JOSE J. OSORIO

 

EL CASTILLO HEREDADO

                                                                                                                                 

 

                                                Vive con poco: algo de comida, una pieza modesta, y una biblioteca pública cerca. No compra libros; no tiene con qué, y no le interesa poseerlos, prefiere leerlos. Los libros cabalísticos son sus favoritos, al igual que los gnósticos y sobre los grandes misterios.

                                    Un día cualquiera recibe una noticia sorprendente: Es el heredero de un enorme castillo. Quién lo ha nombrado su heredero le es absolutamente desconocido.

                                    ‑¿Por qué he heredado esto? Se pregunta el hombre abismado. El castillo es enorme, poblado de cuartos, pasillos, salones, jardines, y lúgubres sótanos.

                                    Quien ha heredado es un hombre pobre

                                    ‑¿Por qué he heredado algo que ni siquiera conozco? Encontrar la respuesta se convierte en la razón de su vida.

                                    De los libros cabalísticos aprendió que nada ocurre en el universo sin una razón secreta, y que cada razón esta inmersa en la trama de un orden establecido para toda la eternidad por una lógica suprema. Además sabe que de todo acontecimiento es susceptible de ser descubierto su orden secreto. ¿Cuál es la trama secreta que lo determina ser el heredero? Busca la razón ligada a quien fuera el dueño del castillo, y en los motivos que lo llevaron a tomar la decisión. Respuestas que muy probablemente encontraría en el castillo.

                                    Su primer día en el castillo no pudo ser peor: la servidumbre estaba ansiosa por conocer al nuevo heredero, pero sobre todo deseaban que resolviera problemas de índole financiero que eran impostergables: No había comida en las alacenas, a los empleados se les adeudaba dos meses de sueldo y la reparación de los sótanos, afectados por el último invierno, habían sido suspendidas.

                                    Su vestimenta, su presencia de ánimo, hizo perder todo tipo de esperanzas a los trabajadores. El fue franco con ellos: ‑había heredado, por no sé qué razones desconocidas‑les dijo‑ y era un hombre pobre que trataría de encontrar los medios para remediar la difícil situación en que todos se hallaban. Pero no prometía nada, porque desconocía el lugar y lo que en éste se pudiera encontrar para solucionar la situación.

                                    Vagó varios días por la propiedad, acompañado por el más antiguo de los empleados. Le hizo muchas preguntas acerca del antiguo dueño del castillo. Conoció su inmensa biblioteca. Allí culminó su recorrido. Decidió conocer los libros, tratando de encontrar algún mensaje cifrado que lo llevara a descubrir la razón por la cual había heredado el lugar.

                                    Se sorprendió de los gustos literarios del antiguo dueño: eran sus mismos gustos por la cábala, los libros gnósticos, y sobre los grandes misterios. Había en el hecho ‑pensó‑ un mensaje secreto sobre los designios que llevaron al antiguo dueño a nombrarlo su heredero. Pero, al igual que él, el antiguo propietario no parecía haber pertenecido a ninguna logia o grupo secreto. ¿Cómo, entonces, había llegado a saber de su existencia, a tal punto de nombrarlo su heredero?

                                    Pudo ser una trama maligna la que lo llevó a ser el nuevo dueño. Pero en las razones eternas no existen ni tramas buenas ni malas; todo acontecimiento está ligado a designios determinados desde los comienzos del tiempo. Quizá en la particularidad de cada destino humano un hecho pareciera maligno o trágico, pero eso sólo corresponde a una muy singular interpretación de las razones del mundo cuando a éstas se liga el destino de un ser en particular.

                                    Existía una razón predeterminada para que él llegara a ser el heredero, le pareciese ésta maligna o no, y ahora le correspondía descubrir esa razón oculta. Tarea quizá para ángeles y que necesitaba la pasión de los elegidos. No se desanimó ante tamaña empresa y la acometió con decisión y paciencia.

                                    Continuó sus lecturas, que lo apasionaban cada día más. Vendió algunos objetos antiguos que encontró en el lugar, con el dinero pagó a los empleados y los despidió. Dejó el más antiguo, hombre viejo y solo que quizá moriría al verse lejos del sitio en el que había nacido. El le serviría de compañía en la empresa infinita que había decidido acometer.

                                    Pasaron los días, los meses, y los años. Se volvió viejo. La biblioteca empezaba a agotarse, sus ojos también. En uno de los últimos anaqueles descubrió un pasaje secreto. No pudo preguntarle al antiguo empleado si conocía aquel pasaje

                                    Por una escalera en forma de caracol bajó hasta un cuarto pequeño. En éste habían más libros antiguos, escritos a mano, incunables, de un valor incalculable. La mayoría escritos en latín ‑que él sabía leer‑, otros quizá en griego ‑que desconocía‑. Su alegría fue inmensa.

                                    El castillo estaba casi vacío. Vendió lo último que quedaba. Sólo dejó los libros recién encontrados. Continuó leyendo en el cuartito del sótano, que adecuó con suficiente iluminación. Aprendió griego

                                    En todos los años de placenteras lecturas no había encontrado las razones ocultas que buscaba. El orden secreto que lo había signado heredero del castillo le había sido esquivo durante todos estos años.

                                    En uno de los  últimos libros alcanzó a leer: "La razón que buscas la encontrarás la víspera de tu muerte". Su alegría fue indescriptible. Estaba viejo y no le preocupó la idea de su muerte, quizá cercana. Había encontrado, por fin, una huella efecfiva que lo podría conducir a la revelación del misterio.

                                    Muy enfermo leyó el último incunable. El libro estaba dedicado a demostrar que no existen misterios ni tramas ocultas en el mundo. Afirmaba que no se podía demostrar que existía alguna razón en los acontecimientos. Además, mencionaba que cualquier explicación de la trama de los acontecimientos del mundo era susceptible de ser probada como cierta o falsa; según se diera la ocasión, los argumentos o hechos propicios. También, establecía que la búsqueda de este orden ilusorio, en los acontecimientos, era la más alta metafísica que hombre cualquiera debiera intentar; que esta búsqueda le daba sentido al hombre en el mundo,lo guiaba a fines dignos y a vidas plenas.

                                    Terminó de leer el libro en el ocaso del día y de su vida. Murió tranquilo y feliz.