HYBRIDO ARTE Y LITERATURA |
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ALFREDO JOSE DELGADO BRAVO es profesor de Lengua y Literatura en Chiclayo (Perú). Generacionalmente se le ubica en la promoción “Letras peruanas” (1950). Su producción literaria es amplia y fecunda. Poeta reconocido y premiado en diversos certámenes e instituciones culturales, también tiene importantes trabajos críticos sobre la poesía peruana (J.E. Lora y Lora, A. Valdelomar, J.M. Eguren, entre otros).
Aproximación crítico-valorativa al poemario Las armas molidas de Juan Ramírez Ruiz
Estetoanálisis Forma y expresión Mi presentación anhela
ofrecer una idea más o menos cabal de tan arduo como hermoso trabajo
de “Poesía y verdad”, dicho sea con célebre
fraseología goetheana. Para posibilitarla, aquí esquematizo
lo que mi imaginario estetoscopio ha podido captar , luego de varias “tomas”:
horizontales (kay), verticales (Hanan), y transversales o en profundidad
(Hurin). Trátese, en primer contacto, de un revelador sistema expresivo
en torno al elan motivador de Armas Molidas, o huellas que, en vez de
incitar al rechazo, tranportan el ánimo a un clima de lúdica
e inteligente comunión global con nuestro riquísimo ancestro
aborigen. Sistema que Ramirez Ruiz maneja con admirable pericia y que
se tranparenta en dos lecturas paralelas, o —si esto fuera posible—
simultáneas. Una, basada en signos que usualmente son admitidos
por la Estetolinguística, y que se leen con reflexivo deleite,
por ser plasmaciones de un amorosa comprensión de la peruanidad.
Otra, digamos contornal, en los encabezamientos ilustrados y anotaciones
últimas de cada página. En suma, una estetografía
biplánica hasta hoy no lograda por otro autor peruano, y que finalmente
insufla la lectura de sutil cosmogonía autónoma, sentida
como actual, no empece las centurias cuasi míticas de donde emana,
gracias al numen de nuestro poeta-investigador. Destaca, de igual modo,
una puntual numeración de doble grafía: romana, para marcar
sucesión de textos; arábiga, para segmentarlos en estrofas
y apartados. Sustancia y contenido. Pero volvamos a los textos realmente poéticos. El autor los revela trifurcados o en triade. Otra clave aborigen: Inti o sol. Inca o monarca. Ayllu o pueblo; y también Hurin o lo inferior, el subsuelo; Kay, lo intermedio o tierra; Hanan, lo supremo o astral. Así, pues, hallamos tres estancias. La parte uno, con 36 textos, podría subtitularse "El hombre de armas molidas". Su primer poema lleva, como encabezamiento, un elaborado, finísimo Kipu, "libro de Kabuya decimal cromático, hallado en los andes centrales". El contenido poético nos propone singular travesía por un tiempo-espacio de étnicas y ónticas sondas: Incluso los muertos que tienen sitio He aquí la puerta de entrada: la duda existencial se enhiesta hasta incluir a los difuntos, cuyas cenizas son parte ya de la tierra (tienen sitio), aunque no poseen vivienda campestre ni citadina (no lugar) porque nuestro pasado aborigen continúa sin interrupción en el presente y hállase poco menos que sembrado de momias; ruinas que, sin embargo, ocupan algún túmulo olvidado. Incluso allí la duda pone inconsútil tapete gris sobre la existencia humana. Dentro de la sencillez, diríase coloquial, y la muy elaborada metáfora, sorprenden, por su ambigüedad interferente, ciertos morfemas adrede dislocados. El autor los denomina, en nota epigonal explicativa, "paligada o palabras ligadas que imantan un espacio semántico múltiple", y que recrean estéticamente las vacilaciones verbales del habla común, y aun de la literaria; producidas en caso de sobreexitación, impaciencia, nerviosismo o fuerte emotividad inefable. Ejemplos: Y desde sin El primer fragmento -un pareado libre- puede leerse indistintamente, sin pérdida del sentido, de estas tres maneras: desde Pero seguido leemos una compleja metáfora al
viento: sibilina alusión a la precariedad de las viviendas, azotadas
por devastadoras tempestades. Pero a quién entonces pertenece esa La duda metafísica, más allá de
la realidad concreta, tornada brújula incitante, si bien prosigue
restregando oscilaciones sobre la precaria condición del hombre,
de igual modo insinúa que éste se halla inmerso, en siglos
de siglos, por las campiñas (valles), por caminos de herradura
o carretera (pistas), como inobjetables testimonios de un remoto ayer
y, no obstante, proyectado a lo actual, debido a los restos y ruinas que
se ven doquiera parte. Ellos, en verdad, "tiene sitio", (ubicación
señalada, allende la vida), "y no lugar" (espacio vitalmente
humano), para el agitado peruano de nuestros días. El mismo que,
paradojalmente, se nutre merced al abono fermentado con la ceniza de los
muertos; y que, por tanto, son ellos, los muertos, quienes brindan a los
campos renovada inflorescencia (verdor ardiente y perfumado). Desde allí
el yo poético ramireziano se eleva al espacio sidéreo (se
hospeda entre los astros), gracias a las ondas hertzianas, utilizadas
por todos los medios de información. En cambio, desde el anonimato
gregario, indiscriminado, otro ser, a imagen y semejanza del autor, continúa
viviendo sus angustias, porfiando por su identidad, imprecando mejores
niveles de subsistencia. tal como probablemente centurias ha lo protagonizara
el jatunruna. Porque la vida humana, como suprema expresión de
la biosfera, prosigue en el tiempo-espacio padeciendo similares angustias,
homólogas postergaciones; sólo con otros atavíos
y atuendos: no -no falta el hombre- no falta el hecho La especie humana no concluye, porque el aire que la nutre y rodea la tierra es un mandato natural vitalicio (hecho inacabable que respira).
La segunda parte del canto, conformada por 33 textos, se inicia con un poema que bien podría ser el de todo el conjunto: "un día y un poeta". Asistimos ya a una diáfana decantación de la forma verbal. El estilo se ha depurado como agua de puquio o de picacho: cuanto más profunda es, o cuando desde lo más alto cae, más transparente se torna. Oigámosle: Sin vanidad ni molestia Es decir, desde remotas épocas, cada poblador peruano (jatunruna, aravicu, jornalero, trabajador de campo o ciudad, capitalino, provinciano) en lo profundo de sí mismo posee una orientación genética hacia el norte que debe seguir, hacia la meta que debe aspirar, pero silenciosamente, con sapiente calma “sin vanidad mi modestia”; con plena conciencia intuitiva de que debe hacerlo por su propio esfuerzo, con el tiempo, como un creador (un día y un poeta). Porque ambos, el poblador y el cantor poseen en sus manos y en sus cantos el porvenir (la semilla del Perú). El poema culmina así: El tu mi Perú próximo Hanan, escucha Traducción conjetural: dirigido a un tú
implícito, a quien pide atención (escucha), adviértele
que nuestro Perú (el tu mi Perú) que todos ansiamos únicamente
llegará a la altitud celeste (próximo Hanan) reconociendo
sin tapujos lo que tiene de negativo (al sol que tiene sus vergüenzas);
porque de tal modo alcanzará el dominio de la plenitud que subyace
en sus etnias (al ojo pleno de la virtud desconocida) donde lo humano
se junta con lo extraterrestre (a la luz que funda lo sagrado). La vida conversa una canción En este cuarteto versolibrista -se me ocurre- proyéctanse
en abanico muchas sugerencias plenas de ágil, desnudo, plurisémico
lirismo: la vida, como rotación celular, como incesante imaginar,
pensar, recordar, idear, es algo realmente melódico. Pero una melodía
inoíble si no se concreta en el coloquio amical, amoroso, fraterno;
en esa maravillosa unidad Transmisor-Receptor-Viceversa. La vida humana,
en las venas, en los nervios, en el sueño conversa cantarinamente
su testimonio vital que necesariamente requiere una cercanía amable,
comprensiva. El ser humano, su vida íntima, cotidiana, mortal pero
vitalicia, necesita otra persona a quien transmitir lo que siente, piensa,
anhela, sueña o teme. La vida humana, por ser carismática,
es coloquial. Ese coloquio entraña, por ende, un canto de intimidad
a intimidad, así fuere con uno mismo, como suele ocurrir con la
inmensa y anónima mayoría. Pero sobre todo -oh, paradoja
vital- con los poetas que lo reclaman y proclaman tanto que Unamuno llegó
a denominar "monodiálogo" a ese hablar consigo mismo
delante de los demás. En con una nación la luz se esconde Más que imagen, parece un acertijo: se vive en comunidad o con una comunidad (en con una nación) gracias al ejercicio oral de la palabra. Mientras no hay coloquio todo se halla aislado o a oscuras (la luz se esconde) ya a solas, ya con otros, pero en todo momento (día y noche clara) los coloquios iluminan nuestra vida (reparten esa luz). Seguimos leyendo: Los milenios comenzados en un Parado en su propia mente La marcha es incontenible. No puede detenerse a todo un pueblo como el Perú que, desde muy antiguo, posee voluntad etnogenética de desarrollo y potestad para el Hanan o altura de la Plenitud. Esto comienza a fermentar, a crecer, a erguirse, dentro de cada poblador que piensa de pie (parado en su propia mente). Esa energía vital le avisora el porvenir (llama al futuro), y con ella va mostrando a los más jóvenes, a sus hijos, de la mejor manera (explicarle con gorriones) cuál es la verdadera actitud segura (el kilómetro que va a pasar), mediante señales, huellas, obras (dice donde cuando va), de modo continuo, porfiado, sigiloso, pero desbordante (desatando en oleaje). Esto es, generación tras generación. Ve un foco que palpita en los puñales A pesar de amenazas montoneras, de grupos sediciosos armados a los que enfrenta (ve un foco que palpita en los puñales... que atrapa las distancias); a pesar del terror y la sangre de la violencia emboscada, el peruano, hecho canción cercana, fraterna, continúa sacrificando su tiempo, su vida (deja la velocidad en lingotes); lo que es en realidad, un tesoro de esfuerzo y estoicismo, pues de tal manera se libera del odio genocida (libera con derrumbes) y deja en el pasado los escombros de la persecución (el mundo demolido por el sur). Prefiguración esforzada bipolar que debe cumplir, en resguardo de nuestra integridad nacional. Extralibro del mar al astro abierto Si leemos con toda atención, esta estrofa nos revela toda una requisitoria a la autosuficiencia tecnológica, positivista o pragmática, pero poco o nada humana, —inhumanable, diría Vallejo—. El peruano del poema, hijo del Perú profundo, ciertamente carece de estudios eruditos, ultramarinos (extralibro del mar). Posee no más la sabiduría elemental que le viene de aquel “sentimiento de la vida cósmica” descubierto por Ibérico Rodríguez, en cada hijo del sol (al astro abierto), porque su ideal íntimo, secreto (en por Hanan) lo guía fuera de programaciones cronometradas (sin almanaques), así como de cartografías apriori escolariegas (intuiciones transcurridas). Mas no se crea que con esto el poeta recusa la civilización, tan “cibernetizada”, como la califica. Es que con sus versos quiere denunciar la marginación desdeñosa en que el poder hegemónico, meramente estadístico, empresarial, mantiene al peruano común y corriente. Por lo menos, así lo entiende quien está presentando el libro. ¡Sube a los aviones Estos versos finales, de múltiple metaforía, son una exhortación jubilar, exultante. El poeta le dice al peruano que siga su ruta ascendente, ya desde antaño iniciado con su hazaña de cazar picachos y domeñar abismos o sofrenar torrentes; con su pericia para el dibujo matemático, tan familiar a su idiosincracia litográfica, tal como el “Cóndor de Chavín” o “la piedra de los doce ángulos”, por ejemplo. Que suba por la “carne de la senda”, ya que todas se construyen con el esfuerzo corporal de su trabajo, hasta llegar a la cúspide final de la plenitud (el esqueleto del mundo), hasta el dominio total de todos los caminos terrestres, siempre con la ecuanimidad que brinda tanto la experiencia como la tenacidad (lustrando el equilibrio): soberbia imagen que revela, en unión de gerundio y sustantivo, el infatigable transitar del poblador andino por cordilleras, precipicios, ventisqueros, páramos, remolinos, con “las armas molidas” de su voluntad de supervivencia; ya que, no obstante lo arduo e inacabable del recorrido, posee innata fortaleza proveniente de su interior atávico: el instinto genial de ser un poblador capaz de alcanzar el Hanan, aquella “energía del protoplasma de la biosfera”, aquel “paraíso terrenal y cósmico poblado por las diáfanas teleologías de las altas elaboraciones mentales y espirituales de todos los hombres”, según lo afirma en elocuente nota explicativa, el propio autor... A tal paraíso biosfero solamente puede accederse “por rebaños de caminos”: otra estupenda imagen que destaca el esfuerzo mancomunado de triunfar sobre la diversidad, como desde hace milenios hasta nuestro superficialmente archicivilizado mundo de hoy. Resumen crítico Este somero bosquejo preambular, de los que bien merece amplio estudio crítico-valorativo, concluye por el momento, destacando algunas consideraciones. Primera. El poemario Las armas molidas, de Juan Ramírez Ruiz, incuestionablemente inaugura, sin estridencias, pero con gravitante calidad, una nueva dimensión estética en nuestra lírica, pocos años ya para otro siglo, al que anuncia y prefigura. Estética no basada en la palabra exquisita, en el letrismo lúdico, apabullante, ni en el impugnativo testimonio de un ser atosigado por la atroz hostilidad de un sistema “antinoético” (no racional), según filosófica definición kantiana. Aspira este poemario -y según mi modesto criterio lo ha logrado- a ser una síntesis etnocosmolírica plenaria en imagen y concepto, en canto e idea de la peruanidad, universalmente revelada como ejemplar único en el universo. Para ello el autor ha espigado lo folklórico de pancarta, lo indigenista de pantografía, lo tradicional de usos y costumbres, para develarnos sin ropaje alguno al Perú profundo como unidad y continuidad témporo-espacial, por encima de artificios geopolíticos o arbitrarias reparticiones parroquiales de épocas, procesos, parcelas, según los vaivenes de los grupos de poder. Algo que Vallejo, en su momento, llegó a intuir desde su hasta hoy insuperable Trilce (1922): esa poética peruanidad recluso-exiliada en su mundo opuesto a la razón y a la equidad, como impuesto a la naturaleza y a la vida y que Julio Garrido Malhaber en su marginada Dimensión de la piedra (1955) confiriera a tal elemento, viviente categoría simbólica de lo peruano eterno: la pétrea voluntad para sobreponerse -con amor, con fe- a todas las adversidades del azar o el destino. Aunque esta última afirmación cotejable corra el riesgo de parecer, más que arbitrariedad, una simpleza, la asumo en todo caso, pues mi criterio de lector, mi devoción por la poesía, así lo valora. Segunda. Ramírez Ruiz, con su Armas Molidas aporta
un nuevo tratamiento poético -de imagen gráfica visual,
paligada, con escritura lectiva, grafonética- al siempre incitante
móvil terrígena, unido en verso y ritmo al poblador nativo.
Este doble sistema expresivo, al combinarse en cada página, logra
donarnos cabal unidad cosmovisionaria de un Perú o connotativa
o existencialmente inmerso en la famosa esfera pascalliana “cuyo
centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna”.
Esto es, un Perú quintaesenciado, real y ubicuo, original e inconfundible,
como no se ha dado en otros autores peruanos que lo han poetizado con
inefable, apasionado fervor. Verbigracia: Carta al Perú, Patria
completa del mejor Alberto Hidalgo; El juglar andinista, del ternuroso
Mario Florián; o los transidos Poemas humanos del eterno César
Vallejo (sobre todo Telúrica y Magnética). Cuarta. El autor nos va descubriendo, pues, con aguzado sentido lírico-reflexivo, lo que para él, para todos, debe ser el Perú, desde sus remotos gérmenes tribales, que incluye a los muertos -son sitio, mas no lugar- hasta nuestro presente inestable, pero proyectado al futuro, según finales exhortaciones equivalentes a sendas catáforas, para subir a los aviones, hacia “una extensión mayor que los Andes”. Se percibe nítidamente todo un mensaje alentador, prospectivo, feérico: el hombre peruano, como todos los demás seres vivos, es un ser terrestre, “un parto del suelo”; pero siendo terrestre, bien merece una vocación trascendente hacia la altitud, por “un rebaño de caminos”. Vocación que, siendo derecho de todo ser humano, en el caso de nuestro poblador nativo, resulta una condición intrínseca por la fortaleza físico-moral para resistir inclemencias de toda suerte hasta superarlas. Quinta. Llegamos al culmen de la cosmovisión ramireziana:
poseemos dos cualidades siamesamente unidas en nuestra más recóndita
y genuina conciencia de ser peruanos: el destino terrestre que nos posibilita
la ascensión a un ideal trascendente. Acaso Ramírez Ruiz
ha tenido en cuenta aquella dialéctica -inusitada- advertencia
de José Carlos Mariátegui, que Manuel Pantigoso recuerda
en su estudio crítico: “sólo podemos encontrar la
realidad por los caminos de la fantasía”. En el caso de este
extraordinario libro, las dos palabras pueden así traducirse: “realidad”
verificable, sustentada paso a paso, en hechos minuciosamente estudiados,
que entrañan un aporte a la Sociolingüística u otras
ciencias sociales (incluyendo la ciencia-ficción, ya instalada
en el borde del siglo); y “fantasía” creadora, libérrima,
estetografiada con avezado transrealismo sobre la visión cósmica
de un Perú encarnado en el verso y en el canto, en la imagen y
en el ritmo.
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