SERGIO ESCOBAR
EL UNIFORME
¿Porqué
cada vez tengo más miedo, como si el dia de mi
condena
estuviera más próximo?
¿Por
qué cada vez me siento más perdido, como si el grado de
mi
desvío fuera cada vez mayor y me condujera al corazón de
la
selva, donde mi fragilidad será pasto fácil de lo que no
perdona?
A veces amanezco tan
flojo que me cuelgo el cuerpo en un
dedo
y lo echo a la calle; lo meto deprisa en un tren para
que
no llegue tarde al trabajo y por la noche lo tiro sin
ningún
cuidado de arrugarlo, metiéndole otro dedo en el
ombligo,
le doy la vuelta a su pequeño mundo hasta que,
cansado
de la misma sombra, decido plancharlo con el tele-
visor...mañana
lo colgaré.
EL REVUELO
Tenía que abordar el avión pero,
por una razón que ninguno de los pasajeros conocía, éste fue reemplazado por
otro más pequeño, es decir, por uno que es definitivamente muy pequeño y
frágil, que volar en él a casa sería desde todo punto de vista una empresa muy
arriesgada, donde el temor de no llegar jamás sería el marco general de una
serie de pequeñas y no menos terribles angustias, como por ejemplo: ¿se va a
quebrar el ala que está al lado inmediato de mi ventanilla, se está quebrando
algo en alguna parte y no lo sabemos ni nos quieren avisar?. Ese cambio de
sonido en el motor es el signo indudable de que no está funcionando bien-la
maldita máquina como siempre dándonos el susto de bararse-
de que en el momento menos esperado se detenga y...¡Oh!, No queremos ni pensarlo. Hojeamos una revista para
disipar estos pensamientos, pero al instante de pasar la primera página aparece
un avión volando sobre las letras y aunque lo borramos enfocando con fuerza
este o aquel titular-esta frase inteligente pensada por escritor de oficio en
el confort y seguridad de su casa, de la que casi nunca sale-el avión vuelve y
aparece. Su imagen se revela imperceptiblemente como un negativo en un cuarto
oscuro; y sin saberlo, empezamos a ver entre las letras volar a ese avión,
lleno de pasajeros en peligro, entre los cuales se encuentra uno que necia y
estúpidamente trata de ignorar el peligro que los rodea hojeando una revista.
Entonces, no hay forma o manera de escaparse de ese pensamiento terrible de que
vas a morir. Ahora ese pensamiento te toma por el cuello, te saca por la
ventanilla para que veas realistamente el peligro y la fragilidad del ala
próxima a ésta; incluso te da una vueltecita por los
alrededores para que confirmes cuán quebradiza es la cola; te lleva a la cabeza
para que aún tengas tiempo de ver como el piloto y el copiloto dormitan
despreocupadamente en ése que para ellos es un viaje de rutina, ignorantes del
todo del final que se aproxima y de que tú ni nadie puede advertirles, porque
no hay ni siquiera - que es lo peor de todo -una prueba o razón convincente
para avisarles del fin inminente.
Así que pregunté si había otro
avión en esa misma ruta que fuera grande, pues era que a mí no me gustaban los
aviones pequeños, que no importaba si ese avión salía más tarde, lo importante
era que saliera ese mismo día; y la respuesta de la mujer, que seguramente
llevaba muchos años trabajando allí y para quien eso de volar es la rutina de
su trabajo, fue seca y enfática, dejando entrever el desprecio por la medrosidad de una criatura que pedía se le montase en un
avión grande : "no hay ningún otro avión en esa ruta, señor; además el
avión que le hemos asignado por ser pequeño, no es menos seguro que los jumbo, me comprende?”. Sopesé por un momento la
situación avergonzado. La cola de pasajeros empezaba a
agitarse a mi espalda como la de un gato enojado así como la posibilidad de
volverme a casa y posponer el viaje para el día siguiente; o de olvidar mis
estúpidos temores y viajar en ese avión de una vez por todas para terminar ese
maldito viaje.
Con voz ronca y tosiendo,
pregunté de nuevo a aquella víbora si para el próximo día saldrían aviones para
mi país y a qué hora. De nuevo su respuesta trajo el sello del que quiere
despachar de una vez por todas un asunto sin importancia: "para mañana el pronóstico del
tiempo es muy malo y no le garantizamos nada, ya que posiblemente haya que
cancelar todos o gran parte de los vuelos, O.K.?”.
Así que, finalmente, tuve que montarme en ese avión, en el que digámoslo así,
ya me había montado.