JOSEFINA
INFANTE-VOELKER
DE LA
BARCELONETA A CONEY ISLAND
(Un cuento
para el fin de siglo)
Era el primer
domingo de un nuevo año: un día gris brillante, y en el suelo, residuos de
nevadas de días anteriores. Algo me llamaba a reencontrarme con el mar, siempre
en días tristes, como el de aquél de mediados de otoño, en el que me despedí
para volver, no sabía cuando. Tendría que contarle tantas cosas y el azul
grisáceo del mar de ese día debería tiernamente aconsejarme, invitarme a la
complicidad, evocar viejas y entrañables nostalgias.
Caminaba despacio
desde la vieja y lúgubre estación de Coney Island, disfrutando de lo abandonado
y solitario del lugar: las atracciones paradas, los estantes cerrados, dos o
tres transeúntes parecían animar ligeramente aquellas calles tan concurridas
durante el verano. En el paseo marítimo me sorprendió una cierta actividad:
algún que otro chiringuito abierto, y en uno de ellos, un grupo de motoristas
con cazadoras negras y cascos que me recordaron a los nazis de la Segunda
Guerra Mundial. Sus enormes motos aparcadas daban un tono bélico y de tensión
contenida a aquel desolado lugar.
Me paré en un establecimiento
a tomar un café, al verlo abierto me invadió una necesidad extraña de
refugiarme en él, protegerme de no sabía qué. El local iluminado con luz
natural, que venía del paseo marítimo, tenía dos barras: una en la que servían
bebidas alcohólicas y otra para comidas y cafés. Me senté en esta última.
En frente habían
dos hombres muy delgados, se les notaba un envejecimiento prematuro: uno
desdentado que hablaba parsimoniosamente, embriagado, y el otro con una tez
enrojecida y una mirada lejana y perdida. Una mujer
tremendamente obesa les acompañaba, echando un incansable humo por su boca y
hablando con un dinamismo que contrastaba con la apatía de los dos hombres. Su
obesidad se veía más pronunciada por el chandal de color pastel que la cubría,
marcando el abultamiento de sus glúteos y la redondez general de todas sus
partes corporales. Su informalidad en el vestir resaltaba frente a la sobriedad
del esmoquin de su perrito chiguagua con pajarita y sombrero. El café
americano, más aguado que los que servían en España, al que ya me había
acostumbrado, estaba hirviendo, lo que hizo que tuviera que demorarme unos
minutos antes de que pudiera darle el primer sorbo. Una canción familiar, que
había escuchado por primera vez en alguna película de Hollywood, en blanco y
negro, que mi hermana cantara muchas veces en español, me trasladó a la Paloma,
al genuino local barcelonés que frecuentaba para escucharla interpretar
melodías y ritmos provenientes de diversas latitudes y épocas: salsa, tango,
boleros, cuplés y otras de origen no hispano traducidas al castellano. La masa
más variopinta se concentraba, divertía y reconfortaba en torno a estas
melodías que atraían a nostálgicos de otras épocas, solitarios, prostitutas,
emigrantes que añoraban su tierra, alcohólicos, comunistas, anarquistas,
feministas, bohemios, artistas, parejas de homosexuales que empezaban a mostrar
su amor en público y travestís con los que compartí el baño de señoritas.
Concha seguía
cantando en la Paloma, fiestas mayores, verbenas, y allí donde hiciera falta
una animadora con orquesta. A ella le debía el rico colorido de memorias que
guardaba de Barcelona, la que me sacaba de casa con su entusiasmo, por la que
convivía con otra gente, pues yo siempre tendía al aislamiento y a la soledad.
Ahora debería estar
acabando de comer, o empezando una de sus interminables siestas, más largas que
las nuestras, por imperativos de su trabajo nocturno. Mi familia estaría allí,
durmiendo o soñando en aquel piso de la Barceloneta, reuniéndose para la comida
del domingo. En el vine al mundo una tarde calurosa de principios de verano,
con ventanas frente al Mediterráneo, un mes después de que mi familia llegara a
aquella gran metrópoli con mar. Tenía yo apenas unos días, cuando ya me habían
bañado en sus aguas y era en la playa donde mi madre siempre me encontraba.
Dice que no le sorprendió que mis ojos tuvieran el mismo color del agua,
adquiriendo sus múltiples y camaleónicas tonalidades: verde intenso, verde
pálido, verde azul, azul grisáceo.
Concha y yo pasábamos
todos nuestros veranos en la Barceloneta, mientras soñábamos con que nuestros
padres reunieran suficiente dinero, para llevarnos a conocer a los tíos y
primos que que se habían quedado en Andalucía. Pero nos conformábamos con que
nos llevaran una o dos veces durante el verano a los baños de San Sebastián,
también en la Barceloneta, desde los que se podía acceder al mar. Estos eran
más exclusivos que la playa, con unas caras mitológicas que echaban agua por la
boca, llenando las piscinas con un agua verde clara. Nos gustaba correr con
nuestros bañadores floreados entre las hileras de casetas azules, de principios
de siglo, que se juntaban con el cielo, yo con vergüenza, y ella con
excitación, una vez nos habíamos cambiado.
El primer sorbo de
aquel café, todavía demasiado caliente, me retornó a ese local, deteriorado y
en decadencia. Al fondo, entre tinieblas, sillas viejas de madera, encima de
largas filas de mesas de mármol, en desuso. Alrededor de las paredes,
fotografías que mostraban la gloria pasada del lugar, en las que se veían
fechas de finales del siglo XIX: 1896, 1897...1899, de esta última, hacía ahora
un siglo. En ellas se apreciaban las masas de inmigrantes europeos que
frecuentaron este popular lugar, buscando un paréntesis de ocio, cicatrizando
las nuevas heridas de la inmigración, incubando el sueño americano, entre
pesadillas y nostalgias...como yo.
Allí estaban mis
antecesores, aquellos a los que esta gran metrópoli había asimilado y atrapado,
mientras se multiplicaban en los millones de neoyorquinos que conformaban el
Nueva York de hoy. Sus cuerpos yacerían
en esos macrocementerios que veía desde los trenes.
Mujeres con
vestidos largos y sombreros, caminando o tumbándose en la playa, niños vestidos
de marinero, y hombres que habían improvisado un traje de baño, quedándose en
ropa interior, conformaban algunas de las imágenes que adornaban la pared.
Junto a éstas, jóvenes en enaguas, con sonrisas y
miradas cómplices, que la cámara detectaba. Otras se bañaban vestidas ante el
pudor de destapar su cuerpo, manteniendo el tabú imperante en la época
victoriana. Ahí estaba la imagen de un
precioso niño de pocos meses con su madre, tumbados en la arena, protegiéndose
debajo de una sombrilla blanca y junto a ellos, un gran cochecito de bebé negro,
cubierto con su majestuosa capota.
No era sólo el mar
lo que atraía a los neoyorquinos de finales de siglo a este lugar, sino lo
grotesco, lo circense, lo carnavalesco, lo espectacular. Allí se encontraban
expuestas las más grandes curiosidades vivientes del momento: "The Queen
of Fatland", tan gorda que tomaba siete hombres abrazarla, pesaba 685 libras; " The Tiniest and
Funniest Little Lady", que a sus dieciocho años tenía las dimensiones de
un bebé, junto a la "English Giant", una mujer altísima, que medía
siete pies con dos pulgadas y pesaba 148 libras. Todo lo anterior, al
decimonónico precio de 10 centavos. Las
imágenes majestuosas del "Luna Park", con su maravillosa iluminación
nocturna, sus atracciones, sus decoraciones de ensueño, se multiplicaban
alrededor de las paredes. Los gigantescos elefantes conducidos por hombres
vestidos de sultán, y todas las maravillas e ilusiones de la magia circense,
daban ese tono de ensueño al Coney Island del anterior fin de siglo.
Me llamó la atención una
bailarina oriental, con facciones de gitana, por su gran parecido con mi
hermana Concha, a la que imaginé bailando para los neoyorquinos del momento. A
ella siempre le gustó la concentración de gente, la avalancha de bañistas que
atraía la playa en el verano. Yo prefería los atardeceres, las puestas de sol,
cuando todo el mundo se había ido, y la playa me pertenecía. Prefería su
compañía en un día de invierno, cuando sólo los niños entusiastas, o los viejos
tristes y nostálgicos, se paseaban por ella. A Concha, sin embargo, le gustaba
la magia y la transformación del
encanto, hasta hacer de ello su sustento diario. Sus armarios estaban repletos
de lentejuelas, colores brillantes, pendientes de enormes aros, bisutería
fantástica y pañuelos exóticos de media luna con estrellas, como los de esta
bailarina oriental, que tomaba prestados, de vez en cuando, para darle un aire
bohemio a mi indumentaria. Miré detenidamente a esa mujer con brazos en el aire
y me imaginé que era Concha que cómplicemente me miraba y saludaba. Sentí una
emoción extraña en el estómago, entre excitación y temor, por el mensaje
enigmático que estas fotografías me comunicaban.
Pagué el café y antes de
salir del local eché una última mirada a los dos hombres y a la mujer de la
barra contigua. Estaban igual, parecía como si el tiempo se hubiese parado para
ellos. Me los imaginé en blanco y negro, vestidos a la época victoriana,
visitando el Coney Island de finales del siglo XIX, y creí precibir su imagen,
al lado del precioso niño tumbado en la arena, junto a su madre.
Me puse a caminar por
aquellas largas tablas de madera que constituían el paseo marítimo, elevadas
sobre la arena de la playa. Me crucé con el hombre de los tatuajes. Lo había
visto durante el verano, todo vestido de negro con un pasamontañas que le
cubría la cara, con aperturas para los ojos y la boca. Me recordó a los
verdugos de las películas. Sólo le faltaba la víctima a la que cortar el
cuello, con el enorme hacha que imaginaba sostendría
en su mano. Más tarde se quitó el pasamontañas mostrando los tatuajes de su
rostro, invitando a los presentes a que visitaran un pequeño museo de
curiosidades. Ahora, llevaba la cara destapada, y el pasamontañas le servía de
gorro. En la frente me pareció ver un interrogante, cuando pasó junto a mí, tan ajeno también a
todo, demasiado acostumbrado a despertar miradas, me di cuenta que el
interrogante se había convertido en una víbora, con la boca abierta, dispuesta
a morderme. Su presencia dejó un halo de tristeza, la ansiedad y la angustia
empezaban a asaltarme. Mis extremidades me pesaban y mis miembros se movían
torpemente.
Unos gritos entusiastas
dirigieron mi mirada hacia unos hombres en bañador que corrían hacía el agua.
Un viento fuerte se levantó súbitamente, empujándolos al mar, llenándolo todo
con una energía inesperada... eran los Polar Bears. Una súbita ilusión se apoderó de mí, haciendo
imperceptibles el frío y el viento. La imagen jovial y alegre de esos hombres,
hizo que me dirigiera a la playa y me acercara al grupo. Me uní a los curiosos
que observaban el espectáculo. No tuve que esforzarme en entablar conversación,
porque un hombre que estaba en el agua, después de haberse sumergido, me dijo:
"The water is great", y empezó
a hablarme enfáticamente de las cualidades curativas, higiénicas y terapéuticas
del agua fría. "Cuando laves los platos, lávalos con agua caliente, pero
siempre deslávalos con agua fría, lo mismo con la ropa", prosiguió en
inglés de marcado acento italiano. Yo sonreía, pues ese hombre moreno, bajito,
fuerte y musculoso, parecía una de las
personas más felices que había conocido en Nueva York.
Un hombre ya mayor, se
dirigió a mí, hablándome en inglés, con marcado acento hispano: "It's
warm, touch it!", exclamó. Me saqué los guantes y toqué el agua del
Atlántico, que no estaba tan fría como el viento que corría. "¿Habla usted
español?", le pregunté, con ánimos de fraternalizar con alguien en mi
lengua. "Soy puertorriqueño ¿y usted?" "Yo española",
contesté. "Conozco Barcelona y su playa de la Barceloneta, en ella me bañé un invierno", "¿de
verdad?", dije asombrada,"yo nací y viví allí antes de venir a Nueva
York, "yo nací en la Barceloneta... la de Puerto Rico, pero he vivido en
Nueva York toda mi vida", me confesó, y nos reímos de la coincidencia. Un
hombre alto y fuerte salió del agua, y nuestras miradas se cruzaron por breves
segundos, su pelo oscuro, la piel y ojos aceitunados podían haberlo vinculado
en el pasado a algún lugar del Mediterráneo: griego, italiano, yugoslavo... mi
mirada lo siguió, mientras mi mente evocaba imágenes de aquella deshabitada y
lúgubre calle del Lower East Side, en la que me llamó la atención un local
medio abandonado, pintado de azul cielo por afuera, con unas enormes y vistosas
letras, en las que se leía "Barceloneta". Había algo en esa calle que
me recordó la Barceloneta de mi infancia, pero el solitario y abandonado lugar,
me hizo desistir del deseo de adentrarme en el local a preguntar por más
información. El polar bear me había confirmado mi sospecha. La existencia de otra
Barceloneta en el Caribe, con palmeras verdes y clima tropical, había inspirado
a los nostálgicos emigrantes puertorriqueños, a darle ese nombre al local. La
curiosidad de conocerla empezaba a forjarse en mí... la intriga, el
paralelismo, la coincidencia.
Los polar bears ya habían
abandonado el agua, yo me quedé atrás,
en la orilla. El boricua con el que acababa de hablar, se giró y me hizo un
movimiento con el brazo, para que fuera. Se congregaron en un pequeño local y
sirvieron una sopa rápida muy salada y unos dulces muy azucarados. El señor
puertorriqueño me dio una hoja con su fotografía, una fotocopia de un recorte
de periódico. Fue así que supe que se llamaba Nelson Rodríguez y de algunas de
sus hazañas. Se había bañado en las aguas más frías del mundo: las costas de
Alaska, Groenlandia, Canadá, Los Países Escandinavos e Islandia. Me guardé la
hoja como una reliquia y me entretuve con la compañía de los entusiastas y
jubilosos polar bears. Eran un grupo fraternal, unidos por el amor a los baños
de agua fría.
Seguí leyendo recortes de
periódicos expuestos alrededor de las paredes, reconociendo en sus imágenes a
los miembros de este grupo, en los que se ensalzaban y detallaban sus hazañas,
alrededor del gélido mundo, con la sensación de que uno de ellos me seguía fija
y obsesivamente con la mirada.
Cuando acabé de leer los
recortes de periódicos, todo el mundo había desaparecido, y vi a Nelson
Rodríguez decirme "Adiós" con la mano. Paseé por el boardwalk, con la
sensacion optimista y excéntrica que los polar bears habían dejado en Coney
Island, hasta que sentí de nuevo que el frío se me metía en los huesos y el
viento me cortaba la cara. Este me empujaba hacía la vieja y lúgubre estación
de Coney Island. Algún día me desprendería de aquel abrigo largo, sombrero y
botas que había comprado en un thrift
store, y me metería con ellos en el agua. Sería un buen tratamiento de
shock, ideal para paliar mi intoxicada vida neoyorquina. Me veía emergiendo del
agua liberada del dolor de los últimos meses... renovada... reconfortada...
purificada.
Entré por el tunel oscuro que
conducía al tren que me llevaría a Manhattan. Me senté en el último vagón, no
había nadie. El único pasajero con el que compartí el tren, entró mucho
después, poco antes de que se cerraran las puertas. Se sentó como yo, junto a
la ventana. Tenía un bigote denso que le cubría el labio superior, todo él
evocaba a los caballeros decimonónicos: su sombrero, su oscuro abrigo, sus largas y anchas patillas.
Abrió un periódico en ruso y empezó a leerlo. En la siguiente estación entró
una familia de judíos hasidiks. El padre con sus tirabuzones, sombrero y casaca
negra, su mujer con sombrero y abrigo
azul marino y las dos niñas con sombreritos y abrigos del mismo estilo que su
madre, de color verde botella. La peluca de la madre era del mismo color,
estilo y largura que la media melena de las niñas, vestían según la más
estricta tradición ortodoxa. Llevaban un bebé en un cochecito, que era una
réplica del de la fotografía de Coney Island, con capota negra y enormes
ruedas. La mujer les dijo algo en hebreo a las dos niñas y luego se sumieron en
un silencio absoluto. Apoyé la cabeza contra la ventana, quedándome dormida.
Entré de nuevo en el local,
el del café, como una sombra de hacía mucho tiempo, y reconocí sus fotografías.
Entre ellas, una nueva me llamó la atención. Era la de una pareja que sonreía
alegremente, con el mar de Coney Island al fondo. El era el polar bear de la
piel y ojos aceitunados, junto a una mujer que vestía con un vestido blanco de
encaje, de mangas amplias y voluminosas, con el talle y cuello ajustados, su
pelo recogido en un moño. Sus rasgos me delataron mi propia fisonomía, y su
sonrisa aquella que mis labios perfilaban en momentos de intensa felicidad, sus
ojos miraban al infinito. Llevaba los mismos pendientes que me pusiera aquel
día, antes de dirigirme a Coney Island. Unos que había comprado en un
anticuario de Barcelona, con un labrado antiguo, de tiempo indefinido. Desde
que los vi, no pude resistir el comprarlos.
Los objetos me hablaban a una
velocidad más rápida que las palabras,
como rayos invisibles se filtraban en lo más profundo de mi ser, comunicándome extraños y enigmáticos mensajes. En la
esquina derecha de la fotografía se leía, July of 1899. En el verano se
cumplirían los cien años de ese retrato. Una tos seca y súbita me hizo saltar
del asiento. Por unos momentos me costó recuperar mi memoria, atravesando por
esos angustiosos instantes en que se nos abren los ojos, sin haber recuperado
del todo la conciencia. Me acordé del ruso que leía el periódico, en su asiento
noté el vacío. La familia judía estaba allí todavía, callada, pensativa. Miré
el reloj nerviosa y aturdida, asaltada por múltiples
sensaciones y extraños presentimientos... temerosa, presa del pánico que solía
apoderarse de mí en momentos de intensa incertidumbre. Eran las doce del
mediodía. En la Barceloneta estaría empezando a anochecer, serían las seis de
la tarde... ¿y en la otra Barceloneta?...¿qué hora sería?.
Paramos súbitamente en Pacific Street. Desplegué el mapa del tren, para
cerciorarme de que estaba en ese tiempo y en ese espacio... Dekalb Avenue sería
la próxima estación.