LUZ MACIAS
LA
MANSION
...porque
enciendes los faroles del que duerme en mis pupilas.
Iván Silén.
Siempre
fue una alucinación pasar por aquella calle de casas coloniales con jardines
grandes. Observar la casona que se levantaba en medio de las otras me llevaba a
intuir que algo raro la habitaba. Nunca pregunté a los mayores qué había en
ella que las otras viviendas no tenían. Era grande con muchas puertas y
ventanas con postigos por si no querían abrirlas del todo. Todas las moradas de
esta calle se abrían para dar paso a la luz mañanera, pero ésta no. Cada mañana
al pasar, la miraba como si algo perverso se escondiera allí. Era un encanto:
sus dos pisos pintados, las puertas de verde oscuro, sus paredes blancas. En
las tardes, cuando regresaba de la escuela, me paraba al frente, para ver si
algún viviente se asomaba a sus balcones; pero todo era inútil.
Una
noche cuando comíamos mamá nos anunció que nos mudaríamos de casa. Yo, un poco
triste, no quería preguntar hacia qué lugar nos íbamos. Imaginaba perder ese
sueño de pasar por esta calle y pararme a gozar de su belleza, de su
embriaguez... de descubrir su interior. Ya no esperaría algún ser desconocido
que abriera sus puertas y me invitara a conocerla. Estaba triste y no presté
atención a mi madre. Vivíamos tres calles más arriba de la casa misteriosa. Me
gustaba pasar y envolverme en sus olores, en su jardín imperial, imaginar sus
cuartos, husmear el olor a caoba, a pino, a tierra cálida, sentir su perfume.
Cuando despertaba de mi arrobamiento me veía frente a ella como el ser más
pequeño del universo. En las noches quería escapar de casa e ir a mirarla, para
ver sus luces encendidas, pero mi madre era miedosa y no nos dejaba alejar de
la calle en que residíamos.
El
pensar mudarnos de lugar me desconcertó y me alejó de mis estudios. Mi única
obsesión era la casona. Ella semejaba un castillo con paredes de bareque.
Varias veces intenté tocar la puerta, y algo dentro de mí me decía que era
malo. Toda esta fantasía terminó cuando nos fuimos a vivir fuera del pueblo.
Ya
no había palacios de boñiga que me sedujeran, no quería ir a la escuela ni que
mamá me hablara. La odié tanto... Dejé de comer, me fui debilitando. Ella, muy
preocupada, me preguntaba por qué no quería hacer las cosas como todos mis
hermanos. No contestaba. Mi silencio obligó a mi madre a investigar con los
médicos sobre mi salud. Yo me negué a ir a cualquier lugar. Dejé de hablarles.
La única persona que me hacía reir o cambiar mi
tristeza era mi padre. A él le pregunté si podíamos volver a la casa de antes,
allí todo sería distinto. Papá lo consultó con los médicos y regresar fue la
medicina que me recetaron.
Se
planeó con cuidado. La casa donde vivimos antes no podía ser, así que nos
mudamos frente a la casona. Me alivié y volví a comer. Mi madre no entendía por
qué me sentía tan feliz. A ella la notaba un poco extraña y cuchicheaba con los
sirvientes. Papá se paseaba silencioso por la casa después de regresar del trabajo.
Todo se realizó como yo lo quise. Los primeros días de vivir frente a la casa,
me levantaba temprano y corría las cortinas, luego abría uno de los postigos y
miraba hacia el frente. Todo estaba como el día anterior. Para mi cumpleaños
pedí a papá que me regalara unos binóculos. Sorprendido me preguntó para qué
los necesitaba. Le mentí. Él era muy ingenuo y quería complacerme en todo. Con
mis binoculares me dedicaba a observar la casa cada vez que regresaba de la
escuela. No observé ningún cambio. Sin embargo, una mañana vi
abrir un postigo en la segunda planta. En ese momento papá salía de casa para
el trabajo.
Observé
que él miraba para allá y movió su mano como si saludara a alguien. Preocupada
por esto saqué mis lentes y miré de nuevo. Nada vi excepto
lo obscuro de una ventana. En casa mi padre era una
persona normal que amaba mucho a su esposa e hijos. Nunca hubo discusión entre
ellos, ni escena de celos ni quejas. Lo que sí recuerdo cuando nos mudamos
aquí, es que mi madre cambió su actitud conmigo. Me miraba con rabia como si yo
fuera la culpable de algo, cosa que a mí no me importó. Yo había ganado ante
ella. La casa era mi fantasía. La debía de proteger contra todo. Un día inventé
estar enferma y mamá quiso obligarme a ir a la escuela. Papá apareció en ese
momento y la llamó aparte. Nada se dijo al respecto y yo quedé en casa. Así que
me puse a espiar la casona. Esa mañana como a las once vi
que una mujer rubia, alta, de pelo largo, muy hermosa, abrió la puerta y luego
cerró al entrar. De ahí en adelante me pasé mirando para ese lugar, pero nadie
salía. En la tarde como a las dos se abrió un postigo del segundo piso. En su
interior no había nadie, sólo oscuridad. Esa noche sentada en el comedor con
mis hermanos, pregunté quien vivía frente a nuestra casa. Todos me miraron
perplejos; creo que hasta ahogo y toses escuché por respuesta. Nadie dijo nada.
Mamá no terminó la comida. Se levantó. Salió sin mirar a nadie. Papá comió un
poco más y ya se iba a levantar cuando le dije: Ayer vi
una mujer muy hermosa entrar a esa casa. El contestó que allí no vivía nadie.
Me prohibió mirar hacia aquel lugar o que ni siquiera lo mencionara. Mamá no
volvió a salir de su dormitorio. Presentí que estaba muy enojada. Luego, vi a papá sentado en la sala leyendo el periódico.
Yo,
con mi idea de entrar al interior de la casa, pedí permiso para salir a jugar
en la calle.
Me prometí que esa noche entraría. Llevaba debajo de mi suéter los
binóculos para mirar su interior. Las luces estaban apagadas. Tenía miedo pero quería invadir ese mundo que
me prohibían desflorar. Caminé por el jardín tropezando con las plantas, casi
corría. Cuidaba que los vecinos no me vieran. Caminé hacia la puerta del
servicio. Llegué temblorosa. Quise regresar, pero una fuerza luciferina me llevaba
de la mano. Empujé la puerta y esta se abrió con un chirrido escalofriante. De
pronto las luces se encendieron y me vi frente a un
espejo; era rubia, alta, esbelta con el cabello largo. Esa noche no pude
dormir. Alguien debía limpiar todo. Devolverle a la casa la belleza y
suntuosidad del pasado. Reía de felicidad. Ahora con los trajes nuevos del
ropero antiguo, luciría mejor que nunca. Es más, me parecía a la mujer del
cuadro que colgado en la pared, encima de la chimenea, me miraba sonriente.
Todo estaba cubierto por pañolones blancos. Pensé cada detalle con mucho
cuidado. Esa noche procuré no encender todas las luces. Quería evitar llamar la
atención de los vecinos. La casa estaba como antes, como en los cuadros. Ahora
faltaba llenarla de invitados, de mujeres bellas y hombres hermosos. En las
noches debían abrirse ventanas y puertas, encender sus luces y esperar
agasajados.
A
la mañana siguiente, abrí uno de los postigos de la segunda planta. Con los
binóculos miraba a la casa de enfrente. Esperaba ver salir de allí aquel hombre
rubio, maduro, que siempre miraba para este balcón y saludaba. Desde temprano
permanecía al pie del postigo para verle. Le he enviado varias invitaciones a
cenar. Esta noche lo espero.