MARIO A. POZADA-BURGA
Nació y se crió en Chongoyape y se graduó de
Profesor Secundario en la U. "Pedro Ruiz Gallo" de Chiclayo (Perú).
Los vientos de la vida lo trajeron a Nueva York y en 1995 obtuvo el Master of
Liberal Arts en el City College. En la actualidad cursa estudios doctorales en
Literatura Hispánica y Luso-Brasileña en el Graduate School and University
Center (CUNY).
TARDE DE FUTBOL
El estadio ofrecía una escena
magnífica. Parecía sacada de un cuadro
costumbrista o haber sido preparada para ser pintada en uno de ellos. Por
dentro, el amplio rectángulo verde de hierba fresca, oscura y puntiaguda a
fuerza de recién cortada hacía resaltar el colorido de los relucientes
uniformes de los jugadores, preparados especialmente para aquella ocasión; y
rodeando a ese rectángulo la colorida variedad de las vestimentas del numeroso
público que, ansioso de su espectáculo favorito, se había reunido aquella tarde
en el estadio local. Por fuera, la policromía de dicho cuadro se acentuaba por
la desordenada combinacion de la gente que deseaba entrar, algunos reunidos en
pequeños círculos, con las vivanderas que, en hilera, nunca cesaban de ofrecer a
viva voz su variada mercadería de dulces, comidas y refrescos. Esta confusa
mezcla, llena de algarabía, hacía más pintoresco el ambiente deportivo que se
respiraba alrededor. Al fondo de ese supuesto cuadro, sempiterno invitado, el
cerro a cuyas faldas se asentaba el pueblo de Chongoyape, pretendía imponer la
majestad de su mediana altura; y, por sobre todo eso, dominándolos
completamente, el señor sol derramaba su luz en un cielo límpido, azul a fuerza
de transparente, que hacía de aquella tarde una tarde ideal para el encuentro
futbolístico tan ansiosamente esperado. En efecto, el club deportivo más
representativo del pueblo estaba de aniversario y lo celebraba en grande:
ceremonias, concursos, bailes; y, por supuesto, la fiesta del fútbol con un
partido muy especial. El equipo titular se enfrentaba al de las "viejas
glorias", integrado por deportistas que habían pertenecido al mismo equipo
pero que no eran viejos en realidad, sino que, en parte por haber pasado el límite
de edad que el fútbol exigía para un óptimo rendimiento, y en parte obligados a
cumplir con las exigencias de sus responsabilidades, tuvieron que rendir
tributo a la vida y dedicarse a cumplir con la vieja sentencia bíblica del
trabajo. Ellos ya no jugaban "oficialmente", pero de vez en cuando se
permitían un "partidito" para no perder la costumbre ni la
oportunidad de probar sus todavía hábiles movimientos con el balón. En este equipo de "viejas glorias"
estaba Guillermo; anteriormente, el mejor jugador del equipo, quien muy joven
aún, tuvo que dejarlo para trasladarse a la capital del país a seguir estudios
en el campo de la medicina, pasión
ésta mayor que la
otra, deportiva. El equipo titular lo conformaban los muchachos del barrio;
diarios practicantes de la cancha de la escuela, que cada domingo defendían los
colores de la institución y el honor del pueblo en el campeonato oficial de la
provincia. Con ellos estaba Enrique, el mejor jugador del momento. Combinaba su
innata habilidad para el manejo de la pelota, con inteligencia para las jugadas
y ese instinto del jugador que nace para ser estrella, en un cuerpo de fuerte y
elástica complexión física, resultado del diario ejercicio
Ambos equipos, frente a frente,
esperaban inquietos el inicio de las acciones. Los "viejos" con
deseos de dar una lección de fútbol a "esos aprendices" y
demostrarles que, pese a los años, ellos seguían siendo buenos con la pelota; y
los titulares con afán de apabullar a los "viejitos" para dejar
sentado quiénes eran los mejores ahora. Esta misma idea, pero más intensa aún, la
tenía Enrique con respecto a Guillermo. Y tenía sus razones.
II
Ahí, de pie, mientras esperaban la señal del árbitro para iniciar las
acciones, Enrique evocaba todos los malos momentos que había pasado a causa de
su antiguo amigo: las burlas, las humillaciones y hasta el golpe recibido en la
época en que Guillermo era el mejor, y él, apenas un mozalbete delgaducho y
frágil. Hábil, sí, pero débil aún para contener a un rival. Guillermo, además,
era el as, el que podía definir un resultado; y, por tanto, el mimado de
aficionados y compañeros de equipo. Todos jugaban para él porque era el mejor a
la hora de hacer un gol y definir un partido. Enrique, muchacho aún, no estaba
todavía a la altura del nivel futbolístico de su amigo, aunque ya prometía y
había momentos en que dejaba entrever a la futura estrella. Sin embargo, a
veces cometía errores, disculpables por su impericia y sin mayor trascendencia
porque eran encuentros que se jugaban en la cancha del barrio. No obstante,
Guillermo no perdonaba estos errores y siempre tenía una frase hiriente para
hacérselo saber... "¡Mira bien, idiota!", si no hacía un pase
correcto... "¡Pásala, estúpido!", si demoraba en dar la bola...
"¡No seas animal!", si la patada salía defectuosa.
El colmo llegó cuando en uno de esos
encuentros en que nada se jugaba sino el honor pasajero, absurdo casi, de ganar o perder el partido,
Enrique no fue lo suficientemente hábil para pasar la bola a Guillermo, su
compañero, perdiéndose así la oportunidad de anotar el gol del empate. Entonces
éste, con furia mal contenida, se acercó a aquél y le espetó...
"¡Imbécil!"...; y una bofetada estalló, sonora y violenta, vergonzoso
epílogo de una mala tarde para el incipiente jugador, aprendiz de estrella.
Enrique viose obligado a dejar el área
de juego y contemplar desde fuera la derrota del equipo, sintiéndose culpable
de ello. Un hilillo de sangre que ya había dejado de correr desde su nariz
hablaba de una herida más grande y más profunda y dolorosa en su orgullo de
hombre y jugador. Ahí mismo se prometió, en silencio, con toda la solemnidad
que un juramento juvenil pueda tener, acaso por ello más sincero y más intenso, que bien puede olvidarse al
otro día o recordarse perennemente, que algún día le cobraría esta deuda a
Guillermo y que se la haría pagar muy caro.
III
A los
17 años, Guillermo terminaba brillantemente los estudios secundarios y se
preparaba para iniciar los otros que habrían de llevarlo a culminar la carrera
de medicina, por la que sentía verdadera vocación. Sus padres, conscientes de
ese deseo y orgullosos de ello, no escatimaron esfuerzos para enviarlo a la
capital y sostenerle la costosa carrera que daría lustre al apellido. Allá,
en la gran ciudad, se entregó devotamente a su afán, y hasta se daba tiempo
para seguir practicando el fútbol con los nuevos amigos que allá conoció,
aunque sin militar oficialmenmte en ningún equipo para no desviar su atención
de los estudios con otras obligaciones. Estas dos actividades, deporte y
estudio, le grangearon el aprecio de las nuevas amistades. Llegaron entonces
las alabanzas y los halagos de quienes veían en él al gran jugador, pese a que
había transcurrido casi seis años desde que dejara el fútbol como práctica
constante; y también las consideraciones de algunas familias que, a qué
negarlo, tenían en el futuro médico la secreta esperanza de un buen matrimonio
con la hija casadera.
Con las alabanzas llegaron las invitaciones de uno y otro lado.
Guillermo, envanecido ante tales muestra de aprecio, dábase tiempo para cumplir
con todos ellos y aceptaba, ego nunca satisfecho, las comidas con las familias
o los tragos con los amigos. Y empezó a subir de peso. Proporcionalmente, por
cierto, pero gordura al fin y al cabo. Esto, a la postre, sería motivo de
hechos que traerían a su memoria otros ya casi olvidados por él.
Fue durante uno de esos partidos entre
amigos cuando sintió el golpeteo alocado de su corazón. Más que sentir, casi
podía oir su palpitar dentro del pecho con un sonido sordo y apresurado.
Recordó las tres o cuatro veces que le ocurrió lo mismo cuando era pequeño todavía
y que por su corta edad no le dio importancia ni se lo comunicó a sus padres.
También como en aquellas veces ésta pasó pronto y, al no repetirse, tampoco le
concedió importancia sino hasta meses mas tarde en que, en otro de esos
encuentros futbolísticos, y al tratar de detener la bola con el pecho, sintió
ahí una tremenda opresión que le impedía, incluso, respirar. Fue el aldabonazo
que le hizo consultar con sus profesores, médicos todos ellos, y el dignóstico
fue común: no era una lesión grave, pero existía y habría que cuidarla de ahí
en adelante. Nada de excesos en las comidas y bebidas y nada de ejercicios
demasiado exigentes. Muy a su pesar, Guillermo tuvo que dejar de practicar el
fútbol pues sólo se le permitía ejercicios ligeros y trotes cortos a fin de
fortalecer paulatinamente el corazón. En resumen: vida sedentaria y ejercicios
suaves y viviría muchos años; vida desordenada y ejercicios exigentes y sólo
Dios sabría lo que podía pasarle.
El descanso recomendado coincidió con
las vacaciones universitarias, lo que apovechó para viajar de visita a su
pueblo durante el lapso que éstas durasen. Ocasionalmente lo había hecho pero
por cortos períodos de tiempo, casi por compromiso; o no viajaba porque eran
sus padres quienes venían a la capital. Esta vez quería disfrutar no solamente
del buscado reposo sino también reanudar la vieja amistad de los compañeros de
infancia y deporte. Se encontró con la novedad del aniversario de su ex-equipo
y quiso ser también de la partida en el encuentro programado; sin embargo,
consciente de su dolencia, que ya se conocía en el pueblo, por esa rapidez con
que las malas noticias corren, sólo aceptó jugar en la zona defensiva, así no
tendría que esforzarse mucho pues solamente trajinaría con la bola cuando ésta estuviera
en su sector y su corazón no sentiría el
esfuerzo ni le daría problemas.
IV
Y ahí estaban. Guillermo, Enrique y
los demás jugadores, formando parte de ese fornidable cuadro
pictórico que al conjuro del silbato del árbitro se puso en movimiento,
poniendo también en juego, junto con la pelota, las esperanzas de los dos
equipos por ser el ganador; de los asistentes por gozar de un buen espectáculo;
y, particularmente, de Enrique, que veía ahora la magnífica y tan esperada
oportunidad de desquitarse de Guillermo de todas las humillaciones pasadas,
revividas en su memoria a su sola presencia. Su intención era poner en cada
jugada lo mejor de sí y esforzarse aún más cuando estuviera frente a Guillermo,
encargado de enfrentarlo y contenerlo. Dios, nada le gustaría tanto como vencer
a su rival y dejarlo en ridículo cuantas veces fuera posible, para que todos se
enteraran que él, Enrique, era ahora el mejor y Guillermo, el inferior, el
inútil.
La
consecuencia lógica de todas estas esperanzas fue una verdadera demostración de
buen fútbol. Veintidós jugadores esforzándose por sacar victorioso a su
respectivo equipo, pese a que no había más premio que el honor de ser los
vencedores de un encuentro de aniversario que enfrentaba, prácticamente, dos
generaciones. Las jugadas se sucedían unas detrás de las
otras, cada una mejor que la anterior. Pujanza y juventud de un lado
eran contenidas y equilibradas por la experiencia y el pundonor del otro.
Guillermo,
sorprendido del muchacho alto, atlético y hábil que debía cuidad, apenas
reconoció en él a Enrique -tan diferente y lejano a como lo recordaba- y
dándose cuenta de su afán, se esforzaba por disputarle la pelota de igual a
igual cada vez que se enfrentaban. Fueron 45 minutos de dura brega en los que
la juventud de Enrique fue imponiéndose; y aun cuando al final de la primera
etapa el marcador no se había abierto, ya Guillermo se había dado cuenta que no
podría contener por más tiempo a su escurridizo adversario.
Apenas
a cinco minutos de reiniciada la contienda, Guillermo vio confirmados sus
temores. Sus rivales se ponían en ventaja gracias a una bonita jugada salida de
la iniciativa de Enrique y precisamente en el sector que defendía. Sin embargo,
diez minutos mas tarde, los "viejos" igualaban el marcador
aprovechando una falla de la defensa juvenil. De ahí en adelante el encuentro
fue un constante batallar, cada vez más intenso, por ganar la partida. Sin
embargo, la juventud se imponía y los titulares empezaron a dominar el campo.
Enrique, muy inspirado aquella tarde, encontraba muy poca resistencia en
Guillermo, que a duras penas podía ya contenerlo y que no quería rendirse a la
manifiesta superioridad del rival. No había tregua ni pausa. El público gozaba
del espectáculo aun cuando no hubiera más goles todavía. Bien pronto se dieron
cuenta del enfrentamiento especial entre Enrique y Guillermo; aquél,
pretendiendo vencer personalmente la marca del otro; y éste, tratando de
contener y defender no sólo el marcador sino también su vanidad de jugador.
Ambos
se supieron rivales desde el primer enfrentamiento personal y se esforzaban
silenciosamente, en una lucha sorda, en ganar la pelota o no dejársela quitar.
Nunca como en ese partido hubo tanto derroche de energía, de capacidad, de
coraje y de entrega personal para doblegar al contrincante. Ya casi no
importaba el resultado final sino el orgullo personal de saberse superior y
haberlo demostrado en el campo de juego.
El
tiempo trancurría sin poder romper la paridad. Los demás componentes de ambos
equipos casi se habían resignado a dividir honores con un empate y sólo
esperaban el silbato final para olvidar el enfrentamiento y volver, abrazados,
a la vieja gran amistad colectiva. Pero Enrique no cejaba en su empeño; y a los
35 minutos del segundo tiempo y gracias a una buena jugada de la zaga de su
equipo, él, adelantado, recibió la pelota y avanzó al arco rival,se deshizo fácilmente de dos adversarios y, siempre
alentado por los gritos de los espectadores, siguió avanzando, fulgurante,
hacia su objetivo. Tan sólo Guillermo y el arquero estaban en su camino al tan
ansiado gol que bien pudiera ser el de la victoria. Guillermo así lo presentía
y le salió al encuentro para detener y anular el avance. Enrique lo dejó
acercarse sin variar su camino y al tenerlo frente a sí hizo un amague a la
izquierda, siempre a la carrera, y un "quiebre" esforzado, veloz y
seguro hacia la derecha. Guillermo quedóse parado, burlado y sin poder explicarse
cómo pudo pasar. El hábil jugador siguió adelante. Ya sólo el arquero era el
último obstáculo y salía a cortar la jugada y evitar la caída de su arco.
Enrique no esperó más y desde donde estaba envió la pelota con un disparo alto,
potente, cruzado, que nadie hubiera podido detener. Las graderías estallaron en
un grito de júbilo no sólo por el gol, magnífico en su ejecución, sino también
por la jugada, bella en su conjunto y brillantemente culminada.
El
arquero, inmóvil en su sorpresa, tuvo que reconocer la bondad de la conquista.
El disparo era prácticamente imparable y por lo tanto, no se sintió humillado.
Guillermo, sí. La euforia de las tribunas resonaba en su interior no como
celebración deportiva, sino como burla a su derrota. Se sintió herido y
culpable de que el equipo fuera a perder y puso más énfasis aún en su labor
defensiva. Se prometió a sí mismo que su rival no volvería a pasar en su
sector. Ya nada contaba para él que no fuera detener a ese vendabal de ardor
juvenil que era Enrique, olvidándose, incluso, de su recién descubierta
dolencia cardiaca. Ambos jugadores volvieron a enfrentarse con más ímpetu,
tratando cada uno de opacar y anular al otro. La lucha era más dura en cada
encuentro, pero siempre con altura deportiva. Hubo momentos en que hubieran dirimido
la superioridad a golpes, pero eso hubiera significado reconocer la propia
inferioridad y eso, nunca.
El
público, pendiente del duelo, lo alentaba.
Ya no había afán de ganar la partida, sino de burlar al otro, anularlo,
vencerlo, humillarlo. Los mismos
compañeros de equipo, cada vez que podían, enviaban la pelota al sector de
Enrique, que defendía Guillermo. Y entonces sucedió.
En
uno de esos momentos en que un integrante del equipo activo envió la pelota a
la zona de Enrique, Guillermo, alerta, saltó para rechazarla de cabeza, pues ya
veía que su rival venía, raudo, tras de ella, y cayó al gramado después del
salto, golpeÊÊándose ligeramente. Enrique se detuvo en su avance y quiso volver
atrás por la pelota, pero alguien más la volvió a regresar, de cabeza
nuevamente, hacia donde Guillermo, todavía caído, la había rechazado. La pelota en el aire, rebasó a Enrique y fue
a caer, rodando, dando pequeños botes,
hacia donde Guillermo, apoyándose en el codo izquierdo trataba de ponerse
de pie.
Mientras tanto, Enrique, que
nuevamente regresaba tras la pelota, vio a su adversario tratando de
incorporarse y a la pelota rebotando ligeramente en la espesa hierba,a la altura del pecho del antiguo amigo. Entonces, con la vertiginosa fugacidad de un
relámpago, y también con su misma luminosa intensidad ,
por la mente de Enrique desfilaron todos los agravios recibidos de Guillermo:
la bofetada nunca devuelta, el juramento siempre presente y renovado y su
lesión cardiaca. Y ya no pensó más. Y nunca como entonces deseó darle tan duro a
la pelota. Y nunca como entonces puso
tanto empeño en el impulso muscular. Y
nunca como entonces su patada fue tan fuerte...
Tan certera... Tan mortal...