IVAN SILEN

 

EL HIPOPOTAMO

                                                                                                                                   

"Que el mundo vuelva a ser

Fábula irresistible."

Jorge Guillén                

 

            Levanté  el auricular y lo denuncié.

            Aquella noche cuando abrí la puerta el Hipopótamo del diente dorado me sonrió.

            ---No temas--dijo con su voz afeminada--no he venido a hacerte daño.

            Comprendí, así, de improviso, que el tiempo que estaría ante el sería corto. Lo detuve un poco con el marco de la puerta no sólo para cerrarle el paso, sino porque tenía vergüenza del estado de abandono de mi casa. ¿Cómo explicarle que en ella se entraba y se salía por las ventanas y que las puertas eran un mero pretexto, un mero adorno? sudaba, mientras él, enorme, quedábase con todo el espacio real de la única puerta lógica de la casa. Cerré los ojos para alejarlo de mí y me dijé: "¡Dios mío, el fin del mundo ha comenzado!" Pero no era el fin del mundo, era el fin mío. Podía expresarme así con aquel temor, porque había escrito tres artículos que me perseguían. En uno de ellos acusaba al Papa de ser homosexual; en el segundo, probaba que el Presidente de los Estados Unidos estaba en compinche con los traficantes colombianos; y en el tercero, probaba que el mundo era una ilusión de los sofistas modernos. Después de mis Publicaciones el mundo tronó. Y quizás por esta oscura razón, este ser...

            ---Me llamo José--dijo.

            ...y por eso José, rosado, redondo, mundo, se hallaba delante de mí. Me miró con aquella cara de zombi y aguardo pacientemente a que yo lo interrogara. Nevaba un poco y él proseguía allí sin esfumarse con su gorra de pelotero, su mochila de vagabundo, su abrigo de cuero y aquellos zapatos que aparentaban ser de piel de cocodrilo. Tiritábamos el uno delante del otro, pero ninguno de los dos nos decidíamos a entrar. Entonces él dijo:

            ---¿Puedo pasar?

            ---¿Qué desea?--lo interrogué descortésmente.

            ---Hablar de sus artículos.

            ---¿Es crítico?--seguí indagando.

            ---No--dijo titubeando, como si tuviera miedo de revelarme su verdadera personalidad--soy policía--sonrió mientras empujaba con la punta de la lengua su diente de oro.

            Me había retirado tanto de la realidad, me había exilado tanto del sentido común, para que no me sucedieran cosas como éstas, pero parecía que había sido inútil. La realidad cruel, irónica, me había alcanzado. José, como si yo le hubiera dicho que entrara, sacudía sus pies enormes contra la alfombra negra y mientras lo hacía me miraba extrañado. Estaba oscuro.

            ---¡Pase, pase!

            ---He leído todos sus cuentos--dijo deteniéndose en el umbral y volviéndose hacia mí como si esperara una reacción mía. Cuando se volvió hacia el interior de la casa se sobrecogió. Entró delante de mí arrastrando sus zapatos falsos y contempló las siluetas que lo ignoraron. Comenzó curioso a girar alrededor de ellas y según giraba la palidez de sus rostros, la marmosidad de la ausencia de sus facciones se develaban tenuamente contra las sombras que le servían de fondo. Las siluetas esbeltas no cesaban de mirarse. Los candelabros de plata encendidos hacían que la luz titubeara sobre el perfil de los callados. Las cuencas pulidas y vacías de sus ojos brillaban como si fueran de metal. José terminó de contemplar las personalidades taciturnas y se detuvo nuevamente a mi lado como si aguardara una orden mía. Su silencio era pesado como la nieve que caía. Se debatía por tocar, por acariciar aquellas manos huesudas que manaban de sus gabanes y sus trajes, pero por respeto a mí, se contenía. Frente a ellos, lo sabía, la necesidad de tocar sus huesos para saber si eran reales o de plástico era imperante. El policía que había en él se desesperaba en su curiosidad. Yo ignoraba su curiosidad y esperaba sus preguntas como quien espera por una carta de amor. Entonces oí una vez más su voz chillona:

            ---¿Espera por alguien?

            Su pregunta me desconcertó. José no esperó por mí contestación y se dirigió hacia el comedor. Y con ese gesto de aguardar por mí, que ya comenzaba a caracterizarlo, se detuvo en la ventana falsa que separaba la sala del comedor. La chimenea quemaba los últimos troncos y el aire todavía era cálido. Levantó la mirada y contempló la rama del pino hermosamente tupida que había roto un ojo del tragaluz. Frondoso como era, repleto de ramajes, había cubierto la hendidura del cristal donde la nieve se acumulaba furiosamente. Contempló la mesa de ajedrez, contempló las dos sillas y las dos copas repletas de vino tinto y como si fuera él la persona invitada, como si fuera él la persona de la cita, se sentó y cruzó la pierna. Mi necesidad de orden me obligó a explicarme. Me volví hacia las siluetas de la sala y dije:

            ---Es una escena.

            José me ignoró como si las siluetas siniestras hubieran dejado de tener importancia ante la urgencia de su visita. A mis espaldas murmuraron. José sonrió. Se había convertido en mi huésped y estaba ahí delante de mí con esa violencia de ser un personaje de los sueños. Me molesté conmigo mismo, porque debía estar no sólo extrañado con lo que sucedía, sino escandalizado con aquel personaje de la infancia. Su obesidad, su ser grotesco, su fealdad, la separación absurda de sus dientes no me molestaba. Nada en él, como si fuera un milagro, me molestaba. Mi juicio despiadado contra la mediocridad y las estupideces del prójimo se había suspendido. Estaba en una especie de limbo contemplativo frente a aquella bestia. Aun así, el que fuera policía me  inquientaba. Olía a poder, era el poder, y yo sencillamente era alérgico a todo lo que viniera del "establishment". Su fuerza, su poderío, su violencia contenida en sus ademanes de adolescente, eso no me molestaba. Me molestaba que hubiera sido entrenado para matar. Me molestaba su olor a guerra, a sangre. Me desagradaban los cadáveres que tendría en su haber. Y me angustiaba aquel cinismo de querer hablar de mis escritos, de mi vanidad, como si él fuera una muchacha.

            Él de alguna manera cerraba la angustia de las noches de invierno. Me invitó a sentarme frente a él y volvió a llenar mi copa que ya había vaciado y brindando por mi talento dijo:

            ---No debe olvidar que soy un policía.

            ---Eso no lo olvidaré jamás.

            ---Pero no debe odiarme--dijo como si él "jamás" lo hubiera lastimado. Aquella sensibilidad suya desentonaba con lo que él representaba y con lo que él era. Sospeché que él lo sabía.

            ---¿Jugamos?--y sin esperar por mi decisión movió el peón del rey dos espacios. Sin pensarlo hice lo mismo. El movió el peón del caballo de la reina dos espacios y yo lo volví a imitar. Movió el peón de la reina un sólo espacio y yo sonambulizado hice el mismo gesto como si me hallara ante el espejo. Entonces me miró como miran algunos seres a uno por los sueños, pero mi grito no salió, mi grito no se produjo. Fue como si en lo más profundo de mí algo mío hubiera chocado con su pecado. Sabía que en la realidad (sobre el tablero) el movimiento de los caballos, del rey y de la reina, acontecerían y que yo repetiría la misma jugada necesaria para una defensa fortuita. Al pensar el adjetivo sentí un desagrado en lo más profundo de la lengua. Nunca antes como ahora había experimentado aquel sin sabor con una palabra. Volví a pronunciar el adjetivo ''fortuito" y comprendí que no lo conocía, que lo había olvidado. Había comenzado a desmembrarme de la lengua. Estaba en peligro y lo sabía. José me observaba.

            ---¿Puedo hacer una pregunta?

            ---Sí, diga--contesté con la ilusión de detener el tiempo de los invitados. Contesté con la voluntad de detener las horas que ya habían dejado de pertenecerme. Entonces escuché aquella pregunta impertinente que acabó de lanzarme al interior de mi desconcierto.

            ---¿Por qué escribe cuentos tan cortos?--dijo inocentemente mientras buscaba en el abrigo que no se había quitado. Encontró la cajetilla de oro y me ofreció uno de aquellos cigarrillos negros que los rusos traficaban éxitosamente. Lo cogí sabiendo que no debía fumar, porque el humo podría provocarme asma. Lo miré con la mano extendida, sujetando el cigarro que temblaba entre los dedos, tratando de traspasar su inocencia. Pero intuyendo el  escudriñamiento dijo: ---El cuento "El Hipopótamo" es excesivo, ¿no cree?

            ---No, no creo--dije.

            ---¿Por qué mató al personaje?--abrí los ojos al oir aquella acusación como si me hallara ante un loco.

            ---No lo maté--dije sabiendo que explicarlo era tonto.

            ---No lo mató usted, pero al delatarlo sabiendo que era inocente...

            ---Lo mataron ellos.

            ---No hay ninguna muerte en el cuento--dije molesto.

            ---¿Se lo imagina en el cielo? Imagíneselo en el cielo. No podía ir al infierno, porque era inocente. ¿No lo entiende?

            ---Él, deforme, ordinario, feo, rodeado de querubines, de ángeles, de santos. Él, al lado de Dios. ¿No le parece grotresco? ¿No le parece cruel?

            --- ¿Tranquilícese!--el hombre me miró con aquellos ojos de idiota y sonrió una vez más como si se fuera a babear.

            Sudaba y sentía que mi camisa, a pesar de la brisa que descendía del plafont, se me empapaba. Estaba fatigado como las velas cuya luz titubeaba. La nieve caía oscura contra el disimulo de las ventanas e Hipopótamo casi cínico, casi irreal, extraño, antiguo, desconocido, no quitaba sus ojos de mí. Comprendí, desde lo profundo de la pieza, que esperaba mis explicaciones. Pero fue él quien habló:         

---¿Por qué termina los cuentos en el lugar donde debía comenzarlos?

            ---No debería decirle ésto, pero escúcheme: busco el sentido del sueño que lo real es--dije con aquella voz extraña y desconocida que surgía de mí. El idiota volvió a sonreir.

            ---Usted escribe sus cuentos como si los estuviera viviendo.

            ---No me atormente.

            Cerré los ojos porque comprendí que aquel "no me atormente" era la voz de Dios. Nunca antes había oído la voz de Dios tan clarita y hoy que la oía diáfana, luminosa, soberbia, a pesar de la angustia, me sobrecogía y huía de Él como de un laberinto. José llenó su copa con aquel sentido de lo real que la realidad posee. La llenó así despacio para que yo lo viera. Para que viera el sonido del vino, burbujeante, repleto, bello, caer al fondo de la delicadeza de la copa. Se exhibía en aquel gesto para que yo comprendiera la sencillez del mundo. Me mostraba su copa verde, su copa azul, su copa roja. Aun así, a pesar de la payasería de los objetos que me mostraba, sufría porque al sin sentido de la palabra "fortuita" se había añadido la desorientación de la palabra "diáfano". Exclamé desesperado, casi como si estuviera gritando en el sueño.

            --- ¡Tengo adjetivitisl--grité desconcertado ante mi propia imagen. José se reclinó en la silla y me contempló incrédulo.

            --- ¡Por favor, siéntese!

            Me senté y Josó rió como si estuviera ebrio. Rió como ríen los hombres en la soledad de los inviernos. Había un ruido en su risa, un ruido extrañable, grave, como el sonido de la nieve entre la lluvia y el granizo. Cansado de esperar por los movimientos de mis piezas que no acontecían, José me preguntó si podía quedarse a pasar la noche. Los alfiles estaban catatónicos. Miré hacia el espejo donde había gritado y contemplé la noche. A través del cristal del espejo la noche estaba más lejana, pero era más fría, casi moribunda. El tiempo se me había tornado urgente.

            ---La realidad se desdobla--balbuceé.

            (El rey, en toda la majestad de su belleza, bostezó de aburrimiento. La noche había perdido su esplendor).

            José hizo una mueca de disgusto, de envidia, porque parecía haber entendido el significado exclusivo de mi expresión. Traté de meditar en ella, trate de entenderla como la hubiera entendido él, como la hubiera querido para sí (como el agua que caía disfrazada de nieve; como la nieve donde las madres ocultan sus recuerdos) y sentí que había algo de egoísmo en mis palabras. Traduje mi propia expresión como si fuera José y me oí así : " La realidad se desdobla para mí; exclusivamente la realidad se desdobla para mí."

            ---No quise decir eso.

            José me miró con los ojos de todos los borrachos del mundo y no pude entender, me era inútil, la tristeza de aquella mirada. ¿Por qué había venido a visitarme aquella bestia del demonio? ¿A hablarme de los cuentos? No, no tenía sentido. Hacía rato que había comenzado a sospechar que era un impostor, que no era un policía, que no era nadie. Lo volví a mirar fijamente, pero no lo veía. Su sentido estaba delante de mí como el sentido de la palabra "fortuita", pero se me escapaba, estaba cerrado. ¿Qué era lo fortuito de él? ¿Qué era lo fortuito mío? ¿Qué era esta casa, y esa nevada, y este mundo fabuloso, hermoso, único?

            ---¿Puedo retirarme?--susurró.

            Y aquella voz, ¿qué era? El mundo se había amontonado sobre mí. Estaba siendo visitado por lo que el mundo era, por su cosa fugaz y por su cosa infinita y no lo entendía. El mundo escindido estaba integramente ante mí como una bendición. Dios me había bendecido y no lo había reconocido hasta ahora. Deseé que amaneciera, pero no amaneció. El amanecer se hizo más lento que nunca y el tiempo se mostró con toda su pesadez. Sólo la voz de José aligeraba las cosas. Sólo su sonido irreal aquietaba mi angustia.

            ---¿Puedo retirarme?--repitió.

            Le dije que sí con una amabilidad tal que asombró mi propia cortesía. Se levantó sin dejar de mirarme y como si conociera la casa, más por instinto que por costumbre, se dirigió hacia las escaleras que daban hacia la parte alta de la casa. Me levanté y lo seguí dócilmente. Tomé un candelabro de los que estaban encendidos y sin encender la luz eléctrica de la escalera lo conduje a la planta alta. Al llegar al piso de arriba doblamos hacia la derecha donde las habitaciones corrían en hileras unas frente a otras. José contempló las puertas marcadas con números como si nos halláramos en un hotel. Para tranquilizarlo murmuré:

            ---Todas las habitaciones son idénticas.

            El sonido del viento, como si hubiera entrado a la casa, como si las ventanas falsas se hubieran tornado reales y hubieran estallado, nos sobrecogió.

            ---No es nada--dije tontamente--es el viento.

            Lo conduje hacia la última y abrí. Le deseé buenas noches y él solamente inclinó su cabeza. Automáticamente bajé la mía y me encontré con sus zapatos ocres. Le di la espalda, escuché el sonido de la puerta, y esperando que me golpeara en la cabeza caminé orgulloso. Me asomé a una de las ventanas falsas y contemplé el mundo inmerso en su silencio. Las noches de nieve, las tormentas de invierno, nunca habían dejado de seducirme. Desde la primera vez que llegué a Nueva York con aquel cielo rojizo lila y aquella sorpresa de levantar la cabeza como ahora y contemplar los copitos, pedazos de cristal, pedazos de algodón, pedacitos de pezones, cayendo del cielo como un secreto. El cielo más rojizo que nunca se precipitaba contra la bruma de la noche. Descendí apagando el candelabro, porque conocía la casa de memoria, pero atento a todos los ruidos, por si José deseaba bajar a asesinarme. Me senté nuevamente frente a las fichas de ajedrez y pensé que en las habitaciones de huéspedes un ser que no podía ser. un hipopótamo llamado José, se quedaría en mi casa como si fuera un conocido mío. Dormité y soñé que José descendía por las escaleras con el cuento que lo obsesionaba en las manos. Desperté y el fuego se debilitaba lento. Comprendí que pronto me dormiría, porque había comenzado a mirar los objetos guiñando un ojo, cerrando el ojo izquierdo.

            ---Mi nombre no es José, mi nombre es Hipopótamo--dijo.

            Me sobresalté y golpeé con mi mano derecha el tablero de caoba. Me levanté, asustado todavía, y eché la madera a la llamas casi extintas. EI lenguaje se había estabilizado. La adjetivitis cesaba. El fuego comenzó a activarse y la casa se alegró instintivamente. Contemplé las siluetas de la sala y por primera vez las sentí siniestras. Habían perdido la familiaridad que José en unas horas había adquirido para mí. Sentía ahora por él el amor que uno puede sentir por un hermano cruel, por un hijo difícil o por un amigo ingrato. Él se me ofrecía como el objeto ideal, pensé en su rostro, que siempre había deseado. La noche casi se había consumido. Pero el viento seguía ululando y la nevada por momentos se encrespaba. El techo totalmente cubierto por las ramas hinchadas del pino y sobre el tumulto de la nieve había impedido que el viento se colara. De vez en cuando llovía escarchas por la grieta del tragaluz, pero el fuego avivado hacía de la habitación un lugar agradable.

            Cuando desperté sobre la incomodidad de la silla y frente a la inmovilidad de las esbeltez de los alfiles, había amanecido. La tormenta, calmada ahora, seguía su paso monótono a través del bosque. José hacía ruidos en la cocina. El olor del café se mezcló con el olor de la resina quemada. Traté de incorporarme, pero no podía. La cabeza me ardía. Tenía fiebre y me dolían las rodillas y los riñones, pero aun así el olor del café y la ternura del fuego me confortaban. José apareció en el umbral de la puerta y me sonrió. Sabía que no podía ser. Comprendí que no podía quererlo. Avanzó hacia mí con el mismo abrigo que no se había quitado en toda la noche, con aquellos horribles zapatos charros, la misma cara rosada de pómulos altos y aquellas cejas tupidas. Traía dos tazas de café humeantes y me ofreció una.

            ---Espero que haya dormido bien--dijo con su voz maternal y chillona.

            Dije que sí por decir algo. Pero a la verdad no sabía que decir. Sentía que la desconfianza crecía dentro de mí y no lo podía evitar. Sus ojos poseían el calor de los amanecidos. Puso su taza de café sobre el tablero y me tendió la mano.

            ---¿Se marcha? ---Ha sido un placer.

            Había llegado a pensar que tendría que vivir rodeado por aquella inmensidad y por momentos me había horrorizado. Lo contemplé dirigirse hacia la puerta. Lo vi detenerse ante los esqueletos, detener la mano en el picaporte y abrir la puerta. El viento corrió hacia donde yo estaba y sentí que la temperatura se había precipitado. Quizás debía estar a veinte o a quince grados. Corrí hacia la ventana falsa y lo vi tambalearse, titubear, luchar con aquella nieve que le llegaba a las rodillas. Mi corazón se me oscureció. El amor que había sentido momentos antes se me convertía en odio. Me dirigí hacia el teléfono y levanté el auricular.

            --- ¡Hola!. . .