KHALIL ABREU
EL ENCUENTRO
Le hicieron la misma pregunta tantas veces
aquí en el manicomio, y él siempre daba la misma
respuesta. Entonces el enfermo decía que
eso era porque todo el mundo sabe que los hombres no vuelan.
Antes, su abuela siempre le decía que el que
se entregaba a seguir la maldad del diablo, estaba destinado a encontrarse con
él. La beata siempre creyó en cosas de esa índole. Sin embargo, las desplazaba
como supersticiones e idioteces de la
gente capuna. Guancho, como
cariñosamente se le conocía, andaba en malos pasos: crímenes de todo tipo y un
modo de vida vergonzoso al cual había sido introducido desde muy temprana edad,
prácticamente forzado a la criminalidad por la brutal ironía de la sociedad.
Hasta se chismeaba que andaba fumando.
La vez que la policía por poco y lo
agarra, después de haber matado a aquel intruso en la gallera, Guancho pasó por donde Bonyín, el
Brujo Azul, ‑le decían así por ser tan negro‑, para que le preparara un resguardo. Con eso todo estaba
listo, las fuerzas más poderosas del universo ahora estarían a favor de Guancho.
Esta protección le dio tal seguridad al tipo,
que le perdió el miedo a la posibilidad
de que lo agarraran. El problema vino cuando se le perdió el resguardo y, como
dijo don Oché: "poi
mano 'ei diablo", desafió las leyes poderosas que algún día lo
protegieran. Boyín le había advertido que nunca
cruzara el río de noche a menos que tuviera
el resguardo consigo.
El
día que se perdió, la policía lo había estado persiguiendo. Guancho
duró todo el día y media noche entre la oscuridad de los rejones de la gallera.
Decidió irse a su casa a eso de las cuatro de la madrugada. Había neblina y
hacía frío, para no agriparse con el sereno iba dándose sus traguitos de ron
añejo para mantenerse caliente. Por no dar la vuelta por la falda de la loma,
decidió cruzar el río para llegar más rápido.
"El cruce de donde doña Mera
es el mejor", allí el río era bajito y las piedras poseían un resplandor
celestial que permitía hasta a un ciego verlas a través de su eterna noche.
Llegó al cruce, pero antes de poner el pie en la primera piedra, se le presentó
un perro negro, con los ojos brillantes, sentado en la segunda piedra:
simplemente respiraba. Guancho le gritó "perro
del carajo", y el can desapareció. Guancho prosiguió su cruce, pero a la mitad del río volvió
ese perro endemoniado, doble del tamaño y con los ojos rojos, como el cielo de
las siete. Guancho le volvió a gritar: ¡"carajo, coño, maldito perro, vete!". El perro se fue.
Guancho, puñal
ya en mano, siguió su camino, cruzando piedra por piedra el río
silencioso. En la otra orilla estaba el
perro, esta vez de dimensiones monumentales, casi del tamaño de un toro, y
éste, hablándole sonrientemente en puro lenguaje popular, le dijo: "apura
el paso y acaba de cruzar". Fue entonces cuando Guancho
gritó, llamando angustiosamente a su abuela,
mientras trataba en vano de pullar al maldito
animal. La abuela, aun a esa hora tan mundana, respondió al llamado de su
nieto. Después de correr 270 metros de su casa al río encontró a su nietecito en el suelo, revolcándose en el lodazal de la
orilla, apuñaleando la tierra.
Lo que pasó después no lo sé. Creo que sin que
nadie lo supiera la abuela fue quien salvó la vida y el alma de Guancho, pidiéndole a Yemayá que
le ayudara en su momento de más necesidad. Sí, su alma estaba a salvo; sin
embargo, Guancho perdió el juicio. Dicen. Porque él
vio a aquel perro grandísimo convertirse
en el hombre más feo y buenmozo que él jamás había
visto en su joven vida, quien respiraba un aliento tan negro y tan sulfúrico a
través de su sonrisa encolmillada, y que parió un par
de alas enormes para volar hasta no se sabe dónde.
Las
hebillas de las camisa de fuerza que Guancho modelaba, llevaba candados, mientras él decía que
"el perro se convirtió en el diablo y salió volando". La aguja lo
penetra y prontamente cierra los ojos a siestear. Yo
no le creo esa historia. No se la creí
cuando me la contó ayer, no se la creo hoy, y no se la creeré nunca. Así se lo
merece, tan amistoso que fui con él ayer
en la sala de juegos, y dejé que me contara lo que le pasó, y hasta le di de mi
pan. Él no se merece que yo le crea; el no me creyó cuando yo le dije que el
año que viene a mí me toca ser dios.