras las ramas engañadoras. Se trataba, vi, de un americano, de un hijo del mestizaje que ha sido la historia del continente desde hace quinientos años. La fotografía, como lo son todas en Documentos sagrados, hace parte de una composición, en compañía de otras más. Es la mayor y ocupa el área central. La parte de arriba del collage está compuesta de cinco pequeñas fotografías del mismo personaje, puestas una tras otra en fila horizontal. Estas ya no muestran tan sólo el busto sino el cuerpo completo del modelo. Al fondo vemos un paisaje submarino con conchas, una estrella de mar y hojas de árboles y otros objetos terrenales que han ido a parar a este fondo acuático.
Vi un total de veinticinco composiciones en el estudio del fotógrafo en Nueva York. Con la excepción de un grupo familiar, no eran, como ya afirmé, fotografías propiamente dichas. Eran composiciones fotográficas en donde más de un elemento se mostraba. Eran arreglos que el fotógrafo había hecho, en los que utilizaba no tan sólo el papel fotográfico, sino pedazos de encaje, gazas, flores secas (éstas fotografiadas de antemano, lo mismo que el fondo marino que que vi en la primera de ellas, el cual continuaba a salir insistentemente).
La mezcla de elementos raciales y formales en la serie, vi, produce un movimiento vibrante que se traduce en el vértigo que tal vez sintió el continente europeo durante la época barroca, subsecuente a la noticia de la existencia de América.
Esta sensación de movimiento, en nada sobrio, la encontré a lo largo y ancho de la serie. Los elementos todos en ella se multiplican, se reiteran para crear más formas y puntos de vista: no hay ya pureza por ninguna parte, no existe ya la calma para que se produzca un estilo clásico, pues America lo impide; pero tampoco hay necesidad de desazón. Y Alvaro Hurtado, un americano, lo sabe. Hay simplemente en sus composiciones un gozo en la diversidad, un regodiarse en la irregularidad, un reconocimiento de lo nuevo. Si el barroco europeo fue producto de una angustioso darse cuenta de que ya no se podía hablar de, o vivir en, lo homogéneo, un tratar de escaparse de esa realidad en las imágenes etéreas que ascienden hacia el cielo, de El Greco; o en la naturaleza hecha joya, de Góngora, el barroco americano (y esta obra de Hurtado hace parte de ello) es todo lo contrario: es producto del acogimiento de lo diverso, de la aceptación gozosa de la falta de un patrón único, de una saludable ausencia de centralidad dominante: todos y todo se constituye en un posible centro de atracción. Hay aquí, pues, una inclusividad sin remilgos.
Entre las composiciones no pudo dejar de impresionarme la cara de un indígena vestido de árabe y flanqueado de elementos marinos que no son los que se esperan del Sahara; ahí está pintada la realidad americana, la imposibilidad de definir, y la capacidad de aceptar y vivir (en el rostro tranquilo del personaje) esa indefinición. La paradoja de definirse como indefinido es una realidad que conocemos todos los nacidos en América, realidad que muchos aceptamos naturalmente pero que a otros aún les causa gran problema digerir. Y es que es una belleza terrible la que el fotógrafo nos echa en cara. A veces vemos que los personajes son negros pero su vestimenta y las vistas que los rodean hacen parte de las culturas indígena o europea; a veces sucede lo contrario. Es pues un abrazo que a veces hiere, que a veces parodia (el primer personaje se lo verá en otra parte, todavía con sus plumas, aún desnudo, pero con anteojos oscuros). La serie que el fotógrafo nos brinda es también, en su totalidad, una realidad que acaricia.
Son sagrados estos Documentos sólo porque la vida es sagrada, pero siendo arte, Documentos sagrados se asegura de echar por tierra la pueril imitación de la naturaleza, baluarte del clasicismo. La mano del artista se palpa por toda parte. Al escoger el ocre como el color básico de la serie, da una impresión de permanencia a estos personajes que, aunque nuevos (el hombre americano) siempre estuvieron con nosotros en su posiblilidad de venir a ser. También, y heredándolo tal vez del fotógrafo Peter Beard, Hurtado ataca a cincel el papel, produciendo así un hechizo paso del tiempo, una de nuestras innegables realidades. Todo arte es artificio y valga la barroca artificialidad con que Documentos sagrados nos muestra nuestra realidad.