Angel
Estévez
EL LUNAR
Mientras nuestro compañero exponía sobre la figura
del dictador en Tirano Banderas y El
otoño del patriarca, yo miraba extasiado el lunar que tiene Francis
en la parte posterior del cuello.
La sala de clase está en el cuadragésimo piso del Graduate Center. Desde su tronco el edificio se levanta hacia
el cielo en un arco. Luce sólido por los lados y en el interior se palpa la
resistencia y majestuosidad de su mármol.
El profesor ocupa la cabecera de una gran mesa, alrededor
de la cual estamos nosotros, libreta en frente, anotando una que otra chispa de
los conocimientos de nuestro guía. El profesor cede la palabra al exponente:
-Yo voy a hablarles sobre la
figura del dictador en ...
El aula de clase nos ofrece la mejor vista de Manhattan.
-Mira las nubes...
Esa tarde había llovido y todavía estaba un poco
nublado. Sin embargo, allá, a lo lejos, un pintor divino había dado pincelazos
en el cielo creando un maravilloso paisaje impresionista. Las nubes, plomizas,
grisáceas, rojizas, se superponían produciendo un tono que todavía no ha
conseguido captar ningún artista. Detrás de las nubes parece que había candela;
de este lado, también.
-Se me acaba de ocurrir un
cuento en el que tú eres la protagonista...
- ¿Yo? ¡Háblame más tarde!
Francis se ha cortado el pelo; (la verdad que a mí
me gustaba mucho más cuando lo llevaba más largo y negro) ahora lo lleva corto y se lo ha teñido de un
marrón tenue, rojizo, que no había advertido hasta que la miré de cerca. El exponente
cobra el aliento, se limpia la garganta y continúa.
‑Perdónenme ésa; es
que cuando hablo en público me pongo muy nervioso...
‑No te preocupes,
Edwin, estás entre amigos...
El exponente cobra el aliento, se limpia
la garganta y continúa.
A intérvalos,
Francis se yergue y toma nota de algo que le ha parecido interesante de la
exposición. Luego toma el vaso azul de Le croissant y toma un sorbo de café,
todavía humeante.
-Si hay alguna pregunta o
comentario, por favor, me pueden interrumpir...
Entre
el mural impresionista y nosotros está la ventana. Por el lado exterior se
deslizan en caprichosas líneas las últimas gotas de la lluvia que antes había
azotado la ventana. Unas corren apresuradas; otras descienden lentamente,
hermanándose con otras, lo que hace que la vena vaya creciendo. Luego sí,
cuando ya no puede más, no tiene más remedio que despeñarse y estrellarse y
astillarse en un estallido simultáneo que la lleva a su destino, y allí muere.
La ventana era el mapa. Como las gotas, yo
trazaba otras líneas ‑retorcidas, circulares, curvas‑, pero no en
el vidrio de la ventana. Esa auscultación ‑geométrica si se quiere‑
era ahora un auscultacion dérmica. Todo giraba en
torno al bendito lunar. La verdad que me parecía precioso. (Debo confesar que
si precioso es el lunar, más preciosos me parecen sus ojos y los negros arcos
que lo encuadran).
-En El otoño del patriarca hay más fantasía ,
más delirio; el lector se embarca a veces en una dimensión fantástica. A mí me
parece ‑es mi interpretación de la obra‑ que es menos realista que
Tirano Banderas...
-Hay que tener cuidado con
eso. Luego veremos; pero, continúa...
La camisa que llevaba Francis se
desplegó y la descubrió un poco cuando ella se irguió para coger el vaso,
dejando ver más claro el hermoso lunar. Era la única oportunidad que tenía,
pensé, Y al erguirme yo para tomar nota, sentí que alguien me mordía en el
mismo lugar donde Francis tenía el lunar. Asustado, sorprendido, en un estado
de gustosa incertidumbre, inclino la cabeza para mirar a Francis y... ¡Dios
mío, soy yo el que tiene a Francis mordida por el cuello!!! (Fue entonces cuando descubrí que se había
teñido el pelo). En el forcejeo de mordiscos y balbuceo de palabras, Francis se
yergue nuevamente para alcanzar el vaso de café, como si nadie ‑ni
siquiera ella‑ advirtiera su canina captura. (Tal vez el epíteto
"gatuna captura" sea aquí más
apropiado porque es lo que sucede con los gatos). Pero al hacer contacto con el
vaso, un movimiento torpe (o intencional) de su mano, causó el derrame del café
sobre la mesa. El mar turbio pronto
alcanzó el borde de la mesa y se precipitó al abismo como cascada de lava,
todavía humeante. Yo sentí la tibia sensación del café tibio sobre los muslos
de Francis, cuya falda se había empapado. ¡Qué barbaridad! Del borde de la mesa
se despegaban a intervalos las últimas gotas de café. Cuando vi dónde había caído la última, me di cuenta que el derrame
se había extendido y que yo también estaba empapado de café.
‑Muy bien, Edwin, te ha quedado muy
bien... Te dije que estabas entre amigos...
Al terminar la sesión, permanecí por un momento
sentado, sin saber en qué dimensión estaba. Sentía un gran ardor en el cuello y
la voz lejana de Francis que me susurraba si me había gustado...