Alejandro José
López Cáceres
¿Y SI LUISA TAMBIÉN QUISIERA?
El nombre de una mujer me delata. Me duele una mujer en
todo el cuerpo.
J. L. Borges: El Amenazado
1
¿ Ya había amanecido? No, pero la humedad
bajo la frazada era un hecho y Esteban no tuvo más remedio que
aceptarlo. ¿Y ahora? Nada, a coger la toalla que estaba en el asiento,
al lado de la cama, y a la ducha. Uno puede tener mucha fortaleza, pero
un efluvio de vergüenza impregnándote la habitación
es algo que derrota a cualquiera. Por más que su mente continuara
evocando aquellas frasecitas soeces de la lengua en la oreja, lo mejor
sería que se enjabonara con fuerza hasta expurgar de su cuerpo
el recuerdo de Luisa. Ingresó al baño dispuesto a hacerlo.
Sin embargo, cuando creía que ya estaba a punto de zafarse los
sueños pueriles, Esteban se percató de que seguía
acariciando su propia dureza.
Habían pasado tres meses sin que probara ninguna boca. Y sí,
eso era demasiado; pero a estas alturas de la vida nadie quiere descubrirse,
toalla en mano, tiritando de frío y soledad. Regresó al
cuarto, se acomodó sobre el borde de la cama y pensó que
no podía continuar así. Era mejor exponerse a un rechazo
que soportar las audacias nocturnas que su continencia le dictaba. ¿Será
que sí? Claro, a lo mejor Luisa también lo estaba reclamando
en cada palpitación de su piel. ¿Acaso no hubo noches en
que le suplicó agitada, emparamada, que fuera un poco más
brusco? Luego lloraba descontrolada de placer y lo apretaba tan fuerte
como una serpiente agradecida. A pesar de lo que había ocurrido
al final, resultaba impensable que no se acordara al menos de sus fantasías
lúbricas.
Transcurrió un buen rato. Por toda la habitación se esparció
la fragancia del jabón de manzana que había usado. Esteban
permaneció sentado, con el cabello húmedo y la mirada fija
en la lámpara del nochero. Sólo una mujer en el mundo le
interesaba, a eso no había que darle más vueltas. Apagó
la luz y maduró la idea; por eso cuando lo venció un nuevo
sueño, más tranquilo que el anterior, la decisión
estaba tomada. Al cabo de tres largos meses, después del episodio
lamentable que los había separado, iba a volver. ¿Estaba
seguro? Sí: superados ya los insultos, regresaría.
2
La primera vez que la vio, Esteban presintió en
qué pararía la noche. ¿Y si estaba equivocado? Era
posible, pero lo cierto es que desde el momento en que entró al
salón advirtió que una mirada obscena le arrancaba la ropa.
Buscó al rededor. El estruendo de la música aturdía
el entrechoque de las copas cuando la gente brindaba. Volvió la
cara bruscamente y por fin la descubrió. Desde una de las mesas
que bordeaban la pista de baile, aquella mujer insistía en repararlo
de pies a cabeza sin dejar de pasarse la lengua por el labio superior.
¿Cómo se llamaba? Habría que averiguarlo. En todo
caso, no podía tratarse de una simple casualidad porque, en lugar
de bajar la mirada o recurrir a cualquiera de los gestos con que se manifiesta
pudor, ella prefirió rematar su osadía regalándole
una sonrisa. Sí: nada tan excitante como el descaro de una mujer
que sabe lo que quiere.
¿Sólo habría que esperar el final de la fiesta? Bueno,
también faltaba que se conocieran. ¿Y cómo? Pues
común y corriente, abordándola. Hubo un instante de silencio
y Esteban sintió que ése era el momento. Miró de
nuevo hacia la mesa y notó que ella seguía atenta. ¿Iría
hasta allá para invitarla? De ninguna manera. Si la mujer no aceptaba,
su estima se resentiría menos cuanto más lejos estuviera.
En la distancia los desplantes no son tan notorios y uno siempre consigue
disimular el desconcierto que le causan. La música sonó
otra vez, pero ahora el ritmo era suave. Sosteniéndole la mirada,
Esteban bajó la barbilla y ella se puso de pie. Los dos se encaminaron
hacia la pista. Había sido más sencillo de lo que esperaba.
¿Así iba a ser todo? Mejor no cantar victoria todavía.
Hay mujeres tan impredecibles como un terremoto.
-Bonito vestido.
-¿Te parece?
-Es que lo rojo siempre me ha gustado.
-Pero éste es vinotinto aclaró ella, inclinando levemente
la cabeza, como si lo estuviera retando.
-Bueno, como sea. Me gustan todos los colores.
Esteban cerró los ojos y se entregó al vaivén del
bolero.
-¿Ah, sí?
Menos el blanco dijo él, por decir cualquier cosa.
-¿Seguro?
Luego de esta pregunta, la mujer humedeció sus labios lentamente.
Esteban se quedó pensativo.
-Está bien: depende.
Ya habían sido suficientes palabras. Cuando él decidió
apretarla, ella se limitó a ponerle sus manos detrás de
la cabeza para bailar los últimos compases cara a cara. Sin quererlo,
Esteban sintió que algo lo delataba. La mujer no se inmutó
y ambos se entregaron a las delicias de la complicidad.
-Yo me llamo Esteban, ¿y vos?
-Luisa.
Ahora sí estaba completamente seguro: sólo faltaba esperar
a que la fiesta se acabara.
3
Una lámpara encandilando el olor a alcohol derramado.
Sexta semana del infierno, Esteban. Frío en los tobillos, quieta.
Los cuadros blancos y negros del cielo raso con caras desconocidas. La
muchacha rubia y la barba del señor. Ni pies ni manos y el rostro
de papá furioso. Ojitos azules de Esteban sin la bata blanca de
Cristo. Iba a ser barba, pero la ternura ensangrentada del señor
llorando. Si la muchacha rubia de papá no se ha dado cuenta, yo
no quiero la espátula rápido. Alcohol de cielo raso por
los ojos prolongados de furia en las llamas del infierno blanco. Aros
metálicos y luz de ternura con alcohol. Esteban me está
apretando las piernas con los ojos de Cristo. Téngale las piernas
que yo no quiero el frío azul de mamá llorando en todo el
cuerpo. Tantos rostros fallidos en la sexta semana, que no se mueva carajo.
La ternura de Esteban en cuadros negros, algodón, algodón,
algodón...
4
Mientras Esteban caminaba, la luna esparcía su
luz blanca sobre los tejados de la ciudad. Aunque había estado
dándose aliento durante todo el día, por momentos su determinación
flaqueaba y sentía que aún no estaba preparado para regresar.
¿Y si Luisa al verlo reaccionaba dándole un portazo? Definitivamente,
uno nunca está en condiciones de resistir algo así. Empezó
a sospechar que desde un lugar impreciso alguien lo vigilaba. Esteban
se detuvo y bebió un trago de la cerveza que llevaba en la mano.
Miró hacia todos lados, pero la calle que transitaba permanecía
completamente solitaria. ¿Serían acaso sus fantasmas? Pensó
que tal vez quien lo acechaba era toda esa voluptuosidad represada durante
tres meses y un sentimiento de fracaso lo sobrecogió.
De pronto, en el andén de la derecha se movió un bulto negro.
Esteban contempló sorprendido cómo se incorporaba. Después
lo vio venir hacia él, dando tumbos. Al pasar bajo la luz cenital
del faro, la sombra resultó ser un hombre cubierto de harapos que
se le acercaba con un brazo estirado hacia adelante. ¿Había
peligro? No, estaba claro que se trataba de un simple mendigo. El hombre
se paró a su lado y permaneció un momento con las dos manos
en actitud de súplica. Esteban detalló que una costra de
polvo le cubría el rostro y sintió asco. Para salir del
trance, quiso regalarle una moneda; pero al esculcar sus bolsillos no
halló ninguna. El indigente se percató de ello y continuó
su camino. Esteban recapacitó. A lo mejor debería rendirse,
dar media vuelta y dejar las cosas así.
Sin embargo, cuando estaba a punto de devolverse, la tentación
volvió a asaltarlo. ¿Qué tal si Luisa también
quisiera verlo? De ser así, no renunciaría él a aquella
delicia bronceada y tibia con la que aún soñaba. Bastaba
con evocar los encuentros en el reservado, la penumbra del cuartico azul
y la prisa con que se escapaban del mundo para reanudar la marcha; no
había más que repasar cómo la agitación iba
cubriendo de un rocío tenue el delicado vientre de Luisa para disponerse
a cruzar el infierno mismo si hiciera falta. La sola posibilidad de un
beso justificaría cualquier riesgo. Esteban se dio otro sorbo de
cerveza y respiró profundo para recuperar el ánimo. Prosiguió.
Al mirar el suelo, sus propios pasos lo condujeron hacia el recuerdo de
la última vez.
5
Camino al reservado, Luisa ni siquiera permitió
que la tomara de la mano. Él trató de comprender su silencio.
Era la primera cita después del incidente aciago, así que
estaría un tanto confusa todavía. ¿Tendría
miedo de recomenzar su intimidad? Posiblemente. Lo mejor sería
entonces tratarla con la mayor ternura imaginable y aguardar a que ella
tuviera la iniciativa. ¿Iba a ser capaz? Nada tan difícil
como gobernar la ansiedad. De hecho, cuando llegaron al cuarto, intentó
besarla. Ella permaneció cabizbaja y antes de que pudiera abrazarla
se fue al sanitario. Esteban se puso a leer los corazones flechados sobre
aquellas paredes azules y a contemplar el espejo que estaba pegado al
cielo raso, justo encima de la cama. Se acostó. Vistos en el reflejo,
todos sus movimientos lo delataban. Luisa regresó del baño
y cerró la puerta con brusquedad.
-¿Cómo te sentís?
-¿Cómo creés que me siento?
-Si supiera no te lo preguntaría respondió él, desabrochándose
la camisa.
-Por lo visto, hay muchas cosas que no sabés.
-Como cuáles.
-Por ejemplo que no quiero nada con vos.
¿De qué se trataba el asunto? De contrariarlo, seguramente.
En cualquier caso, Esteban se sintió avergonzado y se abotonó
de nuevo. Tomó consciencia de los ruidos que otras parejas visitantes
hacían en las habitaciones contiguas y no pudo evitar la sensación
de hallarse en un lugar decadente.
-Este no es un buen sitio.
-Al menos es limpio; por eso nos gustó desde el principio.
-Es ordinario dictaminó él, poniéndose de pie.
-Siempre creí que lo disfrutabas.
-Pues no.
Deseaba librarse del enojo que la actitud de Luisa le causaba. Y como
estaba claro que no iban para ningún lado, decidió cortar
aquella situación de un solo tajo. Se dirigió a la puerta,
dispuesto a marcharse, pero un último interrogante lo asaltó:
-¿Por qué aceptaste venir?
-Quería estar segura de que no valías la pena.
Esteban sintió que estas palabras se le clavaron en el pecho como
un dardo destinado a inocularle el veneno de la ira. Sin embargo, trató
de controlarse. Respiró profundo y la miró de pies a cabeza.
Después de todo lo que habían pasado juntos, no tenía
sentido estropear con un final indeseable lo que podría ser un
bonito recuerdo. Ensayó entonces algo conciliador:
-De verdad que no te entiendo.
-No te preocupés, no hace falta.
Ahora fue Luisa quien se acercó a la salida y se despidió
con el estruendo de un último portazo.
6
Yo no quiero que se vaya la luz de ternura blanca derramándose
en las piernas. La muchacha oscura del vientre bata está dormida.
Esteban salpicado de sangre y el piso moviéndose por entre las
paredes de barba. No escucho las caras desconocidas teniéndome
las piernas de la sexta semana. Otra vez el piso quieto de Cristo se fue
al infierno, Esteban. Frío sin cuentas azules doliéndome
en el cuerpo derramado de furia. Tranquila, barba, Cristo, cara, culpa
de alcohol dormido en la oscuridad. Ni pies ni manos y la barba ensangrentada
del señor. Cielo raso de algodón furioso en los tobillos
de la barba bata blanca. Iba a ser alcohol con caras desconocidas. Esteban
ven salpicado de culpa en los ojitos azules. Ternura de cuentas fallidas
doliéndome en la oscuridad de Cristo. Paredes de piernas blancas
dormidas en la barba y el piso quieto. Hay que esperar en la sexta semana
del infierno...
7
¿Qué había pasado? Esteban no dejaba
de pensar en ello. En la soledad de su habitación, contemplando
el tenue resplandor de la lámpara sobre el nochero, quiso recapitular
sobre lo que acababa de ocurrirle. ¿Se había equivocado
al intentar aquel reencuentro? Uno se siente peor si toma las cosas de
esa manera. Trató de relajarse, así que se desnudó
y volvió a tenderse sobre la cama, esta vez mirando hacia el techo.
A las diez en punto había tocado la puerta. Luisa le abrió
y lo saludó amablemente, pero no lo hizo pasar. Tenía puesto
un vestido rojo y se veía elegante. Esteban se ilusionó
con la posibilidad de invitarla a algún lugar. ¿Aceptaría?
Sólo había una manera de averiguarlo; sin embargo, necesitaba
acumular un poco más de osadía. Se alegró de que
aún le quedara un trago a la cerveza que llevaba en la mano. Bebió
y volcó luego sus ojos sobre los de Luisa.
-¿Ya cenaste?
-Tres meses es demasiado tiempo, Esteban.
-Yo no he podido dijo él, bajando la cabeza.
-Es mejor dejar las cosas así.
Esteban sintió frío. Desdobló la cobija que estaba
debajo de la almohada y se cubrió con ella. Al hacerlo, notó
que su cuerpo recobraba el calor. Dejó que la lámpara capturara
su mirada otra vez y se entregó al capricho de su mente. Como un
silencio incómodo se había instalado entre ellos, Luisa
lo besó en la mejilla y se despidió cerrando la puerta.
En el momento en que ya se iba, Esteban vio un automóvil negro
que venía por la calle y que llegó a estacionarse justo
frente a él. ¿De qué se trataba el asunto? Ella salió
de nuevo, pasó por su lado sin determinarlo y se subió al
carro. Cuando el vehículo arrancó, con Luisa a bordo, una
sonrisa espléndida le iluminaba el rostro. Él no tuvo más
remedio que emprender su regreso. Al doblar la primera esquina, se topó
al mendigo que volvía a abordarlo con el brazo estirado. Esteban
pensó que ya había sido suficiente y apagó la luz.
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