JOSEFINA INFANTE-VOELKER
Nació en Burgos (Castilla). A los tres años su familia se
trasladó a Barcelona, ciudad en la que creció y se formó culturalmente
militando y nutriéndose en los ambientes progresistas españoles de la
transición política, tiempos que siempre recordará con nostalgia. Asistió a la
Universidad Autónoma de Barcelona en la que cursó estudios en Filosofía y
Letras. Desde hace una década reside en Nueva York, ciudad en la que está
cursando estudios doctorales en literaturas hispánicas y luso-brasileñas en el Graduate Center.
DISQUISICIONES
EXISTENCIALES
¿Qué
pasará cuando mis cejas blanqueen
y
quieran formar parte de la perpetuidad de la nieve?
¿Qué
pasará cuando mis años se congelen
en
el calendario del tiempo o cuando mi imagen tenga
el
halo del Karma eterno y alcance las dimensiones del Nirvana?
¿ O
mi imagen dorada obtenga la idílica aura del icono
y
yazca en el espacio perpetuo de la muerte
indiferente
y presente a los momentos estelares de cualquier vida?
Entonces, ese
instante fraccionado en millones de seres
retornará
al breve y eterno momento de la existencia.
Nuestra energía
concentrada,
en ese ser humano
anónimo,
deseará
llenar de sentido un vacío de gruta prehistórica,
perdido
y asaltado en la cronología
del
fluir sin retorno del número cuantificado.
Y luego, la nada
repetida,
el
vacío de la memoria individual
se
perderá en la memoria cósmica,
en
el esqueleto bello de su polvo,
en
la caricia doliente del agujero ocular de la calavera,
en
fémur de museo,
en
mandíbula cromagnónica,
en
cavidad encefálica de Homo Sapiens.
Y todo lo que fue,
volverá a ser:
hoy,
mañana, ayer,
lunes,
diciembre, principio de siglo, fin de milenio,
decadencia,
explendor, años dorados,
racionalismo,
anarquismo,
ortodoxia
y agnosticismo.
La Filosofía, la
Historia, el Cuento,
todo
lo que nuestras vísceras percibieron,
será
una realidad adormecida,
encubierta
en la losa de la sepultura,
que
albergará al enigmático musgo
y
al rocío de la aurora,
las últimas gotas de luz, de su ocaso.
*
UNO DE TANTOS DIAS
A veces, voy por la
vida
sin darme cuenta que me duele una costilla,
que mis piernas pesan como el cemento,
que la muela del juicio finalmente me perfora la encía
o que mis ovarios oprimen las paredes de la pelvis.
Me
aletargo en la estación del tren,
veo pasar a la gente:
Sigo
sus cuerpos
pero no siento su dolor
¿
o sí ?
son espectros grises
con gabardina y maletín:
pelos enlacados.
Otro
día de oficina,
frente al ordenador,
junto a la pizarra,
enseñando el tedio
del cuerpo vestido:
los protocolos sociales.
Extiendo
mi brazo,
doy la mano a alguien
y siento el peso de la gravedad de la vida.
Me
pierdo entre rostros
hoy inexpresivos,
deseo mirarme a un espejo para reconocerme:
no siento nada.
Mis
tripas se retuercen,
sueño en una cama
con sábanas blancas
y mi madre en la cabecera,
tapándome.
No
es posible la tregua
ni la nostalgia.
Subo
al tren
abro un libro para entretenerme
y mientras lo tengo abierto
pretendiendo leerlo,
yo escribo mi propia
historia:
la de un ángel al que le duelen las alas.
Siento
presión en la frente,
tensión en el cuello
¿cuántos minutos para la próxima parada?
Se
abren las puertas,
los pasajeros me empujan al andén.
La
gente camina con una energía que no poseo,
me duele la espinilla al subir las escaleras,
la carne asida a mis huesos
hoy parece atrofiada, gangrenada,
y sin embargo,
no encuentro excusa para quedarme en casa enferma,
¿
enferma de qué ?