JESÚS
BOTTARO
UNA TARDE
DE VERANO
Novio mío, sal de mis sueños
y entra en mi vida.
Graffiti
.
Tal es el sentimiento de la existencia,
que llega a ser
insensible debido a su continuidad.
Cuando no sufrimos, no nos acordamos de
nosotros.
Maine De Brian,
Autobiografía
Cuando tenía quince
años pensaba en tener una casa, un carro y ser alguien, es decir, tener una
profesión. Ninguna, en ese momento, era fácil para mí. En lo que menos pensaba
era en noviazgos. Eso no me interesaba absolutamente para nada.
Vivía en casa de mi
abuela Baba con mis dos tíos solteros, un primo que para ese entonces era
cadete naval, tres sobrinos y una tía viuda cuyo único día libre, extrañamente,
era el martes. En la práctica, era yo quién se ocupaba de todos estos hombres
pues mi abuela era más el tiempo que pasaba en casa de cualquier otra tía o en
el Club de Damas Rusas, que en nuestra casa.
Los días pasaban en
ir al colegio, pelear con mis primos y sobre todo con uno de mis tíos. A mi
padre lo veía los domingos. A veces subía a Caracas, a la "caza" de
mis padres, para realizar una que otra tarea ya que aquí, a veces, no tenía el
material necesario. En el litoral no existían bibliotecas, y aunque tuviera
alguna no hubiese ido. Yo las odiaba. El silencio obligado nunca me ha
agradado.
Mi entretenimiento
favorito era jugar béisbol en los pasillos del colegio. Escaparme, evadir las
clases, era una sensación excitante. Burlar al pobre curita de la portería era
tan fácil y divertido como comer las empanadas del Rancho que era mi objetivo
de fuga. También me iba a caminar por ahí a vagabundear la vista. A veces
trepaba por el mercado y llegaba al puerto para mirar los barcos, sus colores,
sus cargas, sus banderitas y sobre todo sus gritos. Se desgañitaban, gritaban
sin descanso, pidiendo un puesto en el muelle para descargar quién sabe cuántas
cosas. Así iban pasando los días.
En el
colegio cuando me descubrían en travesuras, rayando las paredes o jugando
béisbol en el sitio y la hora equivocada, el castigo era recoger las botellas
verdes y ámbar después del recreo. Nunca supe de dónde, ni para qué eran las
botellas verdes y ámbar que recogía y para todos era un misterio de los curas.
En la casa, después
de hacer la tarea, realizaba las labores asignadas por mi tía. Por supuesto,
tareas hogareñas que yo detestaba pero que no podía dejar de hacer.
Por haber tantos
varones en la casa, ésta vivía llena de muchachos de todas las edades, pero
había uno, amigo de mi primo el marinero, que entraba y salía no sé cuantas
veces al día. Hecho tal, que no había tomado en cuenta hasta que lo comencé a
ver a cada instante y hasta en la sopa, como se dice. Donde quiera que iba, ahí estaba él, como mi sombra. En la puerta del
colegio, en el Rancho, la playa, la esquina y en la entrada de mi casa. Parecía
múltiple y lo único que le faltó fue meterse en mi cuarto.
Entonces llegó la
oportunidad para él. Una noche, mientras hacía un trabajo de geografía, en el
cual tenía que colocar unos mapas, pregunté a mis tíos quién podía ayudarme a
hacer los dibujos y él se ofreció gentilmente para hacerlos. El trabajo era
para el día siguiente en la tarde y para el día siguiente en la tarde estuvo.
Pero esa noche no
sólo fue para hablar de geografía y de mapas, sino para entregarnos en un
mágico mundo con olor a menta y sabor a chocolate. La razón del porqué era mi
sombra comenzó a helar mi cuerpo. El corazón latía con tanta fuerza que la
respiración no existía. Hasta que, por sorpresa, llegó aquel beso que ruborizó
mi mente, encendió mi rostro, segó mi mirada y desmayó mi cuerpo. Creo que para
él, mi reacción fue tan inesperada que tomó mis manos temblorosas y comprendió
que deseaba, con ansias, que lo repitiera, y así lo entendió, pues me tomó en
sus brazos para vaciarnos en otro beso.
¡Desde esa noche
fuimos novios! Ahora mis paseos, mis escapadas y otras andanzas, eran
compartidos con un noviazgo oculto. Ni a mí ni a él nos dejaban salir a ninguna
parte. Pero compartíamos los juegos comunitarios que no despertaban ninguna
sospecha y cada vez que podíamos salir nos veíamos.
El símbolo del
noviazgo en esos tiempos era intercambiar carnets
estudiantiles. Nadie pudo imaginar lo que iba a suceder la mañana en que una
amiga encontró en mi cartera, buscando dinero, el carnet
estudiantil de la academia naval del joven más codiciado de toda la vecindad.
Un grito
estrepitoso que hizo que las ventanas y las puertas viejas del templo del colegio
crujieran hasta casi caerse. Cuando la vampira del salón, así le decían todos, descubrió el motivo
del grito, el calor del salón no se pudo soportar. Ella emanaba fuego por los
poros y sus gritos los oyó la costa completa, la montaña y el mar... Era mayo y
tenía la impresión que la humedad seca del litoral la desbordaba como un cráter
rabioso. Pero se lo tuvo que aguantar pues ya no había remedio.
Inmediatamente
llegaron las vacaciones. Debía regresar a la casa de mis padres y nos
preguntábamos como íbamos a seguir siendo novios con tanta distancia de por
medio. Decidimos vernos los fines de semana. Así lo hicimos hasta las
reparaciones de septiembre. Me habían aplazado varias materias y tuve que
regresar para presentar exámenes.
Era la tarde de un
lunes de setiembre, un día de sol, donde la actividad del puerto guaireño fluía
normal, siempre un poco ajetreado. Para mi sorpresa, todo el que lo conocía me
preguntaba por él. Habíamos quedado de acuerdo en encontrarnos a la una de esa
tarde de setiembre, bajo los uveros, en la entrada del colegio. En esa época
del año los uveros están en flor y cubren la arena con una alfombra marfil que
te perfuma la piel.
Al llegar el calor húmedo de las dos de la
tarde, fui a presentar mi examen, a los veinte minutos ya había
terminado, y salí para sentarme en la calzada hasta que ya mi cuerpo no
aguantó. Me llegó el presentimiento inmenso y desgarrado de que nada había
sucedido; no sé cómo, pero sabía que ni lo eventual, accidentado o trágico,
cabría en las causas de mi repentina deseperanza y su
ausencia. Mi estómago ardía con ganas de devolver, mi corazón latía con fuerza,
la respiración se acabó y un letargo frío y extraño apareció en mi mente, lo
cual me hizo levantar. Tenía que irme, ya era tarde. En mi casa me esperaban y
debía regresar.
El ya no regresó
más, nunca volvió ni lo vi. Sin embargo creo que aún hoy lo estoy esperando.
Aunque si no a él en particular, por lo menos, a ese sobrecogimiento, dulce y
amable que fueron sus besos y abrazos de rivera de puerto, que ahora no son
sino pura huella y evocación de luna menguante.
Al parecer Baba
supo todo desde un comienzo y con mi tristeza y la suya, sólo me dijo que en la
vida las experiencias son necesarias y útiles pero que debía recordar y
tener muy presente, que las jóvenes son para los jóvenes y los muchachos no
deben ir con otros muchachos sino con muchachas, que yo era un muchacho de
quince años y no una muchacha. Pero el dolor no me dejaba oir.
Aquí en la
ensenada, frente al mar y el puerto, de tarde, siempre es verano y a pesar del
hervor desértico del estuario, con el sol en los ojos atravezando
almendros y uveros, son estas tardes las que más disfruto cuando me siento en
la calzada, como aquel día, con los pies en la duna tibia, entre muelles y
amarraderos, frente al oleaje de la playa y el viento porteño.
Las muchachas, -mis
amigas, las hermanas indias- siempre me están diciendo: "Raúl, escribe tu
historia”. Que como soy tan cuentera, y me encanta hablar, debería escribir,
contar mi historia. ¡Siempre he querido contar mi vida! Es decir, la parte
importante de ella... Mi vida sentimental.
¡Y algún
día lo haré! Pero creo que sólo contaría esa parte que acabas de oir. Todavía la tengo tan fresca que cualquier película
mexicana que veo, de esas buenas, de los años cuarenta, en blanco y negro, me
hace llorar ahí mismito. A lo mejor un día de estos amanezco con ánimos y lo
escribo todo de un tirón aunque sólo sea para calmar la nostalgia.