ALEJANDRO
JOSÉ LÓPEZ Natural de Tuluá, (Colombia)
1969. Es egresado de la Especialización en Medios Audiovisuales,
Universidad del valle (Colombia) y candidato a la Maestría en Literatura
Latinoamericana y Colombiana de la misma universidad. Es profesor universitario,
realizador audiovisual y periodista. Ha publicado ensayos, cuentos, poemas,
crónicas, artículos y reseñas en periódicos
y revistas. Ea autor del libro de crónicas Tierra posible, Editorial
Metáfora, Cali, 1999. Y del libro inédito Cuando la mariposa
huye a otro jardín (cuentos). Es miembro del Taller Literario Botella
y Luna.
Anotaciones sobre lo fantástico en Borges
Hablar de la poética fantástica en Borges equivale a aceptar
ese vértigo ontológico implicado en sus juegos ficcionales,
equivale a dejarse llevar por el desafío de buscar al Borges real
(aquel cuyo centenario celebramos recientemente) y hallar siempre esa
suplantación hábilmente tejida: el Borges libresco.
I
SIEMPRE que alguien menciona a Borges nos cuesta trabajo precisar a quién
se refiere, si a uno de los tantos personajes que habitan los textos escritos
por un fulano que se pasó la vida, entre otras muchas cosas, llamándolos
con su propio nombre, o si habla de ese fulano. La confusión viene
de una cierta fundación de existencias textuales, recurso éste
que, al implicar juegos ontológicos, sitúa el umbral de
la estrategia fantástica en la narrativa de Borges. Es ésta
la dimensión explorada en varios de sus cuentos, y que resulta
clave en el caso de “El Otro”, por ejemplo.
Sin embargo, antes de apresurarnos en la consideración de la otredad
como un topic, sería conveniente proceder con cautela frente a
un fenómeno tan reiterado en la obra de un escritor : se trata,
antes que nada, de una estrategia estilística . Repunta entonces
la pregunta sobre cuál es su objetivo. Pues bien, sin pretender
exhaustividad alguna, digamos por ahora que ésta pone de manifiesto
la intención de confundir identidades entre personajes textuales
y sujetos de la realidad. Así se instaura uno de los matices esenciales
de lo fantástico borgeseano, que va en la misma vía de aquella
afirmación suya según la cual, dado que todo lo que sabemos
del mundo es un constructo conceptual, y en la medida en que todo constructo
es artificio o ficción, nada impide pensar que somos ficticios.
No obstante, esta construcción lógica, que nos arrastra
en su considerable sutileza, se ve minada desde varios ángulos.
Tal como en algún momento ha planteado Umberto Eco, porque los
mundos textuales –y los individuos que los constituyen- son en esencia
contrafácticos, es decir, posibles; entonces, han de estar sostenidos
por una enunciación (alguien los afirma, cree, sueña, prevée,
etc.) Además, porque una consideración que permite catalogar
todo en una sola dimensión, niega en sí misma su razón
de ser como identidad: si todo es fantástico, nada lo es.
Así las cosas, sucede que si nos inclinamos por seguir al pie de
la letra las afirmaciones hechas por Borges (el autor) en sus innumerables
entrevistas, podremos correr con la suerte de confundir su pensamiento
o de elementalizarlo en paradojas de corto alcance: Borges, el heterodoxo
a ultranza, se complacía muchas veces en afirmar regodeos excéntricos
que parecían decir más de su personalidad que de su pensamiento.
Más vale regresar una y otra vez a sus libros, a sus consecuciones
y fracasos textuales; allí ondean la agudeza de sus razonamientos
y la delicadeza de sus afectos.
Tenemos, pues, que los juegos ontológicos desplegados en sus cuentos
no constituyen en sí mismos el fundamento de la ficción,
sino que obedecen a intereses de mayor cobertura global: son recursos
de una ejecutoria más compleja.
II
Aproximemos una conceptualización sobre lo fantástico que
nos permita iniciar el proceso de las definiciones. Se trata de la propuesta
teórica de Todorov , que se ocupa de lo fantástico clásico
surgido durante el siglo XIX. Pese a las críticas y objeciones,
ésta es una de las visiones dominantes sobre el tema. El modelo
de Todorov encuentra su punto central de apoyo en lo que bien podríamos
llamar el Principio de Incertidumbre (el juego con la física nos
viene bien en este caso).
Tomemos la aparición de un fenómeno sobrenatural surgida
durante la historia relatada. Esto plantea la necesidad de asimilar desde
alguna lógica aquello que de repente nos asalta; no hacerlo implicaría
continuar en la incertidumbre. Aparece, entonces, el espectro de un paradigma
dual en términos de posibles certezas: o bien el fenómeno
en cuestión permite aclaraciones desde la lógica que manejamos
cotidianamente, lo cual nos conduce entonces hacia el terreno de lo sobrenatural
explicado, y, en todo caso, habríamos de considerar lo relatado
como Extraño; o resulta que nuestro orden de ideas corriente no
da cuenta de dicho fenómeno y nos vemos abocados así a incorporar
la existencia de otros órdenes, lo que nos ubicaría dentro
de lo sobrenatural aceptado, y, con ello, entraríamos en el género
de lo Maravilloso.
¿Qué es entonces lo Fantástico? Todorov nos dirá
que “(...) lo fantástico ocupa el tiempo de esta incertidumbre.
En cuanto se elige una de las dos respuestas, se deja el terreno de lo
fantástico para entrar en un género vecino: lo extraño
o lo maravilloso (...) lo fantástico no dura más que el
tiempo de una vacilación: vacilación común al lector
y al personaje, que deben decidir si lo que perciben proviene o no de
la ‘realidad’ tal como existe para la opinión corriente
(...) Nada nos impide considerar lo fantástico como un género
siempre evanescente”.
III
Los cuentos de Borges, por muchas razones, plantean una encrucijada bien
particular para un modelo como éste, pues, si procedemos a una
aplicación de rigor, tendríamos que en un cuento como el
que mencionábamos atrás -“El Otro”-, la consideración
de fantástico se escaparía. Lo propio ocurriría con
muchos de los demás cuentos suyos, los cuales habrían de
integrarse sin supuestas reservas a la catalogación de Maravillosos
(en la medida en que establecen, por resoluciones definitivas, mundos
o situaciones que nuestro orden cotidiano no contempla).
Sin embargo, esta clasificación no dejaría de resultarnos
sospechosa; entre otras cosas, porque no acabarían de ser convincentes
las relaciones genéricas entre los textos de Borges y los cuentos
de hadas, y porque intuimos –y acaso la intuición pueda llegar
a constituir una prueba sólida en el terreno de lo fantástico-
que estamos ante un maestro del género. Tal parece que la incomodidad
aquí se debe a una razón de particular interés: el
Principio de Incertidumbre no es algo que Borges se proponga instaurar
en el texto; bien por el contrario, ésta es una estrategia que
apunta a nuestro mundo de referencia, a nuestra realidad.
A Borges le interesa minar aquellos lugares que otrora nos aportaban alguna
certeza: los sistemas explicativos del mundo resultan ser meras especulaciones,
y, como en Tlön, la metafísica es una rama de la literatura
fantástica. Diríamos que, en efecto, el Principio de Incertidumbre
rige la escritura borgeseana; pero éste no se instaura tanto en
la historia relatada como sí en la del propio lector. Aquí
aparece aquella ejecutoria compleja de la que hablábamos atrás;
entonces, es preciso que la ontología textual borre sus marcas
diferenciales con el mundo de referencia para que éste sea considerado
textual y viceversa. Por eso Borges necesita participar de ambas existencias,
para procurar el efecto de confusión: sólo así será
posible aceptar la idea de que somos ficticios.
Son muchos los recursos que el autor convoca en su propósito. Mencionemos,
por lo pronto, dos: la combinatoria de discursos narrativos y argumentativos
con la que teje sus textos (“Tres Versiones de Judas” es un
buen ejemplo); en algún momento no sabemos si lo que se lee es
un cuento o un ensayo, y esto favorece la confusión de los registros
fáctico e imaginario pues lo que a partir de este procedimiento
desarrolla Borges es un método de conjeturas antagónicas
alrededor de una misma anécdota. El efecto de la caja china, según
el cual un personaje está soportado en la enunciación de
otro y éste, a su vez, en la de otro in infinitum regresum (es
lo que ocurre, por ejemplo, en “La Escritura del Dios” );
en algún momento el lector tendrá la sensación de
que él mismo es enunciado por alguien –tal vez un dios ebrio,
y eso explicaría su vértigo-.
Tenemos entonces que aquella teoría de lo fantástico desarrollada
por Todorov aportaría el punto nodal de la incertidumbre para un
análisis de Borges, pero requeriría de ciertas consideraciones
adicionales dado que dejaría por resolver aún muchas de
sus particularidades.
IV
Detengámonos ahora en algunas consideraciones sobre el papel que
juega el conocimiento en la obra borgeseana. Con seguridad no encontramos
otro protagonista tan esencial como éste en gran parte de los recorridos
que hagamos por sus libros.
Tal vez nos sea lícito establecer la conjunción entre incertidumbre
y conocimiento apelando al procedimiento de la paradoja: sólo tenemos
la gran certeza de que toda afirmación es vulnerable. Borges bien
habría podido congratularse con ella; él, más que
nadie, nos enrostró aquello que la historia no se cansa de demostrar:
la falibilidad de todos los sistemas explicativos del universo. De allí
su menosprecio por las prácticas comprobatorias de la verdad y
su insensata pretensión de exactitud. Aquel que intenta hacer que
el funcionamiento del mundo se corresponda con alguna suerte de teoría
está de antemano condenado al fracaso, pues el orden total del
universo es algo que se escapa a la inteligencia humana. No obstante,
jamás se hace vana la empresa del conocimiento: cuando el hombre
traza esquemas del mundo, lo habita luego de acuerdo con ellos; y esto
lo redime del caos angustioso. El conocimiento lo humaniza todo; tal es
su virtud.
En este orden de ideas, el conocimiento –y esto es claro en Borges-
jamás constituye al mundo, sino que lo alude. El ensayista Bernal
Herrera afirma que “para Borges el conocimiento es una construcción
sobrepuesta a la realidad, probablemente en relación más
directa con el sujeto que con ella; pero que por ello mismo no define
a la realidad, la cual siempre conserva su existencia autónoma
y objetiva. Una cosa es decir que nuestra percepción del mundo
está condicionada por el conocimiento, y otra muy diferente decir
que la existencia de éste está en función de nuestro
entendimiento.” Así que la alusión vendría
a ser una categoría que circunscribe al conocimiento: éste
es una construcción que alude al mundo, hacia ello parece conducirnos
Borges. Entonces, el arte, como instauración de muchas lógicas
que luego la razón organiza, constituiría el principio de
la actividad cognoscente a la que sólo le está dado aludir
al mundo.
Estos planteamientos nos llevan a ciertas conclusiones parciales. Tenemos
que lo fantástico se define en el Principio de Incertidumbre, cuyo
detonador es la aparición de un fenómeno sobrenatural (la
consideración de sobrenatural depende de una enciclopedia, entendida
ésta como un conjunto de saberes históricamente determinados
; es decir, que aquel fenómeno correspondería así
a una circunstancia desconocida por una enciclopedia dada. Entonces, la
catalogación de fantástico depende de los saberes y creencias
de una cultura, de una época, o de algún sistema explicativo
del mundo). Por otro lado, lo fantástico ha de oponerse a lo que
no lo es; pero ya se ha anotado el orden de ideas bergeseanas al respecto.
Acaso podría resultar legítimo, al referirnos a Borges,
hablar en términos de un fantástico metafísico y
plantear que es la alusión su eje fundamental.
V
Si, como hemos dicho, estos cuentos escapan a la consideración
de Maravillosos –por no construir mundos parasitarios donde rigen
leyes sobrenaturales tales como las que permean lobos que hablan y calabazas
que se vuelven carrozas-, y, no obstante, recurren a acontecimientos que
desafían la lógica del positivismo cientificista, muy seguramente
estamos ante la postulación de una nueva realidad que desborda
los preceptos de la tradicional epistemología racionalista. No
se trata de un despliegue mórbido al mejor estilo de los cuentos
de hadas –pues allí también suele haber una lógica
unívoca que rige todos los acontecimientos-, sino precisamente
de un método conjetural donde los hechos se definen como posibles
en el paradigma de nuestro mundo real y en la medida de múltiples
alternativas de explicación: los distintos modos de probabilidad
que enmarcan cada suceso constituyen el fundamento de la alusión
en Borges.
Jaime Alazraki plantea la consideración de un género neofantástico
y se refiere a él en los siguientes términos: “Para
tales signos abiertos a la indefinición y que en la literatura
de lo neofantástico adquieren la forma de desbordes de la imaginación,
donde lo natural y lo sobrenatural se mezclan y se confunden para convivir
en un mismo territorio, preferimos la designación de metáfora
a la de símbolo.” Se ha pasado de la duda epistemológica
que se instalaba fundamentalemente en el texto y que caracterizaba a lo
fantástico, a un neofantástico marcado por una postulación
de realidad que desborda los niveles del texto mismo. Diríamos
entonces que esta postulación estaría precedida de aquella
según la cual el mundo antecede al hombre, pero la realidad es
una versión de éste a escala humana. Nos encontramos de
nuevo con los juegos ontológicos entre lo textual y lo real; este
tipo de juegos opera la transferencia de la incertidumbre, de los lugares
textuales a las instancias fácticas.
VI
Señalaremos, ya hacia el final de estas anotaciones, otro recurso
que viene a fortalecer la ejecutoria fantástica de la narrativa
borgeseana. Si estos cuentos están presididos por la instauración
de nuevas lógicas, está claro que para ello precisan de
procedimientos distintos a los que, en rigor, presiden ordinariamente
los quehaceres indagativos; es decir, la formulación de una lógica
distinta reclama algo que va mucho más allá de una mera
recombinación de los mecanismos, esto es: un nuevo paradigma.
La manera como Borges teje sus ficciones está atravesada por un
procedimiento que lo emparenta con Morelli, Freud y Conan Doyle: el método
indicial. Pero ¿en qué consiste dicho procedimiento? Digámoslo
con Ginzburg: “(...)hacia finales del siglo XIX, surgió silenciosamente
en el ámbito de las ciencias humanas un modelo epistemológico
(si así se prefiere, un paradigma), al que no se le ha prestado
aún suficiente atención(...) lo que caracteriza a este tipo
de saber es su capacidad de remontarse desde datos experimentales aparentemente
secundarios a una realidad compleja, no experimentada en forma directa(...)
Pero detrás de ese paradigma indicial o adivinatorio, se vislumbra
el gesto tal vez más antiguo de la historia intelectual del género
humano: el del cazador que, tendido sobre el barro, escudriña los
rastros dejados por su presa”.
Una vez claro el procedimiento, quedaría aún por explicitar
cuál es la presa de este Borges cazador. Ya anteriormente lo habíamos
planteado: los sistemas explicativos del mundo y su insensata pretensión
de abarcar la totalidad. De esta suerte, es preciso estar atentos porque
sus cuentos suelen ser dardos envenenados disparados hábilmente
contra el corazón de nuestras certezas culturales; así,
por ejemplo, “Funes el Memorioso” resulta ser una contundente
refutación del empirismo, o las “Tres Versiones de Judas”
una trampa al sacrosanto mesianismo cristiano.
Cabe agregar que Umberto Eco, por su parte, ha estudiado también
el procedimiento indicial a la luz de lo que ha dado en llamar “sintaxis
inferencial”; y que, de hecho, ha realizado aplicaciones analíticas
del mismo sobre estos cuentos: “El caso es que muchos de los relatos
de Borges parecen ejemplificaciones de este arte de la inferencia que
Peirce llamaba abducción o hipótesis y que no es sino la
conjetura”. Más adelante nos dice: “Y eso es lo que
ocurre en ‘la muerte y la brújula’ y en prácticamente
todos los relatos de Borges o al menos en los más inquietantes
y cautivadores”. XV
VII
Intuir otras reglas explicativas, o inventarlas, no equivale en Borges
a edificar nuevos mundos; al contrario, su propósito es ampliar
el espectro constitutivo de nuestra propia realidad al señalar
su carácter conjetural. Dado que las leyes que rigen el universo
no son leyes humanas, es preciso regresar los sistemas explicativos a
su justa dimensión de constructos culturales. La ficción,
pues, no habría de considerarse como una mentira, sino como una
verdad otra distinta de la que haya legitimado alguna enciclopedia instalada
en cierta hegemonía cultural.
No hay lugar, en sus cuentos, a lobos que hablan, pues estos pertenecen
a una dimensión distinta y por ende no representan peligro alguno
para los saberes y creencias hegemónicos (en la medida en que están
signados por las peripecies de la licencia poética). Bien por el
contrario, la poética fantástica de Borges se propone establecer
continuidades entre sus textos y el mundo; y, en esa medida, dinamitar
cualquier certeza explicativa: lo sobrenatural está en la realidad;
pero, más que contradecir sus leyes, las complementa. La suya es
una poética dictada y ejercida desde el más lúcido
escepticismo; de allí su predilección –y necesidad–
por recurrir constantemente a estrategias como la alusión, la abducción,
la conjetura y los juegos ontológicos; de allí que no sepamos,
cuando alguien menciona a Borges, si se refiere a un personaje de la literatura
o a un autor. Quizá dé lo mismo.
i.Con frecuencia encontramos al personaje Borges en los
cuentos suyos; incluso la inferencia sobre la identidad del narrador,
aún en los casos en que ésta no se explicita, se hace fácil
gracias a la cantidad de referencias a lo extratextual. Tal es lo que
ocurre, por ejemplo, con "La Historia de Rosendo Juárez".
ii. Ya Jaime Alazraki anotaba en el prefacio de su libro La Prosa Narrativa
de Jorge Luis Borges (Editorial Gredos, Madrid, 1983, pág. 6) que
“La mera constatación de un recurso estilístico es,
sin embargo, un hecho gratuito; lo que importa es mostrar la eficacia
de ese recurso en el buen funcionamiento de la obra”.
iii. Véase: Eco, Umberto. “Estructuras de Mundos” en
Lector in Fabula. Editorial Lumen, Barcelona, 1981.
iv.. Para ejemplificar este aspecto, pensemos el caso de alguien que decide
subrayar un texto y que, al proceder, termina subrayando todas las páginas
y en cada una de ellas todos los renglones. Si se echase un vistazo ulterior,
tendríamos que el criterio de subrayado habría desaparecido
en el ejercicio. En otras palabras, y ello es claro en la lógica
aristotélica, el principio de identidad se sustenta en la diferencia.
v.Todorov, Tzvetan. Introducción a la Literatura Fantástica.
Editorial Tiempo Contemporáneo, Buenos Aires, 1972.
vi. Idem. Págs. 34,53,54.
vii.El siguiente aparte ilustra el efecto mencionado (Borges, Jorge Luis.
“La Escritura del Dios” en El Aleph. Editorial Emecé.
Buenos Aires, 1992. Pág. 119): “Alguien me dijo: No has despertado
a la vigilia, sino a un sueño anterior. Ese sueño está
dentro de otro, y así hasta lo infinito, que es el número
de los granos de arena. El camino que habrás de desandar es interminable
y morirás antes de haber despertado realmente.”
viii. Herrera Montero, Bernal. “Borges y el conocimiento”
en Filología y Lingüística N° XIII. Pág.
78. (Sin más datos)
ix. Véase: Eco, Umberto. “El Antiporfirio” en De los
Espejos y Otros Ensayos. Editorial Lumen. Barcelona, 1998.
x. Recuérdese el papel que juega la conjetura en tantos cuentos
suyos, como “El Tema del Traidor y del Héroe”, “El
Otro”, “Abencaján el Bojarí Muerto en su Laberinto”,
“La Otra Muerte”, "Emma Zunz", entre otros.
xi. Alazraki, Jaime. En Busca del Unicornio: los Cuentos de Julio Cortázar.
Editorial Gredos. Madrid, 1983. Pág. 38. (El subrayado es nuestro).
xii. Este procedimiento indagativo ha sido estudiado, de manera detallada,
por Carlo Ginzburg en su libro Mitos, Emblemas, Indicios (Editorial Gedisa.
Barcelona, 1994). Véase el capítulo “Indicios: Raíces
de un Paradigma de Inferencias Indiciales”.
Idem. Págs. 138, 144, 146.
xiii. Se trata de algunos desarrollos de los postulados que ya había
hecho el norteamericano Charles Peirce y que planteaban un tercer mecanismo
indagativo, además de la inducción y la deducción;
a saber: la abducción. Véase: Eco, Umberto. “Cuernos,
Cascos y Zapatos” en El Signo de los Tres (Compilación de
U. Eco y A. Sebeok). Editorial Lumen. Barcelona, 1989.
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